Relatos

RELATO CORTO: “CAMPING MORTAL”

Ilustración de Javier García.

Hola a tod@s. Hoy publico el relato número 18 del #RetoRayBradbury. Seguimos adelante.

Tenía muchas ganas de escribir sobre la temática que os traigo. No os desvelo de que se trata, tendréis que sumergiros en el relato para averiguarlo.

 

Y ahora sí. Entremos en materia.

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CAMPING MORTAL

 

—¿No podríamos haber esperado a mañana por la mañana?

—Ya os lo hemos explicado, hijos. Mañana es la operación retorno. Después de cinco días de fiesta, la carretera estará a tope. Si viajamos esta noche, en un par de horas habremos llegado.

—Pero es que nos perderemos la fiesta de despedida.

—Lo sé y me sabe muy mal.

—Vaya rollo.

—Un poco de paciencia. Id pensando en lo que os apetecerá hacer mañana. Tendremos todo el día para nosotros… Cariño, pon algo de música, que si no me voy a dormir.

—Si ves que no vas a aguantar, puedo conducir yo.

—De momento voy bien. Esta carretera me encanta. Atravesar este bosque de día es espectacular. Lástima que ahora no se vea nada y me tenga que guiar por las líneas del suelo.

—Ves con cuidado, parece que está empezando a haber niebla.

—¡Qué raro! Suele subir desde el río, pero esta parece que viene de detrás de la montaña.

—¡Cuidado, papá! ¡Hay un hombre en la carretera!

—¡Frena, Roberto, frenaaa!

—¡Oh, mierda! ¡Agarraos fuerte!

Roberto no podía dar un volantazo por miedo a salirse de la carretera y no le iba a dar tiempo a frenar sin golpear a aquel hombre. Se lo llevó por delante. Notaron un par de baches antes de pararse.

 

carretera

—¡Joder! Lo hemos atropellado —dijo Roberto.

—¿Estáis bien, niños?

—Sí, mamá. Estamos bien.

—¿Qué hacemos, cariño?

—Llama a una ambulancia. Voy a bajar a ver cómo está. Tenemos que ayudarlo… Niños, no os mováis.

Sofía, la madre de los niños, llamó al 112, pero no cogían la llamada.

Roberto salió del coche y fue a la parte de atrás. No vio a nadie. Se agachó para comprobar que no estuviera debajo. Y entonces lo vio allí, atrapado bajo una rueda. El hombre no se movía.

—Niños, bajad. Tú también, cariño. Está debajo, atrapado. Tengo que mover el coche.

—No consigo contactar con el 112. No sé qué pasa —dijo Sofía mientras ayudaba a bajar a los niños.

—Sigue intentándolo… Chicos, no os acerquéis, es mejor que no veáis esto.

Cuando se levantó para mover el coche, notó cómo el hombre empezaba a moverse.

—¡Está vivo! Hola, ¿cómo se encuentra? No se mueva. Necesito saber dónde le duele.

Al oír su voz, la cabeza del hombre empezó a girarse en un ángulo imposible y lo miró a los ojos. Empezó a abrir y a cerrar la boca, mostrando unos dientes sucios y afilados.

Roberto se echó hacia atrás asustado. Aquellos ojos estaban muertos. Eran de un color gris claro y lo miraban sin pestañear. El hombre empezó a hacer ruidos extraños, una especie de gruñidos que ponían los pelos de punta.

—¡Sofía ven, pero deja a los niños ahí!

—¿Qué sucede?

—Tienes que ver esto.

Cuando su mujer se acercó para ver lo que su marido le indicaba, ahogó un grito al observar a esa criatura.

—¡Joder, Roberto! ¿Qué es eso?

—Parece un zombi, como los de The Walking Dead. Ten cuidado.

—No digas tonterías. Déjame hablar con él. ¿Está bien, señor?

—Bien muerto.

—Calla, Roberto. No seas burro… ¿Me oye?

El hombre desvió la mirada hacia ella y empezó a gruñir con más intensidad. A continuación, estiró una mano hacia ella para intentar cogerla.

Sofía le cogió la mano para tranquilizarlo, pero al apretarla, salieron un montón de gusanos por una herida que tenía en la muñeca.

—¡Qué asco, joder! Mierda, Roberto. Creo que tienes razón, es un zombi.

—Si ya te lo decía yo. Este lleva muerto bastante tiempo. ¿De dónde vendrá?

En ese momento, el zombi empezó a salir de debajo del coche. La pierna que tenía atrapada bajo la rueda empezó a desgarrarse.

—¡Cuidado! Mete a los niños en el coche antes de que salga.

—¿Y tú?

—Voy a coger el hacha del coche y le voy a reventar la cabeza. ¿No es así como se les mata?

—¡Yo qué sé! ¡Esto no es una serie!

Roberto abrió el maletero, rebuscó entre las maletas y cogió el hacha del final del maletero.

El zombi estaba a punto de salir de debajo del coche y ya había asomado medio torso.

Roberto no se lo pensó dos veces y descargó un golpe brutal sobre el cráneo de la criatura. Lo partió en dos y sus sesos se esparcieron por la carretera.

—Ya no vas a revivir más, escoria. Qué ganas tenía de decir algo así.

zombi

Sofía salió del coche dejando a los niños dentro.

—El 112 no responde. ¿Y si les ha pasado algo? ¿Igual han caído las comunicaciones?

—Ostras, podría ser.

El claxon del coche sonó. Los niños les estaban indicando algo.

Roberto y Sofía se acercaron y abrieron la puerta.

—Papá. Mira la niebla.

—¿Qué pasa, Andrea?

—La niebla, se está acercando.

—Tienes razón. Eso no es bueno. Nos vamos. Sube Sofía. Hay que alejarse de aquí.

Arrancaron el coche y siguieron bajando por la carretera de montaña. Si habían aparecido zombis, algo que solo pasaba en las películas, también tenían que huir de esa niebla tan sospechosa. No debían dejar que los alcanzase.

Llegaron a la carretera principal y se la encontraron colapsada. Pero aquello era más que un atasco, era un auténtico caos.

A varios kilómetros hacia el norte se acercaba la niebla. Los coches que estaban cerca de ella eran abandonados y todo el mundo huía. Algunos no lo conseguían y eran engullidos por aquella densa nube.

Varios coches estaban en llamas tras haber chocado entre ellos y bloqueaban el paso al resto de vehículos.

—¿Qué está pasando, Roberto?

—Es por la niebla. Si nos alcanza, estaremos perdidos.

Mientras observaban el caos de la carretera, un fuerte viento proveniente del sur empezó a llevarse la niebla lejos de ellos. Conforme iba desapareciendo, se despejaba la zona por donde había pasado y dejaba al descubierto a las personas que habían sido engullidas por ella.

Un gran grupo de zombis se acercaba por la carretera principal y atacaba a la pobre gente que todavía no había huido de allí.

Se les echaban encima y los hacían desaparecer en cuestión de segundos. Los devoraban con ferocidad, arrancándoles tiras de piel y hueso.

—Tenemos que salir de aquí. Volvamos por donde hemos venido ahora que no hay niebla. Nos refugiaremos en el camping, dentro de la caravana, hasta que salga el sol.

—De acuerdo, no tenemos otra opción —dijo Sofía girándose para calmar a los niños—. Andrea, Víctor, escuchadme bien: no sabemos qué está pasando, pero la situación es grave. ¿Sabéis los zombis que vemos tantas veces en las películas?

—Sí —respondieron los dos a la vez.

—Pues está pasando algo parecido. No os asustéis y haced lo que se os diga. ¿De acuerdo?

—Tranquila, mamá. Sabemos lo que hay que hacer para matarlos. Necesitamos cuchillos o navajas. Así nos podremos defender.

Sofía se preguntó de dónde sacaban el aplomo aquellos pequeños. Seguro que tener unos padres frikis amantes del gore los había ayudado. Ahora agradecía que hubieran visto Braindead, Mal gusto, La noche de los muertos vivientes o El amanecer de los muertos. Para este caso, no había mejor formación que las situaciones que se vivían en esas historias.

—Ya sé que estáis curados de espanto, pero no os dejéis morder por una de esas cosas.

—De acuerdo. Iremos con cuidado.

Dieron la vuelta allí mismo y enfilaron por la carretera de montaña que los llevaba de camino a su refugio.

Por el camino se fueron cruzando con varios zombis. Pasaban por su lado a toda velocidad para evitar que no se los echasen encima del coche. Ahora estaban seguros de que la niebla había provocado todo aquello.

Varios minutos después, llegaron al camping y entraron por la puerta principal. Al pasar por delante del edificio donde estaba ubicado el restaurante y las oficinas del complejo, vieron que en su interior estaban atrapadas las personas que habían estado cenando allí esa noche. Todos eran zombis. Se movían despacio y chocaban los unos con los otros.

Apagaron las luces del coche y pasaron despacio para no llamar la atención. Su caravana estaba ubicada en la zona más alejada. Les gustaba la tranquilidad y ese era el mejor lugar.

Aparcaron el coche delante de su avancé, bien pegado a la puerta para bloquear el acceso. Si alguna de esas cosas se acercaba a visitarlos, se encontraría el paso bloqueado.

Al salir del coche, oyeron cómo de detrás de otra caravana salían dos zombis. Eran los vecinos, una pareja con los que se llevaban muy bien.

—¡Vaya! El señor y la señora Navarro. Qué lástima. ¿Me ayudas?

—Por supuesto, cariño. ¿Cómo lo hacemos? Solo tenemos un hacha.

—Son muy lentos. Salimos los dos, me cargo a Pedro y te paso el hacha para que remates a María.

—Me parece bien. Ahora venimos, chicos.

Abrieron la puerta del coche y salieron. En menos de un minuto ya habían acabado y estaban subiendo la cremallera del avancé.

Roberto había hecho un movimiento de arriba abajo que partió en dos la cabeza del señor Navarro. Le pasó rápido el hacha a Sofía y esta, con un corte lateral, le cortó la cabeza a la mujer.

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Entraron sin hacer ruido, abrieron el cajón donde guardaban los cuchillos y se equiparon con las armas que cada uno escogió. Se sintieron mejor de inmediato.

Apagaron las luces, entraron en la caravana y se aseguraron de que cerraban bien la puerta.

Encendieron la radio con el volumen muy bajo para oír si alguien les aclaraba qué coño estaba pasando.

Después de varios minutos buscando una emisora, una lejana voz sonó en el aparato: «Repetimos: no salgan de sus casas. La niebla se ha extendido por casi todo el planeta. No la toquen y aléjense de ella. Es la causa de las transformaciones. Si ven a un caminante, no se acerquen. Si reciben su mordedura se transformarán. Solo mueren si su cerebro se daña. Repetimos: no salgan de sus casas. La niebla se ha…».

—Es un bucle. Apágala.

—Teníamos razón, papá. Menos mal que hemos huido de la niebla.

—Sí, cariño. Menos mal. El mundo está plagado de zombis. ¡Vaya pasada!

—Bueno, Sofía. Sí que es verdad que mola bastante y nos vamos a cansar de matar zombis, pero ¿cómo vamos a sobrevivir?

—Está claro que no vamos a poder llegar a la ciudad. Así que vamos a tener que limpiar esta zona, asegurarnos que esas cosas no puedan entrar aquí y crear una comunidad.

—Ya sé por qué me enamoré de ti. Eres la leche.

—Pues Víctor y yo queremos ayudar. Tenemos unas ganas locas por matar a una de esas cosas —dijo Andrea.

—Claro que sí. Va a haber trabajo para todos. Por eso no te preocupes, pero ahora tenemos que descansar. Mañana empezaremos con las diferentes tareas.

Se fueron a dormir. Estaban agotados por las emociones vividas durante esa noche. Al día siguiente tenían muchas cosas que hacer y debían estar bien descansados.

Se despertaron con las primeras luces del alba. Se vistieron y salieron de la caravana en silencio. Debían inspeccionar las calles del camping para acabar con todos los zombis que encontrasen antes de ponerse a acondicionar su nuevo hogar.

Su objetivo era llegar al restaurante donde estaban encerrados la mayoría de los zombis y prenderles fuego. Así acabarían con ellos de una sola vez.

A la luz del día, se dieron cuenta de que había muchos muertos dando tumbos entre las caravanas. Cuando se acercaban a ellos, se activaban e intentaban morderlos. Pero iban bien equipados y les atravesaban el cráneo sin dificultades. De hecho, hasta los niños disfrutaban con ello. Los muertos eran tan lentos que no había mucho peligro.

Después de varias horas matando zombis, llegaron al restaurante. Dentro había, al menos, treinta zombis atrapados. El incendio iba a ser un espectáculo increíble.

Cogieron varias estufas de gas de dentro de los avancés, abrieron las llaves de paso y las metieron dentro del edificio por una puerta lateral donde los muertos no habían llegado.

Se colocaron a una distancia prudencial y esperaron a que se acumulara el gas. Solo tenían que esperar a que cualquier chispa que se produjera en el interior hiciera explotar las bombonas de gas butano.

La explosión no tardó en llegar. El techo y varias paredes saltaron por los aires y el fuego se extendió con violencia.

No fue tan buena idea como pensaban. Varias decenas de zombis salieron caminando en llamas del restaurante y empezaron a ir hacia ellos.

—¡Joder! Cómo la hemos liado. ¿Preparados?

—Vamos, familia. ¡A por ellos!

Los cuatro valientes blandieron sus cuchillos y se internaron en medio de aquella maraña de muertos. Repartieron cuchilladas a diestro y siniestro hasta que no quedó ni uno solo de ellos en pie.

La imagen de aquella familia alejándose de aquel montón de cadáveres humeantes era espectacular.

Habían empezado a controlar sus dominios con una convicción de hierro. Estaban viviendo una situación de película. Un sueño en toda regla para los amantes del apocalipsis. Sabían que si querían sobrevivir a lo que estaba por llegar, tenían que aprender a ser letales. Una nueva era comenzaba y ellos iban a ser los protagonistas principales.

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—¡Roberto, cuidado!

De detrás de una furgoneta, salió una anciana arrastrándose con las manos. Solo tenía la parte superior del cuerpo. Restos de vísceras salían de su abdomen y dejaban atrás un reguero de sangre. La anciana atrapó el zapato de Andrea hasta que logró tirarla al suelo. En la caída, el cuchillo se le escapó de las manos, dejándola indefensa.

Su padre salió corriendo para defender a su hija, pero no llegó a tiempo. La muerta mordió la pierna de la niña sin que esta pudiera hacer nada.

—¡Ahhh! ¡Papá, ayúdame!

Roberto se acercó con rapidez y atravesó la cabeza de la anciana con su navaja.

—¡Maldita sea! Sofía, trae el hacha, tenemos que cortar ya. Tranquila, hija. Vamos a llegar a tiempo. ¿Comprendes lo que tenemos que hacer?

La niña lloraba desconsolada, pero asintió a las palabras de su padre:

—Lo sé. Es la única manera de que no me transforme. Hacedlo rápido, por favor.

Sofía llegó con el hacha. Tenía la cara desencajada por el horror de la situación, pero comprendió enseguida que debían actuar rápido o su hija moriría. Se recompuso y abrazó a su pequeña con fuerza.

—¿Preparada?

—Sí, mamá.

—Hazle un torniquete —dijo Roberto sacándose el cinturón—. Víctor, vigila los alrededores y avísame si ves a algún zombi acercándose.

—Entendido. Nadie se va a acercar.

Roberto se preparó para algo que nadie debería hacer. Tenía que golpear con fuerza para romper el hueso a la primera y no hacer una sangría.

Contó hasta tres y golpeó con fuerza. El hacha penetró en la pierna varios centímetros por encima de la mordedura. El hachazo fue bueno, pero no lo suficiente. Al hueso le faltó un poco para partirse, por lo que Roberto tuvo que golpear de nuevo hasta que seccionó la pierna.

Andrea no tardó en desmayarse. Sofía aprovechó para coger un brazo ardiendo de uno de los zombis y cauterizó el muñón de su hija.

—Ya está. Ahora tenemos que esperar unos minutos. Esperemos que haya funcionado y no se transforme —dijo Roberto.

—Que mala suerte hemos tenido, joder. No podría soportar tener que atravesarle el cerebro.

—Ten fe. Debería salir bien.

Víctor se acercó corriendo.

—Todo despejado. ¿Cómo está Andrea?

—No lo sabemos.

Entonces Andrea empezó a moverse y a emitir pequeños gruñidos. El resto de la familia se preparó para lo peor. La niña empezó a abrir los ojos. Si se había transformado, serían de color gris claro.

Otro gruñido más fuerte salió de su boca e hizo un par de violentos espasmos. Roberto cogió el cuchillo para acabar con ella.

—¡Susto! ¡Cerebros, cerebros! ¡Aghrr!

Andrea abrió los ojos mientras decía esas palabras.

—¿Estás loca? Casi te remato.

—Ja, ja, ja. Vaya cara se os ha quedado.

Víctor abrazó a su hermana.

—¿Te duele?

—Muchísimo, pero estoy viva. No me puedo quejar.

—Como vuelvas a hacer una broma así, yo misma te mataré —dijo Sofía abrazando a su pequeña.

—Menos mal que ha funcionado. Por cierto. Tienes un sentido del humor muy macabro, hija.

—Lo siento, papá. Es que no había mejor ocasión, je, je.

—Tenemos que ir al pueblo a por antibióticos si queremos evitar una infección. Seguro que en el ambulatorio tienen muletas y analgésicos —intervino Roberto—. Debemos darnos prisa.

Cogieron a Andrea y la llevaron a la caravana para que descansase.

—Quedaos aquí en silencio. Víctor y yo iremos a por las medicinas.

—De acuerdo. Id con cuidado.

Se abrazaron y se pusieron en camino. Esperaban no encontrar…

—Juan ¿Te has lavado los dientes?

Esperaban no encontrar mucha resistencia…

—¿Me oyes? Vas a llegar tarde al colegio.

—Jo, mamá. Aún tengo unos minutos.

—De eso nada, jovencito. Acaba de prepararte ahora mismo.

Juan, el pequeño de tres hermanos, cerró el cómic que estaba leyendo y se dirigió, refunfuñando, al cuarto de baño. Tendría que acabar de leerlo por la tarde, cuando llegase de hacer su actividad extraescolar.

Al salir de la habitación apagó las luces. Encima de la cama descansaba una página donde se veía a Roberto y Víctor subiéndose al coche.

¿Conseguirían las medicinas que Andrea tanto necesitaba?

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JORDI ROCANDIO CLUA

Espero que os haya gustado. No dudéis en dejar un comentario.

Nos leemos.

Este y otros relatos exclusivos los podéis leer en mi nuevo libro “Un futuro incierto”

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6 comentarios en “RELATO CORTO: “CAMPING MORTAL””

  1. Jajaja, Jordi, me lo he pasado muy bien leyendo este relato. Ha habido un momento que era tan exagerado todo que he comenzado a sospechar que podría tratarse de un sueño, o algo similar. Pero me ha encantado la idea del niño leyendo el cómic, y de hecho le pega mucho. Es un texto muy cachondo y todo un homenaje al mejor cine de casquería Z. ¡Un abrazo! ; )

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  2. ¡Qué pasada! Me ha encantado. He pasado un miedo divertidísimo, Jordi. A esto es a lo que se le llama “sang i fetge” de verdad.
    La familia de campistas, Sofía, Roberto, Víctor y Andrea, sí que tienen un “futuro incierto”. No como tu RetoRayBradbury que parece ir “viento en popa a toda vela”. ¡Felicidades!

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