RELATO CORTO: NOCHE DE HALLOWEEN

Hola a todos. Ha llegado la noche más terrorífica. En este año tan raro de pandemia, donde no podemos celebrar la festividad junto a nuestros amigos y familiares, nos hemos unido unos cuantos escritores para compartir con vosotros nuestros relatos de miedo y terror. Los podréis encontrar en Twitter bajo el hashtag #EnHalloweenTambiénSeLee.

Adelante, pasad y disfrutad.

NOCHE DE HALLOWEEN

El ambiente que se palpaba en el vecindario era aterrador, el miedo acechaba, el riesgo de muerte era muy real, pues había llegado la festividad más importante del año: Halloween.

Todavía faltaban unas horas para que anocheciera. Las calles estaban desiertas de niños y no tan niños, puesto que cada uno ultimaba el disfraz que lucirían con orgullo en tan esperada fecha. Los vecinos hacía días que preparaban sus casas con la más macabra decoración; se podía intuir qué temática en concreto acabarían mostrando, aunque los retoques finales se guardaban en el más estricto secreto hasta último momento, para así sorprender a los niños incautos que se acercaran a demandar su truco o trato.

La familia Connelly no era diferente al resto: durante la última semana engalanaron la fachada con tenebrosos adornos; aunque hasta esa misma tarde no completaron las escenas clave de su temática, basada en la saga de películas de terror Viernes 13.

La decoración consistía en varios rincones ambientados en las películas, que los imprudentes niños deberían atravesar hasta alcanzar la puerta de la casa, donde recibirían el tan ansiado y dulce premio.

Los señores Connelly, Sarah y Peter, iban disfrazados de la señora Voorhees y su hijo Jason, respectivamente. Esa noche, no habría criatura que no gritara de espanto como precio a pagar por su recompensa. Por otra parte, sus dos hijos, Pamela y Steve, eran la viva imagen de sus progenitores, y como tales, sus disfraces eran una copia en miniatura de la de sus padres.

Esa noche prometía emociones fuertes y el vecindario estaba listo para el terror más absoluto. Sin embargo, ese año había una peculiaridad que alteraba la dinámica de años anteriores. Algo que nadie comentaba en voz alta, pero que los tenía en vilo. Un suceso que pensaban que no llegarían a ver, mas se equivocaron. 

En mitad de la calle principal, una casa llevaba décadas abandonada. Se rumoreaba que en ella se cometieron crímenes atroces y que los fantasmas de las víctimas de un siniestro asesino, el señor Blackhood, merodeaban por sus rincones. Los padres, temerosos de tales historias, prohibían a sus hijos acercarse o entrar en la mansión. Los niños obedecían sin protestar, puesto que las condiciones del lugar no invitaban a aventurarse por allí: la valla de hierro forjado estaba oxidada y rota por varias secciones, el jardín delantero estaba abandonado y las malas hierbas campaban a sus anchas. Por último, las ventanas estaban tapiadas con podridos tablones. Todo invitaba a ser precavido y a alejarse del lugar. Sin embargo, eso cambió de unos meses a esta parte. 

Un día, varios vehículos aparcaron delante de la propiedad: uno pertenecía a una famosa empresa de jardinería; otro, a un exitoso centro de reformas y, por último, un enorme camión de mudanzas. Durante los días siguientes, los trabajadores se dedicaron a limpiar y a restaurar la majestuosa mansión, devolviéndola a la vida. No obstante, otro suceso los inquietó: el dueño de la casa no era otro que el bisnieto del señor Blackhood, el presunto autor de los horrendos hechos que daban tan mala fama a la propiedad. 

Nadie sabía a ciencia cierta si todo lo que se rumoreaba era cierto. En muchas ocasiones, una mentira repetida cientos de veces se transformaba en verdad, así que, por si acaso, los vecinos continuaron con los recelos propios de tales habladurías.

Las semanas fueron pasando, y el joven matrimonio instalado en la mansión resultó ser de lo más normal. En pocos días, se presentaron al resto de vecinos de la calle portando grandes tartas y pasteles. Aun así , los vecinos no se fiaban de aquella pareja. La posibilidad de que la historia de la casa fuera cierta, impedía cualquier tipo de vinculación con ellos. Al menos, el vecindario había mejorado su estética y todas las viviendas lucían una buena imagen. Lo que pasara en la mansión seguiría siendo una incógnita.

La noche de Halloween llegó y los hogares se vistieron para la ocasión. Por supuesto, la mansión Blackhood no iba a ser menos, regalando al vecindario una espectacular dramatización. El tema escogido: un apropiado y terrorífico cementerio.

Los hermanos Connelly tenían unas ganas tremendas de empezar la ruta del truco o trato. Como cada año, quedaron con sus mejores amigos una vez terminaran de cenar, Amanda y Gerard Pock, sus vecinos de toda la vida. 

Al salir a la calle, se los encontraron en la puerta. Los padres Connelly los surtieron con los merecidos dulces. Tenían su primer premio. Iban disfrazados de negro y con la famosa máscara de Scream, no es que fuera muy original, su familia no sé implicaba demasiado en estas festividades, aunque no importaba, lo esencial era pasárselo bien juntos.

Se despidieron y empezaron la tan ansiada celebración.

Ahora sí, las calles rebosaban de vida y muerte, los niños y no tan niños deambulaban con las cestas repletas de dulces. Algunos se reconocían de inmediato detrás de los disfraces, aunque a otros no había manera de sonsacarles la identidad.

—Mirad, chicos, he traído rollos de papel higiénico por si nos encontramos con algún tacaño —dijo Gerard mostrando el interior de su mochila.

—El año pasado les tocó a los Peterson, espero que hayan aprendido la lección —intervino Pamela.

—Seguro que sí, estuvieron todo el día siguiente limpiando —rio Steve.

—Venga, vamos a su casa, si somos los primeros seguro que nos dan buenas chucherías —propuso Amanda.

—Buena idea.

Salieron corriendo. La casa de los Peterson quedaba un poco lejos. En el trayecto pasaron por delante de la mansión Blackhood. A pesar de que los vecinos habían acogido a esa pareja, los niños todavía eran reticentes a acercarse por allí. Tantos años de rumores sobre fantasmas calaron profundo, por lo que el tenebroso jardín-cementerio estaba a oscuras y sin movimiento, todo lo contrario que el resto de viviendas. 

Llegaron jadeando a casa de los Peterson e hicieron el truco o trato. Esa noche tuvieron suerte, se fueron de allí bien surtidos y con la gamberrada aparcada para otro momento. 

—¿Os habéis fijado en que nadie se acerca a la mansión Blackhood? —preguntó Steve.

—No me extraña, yo no me acerco ni aunque me paguen. Mis padres dicen que no son buena gente, y que viven en una casa repleta de fantasmas. 

—Vamos, Gerard. ¿No creerás en todas esas tonterías? 

—Pues sí, y tú deberías.

—Yo sí que creo —añadió Pamela—. También tengo miedo. ¿Y si no son lo que pensamos?

—¿Tú también, hermanita? Ya los viste el otro día. No sé, a mí me parecieron encantadores. No creo que los asesinos se comporten así, la verdad.

—Yo estoy con Steve —dijo Amanda—. Imaginad lo que deben de estar pensando en estos momentos. Seguro que tienen un montón de chucherías esperando. Fijaos en la pedazo de decoración que han montado. Deben de estar muy tristes porque nadie se acerca.

—Tienes razón, todas esas chucherías podrían ser nuestras. Imaginad la cara del resto de niños cuando nos vean aparecer con las cestas llenas.

—Que no, Steve. Yo paso, no merece la pena morir por unos caramelos. Y, Amanda, ni se te ocurra acercarte o se lo cuento a mamá.

—Vaya, así que eres muy valiente para tirar papel a las casas y esconderte para que no te pillen, pero cuando hay que hacer algo valeroso de verdad, escondes la cabeza como las avestruces. ¡Qué decepción! —exclamó Steve con intención de provocar a su amigo.

—Venga, no seas cobarde —añadió Amanda.

—Yo no soy un cobarde, lo que pasa es que no me fío de los fantasmas. Pamela, tú estás conmigo, ¿verdad?

—Bueno… No sé, no es que me guste la idea, pero tienen razón, esos caramelos nos están esperando. Además, somos cuatro, ¿qué nos va a pasar?

—Que no, me da igual lo que digáis, yo no voy.

—Bueno, pues quédate en la valla del jardín como un miedica. No tardaremos demasiado. Vamos, chicas.

Los tres amigos se encaminaron a la mansión con Gerard siguiéndolos a unos metros de distancia. A los pocos minutos, llegaron a la entrada de la propiedad. Una magnífica puerta de hierro forjado decorada con telarañas y varios insectos de goma les dieron la bienvenida al espantoso cementerio.

De repente, las luces del jardín se iluminaron. Habían activado un sensor de movimiento.

—¡Qué pasada!, va a ser brutal. ¿Seguro que no quieres venir? Es tu última oportunidad.

Gerard miró a ambos lados de la calle. Los otros niños estaban visitando otras viviendas, por lo que Gerard tendría que quedarse solo. Resopló resignado.

—Está bien, os acompañaré, pero porque no quiero dejar sola a Amanda. Si le pasara algo, mis padres no me lo perdonarían.

—Ese es mi amigo, claro que sí. Ya verás, mañana acabaremos todos en cama con dolor de estómago del atracón que nos vamos a dar.

Gerard sonrió por primera vez.

—Tal vez no sea tan mala idea, después de todo. Eso sí, me quedo en la retaguardia para protegernos de cualquier fantasma que se acerque por detrás.

—Buena táctica, amigo. De acuerdo, yo iré el primero. Amanda y Pamela, vigilad los flancos. Que ningún ser de ultratumba se nos acerque.

—A las órdenes, general —dijeron al unísono.

Todos rieron a gusto. 

—Pues vamos allá.

Los cuatro amigos se adentraron en el cementerio con pasos inseguros. Una máquina de vapor se conectó y los envolvió en una espesa niebla mientras un ataúd cercano se abría de golpe y un esqueleto asqueroso se les echaba encima.

—¡Maldita sea! ¡Qué susto! —exclamó Pamela.

—Casi me lo hago encima —añadió Steve.

—Una cosa está clara: le han puesto pasión —dijo Gerard, que se había agarrado a su hermana.

Siguieron caminando. A ambos lados del camino había tumbas abiertas, lápidas rotas, animales muertos. Era un escenario aterrador.

—No sé vosotros, pero yo empiezo a arrepentirme de haber entrado —susurró Amanda entre jadeos.

—Tranquilos, ya casi hemos…

De repente, el suelo se hundió bajo sus pies y cayeron a una especie de piscina abandonada sin agua con decenas de cadáveres esparcidos por el suelo.

Los asustados amigos gritaron y patalearon con la intención de sacarse a los muertos de encima.

—Chicos, mirad. Son de mentira —gritó Steve cogiendo un hueso de goma—. No hay nada que temer. De hecho, fijaos con atención. ¿Qué véis?

Amanda, Pamela y Steve dejaron de gritar y observaron a su alrededor.

—¡Ostras! 

—¿Qué pasa, Gerard? —preguntó Amanda, que no comprendía nada.

—Es una representación de la piscina que sale al final de la película Poltergeist.

Exacto —asintió Steve—. Y está muy lograda. Mirad, ahí está la salida. Vamos.

A duras penas, alcanzaron las escaleras y subieron de nuevo al camino.

—Amigos, esto es alucinante.

—De alucinante nada, hermanito. Esta gente está loca, ¿cómo se les ocurre montar una trampa así para niños?

—Pues a mí me ha gustado. —El resto de amigos miraron asombrados a Gerard—. De acuerdo, igual se han pasado, pero no me digáis que no es toda una experiencia.

—Desde luego, ya tengo ganas de conocerlos, seguro que son divertidísimos —añadió Pamela.

Siguieron avanzando sin más contratiempos hasta la puerta principal de la mansión. En comparación con la piscina de los horrores, el resto de sustos no fueron nada. La decoración del porche era muy extraña, una de las cosas que más les llamó la atención fue que en vez de las típicas calabazas con la vela dentro, había algo que no supieron identificar.

—¿Qué son esas cosas? —preguntó Gerard.

Steve se acercó a una de ellas y la examinó.

—Creo que ya sé lo que son. Una vez vi un documental sobre los orígenes de Halloween. Explicaban que las Jack-o´-lantern originales se hacían con nabos y no con calabazas. Esta tradición es americana, teníamos tantas que las empezaron a utilizar, además, son más fáciles de vaciar que los nabos.

—Vaya, no lo sabía.

—Es muy interesante, la verdad.

—Lo que yo os diga. Esta gente es muy rara.

—Bueno, ¿quién hace sonar el timbre? yo paso —preguntó Gerard.

—Ya lo hago yo —se ofreció Pamela.

Se acercó a la puerta, apartó unas cuantas telarañas y tiró con fuerza de una oxidada aldaba. El golpe fue ensordecedor. Pasaron los segundos y nadie vino a abrir. Pamela volvió a llamar con más insistencia. Nada.

—Igual no hay nadie —dijo.

—No puede ser, recordad que si no ofrecen golosinas a los niños, se arriesgan a que les destrocen la fachada.

—Cierto. Voy a ir preparando el papel por si acaso —dijo Gerard con una malvada sonrisa dibujada en la cara.

Mientras los chicos se agachaban para preparar la gamberrada, se oyó un fuerte chirrido a sus espaldas: la puerta se abrió. Los amigos se pusieron en pie y gritaron al unísono el tan familiar “truco o trato”. Pero allí no apareció nadie. 

—¿Hola? ¿Hay alguien ahí? —preguntó Steve acercándose a la puerta—. ¡Qué raro! ¿Y ahora qué hacemos?

—¿Señores Blackhood? —volvió a probar Pamela.

Un aire cálido y un silbido estridente salió de la casa directo a los rostros de los cuatro jóvenes.

—¡Agachaos, rápido!

Se tiraron al suelo de madera y esperaron a que ese maloliente viento cesara. Los nabos de su alrededor se apagaron, dejando el porche en total oscuridad.

—Tengo miedo, chicos. Esto ha sido una terrible idea —se quejó Gerard.

—No te asustes, solo es viento. Si nos mantenemos juntos no nos pasará nada —lo animó Steve.

Mientras hablaban, dentro de la casa se encendió una luz anaranjada, iluminando ligeramente el corredor de entrada. 

—Mirad, ahí hay una caja de chocolatinas —dijo Amanda—. Y un poco más allá, unas piruletas.

—No se os ocurra ir a por ellas, seguro que es una trampa.

—Gerard, por favor, no seas cenizo. ¿No véis que es un montaje? Es la mejor escenificación de la urbanización. Cuando se lo expliquemos al resto de niños van a alucinar —dijo Steve emocionado.

—Es verdad —continuó Amanda—. Nos están invitando a entrar, tan solo debemos seguir el camino y recoger estas pequeñas muestras de chucherías hasta el premio final. Imaginad todo lo que nos espera.

—Pues yo no me fío ni un pelo. Todo esto es muy raro, ¿por qué no pueden salir aquí fuera como todo el mundo? —preguntó un cada vez más asustado Gerard.

—Porque tienen que hacer gala de su terrorífica fama. Estoy convencido que conocen los rumores de fantasmas de los que habla todo el mundo —respondió Steve.

—Yo voto por entrar, ¿estáis conmigo? —preguntó Amanda.

—Por supuesto.

—Ni hablar, me niego.

—¿Y qué vas a hacer? ¿Quedarte aquí solo? ¿En medio de esta oscuridad? Pues vale. Vamos, chicas.

Los tres valientes amigos entraron en la casa. El antiguo suelo de madera crujió bajo sus pies, más no les importó. Recogieron las chocolatinas sin pensárselo dos veces. Gerard observaba desde la puerta como sus amigos abrían los envoltorios y empezaban a comer. Miró a ambos lados y solo vio la densa oscuridad que lo rodeaba. Un escalofrío recorrió su cuerpo. Suspiró y entró para reunirse con los demás.

—Está bien, me habéis convencido, pero que sepáis que sigue siendo una mala…

Sin previo aviso, la puerta de la casa se cerró.

—¡Oh, no!

Se abalanzaron sobre ella e intentaron abrirla de todas las formas posibles, aunque sin éxito. Estaban atrapados.

—¡Joder, joder, joder…! —no paraba de exclamar Gerard—. Vamos a morir, mierda, mierda.

—Cálmate, calmaos todos, no nos pongamos nerviosos. Escuchadme, esto es parte del plan para asustarnos. Los caramelos siguen ahí, sigamos avanzando, a ver qué nos encontramos.

—Es lo más lógico, Steve. Tienes razón.

—Seguiremos con el plan establecido. Yo avanzo el primero; vosotras seguidme; Gerard, tú irás el último.

—De acuerdo, pero id con cuidado.

Siguieron avanzando muy despacio, la vista se acostumbró a la tenue iluminación. Ante ellos tenían un largo corredor con puertas a ambos lados. Por el suelo, a parte de los caramelos que iban recogiendo, tenían que ir apartando huesos, calaveras, ratas muertas y algunos insectos que se movían entre sus pies.

—Un momento, chicos —dijo Gerard agachándose y cogiendo un manojo de bichos—. Estos insectos están muy logrados, ¿dónde los habrán com…? ¡Ahhhh! ¡Mierda, son de verdad! ¡Qué asco!

—¡¿Qué?! no es cierto.

—Qué sí, Amanda. Steve, ¿dónde nos has metido?

—No los toquéis y ya está, tampoco es para tanto. Esta casa es muy antigua, no habrán tenido tiempo de llamar a los fumigadores. Centraos en las chucherías y ya veréis qué rápido os olvidáis de ellos.

—Venga, avanza más rápido. Tengo ganas de salir de aquí —dijo Gerard mientras se limpiaba las manos en el disfraz.

El pasillo continuó durante unos metros más. Al final, había una puerta que daba acceso a una gran sala, aunque no lo sabían con exactitud.

—Chicos —dijo de repente Amanda—. ¿Dónde está Gerard? Estaba aquí hace un segundo.

Pamela y Steve se detuvieron y miraron hacia atrás. Amanda tenía razón, Gerard había desaparecido.

—Pero…

—¿Dónde se ha metido?

Los amigos empezaron a gritar su nombre, retrocedieron hasta la entrada principal, intentaron abrir las puertas de los lados, pero nada, el chico se había esfumado.

—¿Qué vamos a hacer? ya sabéis cómo es, estará muerto de miedo. Seguro que los Blackhood lo han secuestrado —se lamentaba Amanda dando vueltas de un lugar a otro.

—Joder, esto no tiene gracia, creo que están llevando la broma demasiado lejos —añadió Steve.

A sus espaldas, un grito desgarrador hizo que los tres se abrazaran. Se miraron asustados. No tenían muchas opciones, debían seguir en la dirección del grito si querían encontrar a su amigo.

—Vamos, tenemos que buscarlo. Seguidme. No os separéis de mí.

Las dos niñas asintieron. Se acercaron a la puerta y entraron en una sala ovalada. Del techo colgaba una gran lámpara de araña decorada con murciélagos y las omnipresentes telarañas. En un lateral, una escalera de piedra sin barandilla llevaba a la planta superior. El suelo era de piedra, varias ratas campaban a sus anchas y se peleaban por los restos de varias golosinas.

Durante varios minutos no supieron qué hacer, aunque otro angustioso grito les sacó de su letargo y encararon las escaleras. Subieron despacio y vigilantes hasta que alcanzaron otra puerta. La abrieron y entraron en una habitación cuadrangular con dos salidas más en la pared del fondo. Una vez dentro, la puerta por la que habían entrado se cerró. Estaban atrapados de nuevo. Una lámpara de pie en una de las esquinas iluminaba el espacio. De las paredes colgaban varios esqueletos atados con cadenas, era escalofriante.

—Estamos en la casa de los horrores. No tiene gracias, señores Blackhood —gritó Pamela.

—¿Por qué puerta seguimos? —preguntó Amanda desesperada.

—No lo sé, probemos si alguna está abierta.

Se acercaron despacio, lo más alejados de las paredes que les fue posible. Amanda se acercó a la puerta de la izquierda y trató de abrirla, pero estaba cerrada. Se encogió de hombros, le dio la espalda y se dirigió hacia la de la derecha. En ese momento, la puerta se abrió súbitamente y un brazo negro agarró a la niña del pelo y la arrastró al interior. La puerta se cerró.

—¡Amanda!

—¡Nooo!

Pamela y Steve se acercaron a la puerta e intentaron abrirla. Estaba bloqueada. La golpearon, gritaron, lloraron. No sirvió de nada. Habían perdido a los hermanos Pock.

—Quiero salir de aquí, Steve. Vamos a morir. Estoy muy asustada.

—Yo también. Maldito el momento en el que hemos entrado.

Otro grito retumbó por toda la habitación seguido de un click. La puerta de la derecha se había abierto.

—Es Amanda. ¿Pero qué les están haciendo? —preguntó Pamela rompiendo a llorar.

—No lo sé, pero no podemos quedarnos aquí, hay que encontrar una salida.

Steve abrazó a su hermana y se encaminaron hacia la puerta abierta. Accedieron a una sala repleta de espejos.

Siguieron por un estrecho pasillo. Avanzaron despacio, no querían caer en otra trampa. Los extraños espejos les devolvían reflejos distorsionados, deformes. Parecían sacados de una atracción de feria. Al girar una esquina, Amanda vio como su reflejo la saludaba, se quedó petrificada del susto. Steve, que había avanzado un par de metros más, cuando notó que su hermana no la seguía, se giró y la vio allí parada, mirando fijamente hacia uno de los espejos.

—Pamela, no te pares, sigue avanzando. Pamela, ¿me oyes?

Su hermana reaccionó y lo miró. Su rostro era la viva imagen del miedo. Steve decidió retroceder, aunque no le dio tiempo, la imagen del espejo salió a gran velocidad hacia Pamela y se abalanzó sobre ella, la estiró con fuerza y la arrastró hacia su interior. Steve corrió hacia el espejo y del impulso, lo atravesó. Cayó al suelo entre sollozos. Tenía cortes en las manos y en la cara.

—¡Pamelaaaa! ¡Nooooo! ¡Malditos! Dejadla en paz, por favor. A ella no.

En la habitación no había nadie. Siguió allí estirado y llorando durante los peores minutos de su vida. Cuando se cansó y de sus ojos no salió ni una lágrima más, se puso en pie lentamente y observó a su alrededor. Al atravesar el espejo, había caído en la habitación de al lado, por donde esa cosa se había llevado a su hermana. Había mugre por todas partes y un líquido oscuro y pegajoso en el suelo. El olor le recordó al hierro oxidado, por lo que supuso que era sangre seca. Divisó una puerta abierta al final de la estancia; se asomó y vio otras escaleras que ascendían. Steve supuso que llevarían a la buhardilla. Escuchó con atención: en el piso de arriba se oían gemidos y llantos. Tenían que ser sus amigos, algo les estaban haciendo y no era agradable.

No quería hacer ruido, pero los peldaños crujían a su paso. Llegó al final de la escalera y abrió la puerta. Estaba bastante oscuro y su vista no alcanzó a ver nada con claridad. Los llantos se intensificaron.

—Hola, Steve. Ya era hora de que llegaras.

No le dio tiempo a localizar de dónde provenía la voz: un fuerte golpe en la cabeza lo dejó sin sentido.

Al cabo de unos minutos, Steve movió la cabeza de un lado a otro. Le dolía horrores, un reguero de sangre le caía desde la frente hasta la boca. La probó y al momento escupió. Intentó moverse, aunque sin éxito: unas fuertes cadenas lo mantenían sujeto de pies y manos contra la pared.

Y entonces la buhardilla se iluminó. Lo que contemplaron sus ojos lo dejó paralizado. De cada una de las paredes, tan inmovilizados como él, colgaban Pamela, Amanda y Gerard. Estaban inconscientes y tenían cortes por todo el cuerpo. Su sangre caía a una canalización que tenían debajo y que conducía a una especie de camilla donde descansaba un cuerpo demacrado; a Steve le recordó a una momia.

—¡Pamela! ¡Amanda! ¡Gerard!, despertad —gritó con todas sus fuerzas. Sintió una punzada de dolor en la herida del cráneo.

—Bienvenido.

Steve giró la cabeza y vio dos horribles figuras acercándose.

—Alejaos de mí, desgraciados. ¿Qué les habéis hecho?

—Tranquilo, no hay motivos para ser maleducados, ¿verdad, querida?

—Desde luego, amor. Tendrías que estar orgulloso de ellos, están haciendo algo muy importante para todos nosotros.

—Quitaos las caretas. ¡Mostraos! —les ordenó Steve.

—Mucho me temo que no va a ser posible, este es nuestro aspecto.

—¿Qué sois?

—Es normal que no nos reconozcas, somos el matrimonio Blackhood, herederos del legado de mi bisabuelo, aquí presente.

Steve miró la camilla de nuevo y se sorprendió al comprobar que el señor Blackhood tenía mejor aspecto. Estaba absorbiendo la sangre de sus amigos.

—¿Qué queréis de nosotros? No diremos nada, nos iremos y ya está, no volveremos.

—Lo siento, amiguito, pero no podemos dejaros marchar, necesitamos toda la sangre que nos podáis prestar.

De repente, la criatura sacó un cuchillo de entre sus ropas y de un certero y profundo corte, le abrió la mejilla al joven. El grito de Steve resonó por toda la estancia. El matrimonio Blackhood se acercó y empezó a lamer la sangre que manaba de su rostro.

—Deliciosa, sí señor.

—Tengo malas noticias, cariño. Los otros niños no han resistido más. Han muerto, su sangre se ha agotado —dijo excitada la señora Blackhood acercándose al cuerpo de Gerard.

—¡No, Pamela, no! Malditos, os mataré, no sé cómo, pero os perseguiré hasta el mismísimo infierno si es necesario, tened seguro que daré con vosotros.

—Todo un guerrero, me gusta. ¿No podríamos quedárnoslo como esclavo?

—Lo siento, querida, pero si queremos que el abuelo vuelva y nos siga bendiciendo con la inmortalidad, necesitaremos su sangre para completar el proceso, como cada año.

—Estáis locos —dijo Steve llorando—. Los habéis matado, os odio.

—¿A qué esperáis para degollarlo?

La pregunta resonó desde la camilla situada en el centro de la sala. El señor Blackhood se había incorporado levemente. Había recuperado casi toda su vitalidad.

—Ya vamos, abuelo. Solo nos estábamos divirtiendo un rato.

—Con mi salud no se juega, estúpido. Recordad que sin mí estarías criando malvas desde hace décadas. Hacedlo de una vez.

—No, no, detente, no lo hagas —dijo Steve con tono desesperado.

—Lo siento, amigo, pero la vida es así. A veces se gana y otras…, se muere. Adiós, muchacho.

La deforme criatura desgarró la ropa de Steve y empezó a hacer profundos cortes por todo su cuerpo. En pocos segundos abrió en canal al joven, que no tardó en desvanecerse. Del corte del abdomen cayeron sus intestinos, llenando el tubo de sangre fresca. El abuelo Blackhood recibió la que le faltaba para su regeneración completa mientras el horripilante matrimonio saciaba su sed lamiendo el cuerpo de Steve. Poco a poco, todos recuperaron un aspecto normal.

—Bien hecho. Habéis vuelto a cumplir. Os felicito —dijo el señor Blackhood poniéndose en pie totalmente recuperado. 

—Es todo un honor servirle, señor —le contestó su siervo mientras le tendía algo de ropa.

—¿Habéis preparado todo tal como os dije?

—Sus instrucciones fueron claras.

—Muy bien, tenemos mucho que hacer antes de que amanezca.

Seis coches de la policía estaban aparcados delante de la casa de los Connelly y de los Pock. Los niños no habían regresado a casa después de hacer la ruta por el vecindario. A las dos horas, llamaron a las autoridades para denunciar su desaparición.

Sarah y Peter Conelly acompañaban a varios agentes de casa en casa. Hasta ese momento no habían tenido suerte, nadie sabía dónde estaban. Los únicos que habían interactuado con ellos fueron los Peterson, que declararon que los vieron a primera hora de la noche, les dieron algunas chucherías y se fueron calle abajo. Esa era la única pista que tenían.

Siguieron avanzando por la calle. Uno de los agentes se detuvo y señaló una antigua mansión.

—¿Qué pueden decirnos de esta casa? ¿Es posible que hayan entrado? —preguntó el que parecía estar al mando.

—No lo creo, lleva abandonada muchísimos años. Pertenece a la familia Blackhood, corren rumores de que hay fantasmas, las víctimas de un despiadado asesino. Nuestros hijos tienen prohibida la entrada —dijo Peter desolado.

—Tonterías. No importa, la revisaremos de todos modos. Bill, Andree, entrad en la casa, nunca se sabe.

—Sí, señor.

Los agentes se encaminaron hacia la destartalada mansión Blackhood. La valla estaba oxidada por completo, el jardín inundado de malas hierbas y las ventanas tapiadas con podridos maderos. No encontraron a nadie dentro.

La investigación continuó durante meses. Nunca volvieron a saber nada de Steve, Pamela, Gerard y Amanda.

En la actualidad, nadie se acerca a la destartalada construcción. Dicen, que si escuchas con atención, en las frías noches que preceden a Halloween, se escucha la voz de un niño gritando nombres con desesperación.

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