Relatos

RELATO CORTO: “UNA NUEVA VIDA”

Ilustración de Javi García.

Hola a tod@s. Esta semana llego al relato corto número 20 del #RetoRayBradbury. ¿A quién no se le ha pasado por la cabeza dejarlo todo y empezar de cero una nueva vida?

Espero que disfrutéis con esta lectura y que os llegue a emocionar como me ha pasado a mi escribiéndola.

 

UNA NUEVA VIDA

 

Jamás había observado algo tan maravilloso. No era la primera vez que admiraba cómo salía el sol, pero desde aquellas latitudes era todo un espectáculo.

Vivir en Nueva York no había estado nada mal y más con la riqueza que llegó a atesorar. Lo reconocía, era una vida que muy pocos eran capaces de llevar y, aunque le doliese reconocerlo, la había disfrutado.

Sin embargo, aquella vida de lujos, de poder y degeneración humana se había acabado para siempre.

No la echaba de menos, pero algunos recuerdos volvían a su mente de vez en cuando, torturándole; como cuando pasaba las noches rodeado de mujeres, drogas y alcohol; o cuando se despertaba en medio del Atlántico en la lujosa habitación de su yate privado y volvía en helicóptero a su oficina; o cuando veraneaba en alguna de sus haciendas del lejano Oeste rodeado gente superficial. Esas experiencias tan lejanas solo le producían dolor.

Michael Geller llegó a atesorar el máximo poder que un civil podía conseguir. Sin embargo, se cansó de toda aquella abundancia. Se cansó de ser el centro de atención, de estar rodeado de hipócritas que solo se acercaban para conseguir cosas de él, se cansó de los medios de comunicación, de los abogados, de los políticos corruptos, del sistema, del mundo. Nada le emocionaba, nada le hacía ilusión. La sociedad en general le había decepcionado y la salud del planeta estaba cada vez en peores condiciones.

Y estalló. El hombre más poderoso del mundo dijo basta y lo dejó todo durante un par de días para retirarse a pensar.

Cogió su avión privado y se fue a Alaska, a una pequeña cabaña que le alquiló su secretaria.

Allí conoció a un nativo que vivía de lo que la naturaleza le aportaba. Se quedó fascinado desde que se presentó ante él. Iba vestido con unas gruesas pieles que lo mantenían más caliente que sus caros ropajes de invierno. El ritmo de ese hombre era pausado y eficaz, había un aura de paz a su alrededor que lo atrapaba sin quererlo, sus movimientos lo hipnotizaban.

Llevaba sobre el hombro un pez de un tamaño más que aceptable, y allí mismo, a escasos metros de la cabaña, se puso a limpiarlo para dar buena cuenta de él.

Poco a poco fue preparando el pescado, a fuego lento, sazonando lo justo.

Cuando acabó, se giró hacia él y le invitó a que se sentara a su lado. Aquel hombre compartió su escasa comida con él y pasaron un rato muy agradable.

Se dio cuenta de que la armonía entre ese hombre y la naturaleza eran perfectas, que aquello era la esencia de la vida, que el sentido de estar en el planeta se reducía a eso tan simple que le mostraba aquel nativo. Ese hombre vivía tranquilo, rodeado de lo justo para sobrevivir, alejado de los molestos ruidos de la civilización y, sobre todo, alejado del cáncer que él tan bien representaba.

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Ilustración de Javi García.

Cuando llegó a la ciudad de nuevo, tomó la mejor decisión de su vida. Vendió sus empresas, sus propiedades y lo donó todo a varias ONGs que se dedicaban a proteger el planeta.

Mucha gente intentó disuadirlo de aquella locura, pero no flaqueó ante las presiones y abandonó definitivamente la vida pública.

Como hombre inteligente que era y capaz de crear los mayores imperios desde cero, se dijo que en esa nueva etapa que iba a comenzar, también tendría éxito.

Se guardó para él los recursos necesarios para viajar a Alaska y comprar las herramientas justas para construir su nuevo hogar en las profundidades del bosque. La naturaleza le abastecería del resto de necesidades básicas.

De eso hacía más de cinco años y ahora, sentado en una roca mirando amanecer, se dio cuenta de lo vivo que estaba. La armonía entre naturaleza y hombre era total. Cuando entendías eso, el resto de bienes materiales dejaban de tener sentido.

Los inicios fueron duros, por supuesto.

Una adaptación así no se dominaba de la noche a la mañana, pero su experiencia vital y la entereza que tan buenos resultados le habían dado en su anterior vida, hicieron que su día a día fuese mucho más sencillo.

Con paciencia, construyó su nuevo hogar y consiguió el sustento para salir adelante. Pasó de una rudimentaria choza fabricada con endebles ramas a una cabaña hecha de troncos que encontró tirados por el bosque. Los helechos, el barro y el musgo le sirvieron de aislante perfecto para lluvias, nevadas y el intenso frío invernal.

Con el paso de las semanas, mejoró su técnica de pesca y de caza, por lo que se pudo abastecer de carne y pieles para su supervivencia. El trabajo diario lo satisfacía y sentía que aquel estilo de vida le llenaba por completo.

Pasaba los días mejorando sus condiciones de vida y aprovisionando la despensa para los inviernos.

Talaba árboles para aumentar la cantidad de leña que lo mantendría caliente en las frías noches y preparaba las trampas para su ración diaria de proteínas.

Una vida tranquila, sin horarios ni reuniones estresantes, sin nadie tóxico a su alrededor y, sobre todo, acompañado de vida por todas partes, de naturaleza en estado puro, de fauna vegetal y animal que vivían su vida en una simbiosis perfecta.

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Le fascinaba como la vida que le rodeaba vivía al margen de todo, ignorando lo que el hombre había hecho con el planeta. Qué poco se imaginaban los animales con los que se cruzaba, que una isla tan bella como la originaria Manhattan, se había convertido en una selva de asfalto, donde la única gran zona verde era un parque rectangular construido por los que habían destrozado ese hermoso ecosistema.

Cuando el sol subió lo suficiente y empezó a iluminar los bosques, bajó de la roca en la que cada mañana veía amanecer y empezó a pensar en las tareas que quería hacer durante el día.

Por desgracia, tenía que bajar al pueblo a comprar algunos víveres que la naturaleza no podía darle.

El dinero hacía años que se había acabado. Sin embargo, gracias a las pequeñas estatuas de madera que él mismo tallaba y decoraba, había conseguido una manera de adquirir lo poco que necesitaba.

En una de las primeras visitas al pueblo, se fijó en una pequeña tienda de artesanía local. En el escaparate había expuestas unas figuras preciosas que hacían los lugareños. A él se le daba bien ese tipo de arte, por lo que hizo un par de piezas en la tranquilidad de su cabaña y se las mostró al dueño. A este le encantó su trabajo y le ofreció comprárselas. Él le dijo que podía ir tallando las que necesitase a cambio de recibir un pago en especies. El dueño del comercio aceptó sin dudarlo y entre ellos empezó una amistad entrañable que les beneficiaba en todos los aspectos.

–Buenos días, Andrew. ¿Cómo va todo por aquí abajo?

–Hola, Michael. Hacía semanas que no bajabas de las montañas. Pero oye, te veo muy bien.

–No mejor que tú, viejo. La vida allí arriba es muy tranquila, ya lo sabes. La ausencia de estrés se nota.

–Me alegro, amigo. Me alegro. Y ahora dime. ¿Qué necesitas?

–Nada nuevo. Con el paquete que me preparas tengo más que suficiente. Te he traído cinco figurillas nuevas. A ver si te gustan.

Michael abrió su bolsa de viaje, sacó las tallas y las puso encima del mostrador.

–¡Vaya! Son preciosas. Esta vez te has superado. Se venderán muy bien. Muchas gracias.

–Me alegro. La verdad es que disfruto mucho haciéndolas.

Siguieron unos minutos más compartiendo sus historias. Michael siempre se demoraba más de lo normal.

Le gustaba estar solo y tranquilo allí arriba, pero un poco de compañía le venía bien.

–Por cierto, han avistado un oso negro enorme unos kilómetros más al sur. Ándate con ojo.

–Estamos en zona de osos, es normal. De hecho, el otro día vi, al otro lado del río donde pesco, una osa con una cría. Al detectar mi presencia, se alejaron montaña arriba.

–Bueno, solo te digo que vigiles. Con los machos nunca se sabe.

–De momento no he tenido problemas. Espero que así siga.

Se dieron un fuerte abrazo y se despidieron.

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Michael volvió a su refugio. Tenía un par de horas de camino por delante.

Cuando llegó a su cabaña, preparó la comida y disfrutó de una buena siesta. Aquello era vida.

Pasaron las semanas y todo seguía como se esperaba.

Una mañana, mientras reparaba una de las patas de su mesa de trabajo, oyó varios rugidos que venían de dentro del bosque. Ese sonido tan característico era de algún oso, aunque parecía una pelea entre varios. No estaban lejos y eso le preocupó un poco, así que se metió en la cabaña, preparó su escopeta y observó a través de la ventana.

Pasados unos minutos, los rugidos pararon. Ahora había que asegurarse de que se alejaban de allí. No había nada más peligroso que cocinar al aire libre con osos por los alrededores. Por lo general, no se acercaban a los asentamientos humanos, pero si tenían hambre y lo veían necesario, no dudaban en invadir cualquier zona.

Entonces, vio movimiento en los arbustos que rodeaban la cabaña. Un osezno negro como el carbón apareció ante él. Estaba mal herido y cojeaba bastante. Dio unos pasos más y se desplomó.

Michael salió corriendo de la cabaña con la escopeta en la mano apuntando hacia todas partes por si la madre del osezno venía a buscarlo. Escuchó en silencio y no percibió ruido alguno. Se acercó a la cría un poco más tranquilo. Tenía una cicatriz que le cruzaba el morro de arriba abajo. En el cuerpo también tenía varias heridas que sangraban mucho y una de las patas traseras se le había roto. “Pobre animal” pensó. En esas condiciones no podría sobrevivir.

Se lo quedó mirando varios minutos, levantó el cañón de su escopeta y apuntó a su cabeza. Debía sacrificarlo para que no sufriera. Apuntó durante varios segundos, presionó un poco el gatillo y…

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No pudo hacerlo. ¿Quién era él para acabar con la vida de un animal tan majestuoso como la de un oso? Esa criatura se convertiría en un ejemplar hermoso y debía ayudarlo como fuera.

Fue a buscar una carretilla, lo cogió con un gran esfuerzo y lo llevó al cobertizo de la parte trasera de la cabaña. Allí clavó una resistente piqueta al suelo y ancló una cadena que tenía por ahí. Si iba a cuidar del animal, debía asegurarse de que no se escapase y muriera por sus heridas al poco tiempo.

A continuación, rebuscó por los cajones hasta que encontró una argolla bastante fuerte. Los siguientes minutos los pasó forrándola de tela para no dañar al animal. Cuando estuvo satisfecho, se la puso en la pata trasera sana.

Con aquello debía ser suficiente para que el animal no se escapase.

Regresó a la cabaña y cogió todo lo necesario para curar las heridas del osezno. Acto y seguido, volvió con su nueva mascota y desinfectó con cuidado todas las heridas superficiales, cosió las más profundas y entablilló la pata rota.

El animal estaba muy débil por la pérdida de sangre. Debía hidratarlo de alguna manera. Se le ocurrió introducir agua y leche por la boca mediante una jeringuilla. Esperaba que con esa restitución de líquidos, su frágil cuerpo pudiera producir la sangre que había perdido.

Una vez acabadas las curas y de haber acomodado el corpachón del oso sobre una gruesa manta, cogió la escopeta y se fue a investigar qué diablos había pasado con su madre. Si no había venido a buscarle, tal vez hubiera sufrido un accidente y estuviera mal herida o muerta. Temía que el oso negro que había llegado a la zona los hubiese atacado.

Salió de sus terrenos y siguió el rastro de sangre que había dejado el osezno. Estuvo más de diez minutos subiendo por la colina, hasta que se topó de bruces con el cuerpo sin vida de la osa negra. Su cuerpo estaba apoyado en una gran piedra. Por lo que pudo observar, la osa no había muerto en el acto, ya que había un gran rastro tras ella. Se había arrastrado hasta ese lugar para morir.

Las heridas de su cuerpo eran terribles. El oso que la había atacado tenía unas pezuñas enormes. La pobre madre no tuvo ninguna posibilidad de vencer.

Michael sintió, por primera vez en mucho tiempo, miedo de que aquella bestia siguiera por allí. Decidió volver a la cabaña para organizar varios sistemas rudimentarios de alarma por si el oso se acercaba demasiado a su hogar. Ante algo así debía estar preparado para todo.

Cuando llegó, se acercó al cobertizo por si la cría se había despertado. Seguía dormido y su respiración era más relajada. Confiaba en la fortaleza del animal para que se llegase a recuperar del todo.

No perdió el tiempo y pasó las siguientes horas del día preparando el cableado con todo tipo de objetos de hierro que sonarían si el oso tocaba las trampas sonoras. Se sintió un poco más seguro.

Antes de acostarse, volvió a hidratar al osezno y lo tapó con una manta. Esperaba que al día siguiente despertase.

Pasó una noche intranquila. Las emociones del día le provocaron una serie de sueños donde las peleas de osos y las terribles heridas que se infligían, no le dejaban descansar. Se despertó en varias ocasiones, sudado y preocupado por lo que se iba a encontrar al día siguiente en el cobertizo.

Harto de dar vueltas en la cama, en cuanto amaneció se vistió y fue a ver cómo se encontraba el oso. Cuando abrió la puerta, vio como el pequeño se empezaba a mover. Todavía mantenía los ojos cerrados, pero emitía pequeños sonidos parecidos a lamentos. Estaba soñando, tal vez con el ataque sufrido unas horas antes.

Michael se acercó y se sentó a su lado. Empezó a acariciarlo y entonces abrió los ojos. Cuando vio a ese hombre, el osezno hizo el amago de incorporarse, pero no pudo. Estaba muy débil.

–Tranquilo, pequeño. Voy a cuidar de ti. No te asustes.

Esas dulces palabras surtieron efecto y el animal se calmó y volvió a cerrar los ojos. Había vuelto a perder la consciencia.

Aprovechó esos momentos para darle leche otra vez. Parecía que le iba bien. Sus heridas no se habían infectado y poco a poco iría recobrando fuerzas. Al menos eso esperaba.

Unas horas más tarde, después de preparar la comida en el interior de la cabaña para que los olores no atrajesen al gran oso negro, volvió al cobertizo y se tumbó al lado del osezno para darle calor. Se quedó dormido enseguida.

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Por fin pudo tener un momento tranquilo. No soñó nada y eso le fue bien para descansar.

Una hora después, notó algo viscoso que le recorría la cara. Al principio no supo lo que era, hasta que se despertó de golpe y se acordó de la cría que dormía junto a él. Abrió los ojos y vio como el animal le chupaba la cara cariñosamente. Se había despertado algo más recuperado, y como cría que era, solo pensaba en jugar con quien tuviese más cerca.

–¡Hola! vale, deja de chuparme que me haces cosquillas. Veo que ya te encuentras un poco mejor.

El osezno se movía bastante, hacía ademanes de acercarse a Michael y de querer jugar, pero la pata le dolía cuando intentaba ponerse de pie, así que se quedaba tendido sobre la manta.

–No te muevas, te vas a hacer daño. Te coloqué bien el hueso, así que no deberías tardar en incorporarte. Mientras tanto, te quedarás aquí y yo te haré compañía hasta que puedas irte por tu propio pie.

Se hicieron amigos enseguida. En pocos días el osezno se pudo incorporar y Michael lo alimentó con leche y trocitos pequeños de pollo o pescado. Se había recuperado bien, podía apoyar la pata y comía con ganas. Crecía bastante rápido y se hacía cada día más fuerte. Un día decidió quitarle la argolla que lo sujetaba para ver cómo reaccionaba.

El animal correteaba por los terrenos que rodeaban la cabaña, pero no se alejaba demasiado. Michael era la única familia que tenía y no se separaba de él. Cada día recibía alimento y juegos, así que allí se quedó.

Las semanas siguientes transcurrieron sin ningún percance. Michael hacía sus tareas diarias siempre acompañado por el oso, que había crecido de una manera notable. Como siguiese así, sería un animal impresionante.

Decidió llamarlo Teddy, en honor al oso que el presidente Theodore Roosevelt indultó y que el Partido Republicano adoptó como símbolo para ganar las elecciones de 1904. Era curioso como a principios del siglo XX, los Republicanos representaban los valores progresistas, todo lo contrario que un siglo después.

Un día, el oso se alejó durante unas horas. Michael se preocupó y llegó a pensar que el instinto de su amigo le hubiese empujado a abandonar su compañía.

No podía estar más equivocado, ya que de repente lo vio aparecer con tres enormes salmones entre sus fauces. Los depositó en el suelo y miró a su amigo. Le había traído la comida. El gesto le emocionó de tal manera que no pudo más que abrazar aquella enorme cabezota.

A continuación, cogió uno de los salmones y se metió dentro de la cabaña para cocinarlo. Los otros dos se los dejó a Teddy para que se los comiese crudos.

Ese comportamiento se repitió más y más. Teddy se ausentaba durante horas y traía comida para los dos, algo que colmó de felicidad y tristeza a Michael. Eso solo podía significar una cosa, que se había recuperado y pronto podría hacer su vida con normalidad. Se alegraba por la buena salud del oso, pero no podía soportar la idea de que un día lo abandonase de manera definitiva. Intentó no pensar en eso, lo que tuviese que pasar pasaría y sería ley de vida.

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La transición a esa vida en solitario fue gradual. Las excursiones de Teddy eran cada vez más habituales y tardaba más en volver, aunque cuando volvía se mostraba igual de cariñoso que siempre.

Michael tenía que ir con cuidado porque su amigo era enorme y tenía mucha fuerza. Cuando se caían al suelo en alguna pelea ficticia, se tenía que mover rápido si no quería acabar chafado, por lo que cogió mucha destreza en la técnica de combate que utilizaban esos majestuosos animales.

Una noche no volvió a casa para dormir, pero a primera hora de la mañana apareció con los salmones en la boca. Esto se produjo día sí, día también, lo que llevó a Michael a despedirse de su amigo por si un día no volvía.

Y eso es lo que una triste mañana pasó. Teddy se acercó a él y le empezó a chupar la cara con insistencia, se irguió con sus poderosas patas traseras y lo abrazó como él mismo hacía. Michael comprendió al instante que se estaba despidiendo y que no lo volvería a ver nunca más. Su corpulencia era impresionante, se había convertido en unos de los osos negros más grandes que jamás había visto. Supo que le iría bien y que debía irse para hacer frente a sus instintos. Lo abrazó y Teddy abandonó para siempre sus dominios.

Habían pasado ocho meses desde que se quedó solo otra vez. Su vida había cambiado para siempre. La experiencia de convivir con Teddy le había llenado por completo y le costó mucho volver a disfrutar de la soledad en las montañas, pero sabía que su amigo estaría llevando una vida feliz y él lo tenía que aceptar y seguir a lo suyo.

Un día, mientras pescaba en el río, oyó a lo lejos un rugido terrible. Le recordó a aquel que había oído cuando encontró a Teddy mal herido. El oso negro que había abandonado su territorio durante varios años había vuelto y estaba cerca, muy cerca.

Recogió sus pertrechos con rapidez y volvió corriendo a casa. Debía preparar su escopeta y llevarla encima a todas horas. Pero cuando estaba a escasos metros del claro donde se encontraba su cabaña, vio a un oso negro enorme merodeando por sus terrenos. El animal parecía muy peligroso, tal vez era tan grande como recordaba a Teddy. Si no se iba de allí estaba perdido.

Michael se escondió detrás de un árbol y se agachó en silencio. Sabía del buen olfato de aquellos bichos, así que temió que en cualquier momento detectase el olor de los peces que tenía en el cesto.

Entonces algo llamó la atención del oso y se giró en su dirección. Había localizado el olor y se acercaba hacia él. Michael cogió la cesta y la lanzó lo más fuerte que pudo. El oso siguió el olor del pescado y fue tras ella, momento que aprovechó para correr hacia la puerta de la cabaña, abrirla y meterse dentro. Atrancó la puerta con un mueble y varias sillas y fue a buscar la escopeta. Enseguida notó un golpe brutal. El oso no había tenido bastante con los peces y quería cobrarse otra pieza.

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Con muchos nervios logró sacar la escopeta del armario y empezó a cargarla. No le dio tiempo. El oso destrozó la puerta con una sucesión de brutales golpes y entró en la cabaña.

Michael le tiró la escopeta en un burdo intento de dañar a la bestia y ganar algo de tiempo, pero de poco le sirvió. El animal no se inmutó por el golpe recibido y avanzó hacia él. No tenía ninguna posibilidad. ¿O sí?

Ese cara a cara le recordó a las batallas amistosas que hacía con Teddy, así que intentó calmarse y se enfrentó con algo más de valentía.

El oso negro, al ver que el hombre se acercaba, se irguió con las patas traseras y casi tocó el techo de la cabaña, momento que Michael aprovechó para escabullirse por debajo de sus patas y así poder salir por la puerta. Ahora estaba en campo abierto y lo podría esquivar con facilidad.

Sabía que solo ganaría algo de tiempo, tenía que idear una manera de matar al oso, pero no sabía cómo hacerlo.

La bestia no tardó en salir como la fiera que era y se abalanzó sobre su presa.

Michael, que dominaba a la perfección los movimientos que iba a hacer el oso, lo esquivaba sin demasiadas dificultades.

Estuvieron varios minutos así, uno atacando y el otro esquivando, pero Michael empezaba a cansarse y no sabía durante cuánto tiempo iba a poder esquivar aquellos zarpazos.

El oso lo estaba acorralando contra los árboles y Michael no sabía cómo salir de ahí. La bestia atacó y al intentar esquivarlo, este le hirió en una pierna. El corte que le produjo le hizo sangrar bastante y casi lo inutilizó por completo. Ahora sí que estaba perdido.

Y entonces, un rugido enorme sonó a sus espaldas. Un rugido que le heló la sangre. Se giró y vio a un oso negro enorme que se acercaba despacio.

Era Teddy, había vuelto para salvarlo. Este tenía la vista fija en el otro oso, pero alargó un de las patas delanteras y apartó con mucho cuidado a Michael hacia un lado. Cuando pasó por su lado, juntó su cabeza con la de él y le lamió la mejilla.

A continuación se encaró con el otro oso que había matado a su madre y empezó una pelea que jamás olvidaría. Teddy había crecido mucho durante el tiempo que habían estado separados y era más corpulento que su rival.

Sin embargo, el otro tenía más experiencia en este tipo de peleas y la cosa estaba muy igualada.

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Michael tenía que hacer algo. Estaba seguro de que Teddy acabaría ganando, pero si seguían así, él también moriría por las heridas y no lo iba a permitir.

Se metió en la cabaña cuando los osos estuvieron lejos de la entrada y cogió la escopeta. Ahora sí que iba a acabar lo que había empezado.

Salió en el momento justo, ya que el oso había golpeado la pata que ya le rompió cuando era pequeño y Teddy había caído al suelo, indefenso. La bestia se irguió para darle el golpe de gracia, pero Michael apuntó a su cabeza y le disparó dos veces. Este cayó muerto hacia un lado. Todo había acabado.

Michael se acercó a Teddy para ver cómo se encontraba. Estaba herido, pero nada que sus cuidados no pudiesen solucionar.

Lo abrazó con fuerza y Teddy mostró sus habituales gestos de cariño. Se habían salvado la vida el uno al otro y lo sabían.

Teddy se quedó un par de días junto a Michael mientras sus heridas se curaban, pero al tercer día, este se volvió a despedir y abandonó la cabaña. Antes de internarse en el bosque, se giró y lo miró a los ojos durante unos segundos. A continuación, partió para siempre.

Un año después, Michael se encontraba en el río pescando. A su lado descansaba su escopeta, que lo acompañaba allí donde iba.

De repente, a lo lejos, vio aparecer a una gran osa negra acompañada de dos crías. Una era una hembra y el otro era un macho. Este último se movía de una manera muy familiar y Michael no pudo aguantar más y se puso a llorar emocionado.

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Para su sorpresa, acababa de descubrir que Teddy había sido padre.

La vida se abría camino y Michael no podía ser más feliz.

Estuvo unos minutos viendo a la nueva familia de osos hasta que desaparecieron dentro del bosque.

Eso significaba que Teddy se había convertido en el macho alfa de la zona y que garantizaría una convivencia estable.

Recogió sus cosas, respiró el aire puro que lo rodeaba y volvió a su cabaña mucho más tranquilo.

Esa noche dormiría a gusto. Su amigo estaría allí fuera durante mucho tiempo.

JORDI ROCANDIO CLUA

 

Nos leemos.

 

 

2 comentarios en “RELATO CORTO: “UNA NUEVA VIDA””

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