RELATO CORTO: MI DIOS, MI FARAÓN, RAMSÉS II

Hola a todos, hoy os traigo un relato corto muy especial para mí, ya que fue seleccionado para la I Antología de Ciencia ficción del blog literario Cruce de caminos.

Espero que disfrutéis de la lectura.

MI DIOS, MI FARAÓN, RAMSÉS II

No se lo podía creer. Después de tantas solicitudes fallidas, de tantos esfuerzos e investigaciones publicadas, le habían aprobado la solicitud para visitar el antiguo Egipto, su gran sueño: conocer una civilización que gobernó su territorio durante más de tres mil años.

Sir Arthur William McGregor era el mejor especialista en su campo y lo sabía todo sobre la vida e historia de Ramsés II. Había pasado décadas preparándose para ese viaje.

Desde que treinta y cinco años atrás se estabilizara la tecnología de los viajes temporales, no había hecho otra cosa que prepararse para cuando aprobaran su solicitud. Los años fueron pasando y comenzó a creer que nunca podría emprender dicho viaje, pues los años también pasaban para él.

Las exigencias para esos saltos temporales eran más estrictas que para los viajes estelares; y las solicitudes, más numerosas.

Los investigadores lo tenían más fácil, pues ahora era posible conocer in situ e investigar de primera mano cualquier lugar y época.

Sir Arthur destacó muy temprano en los campos de la historia y de la arqueología. Viajó en numerosas ocasiones al Egipto actual y llevó a cabo infinidad de investigaciones. Fue el artífice del segundo descubrimiento más famoso de una tumba real después de la de Tutankamón por Howard Carter. Descubrió la tumba secreta de Akenatón en el emplazamiento de Tell-el-Amarna, la ciudad fundada tras la negación de los dioses tradicionales y la adoración del dios único Amón.

En esa gran tumba se encontró, aparte de la momia real, a la famosa Nefertiti y un sinfín de tesoros. La enormidad de la excavación dio para largos años de inventario y gozo para la comunidad internacional. Se tuvo que hacer una sala nueva en el gran y moderno Museo Egipcio de El Cairo y ofreció datos muy interesantes y desconocidos sobre aquel momento de la historia. Pero eso fue, como él solía decir, una casualidad, un entretenimiento que lo distraía de su gran vocación, el afán por saber más sobre Ramsés II.

Desde muy joven le fascinó todo lo que envolvía a esa extraordinaria figura. Se podría decir que había pasado media vida obsesionado por el faraón. La consecuencia fue un gran éxito como académico y adquirir un gran renombre mundial. Se convirtió en un referente para todo aquel interesado en aquella época.

Pero todo aquello ya no era suficiente para él. Necesitaba ir allí, ir a aquella época. Todos sus estudios no servían de nada si no era capaz de confirmarlos, si no era capaz de ir allí y estudiar aquella fantástica civilización en persona y, por qué no, llegar a ver al propio faraón.

Fue de los primeros en presentar una solicitud para viajar al Egipto gobernado por Ramsés II. Pensó que no había nadie mejor que él para viajar a esa época sin explorar, pero nadie consiguió ser el idóneo para el viaje, cosa que no acabó de entender.

La decepción fue inmediata cuando denegaron su petición. De eso hacía ya veinticinco años, pero no se rindió. Analizó varias veces el porqué de su rechazo y se dio cuenta de que ya no era suficiente con la formación académica, por lo que se puso a mejorar en otros aspectos que no había tenido tan en cuenta.

Largos años le esperaban y debía tener paciencia.

El principal escollo fue el idioma, pues una cosa era saber leer las tres escrituras jeroglíficas y otra hablarlas a la perfección. Había que saber que el pueblo raso no tenía acceso a las escrituras que utilizaban escribas y sacerdotes, por lo que se originó una escritura más coloquial y práctica llamada «demótica». Esa era la clave de todo, sin ella no sería capaz de mezclarse con la cultura y podría llamar la atención.

Otro de los requisitos era tener una gran condición física para poder superar la descomposición molecular de su cuerpo y la reestructuración posterior, ya que los primeros sujetos sufrieron gran cansancio y debilidad al no estar bien preparados. A partir de esos primeros viajes, las pruebas requeridas se volvieron tan exigentes que estuvo diez años entrenando para superarlas.

Fue una tarde de primavera cuando recibió el esperado e-mail. Había superado todas las pruebas y era apto para la segunda y definitiva fase antes de viajar.

Una vez dentro de la selección inicial de aspirantes, siguió con un estricto plan de entrenamiento mientras perfeccionaba la naturalidad de los comportamientos de aquellas gentes. Debía pasar como uno de ellos y los aspectos a aprender fueron muchos.

Al final mereció la pena. El día esperado de su viaje llegó un 26 de mayo, coincidiendo con plena época de cosechas y pago de impuestos.

Todo estaba preparado para el salto temporal. Se había equipado con las ropas adecuadas, llevaba sus enseres en una bolsa típica de aquella época y una buena bolsa de oro en forma de pequeñas pepitas para comprar lo que pudiera necesitar.

La época seleccionada coincidía con el final del reinado de Ramsés. Era un periodo sin conflictos bélicos y con la región pacificada.

Era el año 1212 antes de Cristo, a falta de un año para su muerte. La elección tenía el objetivo de comprobar las condiciones de vida de los egipcios antiguos y el legado que dejaba su gran faraón, que gobernó nada menos que sesenta y seis años.

La ubicación fue un punto de debate importante, ya que Ramsés se movía mucho entre Tebas, donde residía el poder del clero, y Pi-Ramsés, la nueva capital que ordenó erigir en el delta en su honor. Al final, se decidieron por esta última, ya que consideraron importante ampliar datos sobre esa nueva ciudad.

La cuenta atrás empezó. En pocos minutos vería cumplido su sueño. De repente, sintió una especie de mareo y entró en estado semiinconsciente. La oscuridad lo rodeó. Cuando la luz le dio de lleno en la cara, se despertó asustado.

Tenía la vista un poco cansada y le costó acostumbrarse a la reestructuración molecular que acababa de sufrir. Se incorporó lentamente, miró a su alrededor y vio, a lo lejos, unos grandes edificios de color turquesa: eran los palacios y templos de Pi-Ramsés. Estaba eufórico, parecía que de momento todo había salido a la perfección. Tenía todas sus pertenencias a mano y parecía estar bien recuperado. Era hora de encaminarse hacia la ciudad de su ídolo.

A lo lejos oyó ruido de cascos. Decidió esconderse detrás de unas rocas para observar a las personas que se acercaban. Todavía no se atrevía a dar el paso de entablar conversación y podrían tratarse de soldados o bandidos. No correría riesgos innecesarios.

Los caballos estaban a punto de ponerse a la vista. Ahí estaban. Lo que observó lo dejó de piedra. No eran para nada como creía que iban a ser. Se trataba de cinco soldados egipcios, pero llevaban una equipación un tanto extraña: vestían un armazón de metal en el pecho y una especie de arma de fuego a la espalda. Nada de eso cuadraba con lo que había encontrado en las excavaciones.

Los dejó pasar y se quedó un rato pensando. ¿Y si todo lo que conocía de la época no se ajustaba a la realidad pasada? ¿Y si no estaba preparado para afrontar la misión por el posible desconocimiento? Estaba decidiendo si abortar la misión o seguir adelante. Lo más sensato era abortar y apretar el botón rojo que llevaba oculto bajo su falda; eso accionaba el temporizador de tres días para que tuvieran preparado el retorno en ese mismo lugar. Pero, al mismo tiempo, era la oportunidad de su vida. Estaba en el pasado y no podía dejar pasar ese momento. Tenía que averiguar por qué esos soldados llevaban esa equipación.

No lo pensó más y decidió seguir. No quería desaprovechar la oportunidad de ver a Ramsés II.

De camino a la ciudad decidió comprar un asno para completar su disfraz, pues nadie se fijaría en otro mercader más. Paró en una granja y entabló conversación con el responsable de la finca. Una buena manera de poner a prueba el idioma.

Se acercó al hombre y le explicó que su anterior asno había muerto y que necesitaba otro. Le pagaría bien si le vendía uno y unos cuantos víveres. El dueño lo entendió, sacó lo que parecía un intercomunicador de una bolsa que llevaba atada a la cintura y le pidió a otro hombre que trajera lo necesario.

Sir Arthur se quedó de piedra, pero no dijo nada para no llamar la atención. Pasados unos minutos le trajeron lo que había pedido y le pagó con una pequeña piedrecita de oro que el hombre aceptó encantado.

De camino a la ciudad, que no se encontraba muy lejos, reflexionó sobre lo que estaba pasando.

Al final decidió que, viera lo que viera, no se dejaría sorprender. Que conocer a Ramsés estaba por encima de todo. Así que decidió seguir y no impresionarse en lo más mínimo con lo que se pudiera encontrar.

Por fin llegó a la puerta norte de la ciudad y se topó con unos guardias bien equipados y un escáner parecido al de los aeropuertos. Entrar en la capital no iba a ser tan sencillo como parecía.

Le hicieron dejar su bolsa en la cinta y lo pasaron por el escáner corporal. Todo parecía correcto hasta que uno de los guardias detectó algo extraño en una bolsita de cuero.

—Perdone, señor, ¿qué lleva en esa bolsita? —le preguntó uno de los guardias.

—Son pepitas de oro, señor. Es lo único que me queda después de largos años de trabajo para el faraón. Me sirve para pagar mis necesidades.

—Ya veo. Si es tan amable, venga con nosotros, debemos hacerle algunas preguntas.

—Por supuesto.

Un sudor frío empezó a recorrerle la espalda. Eso no se lo esperaba. Rezaba para que no fuera nada grave. El pago con oro era algo habitual en aquella época.

Lo hicieron pasar a una sala bastante confortable. En una mesa había otro agente con una especie de tablet tomando notas.

—¿Cómo se llama?

—Amhosis —respondió Sir Arthur.

—¿Está seguro de eso?

—Por supuesto.

—¿Cuándo ha llegado?

—¿A la ciudad? Hace unos minutos.

—No, a la ciudad no, a esta época.

—¿Disculpe? ¿Qué quiere decir con eso de a esta época?

—No juegue conmigo, Sir Arthur William McGregor. Lo sabemos todo sobre usted. De hecho, estábamos esperando su llegada —le respondió en un perfecto inglés.

—Pero ¿cómo es posible? ¿Qué está pasando aquí? ¿Acaso no estoy en el Egipto de Ramsés II? —preguntó cada vez más incrédulo.

—Lo está, por eso no se preocupe. El resto de respuestas se las dará el faraón en persona. Ya tiene preparada una audiencia especial con nuestro dios. Le fascinan este tipo de viajes en el tiempo. Tiene planes para usted y se los tiene que comunicar en persona. Así que no perdamos más tiempo. Pasará aquí la noche y mañana se reunirá con él.

Sin dar tiempo a replicar ni a preguntar las cientos de cuestiones que se agolpaban en su cabeza, lo llevaron a su celda.

Era una moderna estancia con una neverita y una bandeja con la cena para calentar en el microondas de la pared. Se había dicho que no se dejaría sorprender por nada de lo que viera, pero cada vez la situación le resultaba más difícil. Cuando se lo explicase a sus colegas, iban a cambiar muchas cosas en la errónea historia de la humanidad.

Pasó la noche sin complicaciones. El catre era bastante cómodo y enseguida llegó la mañana, que prometía ser excitante. Iba a conocer a su idolatrado Ramsés y le daba igual los acontecimientos de su alrededor. Si esta era la verdad, habría que asumirla y seguir adelante.

A las siete y media de la mañana llegaron los guardias y se lo llevaron camino del palacio principal del faraón. El paseo por las calles fue muy placentero. Lo que apreció era muy similar a lo que tenía en mente, con toques de sofisticación que ya había visto a su llegada. La gente parecía más moderna y usaba toda clase de avances tecnológicos muy similares a los de la época moderna. Se vivía mejor que lo que él tenía pensado, aunque el ambiente seguía siendo, en esencia, el mismo.

Lo introdujeron en el palacio y se quedó muy asombrado con lo que vio. Acostumbrado a los paisajes ocres de las ruinas del futuro, las policromías que se encontraba por todas partes eran espectaculares, de una belleza sin igual. Todas las salas estaban decoradas con unas pinturas tan realistas que algunos artistas del Renacimiento sentirían envidia sana al contemplarlas. Era, sin duda, mucho mejor de lo que esperaba. Su trabajo de documentación le iba a llevar más tiempo de lo que creía. Su estancia se alargaría varios años más de lo previsto.

Le hicieron esperar una hora larga en la antesala del trono, pero no le importó. Estaba hipnotizado contemplando a la gente que veía pasar arriba y abajo. Sus modales, su lengua, sus ropajes e incluso sus aparatos modernos eran toda una maravilla. Incluso utilizaban tecnología que él desconocía. Su estancia en esta época iba a ser apasionante. Deseó que la mañana avanzara para seguir descubriendo las costumbres de ese nuevo Egipto.

Por fin lo hicieron pasar. Cuando entró vio al fondo al gran Ramsés II. Por un momento se quedó helado, paralizado por la impresión. No se podía creer que estuviera tan cerca del hombre que había estado estudiando durante casi una vida.

 Se aproximó despacio y, cuando se encontró a dos metros de él, se arrodilló sin atreverse a mirarle a la cara. El poder de ese hombre era incuestionable. Su mera presencia hacía que la piel se le pusiera de gallina.

—Puedes levantarte, viajero del tiempo. No tengas miedo de mirarme a la cara. Hace tiempo que espero esta llegada y estoy emocionado. Para mí es un honor tenerte aquí.

Sir Arthur se incorporó y lo miró por primera vez a los ojos. Se podía intuir, por su rostro, que era el auténtico Ramsés. El recuerdo de la momia de El Cairo no dio lugar a dudas.

—Es un honor, mi dios, mi faraón, Ramsés II.

—No hace falta que seas tan formal. Estás entre amigos. Por cierto, ¿cómo sigue mi momia en el museo?

—Eh, bien, sigue bien. A buen recaudo y en buenas condiciones de conservación —explicó Sir Arthur, dubitativo.

—Perfecto. Eso está bien. Es importante el respeto hacia los grandes reyes de la antigüedad, ¿no crees?

—Desde luego, majestad. Siempre hemos tenido mucho respeto a esta civilización. Yo mismo soy un gran estudioso de su cultura. Me he sorprendido al comprobar que no es exactamente igual a lo que pensábamos.

—Cierto. Ven. Siéntate a mi lado. Gustoso te explicaré la verdad.

—No pretendo molestar, majestad. Si tiene asuntos importantes que atender, podemos hablar en otra ocasión.

—Créeme cuando te digo que no hay nada más importante que esta conversación.

—Entendido, lo escucharé atentamente.

—No me cabe duda, hijo. Nuestra civilización no se originó en el 3000 antes de Cristo de vuestro calendario moderno. Llevamos en la Tierra muchos milenios más de los que pensáis. Nuestros inicios no fueron terrestres, ya que nuestros antepasados vinieron del espacio exterior. De una galaxia conocida como X-45 THP 37. Necesitaban un planeta nuevo que colonizar y este reunía las condiciones necesarias. La tecnología que nos acompañaba era muy avanzada y se realizaron grandes prodigios arquitectónicos. Las técnicas usadas no os las podéis ni llegar a imaginar. La cuestión es que, un día, el nexo de unión entre las dos civilizaciones se perdió, dejó de funcionar. Las grandes pirámides de Giza dejaron de ser útiles para esa función y tuvimos que adaptarlas a una nueva. A algo que las generaciones futuras pudieran creer, de ahí que las conozcáis como las tumbas de Keops, Kefrén y Micerinos.

—Vaya, me deja usted de piedra.

—¡No me interrumpas cuando hablo! Recuerda que estás delante del faraón. Hay un mínimo de normas que cumplir.

—Lo siento, señor, no volverá a ocurrir.

—Bien. Espero que sea así. Continúo con lo que te quería contar. El nexo se perdió y no hemos vuelto a conectarlo desde hace milenios. Los científicos que dominan nuestra tecnología van muriendo sin saber delegar sus conocimientos a las nuevas generaciones, por lo que poco a poco nos vamos deteriorando. Según mis pronósticos, después de lo que hemos sabido que será la conquista del Imperio romano, todo irá decayendo y nos sumergiremos en la total oscuridad como civilización. Pero de repente algo cambió: vuestros viajes en el tiempo. Empezamos a detectar ondas electromagnéticas extrañas en la atmósfera y tuvimos que investigar lo que pasaba. Las primeras irregularidades tuvieron lugar en el tiempo de la construcción de las grandes pirámides. Muchos de tus colegas visitaron el antiguo Egipto con regularidad, aunque tú eres el primero que viene a visitarme a mí. Esas visitas nos dieron mucha información sobre la historia en los siglos sucesivos, por lo que supimos cómo manejar a nuestro antojo el flujo de los acontecimientos.

Sir Arthur levantó la mano como si estuviera en el colegio. Quería hablar. Ramsés II le concedió permiso.

—Gracias, majestad. Tiene usted razón. Varios colegas viajaron en el tiempo, pero nunca comentaron nada de esto a nuestros científicos. De hecho, también viajaron a la época de Grecia, Roma y el Renacimiento. Nunca comunicaron nada sobre estos avances tecnológicos de los que me habla.

—Cierto, Sir Arthur. Veo que tienes una mente muy despierta. Es verdad. El motivo es que no son ellos los que vuelven a vuestro presente.

—¿Cómo que no son ellos? Explíquese, se lo ruego.

—Por supuesto. Uno de nuestros avances más útiles es la capacidad de clonar a los animales, cosa que va de maravilla como reserva para las épocas de escasa crecida del Nilo. También lo podemos aplicar a los humanos. Imagínate por un momento que supierais los avances que tenemos aquí. Esto se llenaría de militares y nos someteríais. Como hacéis siempre que algo os supone una amenaza. Debíamos preservar nuestra civilización, mirar por su integridad. No nos quedó otro remedio que sustituir a los originales por clones que informaban de lo que nos interesaba. Es por eso que no se conoce nada de cómo vivimos en realidad en esta época.

—Pero entonces, ¿qué les pasó a todos esos científicos e historiadores? ¿Qué me pasará a mí? Deduzco que no me dejaréis volver.

—No podemos permitir que eso suceda, lo siento. No es nada personal. Todos los científicos que se han detectado a lo largo de estos cientos de años han sido sustituidos por otras personas. A lo largo de los siglos nos han ayudado, desde esta y otras épocas, a la grandeza de Egipto. Lamentablemente, seguirá pasando hasta que nuestra fuente de conocimientos se agote.

—Así que hemos estado engañados desde siempre y ahora que tenemos los medios tecnológicos para poder saber la verdad tampoco se va a poder descubrir. Es horrible. ¿Es que no os dais cuenta de lo que habéis hecho? Sois unos auténticos monstruos. Mucho peores de lo que me pensaba.

—Es que acaso lo dudabas. Hemos gobernado con mano de hierro todos estos siglos y no vamos a permitir que unos simples humanos del futuro acaben con nuestro modo de vida. Pero no te preocupes, por fin me has conocido, como querías y ansiabas. Ahora estarás conmigo para siempre —sentenció el faraón—. Llevadlo con el resto de los esclavos y que contribuya a la grandeza de mi figura. Llevadlo a mi tumba y que excave como el que más —ordenó a sus hombres.

Sin más de qué hablar, Ramsés dio la orden de que se lo llevaran. Le esperaba un incierto destino.

El traslado desde el gran delta a la zona de las necrópolis fue largo y doloroso. En vez de ir en barco ascendiendo el Nilo se trasladaron por una larga travesía por el desierto. Junto a él iban cientos de esclavos que poco a poco iban sucumbiendo a las duras condiciones del viaje. Después de varias semanas de caminatas extenuantes divisó su destino, el actual Valle de los Reyes.

Pasaron los meses y Sir Arthur se consumió. Su aspecto era cadavérico. El duro trabajo de excavación y decoración de la tumba real fue más duro de lo que imaginaba. Ya no sentía ninguna admiración por la civilización que tanto amó. Siempre pensó que las tumbas las hacían artesanos especializados. Sin duda, otra de tantas mentiras que les hicieron llegar. El antiguo Egipto fue una de las peores dictaduras que existieron, ahora estaba seguro de ello.

Mientras descansaba en secreto para que no lo vieran los capataces, oyó un alboroto en la entrada de la tumba. Al acercarse pudo oír lo que comentaban sus maltratadores. El dios había muerto. Había que finalizar la tumba en menos de lo que duraba el proceso de momificación. Lo que le esperaba iba a ser mucho peor, ya preveía jornadas interminables de trabajo, sudor y sangre.

Aquellas semanas fueron un auténtico infierno en la tierra, pero el día de la sepultura del faraón llegó. Les ordenaron abandonar el lugar, cosa que empezaron a hacer de inmediato.

Cuando salió de la tumba, lo arrastraron a un lado bruscamente.

—Tú no. Aún tienes algo pendiente por hacer —le exigió un guardia.

—¿Qué más queréis de mí?

—Silencio, esclavo. Ya lo verás.

Mientras duró el ritual funerario lo mantuvieron a un lado. Desde allí pudo ver todo el proceso de enterramiento. Aunque le aborrecía lo que habían hecho con él, no pudo apartar la vista del funeral de Ramsés. Aprendió mucho con ello.

Cuando se disponían a tapiar la entrada, se oyó una voz:

—Un momento. No nos olvidemos de nuestro visitante —dijo Merenptah, hijo y sucesor de Ramsés II—. Sepultadlo vivo. Disfrutará de la compañía de su amado faraón.

—¡No! Perdonadme, majestad. Os puedo ser de utilidad. Tengo información valiosa sobre vuestros rivales al trono. Conozco todo lo que va a pasar de aquí en adelante.

—Yo también, esclavo. ¿No recuerdas lo que te explicó mi padre? Lo sabemos todo. Además, el único que nos va a servir de utilidad es tu clon. Ya debe estar disfrutando de tu cómoda vida en el futuro. Informando de lo que nos interesa que sepáis —dijo Merenptah—. Venga, encerradlo y acabemos con esto. Tengo grandes asuntos que atender. Por cierto, no os olvidéis de borrar bien el rastro de la entrada de la tumba de Tutankamón. Recordad que la tienen que descubrir en el siglo XX y habéis removido mucha tierra con este funeral —ordenó.

Y así fue como Sir Arthur William McGregor vio cumplido su sueño de tantos años: vivir de primera mano esa gran civilización y pasar tiempo con Ramsés II, eso sí, sometido a la peor de las muertes posibles.

Cuando en un futuro los saqueadores abrieron la tumba, lo primero que encontraron fue el cadáver de un pobre esclavo. Desconocían que era un viajero del tiempo.

Su cadáver se perdió en algún lugar del inmenso desierto de una de las más fascinantes civilizaciones, el antiguo Egipto.

Su clon, por otra parte, vivió muchos años más y disfrutó de un largo retiro en las campiñas británicas, con todos los honores de un respetado y exitoso viajero del tiempo.

Si os ha gustado este relato, no os perdáis el resto de la Antología, merece mucho la pena. También os dejo un enlace a mi última novela CAMPING MORTAL. HISTORIA DE UN APOCALIPSIS.

Nos leemos.

Y recuerda que si te suscribes a mi lista de correo, te llevas mi primer libro de relatos GRATIS.

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