Relatos

EL MEJOR AMIGO QUE PODRÍA TENER

Hoy he llegado al undécimo relato del #RetoRayBradbury. Seguimos avanzando y disfrutando mucho. Espero que os guste.

EL MEJOR AMIGO QUE PODRÍA TENER

El militar que lo custodiaba cometió el error de acercarse demasiado a su jaula. El ser estiró su garra y le cogió las llaves. Debía darse prisa, los guardias de la sala de seguridad no tardarían en dar la señal de alarma. Metió la llave en la cerradura y la puerta se abrió.

Se acercó al cadáver y le quitó el pase de seguridad que llevaba colgado del cuello.
En ese momento se oyó una sirena muy alta y molesta. La alarma había sido activada.

Alargó varios metros uno de sus brazos y acercó el pase de seguridad a la puerta blindada. Un clic indicó que se había abierto. Se deslizó por ella.

Al final del corredor pudo ver a varios hombres armados que se dirigían hacia él.

Estaban a punto de disparar. Miró hacia arriba y vio un conducto de ventilación. No lo dudó y saltó para agarrarse a sus rendijas. Deformó su cuerpo y se coló en su interior al mismo tiempo que unos disparos resonaban muy cerca de donde había estado tan solo unos segundos antes.

Recorrió esos conductos durante lo que le pareció una eternidad. Los humanos no tenían manera de localizarlo.

Tardarían muchos minutos en detectar por donde se movía.

Llegó al final de uno de esos conductos y comprobó que solo había salida hacia arriba.

Aumentó el volumen de su flexible cuerpo y se adaptó a la perfección a ese hueco que ascendía.

Cuando llegó arriba, vio una salida que daba a la azotea de aquel complejo. Se deslizó al exterior.

Estaba a una altura considerable. A lo lejos, más o menos a unos doscientos metros, podía ver la valla que lo separaba de la libertad.

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Hacía años que estaba recluido en aquellas instalaciones militares secretas. Le llevó un tiempo, pero al final empezó a comprender el idioma que hablaban aquellos bichos raros a los que llamaban humanos.


Había sido sometido a todo tipo de experimentos físicos y mentales. Ese tiempo le permitió adaptarse a sus hábitos, costumbres y rutinas. Cuando se vio preparado, empezó a diseñar su plan de escape. Solo necesitaba atraer a uno de esos soldados hacia la zona de seguridad que tenían prohibido cruzar.


Sorprendió al pobre soldado cuando pronunció en voz alta algunas palabras. Ellos no sabían que él había aprendido a hablar. Era uno de sus secretos. Aquel soldado se acercó sorprendido y cruzó la línea de seguridad. El resto fue fácil.

Alargó uno de sus brazos y lo estranguló en pocos segundos. No disfrutaba haciendo daño a los demás, pero no le quedó otra alternativa.


A sus pies veía a los militares yendo de un sitio a otro, buscándolo a toda prisa.

Miró hacia su libertad y saltó al vacío, cambió el color de su cuerpo a uno oscuro para camuflarse en la noche y extendió su piel hasta conseguir la forma de una vela.


Planeó los metros que le separaban de la valla sin ningún esfuerzo y se dejó caer detrás de una arboleda.


Recuperó su forma y color habitual y prosiguió su camino entre las sombras que aquel bosque le proporcionaba.


Al fondo podía oír los sonidos cada vez más fuertes de la base militar. Se estaban desesperando. Era momento de salir de allí.


Corrió lo más rápido que pudo, debía alejarse de sus captores lo antes posible.


Después de lo que le pareció una eternidad, divisó luces en el horizonte.


El ser lo desconocía, pero había llegado al pueblo donde vivían las familias del personal que trabajaba en la base militar de la que acababa de escapar.


Se dirigió hacia allí. Entre tantas construcciones y las sombras que estas proyectaban, encontraría un refugio seguro.

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Atravesó las oscuras calles y llegó al jardín trasero de una casa. Esperó varios minutos y se coló dentro de una pequeña edificación que servía de trastero. Allí había almacenado todo tipo de herramientas, por lo que le resultó bastante fácil mimetizarse con ellas para pasar la noche y descansar.


Pasaron las horas y se hizo de día. Sabía que tenía que salir de allí y encontrar otro refugio, ya que en ese lugar estaba demasiado expuesto.


Se asomó al exterior y vio movimiento dentro de la casa. Había una hembra y una cría. No se parecían en nada a los soldados a los que estaba acostumbrado. Aprovechó que estaban desayunando en la cocina para escalar por la fachada de la casa y entrar al piso superior por una ventana abierta.


El jovencito, sentado a la mesa de aquella cocina, pudo ver de reojo como algo extraño escalaba la pared de su casa en dirección a su habitación. Había dejado la ventana abierta, por lo que supuso que aquella cosa entraría por ella. No le dijo nada a su madre para que no se asustara, además, él era muy valiente e investigaría ese misterio en cuanto acabara de desayunar.


El interior de esa casa era muy confortable. Había una cama, una gran alfombra, una mesa, una silla y un gran armario donde había muchas cosas. No se parecían a las que había en la construcción donde había pasado la noche, pero le servía para esconderse unas horas.


Al cabo de un rato, escuchó como alguien subía por las escaleras y se introducía en esa habitación. Era la cría de humano. Parecía inofensiva, así que se tranquilizó un poco. De repente, la cría abrió las puertas del armario y empezó a rebuscar entre los juguetes.


Y lo vio.


Pensaba que la cría empezaría a gritar para dar la alarma, pero se sorprendió al ver como lo miraba con curiosidad.


—Hola. No te asustes. Antes he visto como subías por la pared de la casa. Me ha parecido escuchar que te metías en mi habitación. No quiero hacerte daño. Quiero ser tu amigo. Mi nombre es Bill. ¿Sabes hablar?


El ser pensó que ese tal Bill hablaba mucho. Le gustaba. No detectaba maldad en él. No sabía por qué pero estaba seguro de que esa cría le podía ayudar. Decidió responder.


—Sé hablar. Mi nombre es…—Se lo pensó un momento, ya que su nombre era muy complicado para los humanos.

—Bob. Me llamo Bob.


—Hola, Bob. Encantado de conocerte. ¿Eres bueno o malo? Yo creo que eres bueno.


—Soy bueno. ¿Y tú?


—Yo también soy bueno. Podemos ser amigos y jugar juntos. ¿Qué te parece?


—Me gusta. No tengo amigos. Todos quieren hacerme daño. ¿Tú quieres hacerme daño?


—No, yo no hago daño a mis amigos. Yo los cuido. ¿Quién te ha hecho daño?


—Los soldados armados.


—Ajá. Es que los soldados no saben jugar. Mi papá trabaja con ellos, en la base. Él no es soldado. Escribe y lee muchos papeles, pero no lleva armas.


El ser pensó en lo que Bill había dicho. Si su padre trabajaba en la base militar corría peligro de que lo descubrieran.


—No le puedes decir a nadie que somos amigos, ni siquiera a tus padres. Los soldados me llevarían a la base otra vez y me harían daño.


—Vale. No diré nada. Yo cuido de mis amigos. Así podremos jugar juntos siempre que queramos. Me gusta mucho cómo eres. Tu piel es un poco rara, pero me gustas.


—Tu también eres un poco raro. No nos parecemos en nada, pero seremos amigos y nos ayudaremos.


—Genial. ¿Me puedes enseñar cómo has hecho eso con tu cuerpo para subir por la pared?


—Claro que sí, Bill. Mi cuerpo se puede adaptar a muchas formas y colores diferentes.


Bob estiró sus miembros por todo el armario y fue cambiando de color cada vez que tocaba un juguete o alguna tela.


—Es una pasada. Me encanta. ¿Sabes una cosa? Pareces un pulpo.


—¿Pulpo? No conozco lo que es eso.


—Te lo voy a enseñar.


Bill cogió su tablet, abrió la app de YouTube y le enseñó un vídeo sobre pulpos que se escapaban de sitios.


—Nos parecemos mucho, es cierto. Pero un pulpo no habla ni puede llegar a tener amigos. Yo sí.


—Me gustas más tú. Eres muy simpático.


—Tu también me gustas, Bill. 

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Pasaron el día hablando, jugando y conociéndose mutuamente.

Aprendieron mucho el uno del otro. Por la noche, Bill le dijo que se escondiera bien en el armario. Su padre iba a llegar y no podía descubrirlo.


Este trabajaba como administrativo en la base. Llevaba muchos años destinado en esas instalaciones, pero nunca les contaba nada de lo que allí pasaba.

Aquella noche, Bill notó que su padre estaba muy preocupado. Él sabía que era a causa de su nuevo amigo. No le diría nada a sus padres nunca, ya que no quería que lo volvieran a capturar. Vete a saber lo que le harían allí dentro otra vez. Si nadie contaba nada era porque seguro que hacían cosas malas.

Bill pensaba que si alguien hacía cosas buenas, lo compartía con todos y no se lo quedaba para sí mismo.


Una nueva vida empezó para Bob y Bill. Pasaban los días, las semanas y los meses y el vínculo de amistad y amor entre ellos fue creciendo.


Un día, sin saber cómo, Bill empezó a sentir algo extraño en su interior. Se empezó a marear y de repente, pudo sentir, oír y ver lo que Bob veía.


Bill subió como pudo a la habitación y le comentó a Bob lo que estaba notando.


—A mí también me está pasando. Creo que somos tan amigos y nos queremos tanto, que hemos creado un vínculo entre nosotros. No es nada malo.

Tardarás un poco en acostumbrarte, pero llegarás a sentir lo que yo siento cuando me transformo.


—Y tú podrás ver todo lo que yo veo. Así podrás disfrutar de lo que hay allí fuera.


—Va a ser genial, ya verás.


Poco a poco se fueron habituando a sus nuevas habilidades. Esas nuevas sensaciones eran increíbles. Bill se sentía como un superhéroe. Era genial.


Una tarde, en la que Bill había salido a jugar un rato con los amigos del colegio, pasó algo que lo cambió todo.


Estaban jugando a pelota y Bob lo estaba viendo todo desde su armario.

Estaba disfrutando con todo lo que sentía. La sensación del aire en su piel, las risas, el cansancio, la felicidad.

Notaba el tacto de la pelota, era como si estuviera allí jugando con ellos. Notó a la perfección la gran potencia del chute que hizo Bill y como esta salía hacia la carretera.

Notó como Bill salía corriendo tras ella y vio, con horror, a aquel camión que se acercaba a gran velocidad sin que Bill se percatara del peligro.


No lo dudó ni un segundo y salió de su escondite del armario. Saltó por la ventana y alargó sus extremidades para agarrarse a las ramas de los árboles.


A gran velocidad llegó a la calle donde jugaban los niños. Bob extendió su cuerpo y envolvió a Bill, ofreciéndole la protección necesaria ante aquel brutal impacto.

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Cuando retiró su cuerpo, comprobó que Bill estaba en perfectas condiciones, solo un poco mareado por las vueltas que habían dado por el suelo.

Al levantarse, vieron como los niños de su clase, el camionero y varias personas que pasaban por allí los observaban.

En cuestión de segundos todos empezaron a gritar y a correr por todas partes. Lo habían descubierto y la gente se pensó lo peor. Se avecinaban problemas serios. Bob cogió a Bill de la mano y salieron corriendo de allí.

Fueron directos a su casa. Lo que había sucedido en la calle correría de boca en boca y llegaría a oídos de los militares, de eso estaba seguro.

En pocas horas, ese pequeño pueblo se llenaría de soldados para capturarlo.

Era el momento de ejecutar su plan de escape definitivo.

Durante meses se había esforzado en mantenerse oculto del resto del mundo y había conseguido todo lo que se había propuesto.

En cuanto vio a aquel niño, desayunando con su madre, supo que era el sujeto ideal.

Había construido los cimientos de su amistad durante largas jornadas, había hablado dulcemente con él, le había enseñado todo lo que él sabía hacer, le había hecho creer que le quería de verdad. Hizo todo lo que se necesitaba para poder crear un vínculo fuerte entre ellos dos. Era el paso primordial para llevar a cabo su plan. Además, necesitaba a esa cría de humano en perfectas condiciones, por eso, cuando vio que aquel camión iba a atropellar a Bill, salió en su busca para protegerlo.

Cuando llegaron a su casa, Bob se escondió en el armario y Bill empezó a dar vueltas por la habitación.

—Lo siento Bob. Por mi culpa te han descubierto.

—Debía salvarte Bill. Eres mi amigo. Te dije que te protegería y que nunca te haría daño.

—Pero ahora llamarán a los soldados. Querrán capturarte otra vez. ¿Qué vamos a hacer?

—No tenemos mucho tiempo. Saben que estabas conmigo. En pocas horas vendrán a buscarme.

—¡No! No quiero perderte. Eres el mejor amigo que podría tener.

—Tranquilo, Bill. Todavía podemos hacer algo para que no me atrapen.

—Pues hagámoslo. No permitiré que alguien tan bueno como tú vuelva a ese lugar. Tal vez te maten.

Ya lo tenía donde quería. Ese niño había caído en su trampa. Solo le faltaba que Bill le concediera permiso para hacerlo. Ese era el requisito final. Si le denegaba ese paso todo habría acabado para él.

—¿Que te parecería si tú y yo estuviéramos juntos para siempre?

—Eso sería genial, pero no creo que nos dejen. Los soldados te llevarán lejos de mí y no me dejarán verte.

—Pero solo me cogerán si me ven. Ya sabes que puedo deformar mi cuerpo y camuflarme.

—Sí, y lo haces muy bien, pero no entiendo a dónde quieres llegar.

—Si me das tu permiso, puedo meterme dentro de ti y esconderme hasta que todo haya pasado. No te molestaré ni nada. Estaré oculto dentro de ti y así nadie me podrá atrapar.

—¿Dentro de mí? ¡Qué asco!

—Es la única manera de estar a salvo.

Por mucho que me esconda por aquí, acabarán atrapándome. Ellos tienen máquinas que pueden detectarme. Si estoy dentro de ti no me podrán ver.

Más tarde, cuando estemos solos, te podrías acercar al bosque para que pudiera salir y escapar corriendo.

—Pero si te vas corriendo tampoco te veré.

—Serán solo unos días. Cuando vean que me he escapado y abandonen la búsqueda, podré volver al armario para estar contigo. Eres mi amigo Bill, jamás te abandonaría.

—La verdad es que es un buen plan. Nadie buscaría dentro de mí. Y ahora mismo no puedes quedarte aquí. Te atraparían.

En ese momento, empezaron a llegar camiones del ejército. Salieron decenas de soldados armados y rodearon la casa. No había escapatoria. Era lo que Bob necesitaba para acabar de presionar al niño.

—Entonces… ¿Lo hacemos? Se nos acaba el tiempo. Ya están aquí.

—Vale. Rápido Bob. Antes de que entren.

—Nos vemos pronto, amigo mío. Cierra los ojos y abre la boca. No notarás nada.

Va a ser muy rápido.

Bill se sentó en la cama, cerró los ojos y abrió la boca como su amigo le había dicho.
La criatura empezó la fase de fusión con su huésped. El cuerpo de Bob empezó a manar una luz muy brillante y su temperatura corporal aumentó bastantes grados, deformó su cuerpo y se introdujo por la boca y las fosas nasales de Bill.

El niño empezó a dar fuertes convulsiones en la cama, sus huesos empezaron a romperse en formas grotescas y su cara se deformó a causa de los horribles dolores que su cuerpo padeció. Dejó de respirar a los pocos segundos.

Los soldados, alertados por esa luz y los ruidos que procedían de la habitación, entraron en la casa sin esperar más.

Registraron la planta baja y al ver que no había nadie, procedieron a subir hacia la habitación de Bill.

De repente, el niño empezó a respirar de nuevo y sus extremidades volvieron a su forma original con fuertes crujidos.

Abrió los ojos, estos parecían los de un reptil. Al oír como los soldados subían, la criatura los cambió por el de su antiguo amigo, se puso de pie y se colocó cerca de la ventana. En pocos segundos la puerta se abrió de un fuerte golpe.

Varios soldados entraron apuntando con sus armas. Empezaron a buscar por toda la habitación.

—¿Estás bien, chaval?—Le dijo uno de aquellos militares.

—Sí, estoy muy bien. No me ha hecho daño. Es bueno, es mi amigo.

—¿Dónde está?

—No lo sé. Acaba de salir por la ventana.

—¡Mierda! Se puede camuflar muy bien. Que no se nos escape. ¡Vamos! ¡todos fuera! ¡Tenemos que encontrarlo!

Los soldados salieron a toda prisa para atrapar al supuesto ser que ahora correteaba por las calles del pueblo.

La fusión había salido a la perfección.

Nadie había notado nada raro. Ahora solo se tenía que hacer pasar por ese niño durante un tiempo. Sus padres no se darían cuenta de nada. Tendrían tantas ganas de estar con su hijo después de saber que había estado en peligro, que cualquier cosa que hiciera fuera de lo normal lo achacarían al estrés.

Pasaría unos años felices en ese cuerpo hasta que se cansase. Un cuerpo que se mantenía con vida porque él lo había ocupado. Del pequeño Bill nada quedaba. Solo tenía que pensar en el día que abandonaría ese cuerpo muerto para siempre.

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Nos leemos.

6 comentarios en “EL MEJOR AMIGO QUE PODRÍA TENER”

  1. Jajaja, es un relato con un toque siniestro que me encanta. La moraleja quizá sería: ¿Nunca te fíes de los extraños? Me da mucha pena el niño, aunque ese toque creepy y escalofriante del final molan. Un abrazo! ; )

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