Relatos

RELATO CORTO: “CAMPING MORTAL. PARTE II”

Hola a tod@s. Esta semana os traigo la segunda parte de “Camping mortal“. Muchas personas me han pedido la continuación de la historia, así que la traigo gustoso al blog. Me he divertido mucho escribiéndola. Espero que la disfrutéis. Es el relato número 31 del #RetoRayBradbury.

Os dejo el link de la primera parte, es imprescindible leerla antes.

Camping mortal

 

Camping mortal. Parte II

 

Juan llegó corriendo a casa después del kárate, tenía unas ganas locas de continuar leyendo el cómic que la friki de su madre le había regalado por su cumpleaños. Necesitaba saber si Roberto y Víctor iban a poder llegar bien al pueblo y conseguir los medicamentos que tanto necesitaba Andrea, que descansaba dentro de la caravana con su madre, Sofía.

Al llegar a la puerta de su casa, abrió la mochila y sacó las llaves. Estaba tan emocionado que le temblaban las manos. Al final, acertó en la cerradura y pudo entrar.

Subió rápido las escaleras al tiempo que gritaba un “buenas tardes” dirigido a su madre y entró en su habitación. El cómic seguía abierto por la misma página. En ella se veía a Roberto y Víctor subiendo al coche familiar para ir al pueblo.

Juan miró su reloj, eran casi las ocho de la tarde, todavía tenía más de una hora hasta que su madre lo llamase para cenar. Así que no perdió más tiempo y empezó a leer.

****

–Vamos, Víctor. Sube al coche de una vez.

–Ya voy papá, estaba cogiendo el hacha. ¿Crees que encontraremos las medicinas?

–Seguro que sí. Esperemos no toparnos con muchas de esas cosas. El pueblo no es pequeño, así que tenemos que tener mucho cuidado.

En pocos minutos llegaron a las primeras casas, todo parecía bastante tranquilo. Avanzaron poco a poco por las estrechas calles, procurando no acelerar demasiado para hacer el menor ruido posible. Al girar una esquina, vieron el edificio del ambulatorio situado en la plaza mayor.

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–¡Mierda! Ahí los tenemos a todos.

–Apaga el motor, papá. Que nos van a oír.

Roberto lo apagó y pensó en cómo podían acceder al edificio sin ser vistos.

Miró alrededor y vio un andamio en uno de los edificios de la plaza, estaban restaurando la fachada.

–Mira, hijo. ¿Ves ese andamio? Vamos a subir hasta el tejado por él. Si no me equivoco, los edificios están conectados entre sí y podremos acceder al ambulatorio.

–Buena idea. Voy detrás de ti.

–No te separes. Vamos.

Abrieron con cuidado las puertas y salieron del vehículo. Roberto dejó la puerta abierta para no hacer ruido, pero Víctor, traicionado por la costumbre, la cerró, lo que provocó que los zombis de la plaza se giraran hacia ellos.

–Ups, lo siento.

–Corre, Víctor, tenemos que alcanzar el andamio.

Padre e hijo salieron a toda velocidad hacia la estructura de hierro. Algunos caminantes se les acercaron, pero pudieron esquivarlos con facilidad. Roberto saltó y se encaramó al andamio, se giró y estiró la mano para ayudar a su hijo, que también saltó hacia su padre. Se cogieron de las manos y Roberto empezó a subir a Víctor, pero un zombi lo agarró del zapato en el último momento y empezó a estirar de él hacia abajo.

–Cógete fuerte aquí, voy a matarlo. –dijo Roberto señalando una barandilla.

Sacó la navaja del bolsillo, descendió un poco por la estructura y atravesó el cráneo del zombi justo cuando iba a morder el tobillo de su hijo. Volvió a ascender y acabó de estirar a Víctor hasta ponerlo a salvo.

En ese momento decenas de esas criaturas se abalanzaron hacia ellos, pero ya no los podían alcanzar y eran incapaces de escalar por los hierros.

–Por poco, gracias.

–Venga, sigamos. No ha sido nada, necesitaba calentar.

Llegaron al tejado del edificio y fueron saltando de uno a otro hasta alcanzar su objetivo, el ambulatorio.

–¿Cómo vamos a entrar? –preguntó Víctor.

–No te preocupes por eso, tenemos el hacha.

Roberto se dirigió a la puerta que comunicaba con el interior del edificio y empezó a golpear con fuerza hasta que rompió la cerradura.

No se dio cuenta de que el ruido de los golpes había atraído a varios zombis que al abrir la puerta se les echaron encima.

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–¡Joder!

–Son míos, papá. Aparta.

Víctor saltó desde atrás con un cuchillo en cada mano y los clavó en las cabezas de los caminantes, estos cayeron escaleras abajo.

–Muy bien, hijo. Eres una máquina.

Entraron en el ambulatorio en silencio. No querían atraer a más zombis. Cuando pasaron al lado de los dos muertos, Víctor recuperó sus armas.

–Cuando empezó todo, el ambulatorio ya estaba cerrado, estos dos debían ser los de la limpieza, así que no deberíamos encontrar a nadie más. –dijo Roberto.

Y estaba en lo cierto. En el edificio no quedaba nadie más, así que pudieron saquear todo lo que les vino bien. En la bolsa llevaban toda clase de medicinas, tijeras, vendas, esparadrapo, antibióticos, pinzas, hilo para coser heridas y puntos de pega. Lo necesario para poder curar heridas básicas.

–¿Has encontrado las muletas? –preguntó Roberto.

–Aquí las traigo.

–Perfecto. Ya podemos volver. Esta vez saldremos por la puerta. El camino está despejado gracias a que todos están alrededor del andamio. Si vamos directos llegaremos sin dificultad.

–Perfecto. Esta vez no cometeré errores. –dijo Víctor.

Se acercaron con precaución a la salida y vieron que solo tenían que recorrer unos veinte metros hasta el coche.

Se miraron, asintieron y salieron como alma que llevaba el diablo. Los zombis los acabaron viendo, pero no les dio tiempo a alcanzarlos. Subieron al coche y salieron de allí a toda prisa. Lo habían conseguido.

Llegaron al camping y entraron en la caravana.

–¿Habéis conseguido antibióticos? Le está subiendo la fiebre. –dijo Sofía a modo de saludo.

–Tenemos de todo. No ha sido fácil, pero hemos conseguido una buena reserva. Ten, dale esto ya. –dijo Roberto mientras le pasaba la Amoxicilina a su mujer.

Víctor se acercó a su hermana y le dio un beso.

–Aguanta, hermanita. Pronto estarás mejor.

Con los productos que habían conseguido pudieron limpiarle bien la herida a Andrea y asegurarse de que no se infectara.

–Bueno. Mucho mejor así. A partir de ahora todo será más fácil. –dijo Sofía.

–Claro que sí, cariño. Ya ha pasado lo peor.

Un año después…

Roberto y su familia habían conseguido sobrevivir gracias al trabajo duro que siguió a los primeros días de caos.

Habían fortificado los límites del camping con cientos de picas apuntando hacia afuera, por lo que cada vez que una de las criaturas se acercaba quedaba empalada para siempre. De vez en cuando salían a atravesar con picas las cabezas de esos pobres desgraciados y a sacarlos para dejar espacio para los siguientes.

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La situación en el mundo era un desastre. Gracias a las emisoras de radio que sintonizaban, pudieron escuchar que había sido una plaga general. Los gobiernos habían caído y los ciudadanos tuvieron que sobrevivir como pudieron, tal como habían hecho ellos.

Andrea se había recuperado del todo y ya no necesitaba las muletas para desplazarse. Su madre había ideado un sistema para el muñón, en el que se podía acoplar la pierna de cualquier caminante. Solo hacía falta buscar un sujeto que no estuviera muy podrido y cortarle la pierna, después, la untaban con resina para que la putrefacción se ralentizase y listos. Durante unas semanas podía caminar con normalidad. El proceso se podía repetir tantas veces como hiciera falta.

De esta manera, volvió a ser autónoma para poder ayudar a su familia.

Los suministros no eran problema. Su hogar no estaba demasiado lejos de diversas poblaciones, así que podían desplazarse en busca de alimentos o productos de primera necesidad. También disponían de una granja a poca distancia, de donde obtenían huevos y leche de las gallinas y cabras que habían quedado abandonadas. Ellos se encargaban de alimentarlas con los productos frescos del huerto que habían empezado a cultivar meses atrás.

Para los desplazamientos habían acondicionado un 4×4 propiedad de alguno de los zombis que habían muerto en el incendio del restaurante. Lo habían acorazado con planchas de metal y le habían soldado multitud de picas procedentes de los palos de refuerzo de los avancés. Era imposible que un caminante se les acercara.

A las pocas semanas, una familia de supervivientes se acercó al camping pidiendo ayuda, los acogieron y se unieron a la pequeña comunidad que estaban formando. Poco a poco, fueron llegando más y más personas, allí había camas de sobra para todos, puesto que había cientos de caravanas, así que la ayuda les vino genial. Ya eran cerca de treinta personas que obedecían todo lo que los fundadores les mandaban. El ambiente era bueno y todos tenían asignadas diferentes tareas para garantizar la supervivencia de la comunidad.

Entre los habitantes había electricistas, cocineros, paletas, maestros y carpinteros, por lo que entre todos hicieron prosperar su pequeño poblado.

Cada noche se reunían en el antiguo restaurante, que había sido reformado y habilitado como zona común.

Allí estaban cenando tranquilos después de un duro día de trabajo cuando de repente entró Marc, el responsable de mantener funcionando la radio.

–¡Una cura! ¡Han encontrado una cura! –gritó al entrar.

Roberto, que se había erigido como el líder y al que todos respetaban, se acercó a él.

–Tranquilo, Marc. Ven, siéntate. ¿Qué ocurre?

–Acabo de escuchar por la radio una transmisión diciendo que han encontrado una cura para los zombis.

–¿Una cura? –preguntó Roberto.

–Eso dicen. Dan unas coordenadas para que vayamos a su encuentro. Explican que viven en un gran complejo con cientos de supervivientes. He consultado los datos en el GPS y es cerca de aquí, en Barcelona. A un par de horas de viaje.

–Vaya. Vamos, muéstrame el mensaje.

Algunos hombres acompañaron a Marc y a Roberto hacia el centro de comunicaciones para escuchar la transmisión.

Era una grabación en bucle, pero decía exactamente lo que les había contado Marc.

–¿Y si es una trampa? –preguntó Víctor.

–Podría ser, pero no lo podemos saber.

–Hace un año que ocurrió esto, todo se fue a la mierda y, ¿ahora nos dicen que han encontrado una cura? ¿En tan poco tiempo, sin gobiernos ni financiación? Yo estoy con el chico, es una trampa. –dijo Jorge, el carpintero.

–¿Una trampa para qué?

–Vete a saber…

–Hagamos una cosa. Pensemos esta noche en todo esto, hablad con vuestras familias. Mañana decidiremos qué hacer. ¿De acuerdo? –propuso Roberto.

Todos asintieron y se dispersaron sin decir nada más.

Roberto y Víctor entraron en la caravana donde Sofía y Andrea esperaban impacientes.

–¿Era cierto? –preguntó la hermana mayor.

–La transmisión es real, pero no sé qué pensar. Nada más escucharla ya han aparecido varias opiniones discordantes. Tengo miedo de que la decisión que tomemos nos separe.

–No pienses en eso. Es normal que ante un hecho así la gente se ponga nerviosa. –dijo Sofía.

–Yo pienso que es una trampa para esclavizarnos o algo peor. –dijo Víctor.

–O para experimentar con nosotros. Igual están buscando una cura, pero necesitan a gente para probar si se transforman cuando les muerde un zombi. –añadió Andrea.

Todos la miraron asombrados.

–¿Qué pasa? No sería la primera vez, solo tienes que leer los libros de historia. Los humanos somos capaces de cualquier cosa. –se justificó Andrea.

–No, si tienes razón. Podría ser cualquier cosa, pero solo tenemos una manera de averiguarlo. Yendo allí y comprobándolo.

Al día siguiente, Roberto convocó a todo el mundo para hablar sobre el tema. Salieron todo tipo de teorías, algunas a favor y otras en contra de ir a comprobar la información. Al final, hubo una votación y se acordó que alguien tendría que ir para salir de dudas.

–Propongo que vayamos Andrea y yo. –dijo Roberto. –Mi misión como líder es asegurar la supervivencia de todos y, si allí a dónde vamos resulta ser un lugar mejor, volveremos a buscaros y nos trasladaremos.

Sofía se opuso de inmediato y pidió acompañarlo, pero lo más sensato era que uno de los dos se quedase en el camping para controlar que todo funcionase igual en su ausencia. No confiaba en nadie más para ello. Además, con Víctor a su lado todo iría bien.

Al final, Sofía aceptó y prepararon el vehículo para el viaje. Llenaron el maletero de bidones de combustible y cogieron víveres para una semana.

–Id con cuidado. Acercaros con precaución y observad antes de presentaros. Nunca se sabe. –dijo Sofía.

–Eso haremos, amor.

–¿Te has puesto la pierna que te preparé?

–Sí, mamá. Funciona de maravilla.

–No os metáis en líos. A la primera señal de problemas, volved.

–De acuerdo.

Se despidieron del resto y empezaron el trayecto hacia Barcelona.

Volvieron a bajar la carretera de montaña en la que vieron la niebla por primera vez. A ambos lados del asfalto observaban restos de cadáveres que ellos mismos habían matado en anteriores ocasiones.

Cuando llegaron a la carretera principal que les llevaría a la autopista se dieron cuenta de que su avance sería más lento de lo que imaginaban, ya que el caos inicial había dejado esparcidos miles de vehículos que tuvieron que ir esquivando poco a poco.

autopista

A lo lejos, en los campos, podían divisar pequeñas manadas de zombis vagando sin rumbo, pero en la carretera no se encontraron con problemas graves. Solo en un peaje tuvieron que abandonar la protección del vehículo y atravesar los cráneos de unos cuantos caminantes que por allí andaban y no les dejaban pasar.

Tardaron siete horas más de lo normal en llegar a la ubicación que les había dado Marc. Un conjunto de naves industriales apareció en el horizonte.

–Debe de ser ahí. Lo mejor será que escondamos el coche por aquí y nos acerquemos en silencio. Mira, desde aquella colina podremos ver mejor lo que nos aguarda. Coge los prismáticos. –dijo Roberto.

–De acuerdo. Hasta que no estemos seguros mejor pasar inadvertidos.

Aparcaron el vehículo en un descampado y lo taparon con lonas y cartones que encontraron tirados por el suelo.

Con mucho sigilo y mirando siempre a su alrededor subieron aquella pequeña colina. A continuación, se estiraron en el suelo detrás de unos arbustos y esperaron a ver qué veían.

Estuvieron allí tumbados más de una hora, pero al final, el portón de una de las naves se abrió. Se extrañaron al comprobar que de allí no salía nadie, ¿qué estaba pasando?

Y entonces los vieron. De un camino cercano apareció una larga caravana humana. Roberto cogió los prismáticos y observó a la comitiva.

–¡No me jodas! –exclamó.

–¿Qué pasa?

–No puede ser. Las personas van maniatadas y les van pegando con palos para que avancen.

–Déjame ver.

Andrea cogió los prismáticos y miró con atención.

–Es verdad, parece que los tienen prisioneros, pero hay algo raro en los guardias, yo diría que son zombis.

–¿Zombis? Estás loca. Ya me he fijado en ellos, están sucios y harapientos, pero no son zombis.

–Fíjate bien, papá. Esos guardias ya no son personas.

Roberto volvió a mirar.

–Mierda, tienes razón. ¿Cómo es posible? ¿No estarán disfrazados para intimidar?

–Observa a los que están más próximos a la puerta. –dijo Andrea.

Roberto observó cómo se le caía un brazo a uno de los guardias y que otro caminaba apoyando un tobillo en un ángulo imposible.

–¡Qué asco!

–Tenemos que averiguar por qué actúan como humanos. –dijo Andrea.

–Ya te digo. De aquí no nos vamos hasta saber qué coño está pasando. No podemos volver dejando atrás este peligro. Esperaremos a que cierren las puertas y bajaremos a espiar.

–Perfecto. De hecho, será mejor esperar a que anochezca. No nos podemos arriesgar a que nos vean.

–Buena idea, Andrea. Menos mal que me has acompañado. Por cierto, ¿qué tal la pierna?

–Va estupenda, ni me entero de que la llevo.

–Genial.

El cielo oscureció cuarenta y cinco minutos después. Las puertas hacía rato que se habían cerrado y los gritos de los rehenes se habían ido apagando poco a poco. No sabían qué ocurría allí abajo, pero no era nada bueno.

Dejaron su escondite y bajaron por la colina hasta el lateral de la nave industrial. Caminaron despacio hacia una ventana un poco elevada, necesitaban asomarse y mirar dentro.

Roberto le hizo una señal a su hija para que se subiera a sus hombros. Andrea asintió y, con cierta dificultad llegó a incorporarse.

Roberto empezó a sentir unas ganas terribles de vomitar, ya que la pierna muerta de su hija desprendía un hedor putrefacto bastante fuerte a tan corta distancia.

–Date prisa, esto es asqueroso. –susurró Roberto.

–Aguanta un poco, papá.

–¿Ves algo?

–Sí, hay unas jaulas con decenas de personas en su interior, están vivas, pero en medio de la nave hay bastantes cadáveres, han sido devorados por los zombis, que están repartidos haciendo varias cosas. Están muy organizados, como si fueran personas normales.

–¿Son muchos?

–Espera un segundo que los cuento. Doce, sí, son doce. Pero seguro que hay más a los que no veo.

–De acuerdo, baja.

–¡Espera! Hay uno que va a salir por la puerta, va solo.

–Perfecto, vamos a atraparlo.

Andrea bajó al suelo y empezaron a preparar trapos y cuerdas.

Se acercaron a la esquina para esperar al caminante. Este había salido por la puerta y se dirigía hacia ellos.

Cuando dio la vuelta hacia el lateral de la nave, se abalanzaron sobre él. Le metieron un trapo grande en la boca para que no les mordiera y lo ataron bien fuerte por las muñecas, lo que provocó que una se desgarrara un poco y quedase colgando.

–¡Joder, das mucho asco! –dijo Andrea dirigiéndose al zombi, que la miraba con cara de pánico.

El hedor que desprendía ese ser era repulsivo, pero su mirada estaba viva. Lo cogieron en volandas y se dirigieron hacia el coche.

En cinco minutos llegaron al vehículo, lo subieron al maletero y se alejaron de allí para poder hablar con él en un lugar seguro, lejos de sus compañeros por si se ponía a gritar.

Pararon el coche unos kilómetros más al norte y bajaron a la criatura del maletero de un empujón. En la caída los brazos se le rompieron, pero no protestó en absoluto.

Roberto se agachó junto a él y le quitó los trapos de la boca.

–Hola, amigo. Ya me puedes explicar lo que ven mis ojos. De lo contrario date por muerto. Bueno, creo que ya estás muerto, date por torturado, eso.

El caminante empezó a hablar emitiendo un desagradable, pero entendible sonido. Parecía como si las palabras rascaran su muerta garganta.

–Mi nombre es Alberto. Os arrepentiréis de esto, desgraciados.

Andrea se acercó enfada, sacó un cuchillo de grandes dimensiones de la mochila y se lo clavó en la mandíbula, arrancándole la dentadura al muerto.

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–Ahora ya no morderás a nadie más. ¿Qué decías?

–Estáis locos, joder.

–Te lo repito. –dijo Roberto mirando a su hija con cara de asombro. –Ya puedes empezar a hablar. Hemos venido guiados por una transmisión de radio convocando aquí a los supervivientes. Ya te puedes imaginar nuestra sorpresa al ver a zombis secuestrando a personas.

Alberto se lo pensó mejor y empezó a hablar. Aquellas personas estaban más locas que ellos.

Hablaba con dificultad al carecer de dientes, pero se le entendía.

–La transmisión es cierta. Se descubrió lo que pensaban que era una cura. Yo era un zombi al cien por cien. Cuando me atraparon y vacunaron para ver si la cura era permanente, empecé a recuperar ciertas habilidades humanas, pero no pasé, nadie pasó de este estado. Ahora somos medio humanos, medio muertos.

–¿Por qué tenéis a esas personas en la nave industrial, qué hacéis con ellas? –preguntó Andrea.

–Porque siempre tenemos hambre. Ese instinto lo seguimos teniendo. Somos tan inteligentes como cualquier persona, pero no nos recuperamos, seguimos en estado de putrefacción y con un apetito voraz.

–Así que son vuestro alimento. Por eso seguís retransmitiendo, para que la comida no pare de llegar. –dijo Roberto.

–Correcto. Un día nos revelamos contra los científicos y nos los comimos. Quedamos quince de nosotros en esa nave.

–¿Y la cura y el trabajo de esos científicos? No van mal encaminados. Si se sigue investigando en ese sentido, tal vez alguien os pueda curar.

–Todo sigue allí, pero no sabemos qué hacer con ello, no somos expertos. –dijo Alberto con serias dificultades para expresarse.

Roberto y Andrea se apartaron para hablar en privado.

–¿Qué hacemos, papá?

–Tenemos que recuperar esa investigación, pero antes tendremos que acabar con estos engendros.

–Tengo un plan. Volvamos al camping con Alberto, deben verlo para comprender lo que les vamos a explicar. Allí organizaremos un ataque total a estas instalaciones para liberar a los que quedan vivos, matar a los caminantes y recuperar la cura. –explicó Andrea.

–Me parece bien. Decidiremos entre todos. Por cierto, ¿cómo sabías que habían descubierto una cura y que estaban experimentando con zombis?

–No sé, lo normal en estos casos, ¿no? –dijo Andrea encogiéndose de hombros.

–Estás como una cabra, me encanta. –dijo su padre.

Se acercaron al muerto, le pusieron los trapos en la boca otra vez y lo volvieron a subir al maletero con cuidado de no dejarse ninguna extremidad en el suelo. Por último, subieron al acorazado 4×4 y enfilaron hacia su hogar. Sofía, Víctor y el resto de la comunidad iban a flipar.

****

Juan cerró el cómic y miró el reloj. Eran las nueve en punto, hora de cenar. La historia lo tenía enganchado, pero debía bajar a la cocina o su madre se pondría como una fiera.

Ella estaba acabando de cocinar, así que empezó a poner la mesa sin protestar.

La sopa de pollo olía de maravilla. Su madre se acercó a la mesa con la olla en la mano, la dejó en el protege manteles y antes de sentarse encendió la televisión. A esas horas tenían por costumbre ver las noticias.

Empezaron a cenar. Hablaron de cómo les había ido el día y de que, después de cenar y recogerlo todo, podían sentarse en el sofá, hacer unas palomitas y ver una película de esas tan sangrientas que tanto les gustaban.

Entonces oyeron una noticia extraña en la televisión y prestaron atención.

–”No salgan de sus casas, repetimos, no salgan de sus casas, la nube se está extendiendo rápidamente por todo el continente. Según informan nuestros corresponsales extranjeros, unas criaturas muy violentas están atacando a otras personas, todavía no sabemos qué son, pero son peligrosas. Estamos a la espera de más información. No salgan de sus casas…”

Juan y su madre se miraron de inmediato. Una enigmática sonrisa se dibujó en sus labios. Los dos se levantaron decididos camino de sus habitaciones, tenían muchas cosas que preparar.

Un apocalipsis se avecinaba y tenían que estar preparados.

JORDI ROCANDIO CLUA

CAMPING MORTAL. PARTE III

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Saludos.

Nos leemos.

 

 

2 comentarios en “RELATO CORTO: “CAMPING MORTAL. PARTE II””

  1. No hay alternativa. Solo cabe una palabra: ¡Genial!
    Eso sí: Ya estás poniéndote a escribir la tercera parte. No valen paños calientes. Ha de estar acabada cuanto antes mejor. No creas que nos vamos a quedar a dos velas sin protestar enérgicamente. ¡No! Hay que saber como acaba todo este asunto. No puede ser de otra manera.
    De verdad, bromas aparte, me fascina la capacidad imaginativa que tienes. Es asombroso ver como de una premisa tan simple se puede desencadenar algo así. Este relato, junto a su antecesor, renueva mi fe en tipos como John Klark; gente que ama, mima y practica lo popular, lo aparentemente fácil (es muy importante lo de “aparentemente”) y dedican su esfuerzo, o parte de él, a escribir historias con el único objeto de divertir a sus congéneres, sin preocuparse de si ello les reportará fama y relumbrón.
    Ese Klark que he citado, como bien sabes tú, tiene una cuenta en Twitter que, aun y con los días contados, sigue manteniendo en su perfil la expresión “novela barata”. No está pensada tal expresión como algo peyorativo; al contrario. En este caso, la palabra “barata” debe entenderse en su acepción de “asequible”. Y esa es la sensación, emocionante sensación, que me sugiere esta historia de zombis; la de algo asequible a todo el mundo para, si le gusta el tema, pasárselo bien durante un rato, ¡que no es poco!
    Por favor, Jordi: sigue en esta línea.
    Un día, se me antoja a juzgar por la calidad de tus relatos que será pronto, accederás a una élite de esas reservadas solo para unos pocos. Cuando llegues, no te olvides de seguir escribiendo así de simple. Una legión de personas anónimas te estará agradecida.

    ¡Chapó!

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    1. Muchas gracias por tus palabras, de verdad, es un honor viniendo de una persona con un talento como el tuyo.
      Conozco el trabajo de Jhonny Klark y su novela “la casita verde”. Seguro que tendrá gran repercusión en un futuro. El arte de entretener nos inspira a todos.
      Un abrazo

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