Relatos

RELATO CORTO: “UN SANTA EN APUROS”

Hola a tod@s, hoy os traigo el relato número 15 del #RetoRayBradbury. Se titula “Un Santa en apuros”. Es un guiño a estas fiestas navideñas, por supuesto. Espero que os guste.

 

UN SANTA EN APUROS

 

Faltaban pocos días para la Navidad, todos los niños y niñas esperaban con nerviosismo el día en el que abrirían sus regalos. Durante las vacaciones tendrían todo el tiempo del mundo para disfrutar jugando con ellos. Eso era algo que llevaba sucediendo año tras año.

Santa Claus había realizado su trabajo con diligencia. Como cada año, todo estaría preparado para cuando llegase el momento de salir a repartir alegría.

Sin embargo, un acontecimiento que escapaba a su control, lo tenía profundamente preocupado.

 

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Seis meses atrás, cuando los engranajes de sus fábricas empezaban a funcionar, los principales gobiernos habían llegado a un acuerdo sobre prevención de emisiones contaminantes a la atmósfera. Sin duda, era algo que beneficiaba a todo el planeta y una normativa de obligado cumplimiento.

Se había desarrollado una nueva tecnología que garantizaba la reducción del calentamiento global y se debía aplicar en todas las fábricas y en todos los hogares, sin excepción.

Dicha normativa implicaba la instalación de unos filtros en las chimeneas que eliminaban por completo las impurezas que se emitían al exterior. Y eso era un problema, ya que quedaban instalados de forma permanente en los hogares y anclados de tal manera que no se podían quitar.

A Santa Claus le suponía un quebradero de cabeza. Si no podía entrar por las chimeneas de las casas, no podría repartir los regalos y su oficio caería en desgracia.

 

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Papá Noel se negaba por completo a jubilarse, se consideraba en plena forma y con muchos años por delante para ejercer su profesión, así que decidió organizar una cumbre donde participarían las personalidades más influyentes de la historia. Alguna solución había que encontrar para que los niños no se quedasen sin sus regalos.

En cuanto se instalaron los filtros que impedían el acceso a los salones de los diferentes hogares, escribió decenas de cartas a los que consideraba que le ayudarían a encontrar una solución.

No tardaron en llegar para ayudar a su estimado Santa Claus.

Se instalaron en una de las naves que se utilizaba para almacenar el papel de regalo. Se preparó con esmero y cariño para tal ocasión, ya que aquella reunión podía durar algunos días y los invitados tenían que sentirse a gusto.

El formato de la cumbre era simple, pero muy eficaz. En la sala de reuniones escogida para la ocasión, se dispondría una mesa redonda de dimensiones considerables. Cada uno de los participantes podría intervenir para dar una posible solución. Las propuestas serían votadas por todos y, si tenían suerte, aplicadas lo más rápido posible.

San Nicolás fue el último en llegar a la sala donde ya esperaban sus amigos. Aunque no pudiera acceder a los hogares del mundo, el trabajo no paraba ni un segundo. Los elfos tenían que realizar los encargos que habían llegado en las miles de cartas recibidas y las dudas les surgían a la más mínima ocasión. Podía ser un problema importante si una niña había pedido una muñeca y no especificaba de qué tipo, o si un niño pedía un regalo imposible, como una vaca lechera, por ejemplo, el encargo de idear un regalo alternativo recaía en sus manos.

Aquellos días eran una locura y no podía dejar sus obligaciones de lado.
Cuando entró en la sala, se sintió aliviado. Sus amigos no le habían fallado. Allí estaban todos a los que había convocado.

Hablaban, gesticulaban, ponían caras raras, incluso gritaban. Estaba claro que ya habían empezado a buscar una solución. Tenía que moderar el debate o no llegarían a nada.

—Buenos días, amigos. Muchas gracias por venir. Sabía que podía contar con vuestra ayuda.

Todos se callaron y se volvieron a sentar en los sillones que tenían asignados.

—Como ya sabéis, la situación es muy delicada. Mañana por la noche es el día D, ho, ho, ho. Los gobiernos me lo han puesto muy difícil para cumplir mi misión. Por muchas vueltas que le doy al asunto, no encuentro una solución. Os necesito.

Varias manos se alzaron y algunos empezaron a hablar sin escuchar a los demás. Eso no podía ser.

—Si me disculpáis, queridos amigos, procederemos de la siguiente manera: el que quiera aportar una idea deberá pedir turno. Yo iré dando la palabra y así todos podremos escuchar las propuestas del resto y adoptar una postura.

—Empecemos por ti, mi querida Cenicienta. ¿En qué has pensado?

—Bueno, yo había pensado que los animalitos del bosque podrían hacerte un traje nuevo, como un disfraz, así te podrías hacer pasar por otra persona y entrar por la puerta. —dijo sacudiéndose el polvo del vestido que utilizaba para limpiar las habitaciones de sus hermanastras.

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—Es una opción, seguro que los ratoncitos y los pajaritos del bosque me harían un vestido maravilloso, sin duda. Apuntamos la idea para su debate.

A la izquierda de Santa Claus, una mano blanca y delicada se alzó con elegancia.

—Ah, Blancanieves, veo que quieres intervenir.

—Sí, claro. Verás, tengo unos amigos que estarían encantados de hacer unos túneles debajo de las casas para entrar por debajo. Son mineros, ¿sabes? y siempre trabajan sin importarles el cansancio. —dijo ruborizándose un poco.

—Muy interesante. No me cabe duda que los enanitos se dejarían la piel si se lo pidiéramos, aunque Gruñón se quejaría durante horas, je, je. Queda anotado, desde luego.

La madrastra de Blancanieves, mirando con muy mala cara a su hijastra, añadió:

—Buenos días, en los almacenes reales tengo un remanente considerable de manzanas envenenadas que podríamos repartir con facilidad. Eso nos permitiría entrar en los hogares sin problemas.

—Muchas gracias, alteza, pero descartaremos esa opción por el momento.

Encontrar un beso de amor verdadero para tantas personas sería complicado.

—Sí, bien pensado. No es tan buena idea como creía. Pensaré en otra cosa. —dijo, sentándose de nuevo con cara de circunstancias.

—Pues a mí se me ha ocurrido una gran idea. —dijo alguien al final de la sala.

De repente, una larga nariz de madera empezó a crecer, atravesando la mesa a gran velocidad.

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—¡Ay, Pinocho! ¿Qué hemos dicho de decir mentiras? —le dijo Santa Claus, moviendo la cabeza hacia un lado para que la nariz no le sacara un ojo.

—Lo siento mucho, compañeros. No volverá a ocurrir.

—Sigue dándole vueltas a ver si se te ocurre algo, mi querido niño.

—Yo sí tengo otra idea. —dijo el lobo del cuento de los tres cerditos.

—Adelante, señor lobo. —le animó Santa Claus.

—Aire.

—¿Cómo?

—Aire. La solución es un buen bufido. Si me dejáis intentarlo, seguro que puedo derribar las casas y así podrás dejar los regalos.

Hubo un silencio tenso en la sala. Unas gotas de sudor perlaron la frente de algunos asistentes.

—Creo que a los alcaldes de las ciudades no les gustaría tener que reconstruir miles de hogares, señor lobo.

—Ah, no había pensado en ello. Cierto, Santa, no creo que sea la solución correcta.

 

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—Tranquilo, lobo. La lluvia de ideas trata de esto. Al final, encontraremos la solución. ¿Quién más?

Aladdin levantó la mano.

—Adelante.

—Podríamos utilizar los deseos del genio de la lámpara. Así podríamos volver a los tiempos de antes de la implantación de la nueva normativa.

—No está mal Aladdin, pero veo dos problemas. El primero, que el genio es libre, ¿recuerdas? Estará de vacaciones en alguna isla exótica. Es complicado contar con él. El segundo, más importante si cabe, que no quiero que esta normativa, tan beneficiosa para la humanidad, sea anulada. No puedo ser el responsable de echar por tierra ese difícil acuerdo.

—Es verdad, le di la libertad, ya no me acordaba. —dijo Aladdin, dándose un golpe en la frente con la palma de la mano.

Las tres hadas buenas: Flora, Fauna y Primavera, cuchicheaban al fondo de la gran mesa. Estaban junto la princesa Aurora, más conocida como la Bella Durmiente, que estaba otra vez profundamente dormida. No había manera de quitarle de la cabeza que no jugase con las ruecas de Palacio.

Estaban discutiendo por algo, llamando la atención del resto de invitados.

—Queridas, ¿algo que quieran compartir?

—Pues ahora que lo dice, joven, tenemos una idea que podría funcionar. Estamos seguras de que le ayudaría mucho en su labor en los próximos años.

—No duden en compartirlo, por favor.

—Mi hermana Primavera ha tenido una buena idea. —dijo Fauna. —Conocemos un hechizo que le podría convertir en polvo de carbón.

—¿Polvo de carbón?

—Correcto. Este hechizo le puede hacer pasar sin problemas por el filtro de las chimeneas y solidificarle de nuevo cuando haya entrado en el salón de los hogares. Es indoloro y no tiene efectos secundarios. Bueno, igual se marea un poco hasta que se acostumbre, pero poca cosa.

—Vaya, eso es maravilloso. ¿Y volvería a mi estado normal una vez dentro?

—Exacto, el hechizo dura cinco segundos, tiempo suficiente para bajar por cualquier chimenea.

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Un murmullo de aprobación recorrió la sala. Todos parecían estar de acuerdo con la propuesta.

—Además, es muy sencillo de aprender. No tendrá ningún problema. —añadió Flora.

—Pues si os parece bien, podríamos proceder a la votación. Si todos estamos de acuerdo y se aprueba la medida, la aplicaremos sin perder más tiempo.

Como era de esperar, la medida fue aprobada por unanimidad. Era la solución perfecta y la podría usar para siempre.

Para celebrarlo, el servicio del palacio de Bella, organizó uno de los banquetes más espectaculares que jamás se habían visto.

 

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Los comensales aprovecharon para ponerse al día con sus colegas y pasaron una jornada maravillosa.

A la mañana siguiente, todos volvieron a sus mundos para seguir con sus vidas.

Mientras tanto, Santa Claus y las tres hadas, se pusieron manos a la obra para perfeccionar la técnica que haría que a la noche siguiente todo saliera como debía ser.

Y la Nochebuena llegó. San Nicolás preparó el saco con los regalos, ató bien a los renos y se subió al trineo con la esperanza renovada.

Tecleó un destino al azar en su brújula mágica y dio la orden de avanzar. Rudolf encendió su roja nariz y se pusieron en marcha.

Llegaron a su destino, una urbanización con cientos de casas. A lo lejos, las chimeneas le llamaban con una atracción que no se podía evitar.

Aparcó el trineo a la altura de un tejado y descendió. Se acercó a la chimenea, miró en su interior y vio el sólido filtro que impedía cualquier acceso. Chasqueó la lengua y se dijo con resignación.

—Vamos allá.

Susurró el hechizo mágico que le habían enseñado las tres hadas buenas y…

Ho, Ho, Ho, Feliz Navidad.

 

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Deseo de todo corazón que os haya gustado.

Feliz Navidad y próspero año nuevo.

Nos leemos.

Jordi Rocandio Clua

 

 

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