RELATO CORTO: EL DESPERTAR

Hace unos días puse en marcha una encuesta en Twitter (@JordiRocandio) para que mis seguidores escogieran el tema de mi siguiente relato. Había varias opciones: terror, género negro, fantasía y, lo que te pida el cuerpo. Pues bien, salió esta última opción. Y mi cuerpo me llevó a esta pequeña historia.

Espero que os guste y que me dejéis un comentario.

EL DESPERTAR

Aquel extraño ruido me volvió a despertar. Todo estaba muy oscuro, era noche cerrada y unas nubes densas ocultaban el tímido brillo de una luna agonizante. Me revolví en el incómodo catre como tantas otras noches.

Tiritaba de frío. La roída y fina manta no alcanzaba a tapar mi cuerpo, que se estremecía víctima del miedo, el nerviosismo y la confusión. En esos momentos no podía ver nada, pero era capaz de describir con detalle las cuatro paredes que me aprisionaban: grises, frías, llenas de recuerdos tenebrosos y amargos llantos, toscas, sin decoración alguna. Así era mi hogar, por llamarlo de alguna manera, ya que sabía a la perfección que no me permitirían tener otra cosa más que los escasos ocho metros cuadrados donde pasaba todos los días de mi asquerosa existencia. 

Alguien me mantenía allí encerrado, alguien a quien no había visto jamás, alguien que se esforzaba por mantenerme aislado del exterior, alguien que me alimentaba e hidrataba sin que yo supiera cómo coño lo hacía. Pero ahí estaba yo, vivo, solo, triste y enfadado, muy enfadado.

Me levanté, no iba a conciliar el sueño hasta que cayera agotado a la noche siguiente. Me acerqué a la puerta de metal y apoyé la oreja para escuchar. Nada, supongo que aquel ruido formaba parte de mis habituales pesadillas.

Me giré desesperado y miré hacia la diminuta ventana con tres barrotes negros y sucios. No se veía nada más allá, tan solo unas brillantes estrellas que no identificaba. Desconocía cuántas horas faltaban para el amanecer, la única distracción de la que disfrutaba hasta la puesta de sol. Así de amarga era mi estancia en ese lugar. 

Me acerqué a una de las rugosas paredes y me deslicé hasta el suelo, encogí mis rodillas y hundí mi cabeza en ellas. Empecé a pensar en mis visiones, en esas extrañas imágenes que venían a mi mente una y otra vez. Supongo que eran los deformados recuerdos de una vida anterior, al menos, eso quería pensar. Tenía que ser eso, estaba convencido. 

Cuando desperté en esta celda tiemp  atrás, intenté recordar cómo había llegado allí, intenté recordar los momentos más felices de mi niñez, de mi juventud, algo gratificante que estimulara a mi aletargado cerebro a devolverme el sentido a todo lo que estaba viviendo. Pero, nada, un vacío enorme. Las semanas pasaban, los meses se sucedían, pero no recordaba nada. Estaba solo, sin recuerdos y sin interacciones de ningún tipo. 

Un día, cuando desperté después del extraño ruido de siempre, vinieron a mi mente lo que esperaba que fueran recuerdos. No eran visiones muy claras, es más, apenas era capaz de identificar lo que veía, pero estaba seguro de que se trataba de mi niñez, de esos momentos tan felices que tenía que haber vivido. Sí, creía reconocer varias figuras. Se trataba de una mujer acompañada de un niño. En otras ocasiones, creía reconocer a un hombre rodeado de varios chavales. Y, si no recordaba mal, en escasas ocasiones, un tropel de felices niños y adultos. Sus ropas me resultaban muy extrañas, puesto que solo tenía como referencia mi gris atuendo, sin embargo, para ellos debía ser de lo más normal. Todos sonreían, hablaban y reían como si nada. Sí, estaba seguro que yo disfrutaba de todo aquello también, y por eso venían a mi mente una y otra vez.

Levanté la cabeza y seguí reflexionando sobre el sentido de mi existencia y por qué no me había vuelto loco si mi única compañía era la llegada y retirada del sol. Me acaricié los brazos para protegerme del frío que calaba mis huesos y noté los bultos de mis brazos, otra incógnita. Aparecían de repente, en diferentes lugares hasta que las heridas antiguas cicatrizaban, entonces, el ciclo comenzaba de nuevo, una y otra vez. Ya casi no me dolían, pero estaba claro que no era nada bueno. Tal vez me drogaban y por eso no recordaba nada. Otras hipótesis pasaban por mi mente, pero la que más me convencía era la que hacía referencia a mi nutrición. Solo así eran capaces de mantenerme con vida.

Tenía que comprender cómo lo hacían sin que yo me diera cuenta, ¿lo harían mientras dormía?, estaba convencido de que así era. 

El amanecer llegó. Una suave y agradable luz inundó la apestosa celda. Me puse de pie y empecé a caminar por el reducido espacio. No podía hacer nada más. Trataba de urdir un plan para averiguar el sentido de todo aquello. Si era capaz de identificar figuras de niños en mis pesadillas, eso quería decir que yo también lo había sido y que tenía una historia que recordar. Todo eran lagunas en mi cabeza, pero alguien me enseñó a hablar, a caminar, a distinguir el ciclo del día y de la noche, a saber que aquellos puntitos del cielo eran estrellas y que existía un sol y una luna.

También sabía que en algún lugar tenía que haber alguien buscándome, unos padres, hermanos, mujer, no sé, incluso algún amigo.

Y sin previo aviso, como solía suceder, empecé a sentirme mareado. Notaba de nuevo ese extraño olor, un olor que me hacía desvanecer, mezcla de cítricos y un dulzor penetrante.

Sabía que mis pesadillas iban a volver en cualquier momento. Me estiré en la cama para cuando perdiera el sentido, no quería lastimarme. Poco a poco, mis párpados se fueron cerrando, me costaba pensar. Todo se tornó negro. Era el momento de soñar.

****

La puerta se abrió con un fuerte clic, dos figuras entraron en la celda acompañados de una camilla, subieron el cuerpo que encontraron inconsciente en el catre y salieron. Recorrieron un largo pasillo hasta el final, esperaron a que un elevador abriera sus puertas y se subieron en él.

Varios pisos más arriba, las dos figuras y la camilla se abrieron paso entre las criaturas del lugar hasta llegar a una puerta negra y brillante. Una de las figuras hizo un movimiento con la mano y la puerta se abrió. Entraron a una gran sala blanca circular, el techo se elevaba a más de diez metros de altura, todo allí estaba limpio y desinfectado. Varias camillas rodeadas de armarios con diferentes utensilios ocupaban el espacio central. Cerca de las paredes, varias mesas con pantallas holográficas eran manipuladas por operarios. 

Las dos figuras depositaron con cuidado el cuerpo del hombre en la camilla, se dirigieron a uno de los armarios y extrajeron varias jeringuillas con un extraño compuesto en su interior. Con movimientos eficientes, inyectaron su contenido en cada brazo del paciente. El hombre abrió los ojos, su habitual color marrón oscuro se volvió de un azul brillante. Las figuras abrieron otro de los armarios y rebuscaron entre los ropajes del interior.

Escogieron un abrigo, un pantalón y unas botas de color blanco de aspecto grueso y voluminoso, estaban hechos de piel de oso polar. Le quitaron el sucio vestido gris y lo vistieron con los nuevos ropajes. Tras unos cuantos retoques más, acercaron una extraña silla de ruedas y acomodaron al hombre en ella. Salieron de la sala y se dirigieron de nuevo al elevador.

Treinta segundos más tarde, las puertas del ascensor se abrieron y salieron a una gran sala. Las figuras se dirigieron a un entarimado, bajaron al hombre y lo colocaron de pie junto al cadáver de un animal, le pusieron una lanza en una mano y un gran cuchillo hecho de hueso en la otra. Una vez satisfechos, las dos figuras abandonaron al hombre y se alejaron de la tarima. Uno de ellos, el que sin duda estaba al mando, miró hacia su muñeca y activó un holograma, lo leyó, se acercó a una pantalla a los pies de la tarima y presionó una serie de comandos durante varios minutos. 

Las dos figuras se alejaron definitivamente y se perdieron entre la multitud.

Diez minutos más tarde, aquella gran sala se fue vaciando. El silencio lo invadió todo durante varias horas. Tras ese largo y tedioso paso del tiempo, unas grandes puertas se abrieron a lo lejos y ese espacio vacío se fue llenando y llenando de figuras que caminaban muy despacio. Varias luces rojas se activaron en las paredes, se trataba de los traductores universales que entraban en funcionamiento.

****

Estaba seguro de sufrir una de mis pesadillas. No tenía la visión muy clara, pero distinguía figuras a lo lejos. Decenas de ellas se movían por las partes del recinto que mi vista cansada alcanzaba a ver. A los pocos minutos, varias de ellas se acercaron, me miraban fijamente, me señalaban y parecían comentar entre sí diferentes detalles de los objetos que me rodeaban. Oía voces, al principio no entendía lo que decían, pero con el paso de los segundos, empecé a comprender sus palabras.

Un instante después, una de las figuras se acercó a la pantalla de debajo de la tarima y leyó en voz alta lo que había escrito en ella:

«Bienvenidos al Museo de Historia Natural Intergaláctica de Jourmunhen, os encontráis ante una reproducción de un espécimen humano macho cazando animales autóctonos de su hábitat. Proveniente del planeta U32-JK (La Tierra), en la galaxia J2Ux23 (Vía Láctea). Este planeta se caracteriza por tener una gran biodiversidad y variadas zonas climáticas. Siguiendo la temática de esta gran exposición sobre las glaciaciones de nuestro Universo, os presentamos esta realista composición de uno de los planetas más primitivos conocidos hasta la fecha.”

–¿Has visto que bien hecho está, papá? –preguntó la criatura.

–Sí, hija. Es una reproducción asombrosa, parece que esté vivo. –respondió su padre. –Venga, memoriza la escena e intégrala en tus recuerdos, debemos seguir con la visita.

¡Oh, no! ¿Era cierto lo que veía o estaría soñando?. Al centrarme en ese ser, comprobé que su anatomía era parecía a la nuestra, pero con sutiles cambios que me convencieron de que no se trataba de un ser humano. Sus ojos eran más grandes de lo habitual, con una tonalidad negra que ocupaba toda la superficie, su nariz apenas era visible, tan solo dos orificios que se movían con un suave aleteo. El cabello estaba formado por finos hilos que flotaban en el aire, como cuando estás bajo el agua, y su boca era ancha, con pequeños y bonitos dientes. La tonalidad de la piel era de un azul intenso, con pequeñas manchas más oscuras y decenas de orificios de los que era incapaz de adivinar su función. Pero lo que más me impresionó es que poseía cuatro brazos y cuatro piernas. 

La joven alienígena esbozó una extraña sonrisa hacia mí y corrió detrás de sus padres, que eran iguales a ella, pero bastante más altos. Las criaturas se alejaron de en busca de otra atracción. 

Sentí como una lágrima se deslizaba por mi mejilla. Lo acababa de entender todo. Nadie vendría a por mí, nunca recordaría lo que me pasó, nadie me liberaría. Estaba jodido. 

Y si queréis disfrutar de una historia apasionante plagada de aventuras, aquí os dejo mi última novela «CAMPING MORTAL. HISTORIA DE UN APOCALIPSIS»

Nos leemos.

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