RELATO CORTO: EL BANCO

La ansiedad había vuelto, no le dejaba respirar, empezaba a ser insoportable. Siempre se desataba en el momento menos oportuno. Hacía semanas que convivía tranquilo con su alma y, ahora esa molesta desazón había vuelto a aparecer y sabía que no lo iba a abandonar hasta aplacarla del todo. Era desagradable, brutal. 

Miró a sus pies y observó cómo las palomas picoteaban las migajas que él mismo les tiraba. Era una tarde agradable de mediados de abril, el calor empezaba a hacer llevaderas las horas en la calle.

Estaba sentado en el banco de enfrente del parque infantil, donde jugaban alegres varios niños y niñas. Había acabado su jornada matinal y esperaba paciente a que llegase el momento de volver a su puesto. 

Mientras pasaba la tarde, observaba aquí y allá a los transeúntes, pero lo que más le calmaba la ansiedad era ver a esos pequeños corretear ajenos a todo, tan solo pendientes de jugar, pensando en el presente, sin preocupaciones, sin ninguna maldad que les corrompiese por dentro. Eran tan inocentes.

 Su edad avanzada le invitaba a reflexionar más a menudo de lo deseado sobre los actos en su vida. Intuía que el final no andaba lejos; no sabía por qué, pero se acercaba. 

Él se creía satisfecho con lo realizado en los largos años de su profesión. Un oficio dedicado a los demás sin fisuras. Había realizado infinidad de buenas obras, ayudado a los desfavorecidos, colaborado en cientos de comedores sociales, donado sus bienes a causas justas; había conseguido mejoras notables en diferentes barrios de la ciudad y lo habían respetado por ello; había podido influir en los jóvenes, los había podido guiar hacia buenos caminos alejados del mal, ha…

—Disculpe, señor —interrumpió un caballero—. ¿Le importaría compartir su banco conmigo?

—Por supuesto, siéntese, buen hombre —respondió, educado, Heliodoro.

—Bonita tarde. Paseo por este parque todos los días y este banco es de los mejores lugares para descansar. Me he fijado que a usted también le ha parecido una buena elección.

—Pues sí, tiene razón en que es un lugar muy agradable. Es la primera vez que vengo por este barrio y me ha sorprendido mucho, a favor, claro.

—No le había visto nunca por aquí y reconozco que me ha picado un poco la curiosidad por conocerlo, espero que no le importe.

—Al contrario, en mi oficio conozco a personas a diario y disfruto mucho con su compañía. Siempre intento ayudar a quien lo necesite.

—Estupendo entonces, porque, ahora que lo pienso, tengo un problema entre manos e igual puede ayudarme.

—Claro, cuénteme. Le aseguro que soy una tumba, sus problemas personales no serán difundidos jamás.

—¡Estupendo! Verá, en mi trabajo tengo relación con mucha gente, me parece que eso lo compartimos. Algunos son muy buenas personas y con ellas pasas el día a día de manera agradable; con otras, la cosa se hace más difícil, hay discusiones, malas miradas, mal ambiente en la oficina, se podría decir. Aun así, con estas últimas la sangre no llega al río tampoco, su compañía se puede sobrellevar. Sin embargo, hay una clase de personajes a los que no aguanto en absoluto, con los que no puedo lidiar y pierdo las formas, me quedo sin paciencia y libero lo peor que llevo dentro. No sé si me explico, es algo que me supera.

—¿A qué clase de personas se refiere? Seguro que le puedo ayudar, todo tiene solución.

—A las hipócritas. Sí, ya sé, no parece tan grave, pero no puedo con ellas, señor Fernández.

—Perdone, ¿me ha llamado señor Fernández?

—Claro. ¿Cómo quiere que le llame? ¿No se apellida usted así?

—Claro, sí, sí. La cuestión es que no nos hemos presentado.

—¿No? ¡Vaya!, lo he vuelto a hacer. Siempre cometo el mismo error, no hay manera de corregirlo, es una lamentable manía.

—¿Cómo sabe mi nombre?

—Es usted una persona conocida, Heliodoro, no ha sido muy difícil dar con usted. Sobre todo porque en estos días debe de sobrellevar un poco mejor su ansiedad y no hay un lugar mejor que este para encontrarlo.

—¿Disculpe?

—Creo que sabe perfectamente a qué me refiero. Su ansiedad, eso que le corroe por dentro, ese instinto que debe usted aplacar para poder seguir ayudando a las personas. ¿No es así como se autoconvence? ¿No cree que al final le he descrito bastante bien? Heliodoro Fernández, el mayor hipócrita sobre la faz de la tierra.

El anciano señor Fernández tragó saliva y se preguntó quién era ese hombre y por qué sabía tanto acerca de su secreta ansiedad.

—Me temo que no sé a qué se refiere. —Intentó ganar tiempo y, tal vez, alguna aclaración por parte de ese extraño personaje.

—Deje que le ayude. Usted ha destacado por sus buenas causas hacia la sociedad. Es una referencia de rectitud y moralidad; sin embargo, no siempre ha sido así. Usted más que nadie debería saber que, al final, todo se acaba conociendo y que nada puede ocultarse. —El extraño caballero miró hacia el cielo—. Guarda un oscuro secreto que hasta a mí me resulta ofensivo, señor Fernández. Por eso estoy aquí. Para evitar que les haga más daño, para evitarles sufrimiento y que no tengan que soportar su asqueroso tacto, sus depravadas caricias.

El misterioso hombre miró hacia el parque infantil. El señor Fernández siguió su mirada y observó, de manera nostálgica, a los niños. Una gota de sudor le resbaló por la frente.

—¿Qué quiere de mí? ¿Quién es usted? ¿Quién le envía?

—Demasiadas preguntas. Sabe perfectamente quién soy y seguro que lleva tiempo esperándome.

—No puede ser. ¡Usted! ¿No podemos llegar a algún acuerdo?

—Tranquilo, señor Fernández. Lo que usted ha hecho para compensar su maldad no ha sido ni por asomo suficiente. Lo ha intentado con fuerza, conocedor de lo que hacía, para ver si lograba equilibrar la balanza, pero lo de hoy ha sido demasiado. No lo puedo permitir. Ahora le queda toda la eternidad para sufrir, para experimentar todo el dolor que ha provocado.

—¡No! ¡No! Por favor, así no.

—¡Basta ya! Es hora de que me acompañe, señor Fernández.

Segundos después, una señora gritó angustiada señalando hacia el banco de enfrente del parque. El cuerpo de un hombre yacía en el suelo. El reverendo Heliodoro Fernández acababa de fallecer. Un misterioso hombre vestido de negro se alejaba caminando plácidamente. Algunos testigos exclamaron alterados que en el fatídico banco olía ligeramente a algo parecido al azufre.

Nos leemos.

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