Relatos

RELATO CORTO: “AMANDA” POR JAVIER GARCÍA

Hola a tod@s. Esta semana compartiré con vosotr@s dos relatos cortos.

Uno de mi creación como siempre y este, que se titula “Amanda”s. Está escrito por Javier García, un excelente ilustrador que colabora en el blog haciendo unas promociones espectaculares de algunos de mis relatos. Además, también ha empezado a escribir y creo que merece la pena que leáis algunos de sus escritos.

Espero que os guste.

 

AMANDA

 

Sentí un fuerte dolor en el pecho, intenso, como si me estuviesen quemando con un hierro para marcar ganado. Notaba como si el corazón se me fuese a partir en mil pedazos. Y lo peor era que estaba solo en medio de aquel pantano con mi barca de pesca. Las truchas muertas de la cesta parecían sonreír ante mi sufrimiento.

¿Cómo se llega esta situación? Bueno, es un infarto en toda regla. No esperas que algo así te pueda llegar a pasar, pero mi comportamiento de la semana anterior indicaba que tal vez no fuera tan improbable.

***

–Perdone ¿Hay algún taller cerca de aquí? –preguntó Amanda, llena de sudor y con la camisa recogida en su cintura. Dejaba ver un piercing de ombligo de un ángel caído.

Llevaba varios kilómetros andando y no se percató de que había llegado a un pueblo con unas fuertes convicciones religiosas.

–¿Quién es usted? –obtuvo como respuesta. El trato con los lugareños no iba a ser nada fácil.

–Perdone, ¿puede ayudarme? –la aldeana la miró de arriba abajo, centrándose en su ombligo. Con un gesto de desaprobación siguió caminando. Había sido juzgada y sentenciada sin mediar palabra, cosa que se había puesto últimamente de moda.

“La sociedad se está volviendo loca” pensó.

Decidió seguir andando dirección al pueblo que se vislumbraba al final de la carretera.

Su coche, que unos seis kilómetros atrás había decidido que sin gasolina no podía continuar más, estaría bien.

coche

Las copas de los árboles que custodiaban la carretera impedían dejar pasar los rayos de sol y eso hizo bajar la sensación térmica.

–¡Muy bonito todo verde, pero ya echo de menos mi ciudad, mis comodidades! –se dijo a sí misma –¡Estoy harta de huir!

Mientras vivía en casa, su padre le había repetido una y otra vez que no podía esperar a que las cosas se solucionaran solas, que debía tomar decisiones. Que poco caso le había hecho.

Es lo que solemos hacer todos los hijos, crecer con una serie de frases que nos acompañan y obviamos, para después equivocarnos sin haber aprendido nada.

Antes de emprender este viaje, porque su padre era el único que sabía de su huida, le recalcó que llenara el depósito de gasolina… llevaba más de 1 hora andando.

El pueblo apareció ante Amanda.

Era un precioso pueblo de la sierra extremeña, no muy grande, pero con casas de hasta tres alturas a ambos lados de la calle principal, esperando la visita de unos hijos que preferían la playa. Le vinieron a la mente sus veraneos en el pueblo de sus padres cuando era pequeña. Nostalgia.

En el centro, abriendo dos calles a ambos lados, había un parque infantil con columpios de hierro oxidado. ¡Esos sí que eran de los buenos! Allí te hacías mayor, no como los de ahora, que hasta el suelo está acolchado por si se caen al suelo los niños…

Amanda se cruzó con un barrendero de edad avanzada que recogía una montaña exagerada de hojas para el tamaño humilde del cepillo que llevaba.

–¿Sabe de algún taller cercano? Me he quedado tirada con el coche a las afueras. –le preguntó cansada.

De nuevo fue ignorada.

–¿Qué demonios le pasaba a esta gente?

Llegó a la iglesia. Tenía la esperanza de encontrar ayuda de alguien que le habían inculcado desde pequeña que siempre estaría ahí cuando lo necesitase. Aunque no sabía si tendría gasolina en la sacristía.

iglesia

–¿Hola? ¿Hay alguien? –su voz retumbó entre las gruesas paredes, pero una vez más obtuvo silencio como respuesta.

-–Aquí no responde ni Dios. –bromeó.

–Si has venido a blasfemar a la casa de nuestro señor puedes volver a tu coche roto. –le reprendió el cura que en ese momento salía de confesar a una feligresa.

–¿Cómo sabe que tengo coche?

El cura no dijo nada más. Tomó el camino entre los bancos de la iglesia y se metió por una puerta, no sin antes santiguarse ante la presencia de su “jefe”.

Amanda añadió a su estado de agotamiento y estupor el de desconfianza por la extraña gente de ese pueblo. Todo el mundo parecía conocer su situación, pero nadie quería ayudarla.

Salió de la iglesia y se sentó en un banco de la plaza del pueblo. Rodeando la fuente central, soportales de madera negra y estos, a su vez, coronando bares de tapeo típicos de la zona.

–Gente rara, ¿verdad? –le dijo alguien a su espalda.

Borracho como una cuba, con la ropa manchada de vómito seco y una melena llena de canas. Así era la primera persona que se dirigió directamente a ella.

–Ah, esto, perdone ¿Se dirige a mí?

–Se dice por el pueblo que el diablo necesita ayuda.

–¿Diablo? ¿Por llevar un piercing en el ombligo se me ha catalogado como infernal?

–Ya sabe cómo son los pueblos, pocas noticias, mismas caras… ¡A por el nuevo!

–Ya veo…

–De todas maneras, no creo que usted sea el mismísimo diablo. Un ser tan malvado y poderoso jamás se dejaría hacer daño. –el borracho empezaba a divagar, hecho que hizo que Amanda se levantase para seguir su camino.

–¿Quién le ha hecho los moratones de la espalda?

Al llevar la camiseta recogida en un nudo, aparte de dejar ver su piercing satánico, descubrió un secreto que no quería que se supiese, pero que el avispado borracho observó. Como un acto reflejo, desanudó la camiseta y se la estiró casi hasta los pies.

Era su historia, su secreto, su motivo y nadie tenía derecho a saberlo y menos a juzgarla.

Se avergonzaba por ello e incluso se culpaba por no haber sabido pararlo a tiempo, siempre esperando a que él cambiase.

NADIE EN ESTA PUTA VIDA CAMBIA.

A su padre toda la historia le pilló sin saber cómo actuar. Amanda era hija única y él hacía las veces de padre y madre desde el fallecimiento de su esposa por un infarto tres meses atrás. Todavía estaba intentando superar la muerte de su novia de toda la vida y no tenía fuerzas.

Fue un martes. Una avería en el sistema de calefacción de su empresa había provocado el envío de todos los trabajadores a trabajar desde casa por remoto. Le pareció bastante extraño que al meter la llave en la cerradura, no estuviese echado el cerrojo, cuando él siempre insistía en ello.

–Esta chica es un desastre. –dijo en voz alta mientras pasaba por la puerta.

Lo que vio a continuación le rompió el corazón. Su pequeña, su niña, su vida, lloraba desconsolada hecha un ovillo. Se tapaba la cara con los brazos, como si se estuviese escondiendo de algo.

De primeras, no apreció el verdadero motivo. Amanda y su novio eran bastante temperamentales y no era la primera vez que volvía así de una discusión.

–Hija, ¿Qué ha pasado esta vez? ¿de quién ha sido culpa hoy?

Amanda levantó la cabeza y el padre tuvo la respuesta.

maltrato

En ese momento, no tenía ganas de explicar el motivo por el que tenía la espalda llena de señales.

Tomó la calle principal para salir a la carretera que atravesaba el pueblo. Muchos negocios se agolpaban ante el tráfico de coches que por allí circulaba y tenía la esperanza de encontrar la maldita gasolina por sí misma, ya que si esperaba ayuda de los vecinos…

Al fondo de la carretera, a lo lejos, se podía vislumbrar un pantano.

–Si piensa ir andando prepárese para una caminata de veintidós kilómetros. Ustedes, los de ciudad, no están acostumbrados a tanto, siempre con sus comodidades de coche, transporte, etc. –el tendero del pueblo, que vendía desde peras hasta lejía, quiso entablar conversación con Amanda al verla parada delante de su tienda mirando al pantano.

-Sé que es una pasada, pero tengo que llegar antes de que anochezca. ¿Usted podría ayudarme?

–No tiene pinta de ir de pesca. –respondió el tendero una vez más, haciendo un examen completo de su aspecto.

–Pues créame si le digo que ese el único motivo. Pescar. ¿Va a ayudarme? –dijo Amanda sin quitar la vista del tendero.

La reacción de este no le sorprendió, portazo y cartel de cerrado.

¿La conocían en ese pueblo para tomarse esas libertades con ella? Era como si hubiese hecho algo mal y la culpasen por ello.

Estaba desconcertada y según iba pasando el tiempo, desesperada. Necesitaba llegar al pantano antes de que llegase la noche, pero no tenía medio para ir. En cierto modo, estaba atrapada en ese pueblo.

Al final, aunque su orgullo la empujaba a lo contrario, cogió el móvil e hizo una llamada.

–¿Papá?

–Dime, hija. ¿Todo bien?

-Sí…

-¿Has llegado ya al pantano?

-Ese es el problema, me he quedado… –hizo una pausa antes de recibir la gran charla. –sin gasolina.

–¡TE LO DIJE, TE LO DIJE Y TE LO DIJE!

Amanda apartó el teléfono hasta que cesaron los gritos.

–¿Y no hay ninguna gasolinera en ese pueblo? –dijo su padre, algo más calmado.

–Ese es el problema, no lo sé y la gente de aquí no me quiere ayudar. Es como si me conociesen y juzgasen por algo que desconozco.

Su padre se calló.

Antes de colgar la vio.

–¡Papá, por fin!, ¡la gasolinera!, ¡ya he llegado!

A unos doscientos metros, en la acera de enfrente, había un pequeño surtidor, pero suficiente para poder continuar el viaje.

–De acuerdo cariño, ten mucho cuidado, espero que lo consigas.

Amanda cruzó la carretera sin mirar, llevándose una sonora pitada de la típica furgoneta que pasaba justo en el momento en el que estabas haciendo algo imprudente.

gasolin.jpg

En pocos segundos, llegó a la estación:

–Buenas tardes, necesito gasolina.

–Necesitas algo más…

–¿A qué se refiere? ¡eh, oiga! ¡estoy harta de las indirectas! ¿quiere hacer el favor de responderme?

El señor, de unos cincuenta años, con gorra y mono de la compañía para la que trabajaba, simplemente la ignoró.

–Aquí tiene, con esta garrafa tendrá gasolina suficiente hasta el pantano.

Otro que sabía a dónde iba, la situación era de locos. Llena de ira, arrancó de las manos del señor la garrafa y se marchó dirección al coche. Iba siendo hora de poner punto final a esta locura.

***

UNA SEMANA ANTES

La pesca como vía de escape. Desde que era pequeño me venía al pantano cuando quería huir de los problemas y esta vez estaba más que justificado:

–¿Otra vez de pesca, Samuel? –me preguntó la señora Mar al verme pasar.

–¡A ver si esta vez tienes más suerte y pescas aunque sea una bolsa de plástico! –gritó desde la puerta de su tienda el señor Manuel.

–¡Venga, Samuel, que hoy hace un buen día de pesca! –me dijo Paco, el de la gasolinera.

Me conocían de toda la vida.

Salí de la carretera principal hacia el camino de la playa, como les gustaba llamarlo los del pueblo, dirección al pantano. Este año, gracias a las lluvias de invierno, había cogido su máxima capacidad. Hoy necesitaba pensar y sobre mi barca me sentía en paz.

El agua en calma… ¿Por qué yo no era así?

***

Amanda aparcó el coche a orillas del pantano y, antes de bajar, se quedó mirando la inmensidad.

Lloró.

Al salir, se puso el abrigo porque la temperatura había bajado bastante. Estaba a punto de anochecer, había llegado de milagro ante la poca ayuda recibida, incluso llegó a pensar que lo estaban haciendo adrede.

Fue poner un pie en el suelo y darse cuenta de que lo que pisaba le explicaría todo lo ocurrido. Era un periódico local de la zona, cuya portada decía:

“EL MISTERIOSO CASO DE UN VECINO DE TODA LA VIDA, CUYO CUERPO FUE ENCONTRADO EN LA ORILLA DEL PANTANO GABRIEL Y GALÁN. Juan P. de 39 años, apareció muerto la mañana del domingo por causas desconocidas. Se cree que pudo ser un suicidio a causa de la falsa acusación de maltrato por parte de su mujer. Buena persona, familiar y vecino admirado por todos sus paisanos, su pérdida ha caído como una jarra de agua fría.”

Amanda aplastó con rabia el periódico y gritó al pantano:

–¿BUENA PERSONA? ¿TÚ? ¡HIJO DE PUTA! ¡Qué engañados los tenías a todos! ¡si supieran que te gustaba pegarme palizas para tener siempre la razón!

–¿Qué te has suicidado? ¡me alegro! ¡PÚDRETE EN EL INFIERNO!

Amanda se montó de nuevo en el coche y desapareció por la carretera destino a vivir… sin miedo.

lago.jpeg

JAVIER GARCÍA

Nos leemos.

 

 

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