Relatos

RELATO CORTO: “GUARDIÁN DE LA HISTORIA. PARTE III”

Hola a tod@s. Llegamos a la semana número 35 del Reto Ray Bradbury.

Os traigo el desenlace de Guardián de la historia.

Aquí tenéis el link con la segunda parte Guardián de la historia. Parte II

Espero que disfrutéis del final de esta aventura.

 

GUARDIÁN DE LA HISTORIA. PARTE III

 

En ese momento, por el final de la calle aparecieron dos soldados más, que al ver el espectáculo, empezaron a perseguirlos.

–¡Mierda! Vamos cariño. Debemos irnos.

Mar, antes de empezar a correr, le dio una patada en los testículos al soldado de la nariz rota y salió corriendo.

Dejaron atrás los sollozos del soldado. Tenían que ser rápidos si no querían caer prisioneros.

Mar y Juan debían despistar a sus perseguidores antes de ir hacia su casa. Si llegaban a descubrir la máquina del tiempo, sería una catástrofe total.

Conocían la ciudad a la perfección, por lo que se encaminaron hacia la plaza del mercado. Se esconderían entre los cientos de puestos que allí había.

Los soldados se acercaban a gran velocidad. Cada vez que pasaban por al lado de otra unidad, esta se les unía en la persecución.

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Llegaron a la plaza y empezaron a buscar el puesto de un antiguo amigo. Si llegaban a tiempo, se podrían esconder debajo del mostrador hasta que todo pasase.

Tras varias vueltas, lo localizaron al final de una calle donde vendían utensilios de cerámica.

–Hola, Joshua. Necesitamos tu ayuda, nos persiguen. –dijo Juan.

–Rápido, esconderos aquí abajo. –dijo su amigo mientras levantaba una lona. –Y silencio, ya os avisaré.

Se metieron debajo de la lona en el momento en que una de las patrullas romanas encaraba el principio de la calle. Pasaron corriendo por al lado del puesto de Joshua y se perdieron por otras callejuelas.

Mar y Juan pudieron ver las sandalias de los soldados a escasos centímetros de ellos.

Joshua se agachó y les recomendó que esperaran un buen rato escondidos. Los romanos tardarían bastante en darlos por perdidos.

Y así lo hicieron. Una hora después, levantaron la lona y le agradecieron su ayuda a Joshua, que les había preparado un par de capas para que se las pusieran por encima y así pasar inadvertidos.

–Nos has salvado de una buena. Tienes nuestro eterno agradecimiento.

–Ha sido un placer. Siempre me habéis tratado con respeto, es lo mínimo que podía hacer.

–Vamos a tener que ausentarnos unos meses de la ciudad. Corremos peligro si nos quedamos.

–Espero que nos volvamos a ver. –respondió Joshua con un abrazo. –Id con cuidado.

Mar y Juan llegaron a su casa sin más problemas. Se cruzaron un par de veces con soldados, pero las capas los mantuvieron a salvo.

Bajaron rápido a la bodega de la vivienda y se prepararon. Primero viajaría Mar y después Juan.

En pocos segundos Mar había desaparecido. Juan solo tenía que esperar a que la máquina volviera a aparecer y programarla de nuevo, en esta ocasión para que no volviese al pasado. No podían permitir dejarla abandonada en aquella época.

La tecnología de Sergio había conseguido cosas maravillosas, entre ellas, poder enviar la máquina a donde se quisiera sin tener que estar presente. Esto era muy útil cuando tenían que trasladarse varias personas en poco tiempo.

Juan introdujo los parámetros necesarios y se desvaneció. De momento no podían hacer mucho más.

***

Fulgencio había llegado hacía unos minutos en perfecto estado. Rápido y sin pensárselo dos veces, bajó hasta el sótano para ayudar a su nieto.

Encontró al pobre chico empapado en sudor y con las energías a unos niveles alarmantes. Había estado varias horas pendiente de los viajes de sus mayores, activando la manivela una y otra vez.

–Hola, Pedro. Ya estoy aquí. Sal, deja que te releve un rato.

–Menos mal. Te cedo el poder encantado. Ya no puedo más. Esta manivela va más dura de lo que parece. Vamos a tener que decirle a Sergio que invente una manera automática de cargar el generador. –dijo Pedro respirando con dificultad.

–Es la primera vez que nos vemos en la necesidad de actuar de esta manera. Esperemos no tener que volver a hacerlo.

–Mira. La energía ha vuelto a bajar, alguien ha regresado.

–Ves a ver quién es. Igual te llevas una alegría. Yo me encargo.

Salí corriendo hacia las plantas superiores y llegué a la habitación de mi abuelo en un tiempo récord. Cuando entré, vi a la persona más hermosa del mundo. Ella se giró cuando notó que alguien entraba en la habitación. Un mar de lágrimas empezó a brotar de sus ojos.

–¡¿Pedro?! –dijo mi madre corriendo hacia mí. –Lo siento, hijo. Lo siento mucho, de verdad. ¿Podrás perdonarme alguna vez?

A mí no me salían las palabras, estaba tan emocionado como ella. La abrazaba lo más fuerte posible. No quería que se me volviera a escapar.

–Te quiero. Te quiero. Te quiero. –no paraba de decir. –No pienso separarme de ti nunca más. ¿Me oyes? Nunca.

–Yo también te quiero, mamá. Ya estamos juntos otra vez, eso es lo que importa.

No sabemos cuantos minutos estuvimos abrazados. De repente, notamos como otros brazos nos rodeaban a los dos. Era mi padre. No hizo falta que dijera nada. Solo el contacto de sus fuertes brazos fue suficiente para decirnos y perdonarnos todo.

Al cabo de un rato, mi abuelo cruzó el umbral de la puerta y nos sacó de ese momento tan especial.

–Por fin juntos. Así debe ser y será siempre a partir de ahora. –dijo con la voz un poco quebrada.

Nos levantamos despacio, nos secamos las lágrimas y empezamos a hablar.

–¿Y ahora qué? –pregunté.

–Debemos esperar a Sergio. Él nos dirá cómo proceder a continuación.

–¿Tenéis hambre? Vamos a la cocina, os prepararé algo. –dijo mi madre. –Total, no podemos hacer nada más.

Me cogió de la mano y bajamos a la planta baja. En unos minutos estábamos dando buena cuenta de unos bocadillos de hamburguesas que nos recargó las pilas. Yo repetí, el tiempo en la manivela me había vaciado por dentro.

De repente, un pequeño resplandor iluminó la mesa de la cocina. Todos dimos un paso atrás. Una tostada con mantequilla y mermelada de ciruela apareció ante nosotros.

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–¿Y esto? –preguntó mi abuelo.

Nos miramos con cara de no tener ni idea de lo que había pasado.

–Debe ser cosa de Sergio, con tanto campo electromagnético que hay por aquí no es de extrañar que pasen cosas raras –dijo mi madre.

Nos encogimos de hombros y seguimos a lo nuestro. Mi madre estaba en lo cierto, habíamos sometido a la casa a una exigente prueba.

–¿Estabais cerca de acabar la misión? –pregunté a mi padre cambiando de tema.

–Muy cerca. Habíamos localizado a un miembro de los enemigos de la historia. Pero el deber nos ha hecho volver. La prioridad siempre es Sergio. Si tiene problemas, debemos ayudarlo. Es el pilar de nuestra selecta organización.

–Y parece que la cosa es grave. Al llegar a su presente, se lo ha encontrado todo patas arriba. Ha ido a averiguar cuando fue el origen del cambio para poder actuar desde la fuente.

–¿Has recargado el generador, abuelo? Sino no podrá volver.

–Está preparado. En cualquier momento se unirá a nosotros.

–Vaya sorpresa te habrás llevado esta noche, ¿no? –soltó mi madre de sopetón.

–Creo que cuando despierte mañana por la mañana voy a pensar que todo ha sido un sueño.

–No lo es, cariño. Yo misma te despertaré por la mañana, bueno, o por la tarde, porque creo que hoy no vamos a dormir mucho.

Seguimos hablando y poniéndonos al día sobre todo lo que había vivido durante este año con mi abuelo. Se alegraron de que en los estudios fuese tan bien como siempre y que no me hubiese afectado demasiado la noticia de su muerte.

Estábamos en ello cuando observamos una pequeña caída de tensión.

–Aquí lo tenemos. –dijo mi abuelo. –Vamos arriba. La hora del descanso ha terminado.

Cuando llegamos a la habitación, Sergio salía de la sala temporal. Su semblante no era tan serio como horas atrás.

–Maravilloso. –dijo al vernos a todos juntos. –La familia al completo, genial. Ahora sí que podemos empezar.

–¿Qué has averiguado? –preguntó mi abuelo.

–Sé a dónde tenemos que ir y el momento exacto. Solo hay que entrar en un edificio de máxima seguridad que pertenece al gobierno.

–¿Solo? ¿Cómo lo vais a hacer? –pregunté.

Sergio sonrió de oreja a oreja, sacó de su bolsa lo que parecía ser unos planos y los extendió sobre el escritorio.

–Lo tengo todo controlado. He estado investigando un poco. Cuando supe el despacho de arquitectura encargado del diseño del edificio donde tenemos que entrar, solo tuve que viajar al pasado, entrar y robar una copia de los planos.

–Vaya. Buen trabajo. –dijo mi padre.

–La zona más sencilla para entrar es a través del alcantarillado. Hay varios sensores de movimiento por láser. Sabemos el modelo, por lo que ya sé cómo anularlos. En nada estaremos dentro.

–¿Estaremos? Yo no puedo ir. No pienso dejar a Pedro solo otra vez. Me quedaré y entre los dos cargaremos el generador. –dijo mi madre abrazándome con fuerza.

–Entre los tres. –añadió mi abuelo. –Ya estoy mayor para estas aventuras. Solo sería una carga.

–Yo sí que voy. Entre los dos podremos pararlo. –dijo mi padre.
Sergio asintió con la cabeza.

–No necesitamos más. Hacéis bien en quedaros. Nos irá bien vuestra ayuda desde aquí.

Mi padre y Sergio se pusieron a estudiar los planos a conciencia. Una vez allí no podían pararse a consultar los planos como unos turistas. Lo memorizaron todo mientras nosotros preparábamos sus bolsas con las herramientas que podrían necesitar.

Una vez listos, Sergio se acomodó en la máquina. Él abriría camino y vigilaría que Juan llegara sin problemas.

Mi abuelo, mi madre y yo nos dirigimos de nuevo al sótano para asegurar el flujo constante de energía.

***

–¿Todo bien por aquí? –preguntó Juan mientras tapaba la máquina con las lonas de camuflaje que habían traído consigo.

El callejón donde se encontraban era un pozo inmundo de suciedad. Varios contenedores repletos de basura se amontonaban en una esquina y el suelo estaba lleno de cartones mojados y cristales rotos. Varias ratas se movían en la sombra. Estaba en completo silencio a aquellas horas de la noche, lo que indicaba que no los habían descubierto.

–No hay nadie por los alrededores. Vamos, la alcantarilla por la que tenemos que bajar está a pocos metros de aquí.

Llegaron a la entrada del alcantarillado, Sergio sacó una palanca de la bolsa y levantaron la pesada masa de hierro. No había mucha distancia hasta el suelo, así que saltaron a su interior.

–En diez minutos hacia el norte está la entrada. Sígueme. –dijo Sergio.

Se movieron despacio sin hablar entre ellos. El único sonido que oían era el caminar de las ratas que poblaban los apestosos túneles.

–Debe ser aquí. –dijo Juan. –Te toca jugar con esos sensores.
Sergio sacó unos alicates, alambre, papel de plata y varios espejos redondos y muy pequeños.

–Espera aquí abajo. Voy a abrir la tapa muy despacio y desviaré los rayos láser de tal manera que podamos pasar sin que salte la alarma. No hagas ningún movimiento brusco.

–De acuerdo.

Sergio subió las escaleras y empezó a trabajar. Tardó diez minutos en tenerlo todo listo. Cuando acabó, apartó la alcantarilla y desapareció de la vista. Al momento, se asomó e hizo una señal a Juan para que lo siguiera.

Habían alcanzado el interior del edificio con éxito.

–El laboratorio está en la planta 26. Cogeré el ascensor e intentaré reducir al responsable de todo esto. Solo yo conozco los procedimientos y la estructura interna de esta tecnología, lo mejor será que me esperes aquí y vigiles que el mecanismo que acabo de construir para que no salte la alarma siga en funcionamiento. Necesitamos que esta vía de escape siga abierta pase lo que pase.

–¿Seguro que no quieres que te acompañe? ¿Y si hay más de una persona? ¿Cómo lo vas a hacer?

–No sé por qué, pero si el científico es tan celoso como yo, no querrá tener a nadie alrededor. Esta información es demasiado valiosa para compartirla. Si somos los únicos en saber cómo funciona, nos volvemos imprescindibles.

–Espero que tengas razón. Buena suerte.

Sergio entró en el ascensor y empezó el largo ascenso. Juan se quedó solo, tenso y vigilante. Nadie iba a impedir que la vía de escape se mantuviera abierta.

La puerta del ascensor se abrió. Ante él, un pasillo bien poco iluminado. Avanzó despacio, comprobando el interior de varias estancias a través de los cristales blindados de seguridad. Al final del pasillo, giró a la derecha y pudo ver como una luz muy suave salía de debajo de una puerta. Se acercó pegado a la pared, muy despacio, casi sin respirar. Cuando llegó a la puerta, puso la mano en el pomo y se dispuso a girarlo.

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Entonces esta se abrió de golpe y apareció un científico vestido con bata blanca, gorro de tela y unas gafas transparentes de seguridad.

–Buenas noches. Pasa, te estaba esperando.

Sergio se quedó paralizado en el quicio de la puerta.

***

Juan estaba concentrado en el mecanismo que había ideado Sergio. Era extremadamente complejo, pero después de un rato estudiándolo, pudo deducir su funcionamiento. Si algo salía mal, lo podría solucionar.

Unos pasos acompañados de varias risitas se oyeron al final del pasillo. Rápido, se escondió detrás de una columna. Dos guardias de seguridad se acercaban a la alcantarilla. Estaban haciendo la ronda y se les veía relajados y confiados.

Estaba metido en un buen lío. Iban directos al mecanismo. Si lo descubrían, todo habría acabado. No lo iba a permitir.

Los vigilantes estaban a escasos metros. Juan salió de su escondite y se quedó de pie, muy quieto en medio del pasillo.

–Pero que…

–¡Oiga! –dijo uno de los vigilantes. – ¿Quién es usted?

Su compañero miró más allá y vio la alcantarilla abierta y cómo el mecanismo de seguridad había sido manipulado.

–Mira. Parece que un ladrón ha entrado en las instalaciones. Nos lo vamos a pasar muy bien.

Sin más palabras, los vigilantes se le echaron encima. Juan corrió hacia ellos para alejarlos de su vía de escape y los embistió como si de un toro se tratase. Los vigilantes salieron despedidos hacia atrás y se arrastraron unos metros por el suelo.

–Conque esas tenemos. Muy bien. –dijo el que parecía más fuerte. –Espera aquí, Raúl. Yo me encargo.

El guardia sacó la porra y se acercó amenazante. Lanzó un fuerte golpe contra el rostro de Juan, pero este le bloqueó el brazo con su fuerte mano y paró el letal recorrido de la porra. Con un veloz movimiento, barrió a su contrincante con una patada a ras de suelo, provocando que este cayera de espaldas. Juan se puso a su altura y de un fuerte cabezazo le partió la nariz. El vigilante se golpeó la cabeza contra el suelo y perdió la conciencia.

A continuación, el compañero se acercó y empezó a lanzar una serie de veloces patadas y puñetazos. Juan fue parando cada uno de ellos con una técnica perfecta. El vigilante no lo hacía nada mal, se notaba que era un buen luchador de kick boxing, pero Juan había cultivado durante años varias artes marciales, por lo que no era rival para él. Su oponente lanzó una patada frontal con bastante fuerza, Juan aprovechó ese impulso a su favor. Se apartó lo justo para que todo el cuerpo de su rival quedase a la altura de su tren superior. Con un golpe brutal de su antebrazo, le golpeó la nuez, provocando que este se asfixiara mientras caía de bruces al suelo.

–Tranquilo, amigo. Respira, respira…

Cuando vio que el vigilante se recuperaba un poco y que ya no iba a ahogarse, le golpeó la cara con su codo, se desvaneció al instante.

–Tendrás un fuerte dolor de cabeza al despertar, pero nada más. Felices sueños.

Uno por uno, los arrastró hacia el cuarto de mantenimiento y los dejó allí para que descansaran tranquilos. Tardarían varias horas en despertar.

Juan caminó hacia la alcantarilla, debía seguir vigilando.

***

El científico se dio la vuelta y se sentó en una de las sillas que había en el laboratorio.

–Ven, siéntate. No seas tímido. –dijo señalando la silla que había a su lado.

Sergio todavía no se creía lo que estaba viendo. El científico que le había abierto la puerta era su viva imagen. Era él mismo. No podía ser.

–¿Sergio? quiero decir… ¿yo?

–Correcto.

–Pero esto es muy malo. Se va a producir una paradoja espacio-temporal. –dijo Sergio retrocediendo hacia el pasillo.

–Tonterías. Eso es una patraña inventada por Hollywood. No sucede nada si coinciden un mismo yo a la vez. ¿No te convence? ¿Acaso está pasando algo extraño ahora mismo?

Sergio se recompuso y volvió a entrar en el laboratorio.

–No entiendo. ¿Me estás diciendo que vendí la tecnología al gobierno? ¿Por qué?

–Porque era la única manera de que entendieras que nuestro invento nunca debería haber visto la luz. Si provocaba un cambio en tu presente, te verías obligado a venir a buscar al responsable, es decir, a mí, a ti. Bueno, ya me entiendes.

–Me percaté en cuanto vi el caos que la máquina del tiempo había provocado, sin embargo, no me había llegado a plantear la destrucción total, al menos en ese momento.

–No hablamos únicamente de este cambio que te he mostrado. Ni te imaginas lo que los militares serán capaces de hacer con esta tecnología. He viajado muchos años hacia el futuro y la humanidad se ve en un auténtico peligro de extinción. La robótica llega a unos límites tan avanzados que la inteligencia artificial que los dominará nos tratará como si fuéramos simples hormigas. No lo podemos permitir.

–Tienes razón. Nunca deberíamos haber dado el paso. Fíjate al escuadrón que tuve que formar para proteger los hechos históricos del pasado.

–Son todo problemas.

–¿Cómo lo solucionamos?

–Para empezar, destruiremos lo que he estado haciendo aquí. –dijo el Sergio del laboratorio. –El gobierno no usará nuestros conocimientos. A continuación, enviarás a Juan con su familia al pasado. Por otra parte, tú deberás destruir los planos de la máquina del tiempo y deshacerte de cualquier rastro de nuestra tecnología.

–Pero eso supone perder el contacto de manera definitiva con Fulgencio y su familia.

–Como debe ser, Sergio. No te preocupes, los podrás ver en las fotos de los álbumes familiares.

–En fin. Supongo que es hora de despedirse y ponerse en marcha. Gracias por abrirme los ojos.

–No olvides hacer todo lo que te he dicho, nadie debe saber jamás en lo que estuviste trabajando.

Sergio asintió. Había mucho trabajo que hacer. Dejó a su otro yo y se encaminó hacia el ascensor. Enseguida empezó a oír ruidos fuertes detrás de sí. Sergio había empezado a destruir su trabajo.

Llegó junto a Juan, al que encontró estirado en el suelo junto a la alcantarilla, concentrado en el mecanismo de seguridad.

–¿Ha ido todo bien por aquí?

–Joder, Sergio. ¡Qué susto me has dado! He tenido un pequeño percance con un par de vigilantes, pero nada grave. ¿Y tú qué tal?

–Perfecto. He podido reducir al científico al mando y he destruido su trabajo. –mintió Sergio.

–Vámonos antes de que se den cuenta.

Se deslizaron hacia el alcantarillado y en pocos minutos llegaron a la máquina.

–Venga, Juan. Tú primero.

Pasó el protocolo de seguridad, introdujo la fecha y desapareció en un segundo.

–Buena suerte, amigo. Vivid una vida llena de alegrías. –susurró Sergio con lágrimas en los ojos.

La máquina reapareció de nuevo y esperó a que el indicador se pusiera en verde para emprender el viaje que acabaría con esta tecnología para siempre.

***

–Buenos días, mamá.

–Hola, cariño. ¿Cómo has dormido?

–Buah, genial. De un tirón.

–Me alegro. ¿Sabes qué? Ha llegado una carta de tu abuelo. ¿La quieres leer?

–Claro. ¡Anda! si viene de Indonesia.

Sergio leyó con atención la carta de Fulgencio.

–Dice que no le queda mucho trabajo allí y que vendrá el mes que viene. Que tiene intención de jubilarse.

–Bueno, bueno. Hace años que oigo la misma monserga. Tu abuelo trabajará hasta que no pueda más, ya verás. No creo que pueda separarse nunca de su querido museo.

–En fin. Me llevo las tostadas a la habitación, que quiero acabar de una vez el proyecto de ciencias.

–Muy bien, amor. Yo ahora iré a recoger a papá a la academia de Kárate. No sé que le ha dado con las artes marciales. Lo voy a empezar a llamar Juan Lee.

–Ja, ja, ja, muy bueno.

Subi las escaleras y abrí la puerta de la habitación. Encima del escritorio tenía una serie de cables y de turbinas que salían de dos urnas metálicas. Me senté en el ordenador y empecé a teclear códigos de programación. Cuando acabé, introduje una tostada en una de las urnas y accioné el interruptor. La tensión eléctrica del vecindario cayó en picado, pero se recuperó en cuanto volví a accionarlo. Me acercé y miré en el interior. La tostada había desaparecido.

–Mierda, ya la he vuelto a cagar. Si apruebo será un milagro.

Me levanté, apagué la luz y salí de la habitación.

Esperaba no haber fundido los fusibles del sótano. No sabía por qué, pero no me gustaba nada bajar allí.

JORDI ROCANDIO CLUA

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Seguro que os gustarán.

Un abrazo.

Nos leemos.

2 comentarios en “RELATO CORTO: “GUARDIÁN DE LA HISTORIA. PARTE III””

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