Relatos

RELATO CORTO: “LECTURA PARA LA ESPERANZA”

Hola, hoy publico el relato número 17 del #RetoRayBradbury, titulado “Lectura para la esperanza”.

Aborda un tema terrible que sucede a diario en nuestra sociedad: la violencia que sufren algunos padres por parte de sus hijos.

Si os gusta este relato, os invito a leer mi libro “¡Una de Cortos!”,  17 breves historias que tratan temas como la violencia de género, el narcotráfico, los abusos a menores y varias aventuras que os pondrán los pelos de punta.

Os dejo el link por si os interesa:  ¡Una de cortos!

Portada

 

LECTURA PARA LA ESPERANZA

 

—¡No me pegues! ¡Déjame en paz! ¡Otra vez no!

—¡Te he dicho mil veces que no me molestes! Métete en tus cosas.

La puerta se cerró con un fuerte portazo, haciendo temblar los cuadros colgados de la pared del comedor. Era la segunda vez esa semana que Roberto pegaba a su madre. Tenía muy mal carácter y la cosa iba a peor.

La pobre Amparo sufría como nunca y no por el dolor físico que le provocaban esas agresiones, no, era un dolor psicológico. No sabía cuándo perdió el control sobre su hijo. Ella lo había intentado todo para que él se sintiera a gusto, incluso le había dado más cosas de las que Roberto necesitaba. Tal vez ese había sido el motivo de su actual comportamiento.

De niño era encantador, trataba bien a todo el mundo, era simpático, agradable y atento con su madre. Siempre estaba ahí para ayudarla y eran una familia muy feliz.

De orígenes humildes, se trasladaron a Cataluña desde su Andalucía natal obligados por la fuerte crisis económica de la década de los sesenta. En Barcelona se pudieron abrir camino poco a poco gracias a la gran cantidad de industrias existentes. Paco, su marido, encontró trabajo de soldador en una nave del Poblenou. Allí le trataban bien y se ganaba el jornal dignamente.

Ella, por su parte, trabajaba limpiando las casas de los ejecutivos de la empresa donde trabajaba su marido. Una vida sencilla, pero que les permitía salir adelante.

Al cabo de unos años, Amparo se quedó embarazada. Estaban muy contentos por su paternidad, pero fue una época difícil, sobre todo cuando tuvo que hacer el parón por el nacimiento de Roberto y los ingresos por su parte fueron nulos. Pasaron los primeros meses y ya se pudo incorporar de nuevo al trabajo. Poco a poco, el pequeño fue creciendo en el seno de una familia sencilla, pero de lo más respetable.

Los años fueron pasando y Roberto crecía, su educación y buenos modales eran excelentes y en el colegio todos los niños lo querían. Sus notas eran bastante buenas, así que la familia estaba de lo más feliz.

Cuando llegó la época del instituto, la cosa se torció de repente. Un día, mientras Roberto estaba en clase, Amparo recibió una fatídica llamada. Su marido había sufrido un accidente en la fábrica y se debatía entre la vida y la muerte. Lo ingresaron en el Hospital del Mar y pasó meses en coma.

La situación fue terrible para la familia, Paco estaba vivo, pero como si no lo estuviera.

Desde la empresa al principio los apoyaron, pero, pasados unos meses, les pagaron la indemnización y lo echaron a la calle, por lo que la situación económica les asestó un golpe terrible. Ella se consideraba una mujer viuda y con un hijo adolescente a cargo.

Esa edad de por sí era dura, pero si a eso le sumabas la casi pérdida de un padre y largas horas de soledad debido a las interminables horas de trabajo de su madre, en fin.

Roberto empezó a cambiar a peor, su carácter se agrió y empezó a darle todo igual. Las notas en el instituto empeoraron mucho y se juntaba con amistades peligrosas. Su madre apenas lo podía controlar y todo se fue haciendo una pelota cada vez más grande.

malas compañias.jpeg

Una mañana, después de largos meses en coma, la vida de Paco se apagó definitivamente.

A Roberto le afectó mucho, ya que había cogido como rutina visitar a su padre casi a diario en el hospital, lo echaba mucho de menos y esos encuentros lo calmaban un poco. A partir de su muerte, el control que la presencia de su padre ejercía sobre él desapareció y todo empezó a ser insoportable para la pobre Amparo.

Ella ya se había hecho la idea de vivir sin su Paco, pero lo que no pudo prever es el devenir que cogió la actitud de Roberto.

Al principio, él simplemente estaba triste, pasaba largas horas en su habitación llorando y casi sin salir. Amparo no sabía qué hacer para alegrar un poco la vida de su hijo, así que empezó a concederle todos los caprichos que le pedía su pequeño, a ver si de esta manera salía del pozo donde estaba metido.

A partir de entonces, Roberto empezó a ser cada vez más exigente y, si su madre no hacía lo que él quería, le gritaba y abroncaba sin piedad. Ella callaba, apartaba la mirada e intentaba satisfacer los caprichos de Roberto, tanto en lo que se refería a gustos culinarios como cualquier objeto material que el niño deseara.

Cierto día, Roberto se encaprichó con una consola de videojuegos. A ella no le supo mal comprarla, ya que, mientras estaba jugando, ella podía descansar de sus gritos y mal comportamiento. Cuando llegaba de trabajar, Roberto ya había cenado lo que ella había preparado el día anterior y no protestaba, estaba demasiado centrado en sus juegos como para discutir si los macarrones estaban o no a su gusto.

Durante unas semanas, todo fue más o menos bien, su relación parecía haberse estancado y su niño la dejaba más o menos en paz.

No obstante, un día la llamaron del instituto, Roberto hacía días que no asistía. Ella no lo sabía porque se iba muy temprano a limpiar casas. Decidió entrar en la habitación a hablar del tema con Roberto. La reacción violenta no se hizo esperar, su niño la abroncó, primero, por entrar en su habitación y, luego, por sacar el tema del instituto. Le dijo que él ya era mayorcito y que hacía lo que quería, que el instituto no le interesaba y que no iba a ir más.

Ese fue el primer día que recibió un empujón. Roberto la había echado de su habitación.

maltrato

Con el tiempo, la situación fue empeorando, ya que Roberto estaba totalmente enganchado a un videojuego en concreto y pasaba decenas de horas pegado a las pantallas. Cada vez que ella le decía de cenar se llevaba una bronca y algún que otro empujón. Los portazos eran continuos en esa casa y Amparo, como es lógico, estaba desesperada.

Un día se dijo que eso no podía continuar así y que tenía que hablar seriamente con su hijo, le iba a proponer que buscara un trabajo. Ya había alcanzado la mayoría de edad y no podía ser que ni estudiase ni trabajase, algo tenía que hacer con su vida.

En una de las salidas nocturnas de Roberto para comprar patatas fritas y demás cosas para pasar horas enganchado otra vez a la pantalla, aprovechó para esconderle el mando de la consola y así poder hablar tranquilamente.

Cuando el joven entró en su habitación y no encontró el mando, se armó una buena. Salió gritando como un energúmeno y, sin pensarlo, golpeó con fuerza a su madre, estirándole de los pelos y obligando a que dijera dónde lo había escondido. La deseada conversación nunca llegó a producirse. Roberto volvió a su habitación y no salió en dos días, hasta que el hambre le pudo y saqueó la nevera de nuevo. La situación era insostenible.

Un día cualquiera, mientras vaciaba el armario de Paco para intentar pasar página, encontró un paquete envuelto en papel marrón y con una cuerda fina de cáñamo alrededor. Se extrañó de que su Paco no le hubiera hablado de eso. Lo abrió intrigada y descubrió que era un libro. La tapa era diferente a los otros, tenía un color azul y negro que producía brillos cuando lo movías. No había visto jamás algo parecido. Lo abrió y dedujo que se trataba de una novela que habría comprado en algún momento, ya que su marido era un gran lector. Cuando lo apartó para seguir limpiando, una nota se deslizó de una de las páginas y cayó al suelo. Amparo la recogió y la leyó. Decía: «Nada es lo que parece». No venía firmada.

Estuvo un rato pensando, pero sin llegar a ninguna conclusión, así que no le dio más importancia. Apartó el libro definitivamente y siguió a lo suyo. Cuando salió de la habitación, lo dejó encima de la mesa. Escribió una nota para Roberto y se fue a dormir.

Al día siguiente, salió temprano a trabajar. Roberto todavía dormía. Cuando este se despertó, salió de su habitación para ir al baño y prepararse el desayuno. En el momento en el que se sentó a la mesa del comedor, se encontró con el libro y la nota de Amparo encima. La leyó. En ella decía que ese libro había pertenecido a su padre y que era un buen recuerdo para que él guardase.

Entre cucharada y cucharada de sus cereales, lo abrió por curiosidad y ojeó las primeras páginas. Quedó fascinado de inmediato. La historia que en ese libro se contaba lo enganchó enseguida, era como entrar en un mundo mágico donde las historias y aventuras se sucedían sin descanso.

Cogió el libro y se metió en su habitación. Por primera vez en muchos meses, se olvidó de la consola y sus juegos.

libro

Cuando Amparo llegó a casa, se quedó alucinada, ya que había silencio. No se escuchaba por ninguna parte el volumen de la televisión de Roberto, que siempre estaba demasiado alto. Se acercó a la puerta de la habitación de su hijo, la abrió un poco y lo vio tumbado en la cama leyendo el libro de su padre.

Ella no dijo nada y se fue a preparar la cena, disfrutando como nunca de ese silencio y de ese ambiente relajado.

Cuando ya la tenía lista y dispuesta en la mesa, le pegó un grito a su hijo para que viniera a cenar, pero nadie le contestó. Extrañada, se dirigió de nuevo a la habitación y vio que seguía tumbado, leyendo. Obviamente, no quiso perturbar esa paz y lo que hizo fue dejarle la cena en su escritorio, al lado de la consola.

Los días fueron pasando, Roberto seguía enganchado a su libro, su carácter era más tranquilo. Casi no se hablaban, pero no era necesario, ella le llevaba la cena al dormitorio y disfrutaba feliz de su nuevo estilo de vida. Tenía que aprovecharlo porque, cuando se acabara el libro, no sabía qué podía pasar.

Al pasar un par de semanas, empezó a extrañarse de que no hubiera acabado de leer el dichoso libro. No se quejaba, pero ella no podía evitar preocuparse por él. Decidió acercarse a la habitación y preguntarle cómo iba, si le estaba gustando la novela y cuánto le faltaba para terminar. Cuando entró, Roberto estaba leyendo, sosteniendo el libro en sus manos. Ella se acercó al escritorio para recoger la bandeja con la comida anterior y notó algo extraño, unas migas en la mesa, dirección hacia la ventana. Pensó que era muy raro y decidió investigar un poco, así que se acercó a la ventana y notó que había hormigas llevándose algún resto. Se acercó más con intención de abrirla y, cuando se asomó para seguir el rastro de aquellos insectos, contempló horrorizada como en el patio interior de debajo había acumulada un montón de comida en estado de putrefacción. El olor que subía era muy desagradable y se acumulaban muchas moscas. El piso de abajo estaba vacío y nadie se había quejado por tal acumulación. De inmediato, se giró para observar a su hijo, ya que debía de hacer muchos días que no comía y, al fijarse bien, lo que vio la asustó y la dejó sin habla.

Roberto estaba cadavérico. Desde ese ángulo podía ver su rostro, que siempre estaba oculto desde el umbral de la puerta. De inmediato, se acercó a él.

Lo llamó por su nombre, lo zarandeó, incluso lo abofeteó para ver si reaccionaba, pero nada, no apartaba la vista del libro, estaba absorto por completo.

Cogió el teléfono y llamó al 112. Enseguida llegaron los sanitarios, pero tampoco pudieron  hacer nada. Estaba en un estado de absoluta demencia, nada le hacía responder.

Se lo tuvieron que llevar al hospital para hacerle pruebas. Tenía una fuerte desnutrición y estaba deshidratado, pero su estado de salud en general era bueno, sin embargo, su mente se había perdido en algún momento y no fueron capaces de recuperarlo.

Al cabo de un tiempo, lo tuvieron que internar en un hospital especializado para deficiencias psíquicas, ya que no reaccionaba ante nada y lo tenían que alimentar artificialmente. La reacción ante la comida era muy curiosa, puesto que cuando le ponían algo de comer delante lo cogía y hacía el ademán de tirarlo por la ventana.

psiquiatrico

Un día de visita, cuando Amparo entró por la puerta, su hijo la miró. Ella se asustó porque hacía semanas que estaba en estado catatónico. Se acercó a él y le preguntó si estaba bien. Roberto pronunció una sola palabra: «libro». Ella le preguntó de nuevo qué era lo que había dicho y volvió a decir lo mismo: «libro».

Llamó a los médicos y les consultó si debía o no traer el libro. Ellos le dijeron que de ninguna manera, que, si volvía a leer cualquier cosa, seguro que empeoraba.

Regresó a su casa muy apenada. Por una parte, su vida había cambiado radicalmente, ya nadie le pegaba ni le gritaba y se sentía bien. Por otra parte, se odiaba a ella misma por sentir alivio al no estar su hijo en casa.

Cuando llegó a su hogar y entró en la habitación de su hijo para limpiar, observó el misterioso libro encima de la cama. De inmediato, lo cogió y lo tiró a la papelera, pero algo se deslizó entre las páginas y cayó al suelo. Era una nota, pero diferente a la anterior. La cogió y se dispuso a leerla. Decía así: «Disfruta de la vejez en calma, amor mío».

Esta vez, la nota sí que estaba firmada. Se la quedó mirando y le resultó muy familiar. Se detuvo unos instantes a observarla.

Se quedó paralizaba al comprobar que aquella rúbrica era de su difunto marido.

JORDI ROCANDIO CLUA

Espero que os haya gustado.

Nos leemos.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s