libros, Relatos

RELATO CORTO: “DECISIONES CATASTRÓFICAS”

Hola, hoy os traigo el relato número 16 del #RetoRayBradbury. Espero que os guste.

 

Decisiones catastróficas

 

Demetrio tenía por delante otra solitaria jornada. Aunque estuviera rodeado de cientos de “compañeros”, estos eran forzosos, y eso no cambiaba por muchos años que llevase allí dentro. Llegaba a tener conocidos, aliados, pero no amigos. Allí estaba y estaría, solo, hasta el final de su penoso periplo.

Uno nunca acababa de adaptarse a la vida en prisión. Decían que al final se institucionalizaban, que pasaban a ser parte de ese entramado de seres que hacían cualquier cosa en cualquier momento para que las horas pasasen más deprisa. Le explicaban que al final no se daría cuenta de que siempre estaba vigilado por los funcionarios de prisiones, que acabarían siendo parte del mobiliario y la rutina que le rodeaba. Tonterías, estar allí dentro era una mierda, una desgracia que tenía que soportar por algo que “presuntamente” había cometido.

Se levantó del incómodo catre en el que pasaba la noche, saludó al nuevo compañero de celda, pegó una meada, se lavó la cara y esperó a que abrieran la puerta para ir a desayunar al gran comedor.

Al menos ahora no tenía nada que temer. Lo habían asignado como preso de confianza de un político corrupto. Un pobre desgraciado que jamás pensó que acabaría con sus huesos en la cárcel. Se creía inmune, como otros tantos a los que habían pillado y condenado a pasar unos años a la sombra. Se llamaba Ramón y pasaba todo el día a su lado, acojonado.

Demetrio no le hablaba demasiado, odiaba a ese tipo de gente, por lo que se centraba en enseñarle cómo funcionaba todo y mantenerlo a salvo de las mafias que lo tanteaban.

Se había hecho respetar por las diferentes facciones y lo que él decidía se respetaba. Y había decidido que a Ramón no se le tocara mientras estuviera a su cargo.

carcel

¿Cómo lo consiguió? Haciendo de mediador de los conflictos que surgían entre los clanes.

En el mundo exterior había sido un respetado psicólogo y sabía manipular a la gente con sus juegos mentales y su labia desenfrenada. Un día observó cómo dos reclusos de razas diferentes discutían. Él no lo dudó e intervino, haciéndoles ver que si cooperaban con los trapicheos en vez de obstaculizar la labor del resto, el comercio prosperaría. Y así fue, reunió a los jefes y consiguió que se repartieran los negocios y los beneficios, saliendo todos bastante bien parados. Seguía habiendo disputas, por supuesto, pero allí estaba él para procurar que nada se saliera de madre.

Así se ganó el respeto allí dentro, no por la fuerza, no por el miedo, sino por la necesidad que tenían esos bestias de que alguien gestionara sus malos humos.

La puerta se abrió con puntualidad y se dirigieron al comedor. La cola era considerable, pero el tiempo se aprovechaba para hablar de los temas de actualidad de la cárcel.

Temas que en la calle ni se te ocurría pensar, pero que allí dentro eran de crucial importancia: el reparto de postres y pastillas de jabón a cambio de favores, los mejores sitios para la película de los jueves, las mejores esquinas del patio para los intercambios de mercancías, y cosas por el estilo.

Al cabo de diez minutos, llegaron al principio de la cola y les sirvieron el desayuno.

Demetrio le dijo a Ramón que le siguiera, hoy no debían sentarse en su sitio habitual, ya que había ingresado uno de los capos más sanguinarios de uno de los clanes y le tenían que informar de quién era cada cual allí dentro. En esos primeros momentos era mejor pasar inadvertido y que fuera su propia gente los que les pusieran al día.

Ramón empezó a sudar y se pegó más a él, aquel desgraciado tenía que espabilar o se lo iban a merendar, tenía que encontrarle algo que hacer allí dentro que fuera de utilidad para el resto.

Se sentaron en una mesa del fondo y empezaron a comer.

images

—A ver, Ramón. Necesitamos ponerte a trabajar. No vas a poder estar junto a mí toda tu condena.

—¿A trabajar? ¿En qué? Por favor, no me digas que me vas a dejar solo frente a esa gente. Me matarán.

—Intentaremos no llegar a eso. ¿Qué sabes hacer? ¿Tienes alguna especialidad? Que no sea robar, claro. Aquí dentro ni lo intentes o date por muerto.

Ramón tragó saliva antes de responder.

—No tengo ni idea de en qué podría ayudar. Ingresé en las juventudes del partido y fui subiendo hasta que me metieron en una lista para concejal de un ayuntamiento.

—Pero algo habrás estudiado, ¿no? ¿En qué concejalía trabajabas?

—En urbanismo, claro. No hay ninguna mejor para sacar tajada. Llevaba los nuevos proyectos de recalificación y la gestión de las cuentas del ayuntamiento. El alcalde y yo éramos los únicos que teníamos acceso a las cuentas, así nos pillaron.

—¿Es que no sabéis que ese dinero no es vuestro? ¿Cómo se te ocurre robar?

—Cuando tu partido lleva tantos años gobernando te crees intocable, hasta que te tocan y acabas aquí.

—Bueno, ya hablaremos de eso más tarde. Aunque te desprecio por lo que has hecho, debo mantenerte a salvo. Así que esto es lo que haremos: te presentaré como un fuera de serie de los números, llevarás las finanzas de las facciones. Si lo haces bien, tendremos mucho poder.

—Eso puedo hacerlo, seré un ladrón, pero los números se me dan genial. Un momento. ¿Has dicho poder? ¿A qué te refieres?

—A la información, Ramón. Si conocemos las finanzas de los diferentes clanes, los podremos manejar a nuestro antojo, utilizando esa información en nuestro beneficio.

—Ya sé por dónde vas. Entre los dos podríamos mantenerlos controlados a todos. Genial.

—No te equivoques, Ramón. No va a ser fácil. Primero te tendrán que aceptar y demostrarles que les puedes ser de utilidad, de lo contrario, acabarán contigo.

—Debo arriesgarme. Mírame, no valgo para estar aquí. Mi trabajo es de despacho. Les demostraré que puedo ayudarles.

—De acuerdo. Ves pensando en cómo puedes hacer que sus “cosas” estén mejor organizadas y que los números les salgan siempre a favor. Y si sabes cómo hacerles ganar más, no lo dudes y cuéntaselo.

—Vale, me pondré a ello en cuanto volvamos a la celda.

Acabaron de desayunar y se fueron a los talleres a los que Demetrio les había apuntado. El que más le relajaba era el de carpintería, allí se trabajaba en un ambiente relajado. El continuo ronroneo de las sierras y las pulidoras lo tranquilizaba.

Cuando llevaban un buen rato lijando unas tablas para hacer un banco, Ramón se acercó a él y le habló en voz baja.

—Llevo un buen rato observándote y se te ve muy centrado. Siempre sabiendo lo que hay que hacer. Me preguntaba por qué estás aquí.

Demetrio dejó lo que estaba haciendo y lo miró directo a los ojos. Se debatía entre explicar el asunto que lo había llevado a aquel encierro forzoso o mandarlo a la mierda por entrometido, pero la verdad es que no le iría mal que escuchara su historia.

Dejó la pulidora y se acercó un poco a su asustado compañero.

—Verás, Ramón. Te podría decir que estoy aquí injustamente, que yo no hice nada y que soy inocente, que fueron otros los que me metieron aquí con sus embustes, pero no te voy a mentir. Escucha bien porque igual puedes aprender algo: todo pasó en la cena de Nochevieja de hace ya tres largos años. Había invitado a mi casa a unos amigos de la infancia, hacía muchos años que no nos veíamos y decidí, meses atrás, invitarles para celebrar aquella fecha tan especial junto a ellos.

Aceptaron gustosos, era una manera diferente de celebrar la entrada del año, alejados de su familia, es cierto, pero con la compañía de la otra familia que tú escoges.

No sé, en aquel momento me pareció buena idea.

Demetrio se quedó varios minutos en silencio, con la mirada perdida.

—¿Estás bien? —le dijo Ramón.

—Sí, sí. Ha sido un momento de vacilación, nada más. La cuestión es que fueron llegando, alguno, varias horas antes del inicio de la cena. Empezamos a hablar y tomar unas cervezas mientras íbamos acabando de preparar el menú. Nos lo pasamos muy bien, la verdad. Los efluvios del alcohol empezaron a hacer efecto y las risas, bromas y el cachondeo, hicieron acto de presencia.

Y nada, empezamos a cenar. Todo iba a las mil maravillas, los entrantes quedaron muy buenos, todos estábamos disfrutando de la velada. Nos pusimos al día de nuestras vidas, nos enteramos de las nuevas novias que se habían sacado y de un embarazo inesperado.

Cosas de la vida, Ramón, cosas de la vida.

—Suena bastante bien. Debió ser agradable, todos reunidos sin las mujeres y todo eso. Pudiendo decir las chorradas que quisieras, je, je.

—No estuvo mal. Hasta que sucedió algo que muchos podrían considerar una tontería, algo que hizo que todo se fuera a la mierda, como en esas películas de humor en la que se juntan unos amigos y acontece algo sin sentido que acaba con aventuras que crees que solo pasan, pues eso, en las películas.

—Resacón en las Vegas.

—¿Qué?

—La peli esa que dices, la de los amigos que celebran la despedida de soltero de uno de ellos y empiezan a pasar locuras.

—Sí, es verdad. Pues algo parecido pasó esa noche. Y la verdad es que no sé ni cómo se inició. Estaban dos de mis amigos hablando y uno de ellos hizo un comentario que el otro negó, o se burló, ni idea. Pero provocó que uno de ellos le tirara un trozo de pan a la cara, en plan broma, pero de esas que no tienen ni puta gracia. Con la mala suerte de que al otro le hizo daño. A continuación, empezaron a reprocharse esa acción, que si eres gilipollas, que si no ha sido para tanto, que si casi me saltas un ojo, que si no hay que ponerse así, que eres imbécil. Una escalada sin control que el resto no fuimos capaces de parar. Les decíamos que ya estaba, que había sido una tontería, que se callasen, que estábamos de celebración, que eran invitados, que se comportasen. Nada, no escuchaban y les daba igual lo que dijéramos, ellos seguían discutiendo cada vez con más violencia.

—Pues sí que fue una chorrada, sí. ¿Y cuál es tu papel en la historia?

—Ay, Ramón. Me duele tanto recordarlo. ¿Te importa si seguimos de aquí a un rato? Necesito tiempo.

—Claro, ningún problema. Cuando estés preparado me lo acabas de explicar.

taller

Las horas fueron pasando mientras seguían las rutinas de la cárcel. Salieron al patio, participaron en un taller de electrónica, fueron a comer, vieron la tele en la sala común y acabaron en su celda pensando cómo abordar el tema que Ramón tendría que hacer.

—En el ayuntamiento hice un curso sobre administración de empresas, creo que lo podría aplicar aquí dentro. —dijo Ramón.

—¿Seguro?

—Sí, les puedo hacer una demostración de cómo convertir sus pasivos en activos y que les den beneficios todas las semanas.

—Eso seguro que les interesará. Todo lo que les aporte menos gastos y más poder, mejor.

—No tendré problemas en convencerlos. Eso me podría dar el valor que necesito aquí para mantenerme a salvo.

—Perfecto. Trabaja en ello y prepara una presentación. Vas a tener que hacer la mejor entrevista de trabajo de tu vida.

—Eso no me ayuda, Demetrio. Me estás poniendo más nervioso.

—Pero igual esto lo hace. Creo que te has ganado el derecho a saber el final de mi historia.

—¿En serio? Te lo agradezco.

—Nos habíamos quedado en la discusión de mis dos amigos, ¿no?

—Eso es.

—Pues recuerdo que uno de ellos dijo algo que al otro le molestó bastante, de esas cosas que te arrepientes al instante de pronunciarlas. El aludido fue incapaz de controlar su ira y le lanzó una botella de refresco de dos litros a la cabeza. Eso tampoco hubiera sido un gran problema si no hubiera sido porque la botella estaba abierta. Debido al gas, todo su contenido salió desparramado por todo el comedor, manchando las paredes y el techo.

Y a continuación, el que perdió el control fui yo. No sé qué me pasó, pero entre los nervios de la pelea, la decepción por haber estropeado aquella fantástica celebración y la visión desastrosa del comedor lleno de refresco pegajoso por todas partes, hizo que mi cerebro tuviera un cortocircuito.

Lo siguiente que recuerdo es ver mis manos llenas de sangre y gritos, muchos gritos. Al recuperar el control, miré a mi alrededor y pude ver a uno de mis amigos con un cuchillo clavado en el cuello. Largos chorros de sangre salían de él, provocando una gran mancha en el mantel que me había regalado mi madre. Le había seccionado la yugular y se desangraba sin remedio.

A partir de ahí, no hay mucho más que contar. Mis amigos llamaron a emergencias, pero de nada sirvió, aquel desgraciado ya estaba muerto. Yo me quedé paralizado y me dejé llevar por las autoridades.

Poco tiempo después me condenaron y aquí estoy, cumpliendo una pena por algo que en ningún caso quise hacer. Un buen amigo está muerto y no hay minuto del día en el que no piense si las cosas podrían haberse hecho de otra manera. Una desgracia que llevaré encima el resto de mi vida.

—¡Joder!

—Ni que lo digas.

—Así que estás aquí encerrado por algo que ni recuerdas haber hecho. Yo al menos reconozco que no pude escapar a la tentación de meter la mano en la caja.

—Ya ves. Un acto lo puede cambiar todo. He pensado mucho en ello, no te creas. Todos tenemos a un asesino dentro y puede salir a liarla en cualquier momento.

Ramón lo miró de otra manera, si realmente pensaba eso, Demetrio era un tipo peligroso.

—Tranquilo, Ramón. No soy un psicópata. —le dijo como si le hubiese leído la mente.

Las horas siguientes las pasaron organizando la presentación que le haría Ramón a la banda más poderosa de la penitenciaría. Ataron algunos flecos y, cuando estuvieron satisfechos, se fueron a dormir. El día siguiente era importante y debían estar descansados.

Llegó la mañana, se asearon, fueron a desayunar y Demetrio informó al que hasta entonces había sido el cabecilla, de que les tenían que hablar de algo importante. Este le dijo que ahora el jefe era aquel recluso que había llegado el día anterior y que lo prepararía todo para que se reunieran al mediodía.

Aunque le preocupaba no poder hablar con su antiguo aliado, confiaba en tener éxito con su propuesta.

A mediodía, como estaba previsto, se reunieron en la barbería, enclave que servía como cuartel general de aquellos tipos.

Nada más entrar. Dos gorilas se les echaron encima y les dieron una buena paliza. Los ataron de pies y manos y los dejaron tirados en el suelo.

—Así que vosotros dos sois los que queréis organizar nuestros negocios, ya veo.

—Si me permites…

—Calla, desgraciado. Aquí hablo yo. —le gritó dándole una patada en la boca que le hizo saltar varios dientes. —Sois unos mierdas debiluchos que queréis salvar el pellejo a nuestra costa. Tal vez os haya funcionado en el pasado, pero a partir de ahora mando yo y las cosas van a ser muy diferentes. Tengo intención de quedarme con todos los negocios de la cárcel, así que creo que no os voy a necesitar.

El hombre hizo un gesto con la cabeza y uno de sus matones cogió a Ramón del suelo, sacó un pincho y le cortó el cuello allí mismo.

El pobre chico no tardó en dejar de respirar entre horribles gorgoteos.

—Ya ves, amigo. Así serán las cosas a partir de ahora.

Demetrio estaba blanco por el horror que lo rodeaba. Se había quedado sin palabras.

El hombre fue hasta un cajón de la barbería, sacó un largo cuchillo y se acercó a él. Lo cogió del cuello y lo levantó con uno de sus poderosos brazos. Demetrio no podía casi respirar, la presión en el cuello era brutal. Entonces notó como su estómago explotaba, un dolor terrible en el abdomen le indicó que aquel bestia lo había apuñalado.

Poco a poco, la vista se le fue nublando y la oscuridad lo envolvió. Todo había acabado antes de empezar.

*****

—¡Eres un gilipollas! Me has hecho daño.

—¡Joder, eres un nenaza! Vete a la mierda. Si solo ha sido un trozo de pan.

—¡Siempre haces lo mismo y no tiene gracia! Imbécil.

Demetrio se vio rodeado por sus amigos. Estaba en la cena de Nochevieja y la discusión estaba llegando a su punto álgido.

Miró a uno de sus amigos y lo vio con una botella de refresco en las manos.

––¡Mírate, siempre liándola!

––¡Ojalá se te atragante la cena, retrasado! ¡Así te va todo en la vida!

Y en ese momento, la botella cruzó la mesa y se estampó en la cabeza del otro amigo. Todo el pegajoso líquido se desparramó y lo manchó todo.

Demetrio miró hacia la mesa y vio el cuchillo a pocos centímetros de su mano. Lo cogió, se levantó y… se fue a la cocina a buscar el postre, que el resto de sus amigos se encargasen de apaciguar a aquellos dos. Llevaban toda la vida con la misma cantinela.

Además, nadie le iba a arruinar esa fiesta. Partiría el pastel, abrirían el cava y seguirían con el cachondeo.

Al día siguiente ya contrataría a unos pintores y les pasaría la factura a sus amigos.

A los pocos minutos, sus amigos se estaban riendo por haber hecho el ridículo de aquella manera y ya estaban limpiando la pared con unos trapos viejos, algo que se les dio fatal, por cierto.

Demetrio, cubata en mano, se abrió paso hasta el balcón y reflexionó sobre lo que puede cambiar la vida en un segundo.

Llegó a la conclusión de que aquella noche había escogido la opción correcta. A la mañana siguiente, con la resaca taladrándole el cerebro y con el espectáculo de la nueva decoración, ya vería si tenía que afilar o no los cuchillos.

nochevieja

JORDI ROCANDIO CLUA

Nos leemos.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s