RELATO CORTO: EL MISTERIOSO GRIMORIO DE LAFAYETTE

Hola a todos. Hoy os traigo una historia de misterio y terror titulada El misterioso grimorio de Lafayette. Forma parte de la antología Orgullo zombi, que consta de dos espectaculares tomos.

Aquí os dejo los links, son GRATIS, así que aprovechad, lo pasaréis muy bien. Regreso a la vida e Invasión

EL MISTERIOSO GRIMORIO DE LAFAYETTE

Las luces de la comisaría de la ciudad de Lafayette centelleaban intermitentes. Un silencio sepulcral que hacía horas que no escuchaba lo inundaba todo. Le habían abandonado a su suerte nada más ver la mordedura en su pierna. Ante la gravedad de la herida y con el único objetivo de mantener su humanidad, cogió un hacha que colgaba de la pared del cuarto de mantenimiento, una correa para hacerle un torniquete y se encerraron en una de las dos celdas para evitar que mordiera a nadie si se transformaba después de la amputación.

De eso hacía más de una hora, estaba seguro de haber evitado la conversión en una de esas cosas. Cogió la pierna del suelo y la lanzó al exterior de la celda, esta impactó en la cafetera de encima del mostrador y derramó el frío e insípido líquido negro por el suelo.

¿Cómo había llegado a esa situación?

Unas horas antes, la ciudad era un lugar idílico apartado del bullicio de Nueva Orleans, un rincón de paz donde veranear o pasar el fin de semana.

No muchos sabían de las leyendas que hablaban de actos horribles en el pasado, pero eso había quedado atrás, ya no quedaba nadie vivo de los que cometieron aquellas atrocidades, si es que eran ciertas, claro. No sabía qué pensar.

El señor Sullivan agonizaba ante él, por mucho que apretaba el torniquete, la sangre no paraba de manar, no creía que durase mucho más. Lo acomodó lo mejor que pudo en el catre, lo tapó con la manta doblada a los pies y se dispuso a salir de la celda. Cerraría con llave y esperaría junto a su agonizante compañero hasta la hora de su muerte. Nadie podía ayudarlos, nadie vendría a atenderlo.

—Espera, chico. Tengo algo que contarte.

Se giró sobresaltado, el señor Sullivan había abierto los ojos. Su mirada gris, a juego con el poco pelo que le quedaba, le suplicaba un instante más de compañía. Su arrugada piel color ébano apenas se distinguía del color de su vestimenta, compuesta por una camisa y un pantalón negro como la noche, el alzacuellos de color blanco destacaba como los faros de un coche en plena noche

—Dígame, señor Sullivan —dijo Peter acercándose.

—Hijo, me queda poco tiempo. Todo esto se podría haber evitado, pero nunca tuve el valor de enfrentarme a ellos.

Estaba muy débil. Su voz apenas era un susurro.

—¿De quién me está hablando?

—Ve a mi casa, busca en el pez…blanco.

—¿Pez blanco? ¿Qué sucede?

—No subestimes… —el señor Sullivan suspiró. —…A esa gente. Debes detener su locura.

—En serio, señor Sullivan, no entiendo nada. ¡¿Señor Sullivan?!

Demasiado tarde, se había ido. Tenía que actuar con rapidez o su compañero volvería transformado en un muerto viviente. Había sido testigo de ello horas atrás, cuando Betty Williams, después de ser arrollada por una furgoneta fuera de control, se había levantado como si nada y había devorado sin piedad los intestinos del conductor que había salido despedido por el cristal frontal. A los pocos segundos, este también se levantó y empezó a atacar a otros ciudadanos.

Así que, sin pensarlo dos veces, agarró el hacha, abrió las piernas para asentar su posición y golpeó con fuerza la cabeza del señor Sullivan, partiéndola en dos.

Ver los sesos esparcidos por el suelo fue demasiado para Peter, que vomitó encima del cadáver. Salió de allí sin mirar atrás.

No sabía qué había querido decirle antes de morir, pero debía de ser importante. Tenía que ir a su casa y buscar ese pez blanco. Era la única manera de sacar algo en claro.

No obstante, no iba a ser sencillo, ya que tenía que cruzar media ciudad para llegar a su destino.

Hacía muchos años que Peter conocía al reverendo Michael Sullivan. Antes de que sus padres murieran, iban todos los domingos a misa a escuchar su sermón. Era un buen hombre, una de las personas más sensatas que había conocido. Así que, si antes de morir le había dicho esas cosas, tenía la obligación de investigar.

Varias horas antes, al salir de su casa alertado por los gritos de sus vecinos, Peter se había encontrado con un panorama surrealista. Todos corrían de un lado a otro huyendo de lo que sin duda eran muertos que habían vuelto a la vida. Estos se echaban encima de las personas y los mordían sin previo aviso, pero lo peor era cuando las nuevas víctimas se levantaban a los pocos segundos y se comportaban de la misma manera.

En un momento de plena desesperación en el que varios muertos lo tenían rodeado, un vehículo se detuvo a su lado y el conductor le dijo que entrara. Era el señor Sullivan. Arrancó sin contemplaciones, atropellando a varios de los muertos que habían estado a punto de comerse a Peter. El parabrisas se tiñó de rojo, una tonalidad repugnante que los limpiaparabrisas no pudieron hacer desaparecer. Se dirigieron al lugar más seguro que conocían, la comisaría.

Fue en ese momento cuando mordieron al pobre reverendo en la pierna. Nada más salir del coche, dos muertos salieron del oscuro callejón cercano y se les abalanzaron. Uno de ellos se le acercó medio encorvado, Peter abrió la puerta del coche en el momento justo, el muerto rompió la ventanilla con su cabeza, quedando atrapado en ella. A continuación, cogió una palanca de hierro que había en el asiento de atrás y le golpeó la cabeza hasta que dejó de moverse. Se giró para ayudar al reverendo, el muerto lo había cogido desprevenido y forcejeaban los dos en el suelo. El señor Sullivan le dio varias patadas para sacárselo de encima, momento que aprovechó el muerto para morderle. Peter se acercó con velocidad y le atravesó la cabeza con la barra. Ayudó a incorporarse a su compañero y entraron en la comisaría. El resto de la historia fue lamentable. Los allí presentes, al ver que habían mordido al reverendo, huyeron despavoridos como alma que llevaba el diablo.

Y ahora estaba solo.

La manera más rápida de llegar a casa del reverendo era en su coche, así que miró a ambos lados de la acera para comprobar que tenía el camino despejado y se acercó al vehículo para sacar al muerto que todavía colgaba de la puerta, montarse en él y arrancar sin mirar atrás.

El trayecto fue más duro de lo que pensaba. No es que tuviera muchos problemas para avanzar, ya que los muertos vivientes eran lentos y torpes, lo duro fue ver a sus vecinos y amigos deambulando sin un rumbo fijo, desfigurados y con sus órganos internos dejando un rastro de sangre por la carretera.

Al llegar a la casa del reverendo, varias de esas criaturas caminaban demasiado cerca de la puerta. Cogió el hacha y salió del coche, mentalizado de que no le quedaba otra que deshacerse de ellos.

Nada más salir, cuatro zombis se activaron y fueron a por él, Peter supuso que lo habían olido. Al primero le atravesó la cabeza sin problemas, cayendo al suelo como un saco de cemento. Al segundo le cortó una pierna, para una vez en el suelo, matarlo sin problemas. Todavía quedaban dos. Fue a por el más grande, lo reconoció enseguida, era el señor Smith, un manitas que arreglaba cualquier chapuza que la gente del barrio le pidiera. Lo malo era que tenía el casco de obrero puesto y atacar su cabeza no iba a ser tan fácil, volvió a optar por sus piernas. A los pocos segundos, el señor Smith se arrastraba por el suelo sin sus extremidades inferiores. De repente, oyó un ruido detrás de él y se giró justo a tiempo de evitar que una muerta le mordiera. Se apartó un metro de ella y le clavó el hacha en el cráneo. La muerta cayó hacia delante con el hacha todavía insertada en su cabeza, con bastante mala suerte para el señor Smith, ya que el mango le entró por una de las cuencas oculares, matándolo al instante. Un espectáculo digno de ver. Peter le dio una patada a la muerta para que se quedara de lado y no sin esfuerzo, recuperó el hacha de los dos cadáveres.

Con la intención de evitar más problemas, se dirigió a la entrada de la casa del señor Sullivan, buscó debajo de las macetas hasta que encontró una llave y entró.

Peter se quedó apoyado en la puerta, suspirando para recuperar un ritmo cardíaco normal. La experiencia que estaba viviendo no era normal.

Una vez relajado, esperó a que sus ojos se acostumbraran a la oscuridad y avanzó por el salón comedor. La decoración era muy austera, constaba de un sillón orejero marrón delante de un televisor, una mesa de madera con dos sillas que debían tener más de cincuenta años y una estantería llena de libros. Al fondo, había una barra americana que conectaba con una cocina muy básica. A la derecha, se abría un corredor hacia el aseo y a una puerta cerrada con llave que Peter supuso que llevaba al sótano. También había unas escaleras que conducían a las habitaciones del piso superior.

Peter buscó por todas las estancias de la casa la supuesta pecera donde debía de estar el pez blanco al que el reverendo había hecho referencia, pero no había ninguna. Se fijó en las figuritas de adorno, había querubines y varios elefantes de cerámica, pero ninguna en forma de pez. Fue a la cocina y rebuscó en los armarios y dentro de las ollas, pero tampoco encontró nada.

—Pez blanco. ¿Qué me querías decir? —susurró Peter mirando hacia el único sitio en el que no había mirado, la estantería de libros —Claro.

Se acercó y empezó a leer el título de los lomos.

—Crimen y castigo, La carretera, Diez negritos, Cien años de soledad, La letra escarlata, Los pilares de la tierra, Moby-Dick, El viejo y el mar, Las aventuras de Sherlock Holmes, El color púrp…

Peter retrocedió varios títulos. Cogió uno de los libros y lo abrió.

—¿En serio? ¿pez blanco? No era muy difícil decir Moby-Dick.

El señor Sullivan había recortado algunas hojas para hacer hueco a un objeto que sin duda no era de ese siglo. Lo sostuvo entre sus manos y dejó el libro de nuevo en su sitio.

—¡Una llave!, ¿qué abrirá?

Volvía a la casilla de salida. Estaba seguro de que en la casa no había ninguna cerradura que encajara con esa llave, a no ser que estuviera en la única estancia donde no había mirado, el sótano. Se dirigió a la puerta, pero la llave que había encontrado no encajaba. Probó con la llave de la entrada, esta vez sí tuvo suerte y la puerta se abrió.

Un olor mezcla de cerrado, rancio y humedad salió de las profundidades. Ante él aparecieron unas inhóspitas escaleras, sacó el móvil y encendió la linterna. No le hacía mucha gracia bajar allí por si se encontraba alguna de aquellas cosas, pero escuchó con atención y al no oír ruido alguno, se decidió a hacerlo. Los escalones crujían a cada paso, pero llegó abajo sin percances. Allí había de todo, como buen sótano que era: estanterías repletas de cajas de cartón podridas por el tiempo, toda clase de herramientas, una caldera oxidada y… una mesa de metal con una urna de cristal encima. Descartó todo lo demás y se acercó a aquel objeto. Había algo en su interior, pero una gruesa capa de polvo cubría la superficie y no lograba descifrar de qué se trataba.

Después de unos segundos de duda, levantó la urna y se topó con una caja cerrada por un cerrojo. Parecía muy antigua, unas extrañas inscripciones que no identificaba la decoraban, sin embargo, varios dibujos de gárgolas y lo que parecían demonios lo inquietaron un poco. Miró la llave que tenía en la mano y una sonrisa se reflejó en su rostro. Encajó la llave y la caja se abrió sin ningún esfuerzo, como si fuera nueva.

En su interior había un pergamino enrollado, atado con un cordel rojo y un sello de cera que impedía abrirlo.

No tenía tiempo para contemplaciones, por lo que rompió el sello, retiró el cordel y lo abrió.

Leyó el texto con atención, un escalofrío le recorrió el cuerpo de arriba abajo.

Esas líneas explicaban que un antiguo aquelarre de brujas vivía en Lafayette desde hacía siglos. Habían logrado que Nueva Orleans pasara a ser un reclamo turístico de leyendas, magia, brujería y hechizos, dejando a las verdaderas brujas la libertad para ejercer sus rituales en la cercana ciudad de Lafayette, donde podían pasar inadvertidas.

El reverendo Sullivan lo había descubierto y llevaba tiempo estudiando sus movimientos, preparado para cuando se desviaran del buen camino, algo que acababa de suceder. Para detener lo que había empezado, debía dirigirse a la iglesia, entrar en la sacristía y seguir las instrucciones de lo que encontraría debajo de las tablas de madera del suelo. Solo así las fuerzas del mal volverían al horrendo lugar del que habían salido.

Peter no se lo podía creer, si este desastre había sido causado por brujería, no sabía qué podría hacer él para evitarlo. Una gran responsabilidad recaía sobre sus hombros, puesto que no había nadie más que supiera la verdad. No tenía otra opción que seguir las instrucciones que iba encontrando hasta que las fuerzas del orden o el ejército tomaran el control de la ciudad.

Volvió a dejar el pergamino en la caja y la cubrió con la urna, subió las escaleras, se armó con el hacha y varios cuchillos que encontró en la cocina y salió de la casa dirección a la iglesia, situada a pocas manzanas de allí.

En esta ocasión, decidió ir andando lo más despacio posible para no llamar la atención de los muertos del vecindario. La mayoría deambulaban por medio de la calzada, así que se embadurnó la ropa con la sangre de los cadáveres de la entrada y partió, tenía la esperanza de no llamar tanto la atención. Avanzó escondido alternando entre la vegetación y los coches aparcados en la acera. Los muertos no hacían ademán de haberlo detectado, por lo que el hediondo olor que desprendía funcionaba a la perfección.

A los pocos minutos, divisó la iglesia. La puerta estaba abierta, de su interior entraban y salían muertos vivientes constantemente, era imposible que pudiera entrar sin que le atacasen. Movido por lo bien que había funcionado el camuflaje, optó por llevarlo al siguiente nivel.

Localizó a una criatura indefensa, se acercó por detrás y le clavó un cuchillo en la nuca, murió sin que se hubiera dado cuenta. Arrastró el cadáver detrás de un arbusto y lo abrió en canal. Un olor insoportable salió de su interior, haciendo que le vinieran varias arcadas. Hizo de tripas corazón y se restregó los órganos internos por todo el cuerpo, extrajo los intestinos y se los colocó alrededor del cuello como si transportara una cuerda de escalada. Vomitó varias veces en el proceso, pero no le quedaba más remedio que hacer eso si quería sobrevivir. Sin tenerlas todas consigo, abandonó su escondite y avanzó despacio hacia los muertos con el hacha en una mano y un cuchillo en la otra, listo para atravesar cabezas en caso necesario.

Pasó a pocos metros de varias criaturas, pero ni se inmutaron, siguió avanzando hasta el grupo de la puerta principal, algunos se acercaban a olfatear, ignorándolo enseguida. Más confiado, cruzó el umbral y se dirigió a la sacristía esquivando a las decenas de muertos que vigilaban la iglesia como si de un ejército se tratara.

Y entonces cayó en la cuenta, las brujas no querían que nadie llegará a ese lugar y habían enviado a los muertos a protegerlo. Sabían que si alguien era capaz de detener todo aquello, ese era el señor Sullivan. Lo que no sabían era que Peter seguía los pasos de ese hombre y que estaba dispuesto a cualquier cosa para llegar hasta el final.

A pocos metros de llegar a la puerta de la sacristía, observó que dos criaturas de unas facciones terribles hacían guardia. Eran muertos, pero no actuaban igual que los demás, parecían más…listos.

No le importó, se acercó imitando los gruñidos y movimientos de los muertos vivientes y cuando pasó por delante de ellos, les clavó el hacha y el cuchillo en la cara a esos bichos. No pudieron reaccionar a tiempo y murieron en el acto. A continuación, apartó los cadáveres y abrió la puerta, entró con rapidez y la cerró a sus espaldas, ya estaba a salvo.

Una voz angelical, procedente de detrás de él, le habló.

—Hola, Peter.

Se giró asustado y se encontró con la mujer más bella que jamás hubiera visto. Su piel era blanca y suave, sus ojos verdes como la esmeralda lo atraparon sin remedio, el pelo, liso y de un negro azabache, le llegaba hasta media espalda. Un elegante vestido rojo sangre y unos tacones negros completaban esa visión maravillosa. Sin embargo, no todo era bello en aquella estancia. Detrás de ella, apostados con gesto amenazador, había cuatro criaturas como las que acababa de abatir en la puerta. Peter pensó que serían una especie de guardia personal. Sus ropajes estaban sucios y roídos por el paso del tiempo, la carne que envolvía sus huesos había casi desaparecido, pero sus monstruosos rostros no dejaban lugar a dudas, eran muy peligrosos.

Un movimiento delicado por parte de aquella mujer hizo que Peter volviera a centrar toda su atención en ella.

—¿Quién eres? –preguntó acercándose con precaución.

—Creo que ya sabes quién soy, pero te lo aclararé por el respeto que le teníamos al reverendo Sullivan, una lástima que acabara así, no se lo merecía. Mi nombre es Samantha, soy la suma sacerdotisa de un aquelarre muy antiguo y poderoso.

–No puede ser, todas esas historias eran cuentos para asustar a los niños.

–¿No tienes pruebas suficientes a tu alrededor? ¿Qué más necesitas para demostrarte que el orden de las cosas ha cambiado?

Peter la miró con fiereza.

–Has dicho que respetabais al señor Sullivan, pero lo único que habéis ocasionado es su muerte y extender el dolor por la ciudad.

–Y lo siento mucho, de veras. Era un buen hombre y conocía la mayoría de nuestros secretos, me hubiera sido de utilidad.

Samantha se acercó al centro de la sacristía, se agachó, extrajo varios tablones de madera y rebuscó en su interior hasta que encontró lo que buscaba.

Peter vio como sacaba un libro que parecía muy antiguo.

–El reverendo conocía tanto de nosotras porque fue capaz de robarnos este grimorio. En él están escritos nuestros hechizos más antiguos y poderosos. El pobre reverendo cometió el error de dejar desprotegida la iglesia. Al morir, la protección que nos impedía entrar desapareció. Ahora tenemos el camino libre para dar rienda suelta al nuevo mundo que nos rodea.

–No te saldrás con la tuya, maldita bruja. Tu belleza no impedirá que acabe con todas vosotras.

–Lo siento, Peter. Pero tengo planes que llevar a cabo y tú eres una pieza clave para conseguir nuestros propósitos.

–¿Yo? –preguntó un cada vez más desconcertado Peter.

Samantha hizo un gesto con la cabeza y las cuatro criaturas que la protegían se abalanzaron sobre el muchacho. Peter hizo amago de lanzar el hacha contra uno de ellos, pero la bruja extendió una mano y lo empotró contra la pared, inmovilizándolo por completo. Sus armas cayeron al suelo mientras los terroríficos muertos se acercaban.

–¡No, dejadme en paz!

No podía moverse. Una de esas cosas sacó un garrote que llevaba en la cintura y golpeó a Peter en la cabeza. Todo se volvió negro mientras oía la risa estridente de Samantha a lo lejos.

Extraños cánticos se escuchaban a su alrededor, suaves, constantes. Él avanzaba por un pasillo oscuro hecho de ladrillos. La luz de las escasas antorchas no era suficiente para identificar dónde se encontraba. Los cánticos empezaban a oírse más nítidos y fuertes, se estaba acercando a su origen. Oyó un ruido a su espalda, giró la cabeza y vio a cuatro grotescos guardias que corrían hacia él. Se asustó y corrió lo más rápido que pudo para alejarse de ellos, pero no avanzaba. Sus pies se movían, sin embargo, el pasillo se hacía cada vez más largo, miró hacia atrás, ya llegaban. Uno de ellos alargó el brazo y lo agarró de la camiseta. Lo acercó hacia ellos y el resto de monstruos se le echaron encima. Empezaron a devorarlo vivo. Peter gritaba debido a aquel dolor tan espantoso. Iba a morir…

Abrió los ojos de golpe. Estaba vivo. La cabeza le dolía muchísimo. Escuchaba de nuevo aquellos cánticos a su alrededor. Cuando logró centrar su mirada, echó un vistazo a la estancia. Lo que vio lo acabó de despertar. Un sudor frío le recorrió todo el cuerpo.

Estaba estirado en una losa de piedra con varias canalizaciones en los bordes que llevaban a un enorme caldero. Estaba completamente desnudo y tenía los brazos y las piernas atadas con unos fuertes grilletes que impedían que se moviera. A su alrededor había siete extrañas mujeres de formas grotescas que no paraban de cantar. Sus rostros estaban plagados de arrugas, sus cabellos eran apenas unos hilos grasientos y todas ellas tenían prominentes senos y barrigas que no se molestaban en ocultar. Al otro extremo de la sala vio a Samantha, la suma sacerdotisa, que al ver que la miraba, se levantó y se acercó a la losa seguido de su guardia personal.

–Bienvenido de nuevo, Peter. Te presento a mi consejo de brujas, las siete hechiceras más poderosas después de mí.

–¿Qué hago aquí? Soltadme, malditas.

–Lo siento, querido. Pero como te dije antes, tú entras en nuestros planes. De hecho, eres el motivo de todo esto.

–Explícate. Solo soy un chico que se ha metido en un lío en el que nunca tendría que haber entrado. Perdóname, de verdad que no diré nada a nadie. Podéis hacer lo que queráis, pero no me hagáis daño.

–Peter, Peter. El reverendo no te salvó la vida por casualidad. Sabía lo que se hacía. Sabía quién eras.

–No entiendo nada.

–El reverendo Sullivan no solo me robó el grimorio. Sin quererlo, me arrebató lo que más quería. Este libro –dijo Samantha señalando hacia un atril –Está vinculado para siempre a mí y a los que más quiero. Yo tenía un hijo, Peter, un hijo que murió cuando el reverendo alejó el grimorio de aquí y lo escondió en su iglesia. Tu cuerpo se apagó entre mis brazos, pero tu alma voló hacia el primer bebé que nació en aquellas fechas.

–Yo.

–Correcto. El reverendo lo descubrió todo cuando leyó nuestros secretos, de ahí la protección que logró invocar en el edificio y la causa por la que fue a por ti cuando empezó nuestro resurgimiento.

–Por eso sigo vivo, porque soy tu hijo. Entonces, ¿por qué me haces esto? –preguntó forcejeando con los grilletes.

–Porque necesito volver a vincularte al grimorio para conseguir el viejo poder que atesorabas. Y para ello, necesito tu sangre. Una vez vinculado, volveremos a ser la familia más poderosa de este mundo.

–¡Jamás! No te ayudaré a que expandas el apocalipsis a otras ciudades. Aunque me vincules, haré todo lo posible para matarte a ti y a tus asquerosas amigas.

–Solo quería informarte de lo que pasará a continuación, querido. No hace falta que te pongas así. Lo sé, no es culpa tuya, pero tenía la esperanza que quedara alguna reminiscencia dentro de ti. Veo que no es así. Entonces, no hay nada más que hablar. Empecemos.

Samantha pronunció unas palabras en un lenguaje antiguo que Peter no entendió y su cuerpo empezó a cambiar. Su belleza desapareció para transformarse en algo muy parecido al resto de las brujas, pero más grande y fea. Sacó un cuchillo de debajo de la túnica e hizo una larga incisión en el brazo izquierdo del joven. La sangre empezó a manar y fue cayendo gota a gota en el caldero. El resto de brujas aumentaron el volumen de los cánticos. Peter cerró los ojos, su cuerpo empezó a convulsionar. Samantha le quitó los grilletes. El joven se elevó varios metros en el aire mientras las brujas cantaban las últimas estrofas del hechizo. Y, de repente, silencio absoluto.

El cuerpo de Peter fue descendiendo hasta quedar estirado de nuevo en la losa de piedra. No había rastro de la herida del brazo. Pasados unos minutos, abrió los ojos. Sus pupilas azules pasaron a ser naranjas como el fuego. Se levantó con lentitud y miró a Samantha.

–Hola, madre.

–Bienvenido de nuevo, Ildur. Ahí tienes a tus guardias. Ya sabes lo que tienes que hacer.

El brujo se levantó, su madre le ofreció una hermosa túnica con la que se vistió y se dirigió a la salida con los grotescos muertos vivientes siguiéndolo. Atravesó largos corredores de piedra, subió varios pisos de la extraña gruta en la que se encontraba y salió al exterior. La fría noche le dio la bienvenida. Se encontraba en uno de los bosques que rodeaban la ciudad. Miró a la lejanía y vio las luces de Lafayette. Se encaminó hacia sus calles.

Al llegar a la ciudad, los muertos vivientes que deambulaban por la calle se le unieron, formando un extraño y apestoso ejército. Los pocos vivos que se encontraban por el camino eran reducidos con facilidad, pasando a engrosar la horda. No dejaron ni una casa por registrar, los supervivientes se escondían en sótanos o buhardillas. Los muertos no eran capaces de llegar hasta ellos, pero contaban con la inteligencia de Ildur, que los guiaba a los lugares donde él se habría escondido. El resultado fue devastador, decenas de nuevos muertos vivientes sin extremidades o con las vísceras colgando se unieron a él.

Al girar una esquina que daba a la calle principal, divisó unas luces azules, naranjas y rojas que parpadeaban. Eran los primeros efectivos de la policía y del ejército que venían a proteger a los ciudadanos. Habían recibido varias extrañas llamadas alertando de monstruos y muertos que caminaban. Cuando llegaron a la ciudad, no encontraron a nadie, hasta ahora.

Ildur, rodeado por su macabro ejército, se situó enfrente del pobre destacamento.

No se lo pensó dos veces, alzó una mano y lanzó a los muertos contra ellos.

Las autoridades estaban en clara inferioridad numérica. Los policías y militares ignoraban que aquellas personas que se les acercaban ya no eran hombres y mujeres normales, por lo que, en un intento de persuadir a aquella multitud, mandaron órdenes a través de varios megáfonos. Al ver que el gentío no se detenía, avanzaron en paralelo con los escudos antidisturbios por delante. La horda de muertos no tardó en llegar a su posición. Se oyeron los primeros gritos desesperados. Los mandos, cuando vieron que sus patrullas eran atacadas y que esa gente se los estaba comiendo vivos, no dudaron en dar la orden de atacar. Decenas de armas dispararon contra la horda, pero las ignorantes autoridades desconocían que solo los podían abatir disparando a la cabeza, por lo que los proyectiles al cuerpo no detenían el avance de sus atacantes. Se vieron desbordados enseguida. Algunos zombis sí que caían por algún disparo fortuito que les destrozaba el cerebro, pero la mayoría llegó a sus objetivos, destrozando a los pobres militares que habían venido a ayudar.

A los pocos minutos, en la calle principal tan solo se oía los suaves murmullos de los muertos que volvían a la vida bajo las órdenes del aquelarre. La horda de muertos creció en un número considerable. Ildur contempló su obra con una sonrisa en los labios.

Una nueva era comenzaba y Lafayette solo era el principio.

También os dejo el link a mi última novela.

Nos leemos.

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