Relatos

RELATO CORTO: “GUARDIÁN DE LA HISTORIA. PARTE I”

Hola a tod@s. Esta semana he escrito el relato número 33 del #RetoRayBradbury. Se titula Guardián de la historia. Es la primera parte, la semana que viene publicaré el desenlace.

GUARDIÁN DE LA HISTORIA. PARTE I

 

Mi abuelo, Fulgencio Martínez de Pinillos, no me dejaba entrar en su habitación. Era una norma que debía cumplir a rajatabla, sin fisuras.

Había trabajado en el museo de Historia de Barcelona como conservador. Era una personalidad reconocida en todo el mundo y un intrépido aventurero. Durante su vida laboral viajó por cientos de países buscando los tesoros más preciados y las antigüedades más extrañas. Ahora que se había jubilado, pasaba las horas en su apartada casa. Allí repasaba, leía y escribía las crónicas sobre sus viajes y descubrimientos.

Durante mucho tiempo, la única vez al año que lo veíamos era en Nochevieja. Siempre estaba de aquí para allá, por lo que era difícil quedar con él.

Sin embargo, ahora había pasado a ser mi tutor legal.

Mis padres habían desaparecido en medio del océano Pacífico cuando volvían de un viaje a Indonesia. Fue terrible. El avión desapareció del radar y no se supo nada más.

De eso hacía ya un año, el año más duro de mi vida.

Mi abuelo también lo había pasado muy mal. Amaba a su hija, mi madre, e imaginar un mundo sin ella le resultó muy difícil.

Poco a poco, fuimos pasando el duelo como pudimos, el uno junto al otro. Ahora ya veíamos el camino un poco más llano. Mis padres siempre estarían en mi corazón, pero la vida me había unido a mi abuelo y debíamos seguir nuestro camino.

Mi nueva casa era una pasada. Tenía un aspecto clásico, los muebles eran como de otra época, pero el conjunto le daba una calidez que me encantaba. En cualquier estancia te sentías cómodo y, además, podías ver toda clase de objetos que mi abuelo  había traído de sus viajes.

Mi habitación era muy grande, espaciosa y cómoda. Tenía una cama de matrimonio para mí solo, un escritorio enorme con todo lo necesario para hacer los deberes y la moqueta del suelo te permitía caminar descalzo sin problemas, algo que me relajaba muchísimo.

El salón tenía una chimenea que siempre estaba encendida, no sé cómo lo hacía mi abuelo, porque vivíamos solos y pocas veces lo veía acercarse a ella, pero aquellos leños siempre estaban prendidos y calentando el ambiente. Dos butacas de piel marrón y una mullida alfombra estaban delante de ella. Era un lugar ideal para escuchar las aventuras que me explicaba.

Y luego estaba la habitación de mi abuelo. La estancia más misteriosa de todas. Un lugar prohibido para mí.

“Nunca debes entrar sin mi permiso, nunca. ¿Lo has entendido?” Estas palabras las tenía grabadas a fuego. ¿Qué debía esconder para que no pudiera pasar?

Tanto secretismo no hizo más que avivar mi curiosidad. Intenté entrar en más de una ocasión, claro está, pero todos mis esfuerzos fueron inútiles.

Tenía que idear una manera de acceder a ella sin levantar sospechas, pero ¿cómo? Mi abuelo guardaba la llave con celo. Era imposible conseguirla a las buenas, ya lo había intentado cuando se quedaba dormido, pero tenía el sueño ligero y era muy peligroso.

Así que no me quedó más remedio que intentar dormirlo con tranquilizantes. De esta manera, conseguiría la llave y el tiempo necesario para explorar su habitación. Después, solo tenía que devolver la llave a su lugar y hacer como si nada hubiese ocurrido.

Una noche lo dispuse todo.

Antes de ir a dormir, me explicaba una de sus batallitas mientras se tomaba una copa de coñac, así que me ofrecí voluntario para preparar la bebida en la cocina. Unos días antes, había convencido a un amigo del instituto para que me consiguiera un par de pastillas para dormir de las que usaba su madre. En mi habitación las había machacado bien, por lo que no me costó nada verterlas en la copa.

Mi abuelo iba tomando pequeños sorbos mientras hablaba. Poco a poco, se fue relajando hasta caer dormido en el sillón. Mi plan había surtido efecto.

Me acerqué a él, lo acomodé para que no le cogiera dolor de cuello al despertar y registré sus bolsillos. Encontré la llave a la primera. No había tiempo que perder.

En cuestión de segundos, subí a toda velocidad los escalones y llegué a la puerta de la habitación de mi abuelo.

La llave encajó a la perfección. Abrí la puerta con mucho cuidado para no hacer ruido, algo que resultaba del todo innecesario porque mi abuelo tardaría horas en despertar.

Sin embargo, adentrarme en esa estancia prohibida me hacía actuar como si fuera una especie de espía. Era apasionante pensar en todos los secretos que me iba a encontrar allí.

La estancia era tal como me la imaginaba, ya que tenía el mismo estilo que el resto de la casa. Había una cama bastante grande cubierta con un acogedor edredón, un escritorio repleto de libros, mapas y documentos que parecía muy antiguo, cuadros colgados en las paredes de gente que no conocía, pero que tenían un porte aristocrático y respetable. Por todas partes había estanterías repletas de objetos que no había visto nunca. Sin duda, era la colección privada de mi abuelo. Eran objetos maravillosos, algunos de ellos rematados con piedras preciosas y oro. No podías dejar de mirarlos. Al cabo de un buen rato, después de quedar alucinado por completo, decidí seguir con la exploración.

Al fondo, junto a una estantería repleta de antiguos catalejos piratas, había una puerta.

Me dispuse a abrirla. Estaba cerrada. No me lo podía creer. Probé con la llave de mi abuelo. Nada. Exclamé una maldición y bajé de nuevo al salón para volver a buscar en sus bolsillos. Al girarme para encarar la puerta de la habitación me topé con el corpachón de mi abuelo, plantado en mitad de la puerta y observándome divertido.

Me quedé helado, petrificado y con una cara de tonto que no os podéis ni imaginar. Si había algún momento en mi vida en el que el suelo se iba a abrir para engullirme y hacerme desaparecer, sin duda, ese hubiese sido un buen momento.

–Hola, Pedrito. ¿Te gusta mi habitación?

–Eh, yo…

–Habitación en la que jamás tendrías que haber entrado sin mi permiso, por cierto.

–Eh…

–¿Se te ha comido la lengua el gato? Veo que eres muy hábil y astuto para hacer ciertas cosas. Seguro que serás capaz de explicarle a tu anciano abuelo por qué lo has dormido de esa manera tan… curiosa, le has robado la llave de su bolsillo y has entrado sin permiso en su habitación privada.

–Sí. Sí que puedo. –dije al fin. Me había costado salir de mi estado catatónico provocado por la vergüenza. –Es que te lo había pedido muchas veces y siempre me lo negabas. Además, llamabas mucho mi atención con tanto secretismo. Sentía curiosidad. Iba a devolverte la llave al terminar, de verdad.

–Entiendo. De acuerdo. –dijo de sopetón.

– Te perdono.

–¿Me perdonas?

–Correcto. Te perdono. Lo hecho, hecho está. No tiene sentido que ahora coja uno de estos artilugios de aquí. –dijo señalando una estantería repleta de extraños artefactos. –Y te torture toda la noche para sacarte información sobre lo que has visto y lo que no, ¿no crees?

Una gota de sudor me resbaló desde la nuca por toda la espalda. ¿Sería capaz de hacerme algo así?

–No hace falta abuelo, no he visto nada malo. Tu colección me parece una pasada, de verdad, es muy bonita. –dije, tragando la poca saliva que me quedaba en la boca.

–¡Que es broma, hombre! De hecho, me preguntaba cuando ibas a conseguir entrar en mis aposentos. Anda, ven. Dame un abrazo. No sabes lo contento que estoy de que hayas sentido tanta curiosidad por lo que escondía aquí dentro que hasta me hayas intentado dormir con tranquilizantes.

Corrí a abrazar a mi abuelo. Por un momento me había asustado, pero en el fondo sabía que era una buena persona.

–Por cierto. ¿Cómo  es que te has despertado?

–Porque soy inmune a toda clase de sustancias nocivas para el organismo. Cada vez que me relacionaba con una nueva civilización, me hacía con sus venenos. Los tomé en dosis muy pequeñas durante años para que nada pudiera afectarme. Ni siquiera soy capaz de emborracharme. Me bebo la copa de coñac antes de dormir porque me gusta su sabor.

–¡Vaya!

–Me extrañó mucho que me quisieras preparar la copa, pero pensé que querías hacerme un favor. Después, noté que el coñac no sabía igual que siempre, y al mirarte mientras te explicaba la historia, te vi como ausente y más tenso de lo habitual. Total, que deduje que por fin ibas a actuar para entrar en mi habitación. Me hice el dormido para ver cómo lo hacías. En cuanto subiste las escaleras, te seguí.

–Jo, abuelo. ¡Qué pasada! eres como una especie de superhéroe. Inmune a todo, je, je.

–Bueno, Pedrito, no exageres. Tampoco es para tanto. En fin, me alegro mucho de que sigas mis pasos, nuestros pasos.

–¿Nuestros pasos?

–Sí, verás. Lo que te voy a contar ahora es lo mejor y lo peor que te va a pasar en la vida. No te lo he podido desvelar antes porque necesitaba estar seguro de que tenías nuestro espíritu, nuestra curiosidad por aprender, por explorar, por hacer lo que haya que hacer para seguir adelante. Como drogar a tu abuelo, por ejemplo.

–Lo siento. –dije algo avergonzado. –Pero has dicho “nuestros pasos”. ¿A quién te refieres?

–Siéntate, Pedro. –dijo mi abuelo muy serio mientras acercaba un par de taburetes pintados de varios colores.

–¿Por qué me llamas Pedro? Nunca lo habías hecho.

–Porque hoy vas a dejar de ser un adolescente para convertirte en un hombre, no en el sentido estricto, claro, sino porque lo que vas a conocer hoy está al alcance de muy pocos.

–¿A qué te refieres?

–Perteneces a una familia muy especial, Pedro. Los Martínez de Pinillos salvaguardamos la historia tal como la conocemos hoy en día. Tu madre es una miembro muy especial dentro de los nuestros y está de misión especial en estos momentos.

–¿Cómo? ¿Mi madre está viva?

–Y tu padre, que al casarse con tu madre entró a formar parte de nuestra selecta familia. Es una misión muy especial que les llevará cierto tiempo, por eso tuvimos que simular sus muertes, porque tardarán años en volver. No estabas preparado para saber la verdad.

–¿Que mis padres están vivos? Pero es maravilloso.

–¿No estás enfadado con nosotros?

–Reconozco que ha sido muy macabro por vuestra parte. Mi vida se hundió por completo con la noticia, pero están vivos. Madre mía, no sabes lo contento que estoy.

–Debo pedirte disculpas igualmente, Pedro. De verdad que me sabe fatal.

–¿Te estás oyendo? Me acabas de explicar que formamos parte de una organización secreta guardiana de la historia y que mis padres son muy importantes dentro de ella, y que están vivos. Cuéntame más, abuelo. Quiero saberlo todo. Ya os odiaré más adelante por lo mal que me lo hicisteis pasar.

–De acuerdo. Contigo vamos a hacer una excepción porque ya no aguanto más. No es justo que hayas tenido que pasar por todo esto. Lo normal es esperar hasta los dieciocho años para entrar en la organización, pero todavía te quedan dos años para eso, por lo que tendría que continuar con la farsa demasiado tiempo. No quería, así que por eso te incité a realizar esta pequeña prueba. La has superado con creces. A partir de mañana empezarás la formación para ser un buen guardián de la historia, siempre que quieras, claro.

–Bueno, no sé exactamente qué hacéis. Si me das más detalles podré verlo todo con mayor claridad y decidir.

–Cierto. Pon atención en lo que te voy a explicar. Nosotros no somos los únicos interesados en la historia. Hace unos cien años, un miembro de nuestra familia se le apareció a tu tatarabuelo.

–¿Se le apareció? No lo entiendo.

–Tranquilo, Pedro. Escucha, lo que vas a oír no es fácil de asimilar.

–Perdón. Ya no interrumpo más.

–Con “se le apareció” quiero decir que viajó desde el futuro para informarle de algo muy importante. Ese familiar le explicó que los viajes en el tiempo iban a ser posibles unas décadas después. Su intención era detallarle unas funciones que deberían llevar a cabo a partir de entonces. A raíz de estos viajes en el tiempo, iban a aparecer unas personas que tendrían como objetivo cambiar el curso de la historia. Lo harían viajando al pasado para modificar los hechos históricos que ellos consideraban que tendrían que haber sucedido de otra manera. Eso era un problema, ya que cualquier modificación en el pasado podría hacer que nuestro presente fuera totalmente diferente. ¿Vas bien? –dijo el abuelo al ver que la boca me llegaba hasta el suelo.

–Sí, sí, es que es alucinante. Sigue, por favor.

– Pues eso, que no se deben cambiar las cosas que ya han sucedido. Vete a saber cómo sería nuestro presente si Hitler hubiese sobrevivido, o si no hubiéramos expulsado a Napoleón, o si hubiésemos ganado la batalla de Trafalgar. Y miles de ejemplos más.

–Claro, es muy peligroso jugar con esas cosas.

–Exacto. El hecho es que nuestro familiar del futuro dotó a mi abuelo de unos conocimientos y una tecnología mucho más avanzada que la de su época.

–Lo que no entiendo es por qué viajó al pasado para formarnos. ¿Por qué no actuaba él desde el futuro?

–Para atacar por varios frentes y así adelantarnos a sus planes. Necesitaba ayuda y pensó que desde el pasado lo podríamos hacer.

–¿Quién inventó los viajes en el tiempo? Porque alguien lo eligió a él para viajar al pasado.

–Veo que no te voy a poder esconder toda la información. Ahora entiendo muchas cosas. Fue tu bisnieto. Él inventó esa tecnología. 

–¿Mi bisnieto? Vaya, así que voy a tener hijos.

–No te emociones, Pedro. No pienso darte datos sobre quién será tu novia ni nada por el estilo. Una de las normas básicas que te enseñaré será no investigar nuestra vida personal. Eso está prohibido. Es muy peligroso, ya que podrías alterar tu futuro sin pretenderlo.

–Tienes razón, abuelo. Sería muy arriesgado.

–Desde entonces, tenemos una comunicación muy fluida con el futuro para organizar las diferentes misiones de salvaguarda de la historia.

–Entonces, ¿papá y mamá están en una de esas misiones? Llevan mucho tiempo fuera. Debe ser muy complicada.

–Ni te lo imaginas. Una misión que si no acaba bien, cambiaría todo el curso de la historia tal y como la conocemos. Es esencial que tengan éxito.

–¿De qué se trata? ¿Podemos ayudar?

–No, no podemos porque ellos son los mejores en ese campo. Si fuéramos allí lo echaríamos todo a perder. Están en el siglo I de nuestra era. Los enemigos de la historia han enviado a un individuo encargado de cambiar la historia de Jesús de Nazaret.

–Eso tendría unas consecuencias difíciles de prever. ¿Por qué quieren matarlo?

–Eso no importa, Pedro. Las motivaciones nos dan igual. No nos metemos ni en religión ni en política. La cuestión es preservar la historia. Si alguien fuera enviado para matar a Hitler, también lo impediríamos.

–Ya lo entiendo. Claro, pensemos lo que pensemos, nos debemos a los hechos históricos.

–Exacto. Hace unos años, tuve que proteger a uno de los peores dictadores de la historia, responsable de más de veinte millones de muertes. Tuve que proteger a Stalin. No fue fácil, pero dejé de lado mis ideas y actué en consecuencia.

–¿Todos estos objetos que tienes por aquí son antigüedades de tus viajes?

–Sí. Cada uno tiene una historia importante detrás. Algunos son regalos de grandes personalidades a las que hemos ayudado. Por eso es importante que no salgan de aquí. El mundo todavía no está preparado para esto.

–¿Y qué hay en esa habitación?

–Oh, Pedro. Ahí está escondida la máquina del tiempo que tu bisnieto nos regaló. Esa habitación es el portal a otras épocas. ¿Quieres verla?

–Pues claro.

Nos levantamos. Mi abuelo sacó una llave que llevaba colgada al cuello con una cuerda. Me sonrió al enseñármela. Abrió la puerta y entramos en la enigmática habitación.

No era nada del otro mundo. En el centro había una especie de sillón que me recordó al asiento de un barbero. A los lados tenía una serie de palancas y botones, unas correas de piel como cinturón de seguridad y de debajo salía un cable bastante ancho que estaba conectado a la corriente. En el resto de la estancia no había nada más, ni cuadros en las paredes, ni estanterías, ni ventanas. Nada.

–Pues es bastante sosa, la verdad.

–No podemos decorarla de ninguna manera, ya que la máquina genera unos potentes campos electromagnéticos que lo destruirían todo. Si te fijas bien, verás que las paredes son de hormigón para aislarla bien del resto de la casa.

–¿Cuándo podré probarla?

–Te queda mucho todavía. Antes tienes que empezar tu formación, lo cual te llevará varios años de ardua preparación. No te preocupes, todos hemos pasado por eso. Te tienes que convertir en todo un erudito de la historia y sus principales protagonistas, aprender lenguas antiguas y sus costumbres. ¿Estás dispuesto a todo eso?

–Lo estoy. Quiero formar parte de todo esto. Además, si mi bisnieto va a ser el inventor de todo esto, lo normal es que nos preparemos bien para educarlo. ¿Nunca te has preguntado si nuestro familiar del futuro inventó la máquina del tiempo gracias a lo que sabemos ahora? ¿Viajó al pasado por iniciativa propia o fue su padre, conocedor ya de todo esto, el que lo animó a viajar? ¿No alteró él mismo el pasado?

–Buenas preguntas, sin duda. Con el tiempo, sacarás tus propias conclusiones y valorarás si lo que hizo estuvo bien o mal. De momento, es lo que tenemos y no lo podemos cambiar.

Se me abrió la boca sin darme cuenta, era muy tarde y tantas emociones me habían agotado.

–Venga, Pedro. Es hora de acostarse. Mañana va a ser un día duro y debes descansar.

–Creo que va a ser la mejor noche de mi vida. Soy muy feliz. Papá y mamá están vivos, muy lejos de mí, pero vivos. Que ganas tengo de que volvamos a estar juntos, aunque sea de aquí a algún tiempo.

–Pedro, el tiempo es relativo. Aprenderás que con esta máquina podemos abarcar épocas en cuestión de segundos.

–Buenas noches.

–Buenas noches, guardián de la historia.

Salimos de la sala donde estaba situada la máquina y cerramos la puerta. Antes de salir de la habitación, mi abuelo se acercó a una estantería y cogió una espada.

–Quiero que tengas esto. Es el primer Gladio romano que se forjó. Me la dio el mismísimo Publio Cornelio Escipión durante la segunda guerra púnica. Cuando vencieron en Hispania al hermano de Aníbal, se dieron cuenta de que sus espadas eran más eficientes que las de los romanos, por lo que no tuvieron ningún problema en cambiar de arma.

–¿Y te la dio él?

–En persona. Los enemigos de la historia habían proporcionado información precisa a los cartagineses de los planes de los romanos. Tuve que intervenir y advertir al cónsul. No fue nada fácil, ya que me tuve que hacer pasar por un mercader al que los cartagineses habían matado a toda su familia. Le di a Escipión una información que había caído en mis manos. Le dije que quería venganza. Por suerte, me hizo caso y desbarató la conjura. Como agradecimiento, me regaló este Gladio.

–Muchas gracias, abuelo. Lo cuidaré muy bien.

–De nada. Y procura dormir bien porque…

De repente, se oyó un ruido y una vibración que provenía de la sala de la máquina del tiempo.

–¡Qué demonios…! –dijo mi abuelo.

La puerta de la sala se abrió y apareció un hombre joven, ataviado con una gabardina de piel marrón, un sombrero negro de ala ancha y una botas de militar que le llegaban casi hasta las rodillas.

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–¡Fulgencio! Menos mal que te he encontrado. Necesito tu ayuda. –dijo nada más ver a mi abuelo.

–¿Sergio? ¿Qué haces aquí?

CONTINUARÁ…

JORDI ROCANDIO CLUA

Guardián de la historia. Parte II

Nos leemos.

 

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