Relatos

RELATO CORTO: “GUARDIÁN DE LA HISTORIA. PARTE II”

Hola a tod@s. Esta semana llego al relato número 34 del Reto Ray Bradbury. Recordad que tengo que llegar a la cifra de 52. Si os soy sincero, ya he sobrepasado esa cifra, pero algunos relatos nunca aparecerán en este blog, ya que están incluidos en los libros que ya he publicado. Más abajo os dejaré los links por si os interesan.

Hoy os traigo la segunda parte, que no la última, de Guardián de la historia, os dejo el link para que lo leáis si todavía no lo habéis hecho.

Una de las cosas que me gusta de escribir relatos es que la idea inicial que tenías en la cabeza sobre la trama de la historia puede cambiar de repente. En ocasiones, te dejas llevar y surge algo tan alucinante que no lo puedes cerrar en unas pocas palabras.

Sin más preámbulos, continúo con la aventura de nuestros protagonistas, que no es poca cosa.

Espero que os guste.

 

GUARDIÁN DE LA HISTORIA. PARTE II

 

La puerta de la sala se abrió y apareció un hombre joven, ataviado con una gabardina de piel marrón, un sombrero negro de ala ancha y una botas de militar que le llegaban casi hasta las rodillas.

–¡Fulgencio! Menos mal que te he encontrado. Necesito tu ayuda. –dijo nada más ver a mi abuelo.

–¿Sergio? ¿Qué haces aquí?

–He tenido que volver, es un completo desastre, si lo llego a saber, madre mía. No sé qué hacer. –dijo Sergio bastante alterado, dando tumbos de un lado a otro de la habitación.

–Tranquilo. Cuéntamelo todo. Hallaremos una solución. –dijo mi abuelo.

Sus palabras hicieron efecto en el extraño. Cerró los ojos, respiró un par de veces y los volvió a abrir. Su rostro ya no estaba tan crispado. Su mirada se fijó en mí. Me estudió de arriba abajo y se giró hacia mi abuelo con una mirada interrogativa.

–Así es, Sergio. Puedes hablar tranquilo. Lo sabe todo.

Me volvió a mirar. Esta vez había una sonrisa en sus labios.

–Entonces, tú eres Pedro, mi bisabuelo.

Me quedé helado. Aquel joven era nada más y nada menos que mi bisnieto, el inventor de la máquina del tiempo.

–¡Vaya! esto es alucinante. Eh, sí, soy Pedro. Un placer.

–Igualmente. Perfecto. –dijo pasando a otra cosa. –Podemos hablar sin tapujos, menos mal. La época de donde vengo se ha vuelto loca. Algo debió pasar en alguno de nuestros viajes, porque cuando regresé, todo había cambiado.

–¿A qué te refieres? –preguntó mi abuelo.

–En mi presente, la tecnología de los viajes en el tiempo hace muchos años que existe. El ejército se ha apoderado de esa tecnología y la utiliza a su antojo, provocando cambios catastróficos en el mapa geopolítico mundial.

–¿Cómo ha podido pasar algo así? Es horrible.

–Y eso no es todo, Fulgencio. La tecnología ha avanzado de tal manera que todo es muy raro. No existen escuelas, ni hospitales, ni teatros, nada. Todo se hace desde casa. Unos robots muy avanzados ayudan a los humanos en lo que les haga falta y rigen sus vidas, pero si consideran que no es beneficioso, pues no les dejan hacer ciertas cosas, es horrible. Una inteligencia artificial domina la tecnología desde un edificio central. Suerte he tenido de poder volver, casi no lo cuento. Cuando detectaron las ondas electromagnéticas de la máquina, vinieron a por mí. Mi casa es de las pocas edificaciones aisladas del mundo, pero rastrearon la señal de alguna manera. Mi mujer y mi hija me informaron de todo en pocos minutos y me animaron a volver y solucionar el problema.

Nada más sentarme en la máquina, escuché las sirenas y alarmas en la calle. Venían a por nosotros.

–¿Y tu mujer y tu hija? –pregunté asustado.

–No te preocupes por ellos, si logramos solucionar este conflicto, cuando vuelva todo seguirá igual que siempre.

–Entiendo. –dije, aunque se me escapaban bastantes conceptos. Sergio hablaba muy rápido y de forma desordenada, se le notaba muy afectado.

–Cometí un error al viajar al pasado para compartir mi invención con vosotros. De hecho, todo ha sido un gran error. Nunca debí inventar la máquina. Solo ha ocasionado problemas. –dijo Sergio, que se dejó caer en una silla completamente abatido.

–Ya nos lamentaremos más tarde. Ahora tenemos que buscar una solución. Hay que averiguar quién desveló esta información al mundo. Tuvo que ser alguno de nosotros, tal vez cometimos la imprudencia de que nos descubrieran. –dijo mi abuelo.

–No lo creo. ¿No decís que hay una organización que quiere cambiar la historia? Tienen que haber sido ellos. Quizá, desesperados porque no conseguían sus objetivos, decidieron que si vendían la tecnología al gobierno, estos serían incapaces de resistirse a la tentación de hacer algunos cambios. –dije.

–Muy buen razonamiento, Pedro. Tiene sentido. –dijo Sergio. –Han tenido que ser ellos.

Volveré al futuro e investigaré sobre el tema. Tengo contactos entre los científicos más destacados de mi época. Ellos me podrán explicar con detalle cuándo empezó el gran cambio. Tú, Fulgencio, tendrás que ir a buscar a tu hija y a su marido al pasado. Los voy a necesitar.  ¿Sabrás encontrarlos?

–Sí, en el informe de la misión dejaron la fecha exacta y la ubicación. No debería tener demasiados problemas. Espero no caer en manos de los romanos, eso sí que dificultaría el rescate.

–Perfecto. Ves con cuidado e intenta no hablar con mucha gente. Ya sabes cómo se las gastaban en aquella época.

–¿Y yo? Decidme en qué puedo ayudar.

–Pedro, tendrás que mantener el flujo de energía en constante movimiento. Lo normal es que la energía electromagnética se recargue sola, puesto que entre viaje y viaje suelen pasar días, incluso semanas, pero esta vez vamos a viajar muchas veces en pocos minutos. En el sótano hay un generador que abastece a la máquina para no sobrecargar la red eléctrica, verás que en un lateral hay una manivela que acciona unas turbinas.

Deberás accionar a mano dicha manivela hasta que el indicador vuelva a ponerse en verde. No es fácil y se requiere fuerza. ¿Crees que serás capaz? –preguntó mi abuelo.

–Por supuesto. Lo mantendré en funcionamiento aunque me deje los brazos allí abajo.

–Genial, muchas gracias. Pues vamos allá. Yo seré el primero en viajar, tengo mucho trabajo que hacer. Pedro, ves bajando al sótano. Cuando el generador esté en verde otra vez, se activará una luz en la máquina que avisará a tu abuelo para que viaje.

–Perfecto. Buena suerte a los dos. –dije mientras salía de la habitación.

–Es un buen chico, lo conseguirá. –dijo Sergio.

–Y tiene recursos. Confío en él. Bueno, voy a preparar mi indumentaria para el viaje a la época de Jesús. Ten cuidado con los hombres que te persiguen, no descansarán hasta atraparte.

–No te preocupes. Tengo un plan alternativo para este tipo de cosas. Nos vemos dentro de un rato. –se despidió Sergio.

La puerta de la sala se cerró y en pocos segundos un brillo cegador salió de debajo de la puerta. Sergio había vuelto al futuro.

Mi abuelo abrió el vestidor y empezó a rebuscar en una caja que sacó de debajo de una mesa. Tenía una etiqueta enganchada en la que ponía “Siglo I. Judea”. En pocos minutos estaría listo para su viaje.

Por otra parte, yo había llegado al sótano de la casa. Era un lugar oscuro y húmedo, por lo que nunca entraba allí. Bajé las escaleras con cuidado y accioné un asqueroso interruptor que encontré en la pared de mi derecha. Una suave luz iluminó la estancia.

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Como todo buen sótano que se precie, albergaba toda clase de cachivaches, cajas, muebles viejos, carpetas, herramientas y una antigua caldera que mantenía la casa caliente y en funcionamiento. Al fondo de un pasillo que se abría entre dos montañas de periódicos viejos que se mantenían en pie por puro milagro, encontré el generador. Era muy moderno con relación al resto de objetos y de él salían una serie de gruesos cables que se perdían hacia las plantas superiores por un agujero del techo. Pensé que cualquier día íbamos a salir todos ardiendo, no entendía cómo no había sucedido todavía.

Rodeé el generador hasta dar con la manivela. Miré el indicador y comprobé que alguien ya había utilizado la máquina del tiempo. La aguja estaba en la parte roja, así que empecé a dar vueltas a la manivela. Costaba mucho, pero al cabo de varios minutos, la aguja empezaba a ascender hacia la parte verde. Calculaba que en diez minutos ya se podría volver a viajar.

En mi vida había sudado tanto, el brazo derecho me ardía, pero al final alcancé la zona verde. Me detuve a descansar un rato.

Suerte que había sido previsor y me había bajado un par de latas de bebida isotónica. Las iba a necesitar.

No había pasado ni un minuto, cuando el indicador volvió a bajar a la zona roja. Mi abuelo se había ido. Abrí la bebida, di un buen trago, cambié de brazo y empecé a darle a la manivela.

 

***

 

Sergio era una persona con unas capacidades intelectuales fuera de lo normal, por eso, cuando se propuso viajar en el tiempo, analizó todos los escenarios posibles. Por supuesto, que el mundo que conocía se viniera abajo estaba entre ellos. La solución fue sencilla. Construyó varias máquinas del tiempo y las desplegó estratégicamente por la ciudad. Si una de ellas se veía comprometida podía viajar a cualquier otra para sortear los diferentes problemas que pudieran surgir. Solo él era conocedor de sus ubicaciones, igual que solo él podía viajar en ellas. Las medidas de seguridad que introdujo en sus aparatos incluían un lector de la huella dactilar, un escáner de retina y un código secreto de varias líneas de extensión. Nadie viajaría con ellas, pero si descubrían su ubicación, las podían robar y copiar su tecnología. Debía actuar rápido.

Reapareció en una antigua vivienda propiedad de una tía abuela fallecida. La casa estaba a nombre de uno de sus primos que vivía en el extranjero, así que no tenía ni idea de que en una de sus habitaciones había un laboratorio temporal.

Salió de la casa en dirección norte, iba a visitar a uno de sus profesores de universidad con el que mantenía una estrecha relación de amistad. Él podría darle la información que necesitaba.

Cuando llegó, fue a la parte trasera y picó con la clave que solo ellos conocían. A los pocos segundos, la puerta se abrió. Un señor mayor de aspecto entrañable lo saludó.

–Bienvenido, Sergio. Sabía que tarde o temprano vendrías a verme. Corre, pasa, es peligroso estar ahí fuera.

–Hola, Sebastián. Esto es una locura. Necesito tu ayuda.

–Las autoridades han ejecutado una orden de busca y captura contra tu persona. ¿Qué sucede?

–Es una historia muy complicada. Te la resumiré, a ver si no me lío. Verás, como ya sabrás, el gobierno, hace unas décadas, se hizo con la tecnología de los viajes temporales.

–Sí.

–Pues esa tecnología es mía, la acabé de desarrollar hace unos meses.

–Imposible. Llevan años viajando al pasado.

–A ver. Este presente que estás viviendo ahora mismo no es el auténtico presente. Como te he dicho, construí una serie de máquinas del tiempo. Este hecho hizo que en algunos de mis viajes, una organización con malas intenciones se hiciera con mi tecnología. Construyeron su propia máquina del tiempo y desde entonces han intentado cambiar los hechos de la historia a su antojo. Como necesitaba ayuda, decidí viajar al pasado y reclutar a mi propia familia para que los interceptasen. Todo iba muy bien, pero cuando volví a mi tiempo, a este presente, todo había cambiado. El gobierno se había hecho con el control de la tecnología en algún momento, provocando este presente paralelo.

–Madre mía. Espera un segundo que me aclare. ¿Me estás diciendo que aquel alumno alocado se convirtió en el científico más importante de la historia de la humanidad? ¿Me estás diciendo que estoy viviendo en un presente que no es el auténtico? Desde luego, es muy interesante. De locos, pero muy interesante.

–Ya ves las vueltas que da la vida.

–Por eso te buscan. Eres una auténtica amenaza para ellos.

–Exacto.

–Supón que me creo toda esta locura. ¿Cómo pretendes arreglarlo?

–Necesito que me digas exactamente cuando se hizo público el descubrimiento de los viajes temporales. Solo así podré viajar hasta esa época y detener a los que provocaron este caos.

–Tiene sentido. Te ayudaré, desde luego. Solo dime una cosa. ¿Tu presente nos librará de esa inteligencia artificial que lo controla todo? Cada vez tiene más poder y no hace más que oprimir a la población.

–Sí. En el presente paralelo no existe nada de esto, es como antes de que el gobierno nos controlara tanto.

–Pues no se hable más. Escucha bien, sucedió hace unos veinte años, recuerdo que estaba sacándome el tercer doctorado en física cuántica cuando nos informaron de todo esto. Vamos a mi despacho, allí guardo la documentación, aparecerá la fecha exacta.

Sebastián tardó varios minutos en encontrar lo que estaba buscando entre el laberinto de archivadores que abarrotaban su lugar de trabajo.

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–Por fin. Mira, junio de 1998. Deberías viajar algunos días antes de la rueda de prensa que hicieron. Seguro que allí encontrarás al que les dio la tecnología. Un proyecto así necesita de la ayuda de alguien que domine del tema. El que os robó los planos de las máquinas tiene que ser alguien muy inteligente también, sino no se explica cómo supo interpretar dicha tecnología.

–Cierto, si consigo reducirlo y destruir la máquina que está construyendo, el gobierno no llegará a controlar nada. Se quedarán a ciegas. Solo falta saber dónde está la central.

–Eso es fácil. El edificio se ve desde toda la ciudad. Está en la plaza España, no tiene pérdida. Eso sí, necesitarás ayuda para entrar.

–No te preocupes, tengo a los mejores esperándome. Muchas gracias, Sebastián. Acabas de salvar la historia.

–Cuando todo esto se solucione, ven a verme y me lo vuelves a explicar todo. Será una conversación apasionante.

–Dalo por hecho, amigo.

 

***

 

Fulgencio Martínez de Pinillos se apareció en la parte de atrás de unos establos en Jerusalén. Se bajó de la máquina y la camufló con paja para que nadie la descubriera. Por suerte, por allí no pasaba mucha gente.

Había viajado al año 33 de nuestra era. La Pascua judía estaba en su máximo apogeo y los hechos más relevantes de la historia del Cristianismo iban a tener lugar en pocas horas.

Los enemigos de la historia no iban a permitir que Judas traicionara a Jesús, tenían la creencia de que si eso no sucedía, la historia de la religión más influyente del planeta iría por otros derroteros.

Mar y Juan, su hija y su yerno, habían viajado para que esa traición sí se llevara a cabo y que todo siguiera su curso.

Se habían hecho pasar por fieles seguidores del nuevo profeta, así que no tendría demasiadas dificultades para encontrarlos en el Monte de los Olivos. Les había proporcionado una ubicación específica donde debían colocarse por si tenía que ir a buscarlos por cualquier emergencia.

Fulgencio recorrió las abarrotadas calles de la ciudad, esquivando a tenderos, soldados romanos haciendo la ronda, leprosos, falsos mesías y a toda clase de indeseables. No acababa de acostumbrarse al olor de aquellas épocas, un olor penetrante que no se podía eludir. La falta de higiene de sus gentes y el funcionamiento más que cuestionable del alcantarillado, hacía que pasear por las calles fuera una tortura. Por todas partes había orines, restos de comida pudriéndose, algún que otro muerto y un omnipresente olor a sudor rancio. No entendía como la peste negra no asoló con más fuerza el mundo antiguo, aquello era insufrible.

Caminó lo más rápido que pudo para abandonar las sucias calles y salir de la ciudad hacia campo abierto, al menos, en el Monte de los Olivos se podían aguantar mejor las ganas de vomitar.

Al acercarse, pudo comprobar que no le sería tan fácil encontrar a su hija, Jesús debía estar pronunciando uno de sus discursos repleto de parábolas tan difíciles de entender, pero que la gente escuchaba con tanta atención. Miles de personas llenaban la explanada y la ladera del Monte, por lo que intentar avanzar era casi imposible. Decidió dar un rodeo y acercarse por un lateral.

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Hizo bien, ya que los seguidores de Jesús se concentraban lo más cerca posible de su líder, dejando libres los caminos que rodeaban la pequeña colina. En menos de diez minutos había llegado al lugar, se concentró en observar con esmero el rostro de los oyentes. Paseaba con disimulo entre las filas para no llamar demasiado la atención, cuando veía que alguien se fijaba en él, desviaba la mirada y seguía avanzando. En un momento dado, la cara de una chica le llamó la atención. Se había manchado la cara con barro y sus ropas estaban sucias, pero no era como las demás, su cutis era más delicado y sin las marcas propias del sufrimiento de la vida de aquellas gentes. Parecía el rostro de una aristócrata de la época. Al acercarse un poco más, distinguió la pequeña cicatriz que su hija Mar tenía en una de sus cejas debido al golpe que le dio un columpio cuando era pequeña. Sin duda, era ella.

Se acercó poco a poco y se puso delante, tapándole la visión. Esta reaccionó estirando el cuello hacia un lateral para seguir observando a Jesús, pero Fulgencio se movió otra vez para taparle la vista de nuevo. Mar, con gesto de enfado, fijó la mirada en la cara de ese hombre que no hacía más que molestarla, se quedó un rato en silencio y de repente ahogó un grito. Cogió a su padre de un brazo, le hizo un gesto a un individuo que estaba unos metros más allá observando lo que estaba pasando y abandonaron el gentío a trompicones. Caminaron en silencio hasta la parte de atrás de un granero.

–¿Qué haces aquí? ¿Estás loco?

–Hola, hija, te veo bastante bien. Juan, muy buena caracterización, no te he reconocido hasta ahora.

–Hola, Fulgencio. ¡Qué alegría verte!

–¡Ni alegría ni leches! Estás poniendo en riesgo la misión. Ya hemos localizado al desgraciado que quiere raptar a Judas para que no traicione a Jesús. Estamos a punto de neutralizarlo. –dijo Mar, que estaba muy enfadada con su padre.

–Eso tendrá que esperar. Tenemos que volver ahora mismo. Sergio tiene problemas en su presente, algo cambió en un momento dado y la tecnología temporal corre peligro, debemos ayudarlo. Es prioritario.

–¿Sergio ha vuelto para pedirnos ayuda? Debe ser más grave de lo que parece. Ha roto una de sus principales normas. –dijo Juan.

–Exacto. Si no solucionamos lo que ha pasado, todo se vendrá abajo.

–¡Joder! Si nos necesita hasta ese punto, debemos abortar la misión y volver. –dijo Mar. –Ahora que estábamos tan cerca.

–Ya volveréis más adelante, estos no van a ir a ninguna parte. Otra cosa, Pedrito descubrió la máquina del tiempo. Se lo tuve que explicar todo. Sabe que estáis vivos.

–¿Qué? Nos va a matar cuando nos vea. Mi niño, pobrecito. Lo habrá pasado fatal. ¿Cómo reaccionó al saber del engaño?

–Bueno. Le ha venido todo de golpe. Incluso se nos apareció Sergio en medio de la conversación. No sé si dentro de unos días le afectará, pero de momento se está comportando de una manera muy madura. Pedro es increíble y posee una inteligencia sobrenatural.  Empiezo a pensar que la base de toda esta tecnología nació a partir de él.

–¿Pedro? –preguntó Juan. –¿Qué ha pasado con lo de Pedrito?

–Se está convirtiendo en un hombre. Hemos decidido abandonar para siempre ese diminutivo.

–Me parece perfecto. Espero que nos llegue a perdonar. Nunca me gustó la idea de simular nuestra muerte, pero era la única manera de desaparecer por completo. –dijo Juan.

–Yo también lo espero. Venga, abandonemos esta mierda de lugar y volvamos a casa. Tengo muchas ganas de abrazar a nuestro hijo. –dijo Mar mirando a su marido.

Juan asintió con una mirada de ilusión.

–¿Cómo lo vamos a hacer? El generador necesita tiempo para recargarse. Tres viajes en el tiempo nos llevará más de un día. –dijo Mar.

–No os preocupéis por eso. Le hemos dado a Pedro la responsabilidad de cargar manualmente el generador cuando observe una bajada en sus niveles. Está esperando en el sótano.

–¿Responsabilidad? Va a quedar agotado. Esa manivela va muy dura –dijo Mar.

–Es un chico fuerte. Lo aguantará.

–Lo compensaremos por todo lo que le estamos haciendo pasar. Es el mejor de todos nosotros. –dijo Juan.

–A ver. Vosotros id a vuestra máquina, yo iré a la mía. La he escondido bien detrás de un granero, pero la pueden descubrir en cualquier momento. Yo viajaré primero e iré a ayudar a Pedro al sótano, después os tocará a vosotros.

–De acuerdo. Nos vemos en casa. –dijo Mar.

El singular grupo se separó. Fulgencio no tuvo problemas para llegar a su máquina. La despejó de la paja con la que la había cubierto, introdujo los datos en el terminal y desapareció dejando una quemadura en el suelo.

Mar y Juan habían esperado unos minutos para salir de su escondite, no era bueno que viesen a tanta gente agrupada. Los romanos eran muy paranoicos y cualquier persona era susceptible de montar una rebelión en cualquier momento.

Iban hablando como si cualquier cosa, era la mejor manera de pasar inadvertidos. Se internaron en las estrechas calles de la ciudad, su casa no estaba muy lejos, en pocos minutos llegarían y podrían abandonar su tapadera por un tiempo. Al girar un recodo, se dieron de bruces con una pareja de soldados, con la mala suerte que uno de ellos perdió el equilibrio y cayó de espaldas sobre unas tinajas de vino de un mercader. Estas se rompieron con su peso, un profundo corte en uno de los brazos del soldado hacía que la sangre se mezclara con el vino. El otro soldado, al ver lo que había sucedido, empezó a increpar a la pareja. Juan, sin pensárselo dos veces, le propinó un cabezazo brutal en la cara. Se oyó un crujido y el soldado se echó las manos a la nariz.

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–Joder, Juan. ¿Qué has hecho?

–Estoy harto de esta gente. Se lo tienen merecido.

En ese momento, por el final de la calle aparecieron dos soldados más, que al ver el espectáculo, empezaron a perseguirlos.

–¡Mierda! Vamos cariño. Debemos irnos.

Mar, antes de empezar a correr, le dio una patada en los testículos al soldado de la nariz rota y salió corriendo.

Dejaron atrás los sollozos del soldado. Tenían que ser rápidos si no querían caer prisioneros.

Estaba por ver si la familia Martínez de Pinillos se reuniría de nuevo.

CONTINUARÁ…

JORDI ROCANDIO CLUA

Guardián de la historia. Parte III

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Si os ha gustado, no dudéis en leer ¡UNA DE CORTOS! y UN FUTURO INCIERTO.

Y si me dejáis un comentario, estaré encantado de hablar con vosotros.

Un abrazo y nos leemos.

 

 

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