Relatos

RELATO CORTO: “UNA DESESPERADA EVOLUCIÓN”

Hola a tod@s. Muy ilusionado de publicar el relato número 40 del Reto Ray Bradbury.  Estas semanas ando un poco liado corrigiendo mi primera novela, poniendo notas en el colegio y escribiendo más relatos, pero me anima saber que estoy muy cerca de llegar al objetivo de los 52 relatos.

Llevo nueve meses publicando una historia cada semana. Lo que parecía casi imposible se está convirtiendo en realidad. Podéis imaginar cómo me siento. Exacto, muy feliz.

Seguimos.

 

UNA DESESPERADA EVOLUCIÓN

 

La caída iba a ser espantosa. Esa piedra no debía estar ahí. Había sido como un imán. En vez de mirar hacia delante y pasar por su lado tranquilamente, no, había tenido que ir directa hacia ella, incapaz de esquivarla. Inevitablemente, mi rueda quedó bloqueada en el acto y salí volando un par de metros. Mientras estaba en el aire, pensé en las magulladuras que me iba a hacer y apreté todos mis músculos preparándome para el aterrizaje.

El golpe fue brutal, me arrastré por el asfalto haciendo la croqueta y me detuve golpeándome la cabeza contra la rueda de un coche. Después de unos segundos de aturdimiento, me incorporé en medio de la solitaria calle, miré hacia los lados para ver si había alguien riéndose, pero pude comprobar que estaba sola.

Miré mi cuerpo en busca de las temidas rozaduras. Me sorprendí al darme cuenta de que estaba intacta, no me dolía nada y no había sangre ni rasguños por ninguna parte. Sin embargo, mi ropa estaba hecha jirones.

Vaya bronca me iba a caer.

En este accidente que os acabo de contar me di cuenta por vez de que algo en mí había cambiado, de que a partir de entonces sería diferente. Tenía cuatro años y hasta ese momento había sufrido los daños en mi cuerpo como cualquier persona (rasguños, cortes, algún que otro pinchazo con chinchetas y un sinfín de pequeñeces). No obstante, en ese accidente adquirí consciencia del cambio, que aún no sé cuándo se produjo ni por qué.

No hace falta deciros que mi corta vida cambió de una manera drástica, ya que con esa edad mi curiosidad era infinita y me llevó a poner mi cuerpo a prueba.

Poco a poco fui experimentando diferentes maneras de dañar mi piel: intentaba cortarme con tijeras, cuchillos, sierras, me golpeaba con martillos en las manos, me quemaba con el mechero de mi madre y muchas otras salvajadas, y me di cuenta de que mi piel era impenetrable. Una coraza no solo me protegía de cortes o arañazos, sino, además, no permitía que los golpes dañaran las capas internas, es decir, músculos y huesos estaban a salvo de cualquier cosa que pudiera golpearme.

Era fascinante y algo que debía mantener en secreto, claro.

Era pequeña, pero no tonta. Sabía a la perfección que aquello no era normal y que me acarrearía problemas si alguien se enteraba.

En el colegio decidí pasar inadvertida y no exponerme demasiado para evitar accidentes y que los demás niños o los maestros sospecharan algo. Me centraba en estudiar, portarme bien, sacar buenas notas y dejar que el tiempo fuera pasando con tranquilidad.

Eso era en el colegio porque, cuando salía e iba hacia mi casa, que, por suerte, estaba bien apartada, dejaba volar mi imaginación e intentaba mejorar físicamente. Al descubrir mis habilidades, empecé a investigar si había más gente como yo. Con diez u once años me metía en internet a buscar noticias extrañas, me unía a foros y demás, pero no encontraba nada. Lo único con lo que me topé, medianamente relacionado con mis habilidades, fue infinidad de cómics sobre superhéroes que me leí con avidez. Aquello me fascinaba. Esa gente sobrehumana realizaba cosas increíbles y utilizaban sus poderes para hacer el bien o el mal, dependiendo de cada uno.

poderes 2.jpg

Como ya os he dicho, empecé a desarrollar mi físico. Me di cuenta de que no solo mi piel era impenetrable, sino que también tenía una fuerza muy superior a los demás. Era capaz de levantar objetos muy pesados, desde mesas y pequeños objetos hasta troncos, coches, autobuses… No tenía límites.

Cuando llegué al instituto, continué con la misma dinámica, pasar desapercibida y centrarme en los estudios. Mi inteligencia también se había desarrollado y los buenos resultados eran fáciles de conseguir. Enseguida destaqué por mis excelentes calificaciones y siempre me invitaban a participar en las diferentes competiciones académicas a las que se apuntaba el instituto. Gracias a mí y al resto del equipo, quedamos campeones estatales y nacionales durante tres años seguidos.

Por las tardes, me dedicaba a mi físico. Seguía entrenando a escondidas y alguna que otra vez me dedicaba a escuchar la frecuencia de la policía, igual que hacían los héroes de mis cómics. No fue tan interesante como me esperaba. En mi pueblo no sucedían grandes cosas, así que me aburría bastante.

Aguardaba, día tras día, con la esperanza de escuchar que un ladrón robaba en el supermercado del barrio o que un grupo de criminales atracaba el banco o yo qué sé, pero nada, mi gozo en un pozo. Eso no me desanimó y seguí preparándome para cuando me llegara la oportunidad.

Los años en el instituto pasaron rápido y me tocó el turno de ir a la universidad. Pude escoger la carrera que yo quise gracias a mis buenas notas y a los premios conseguidos en las diferentes competiciones. De hecho, las universidades me querían en sus filas, así que me fue fácil decidir. Estudiaría en Harvard. Allí empecé dos carreras completamente becadas, derecho y economía, estudios que me llamaban mucho la atención.

Además, pensaba que en la ciudad de Boston seguro que ocurrirían más actos delictivos y podría probar, esta vez sí, mis grandes dotes físicas.

En el ámbito académico seguía sumando éxitos, cada año me graduaba primera de mi promoción y ya era una destacada figura de los debates políticos universitarios que se transmitían por televisión a todo el país. Mis ideas eran innovadoras y tanto el partido Demócrata como el Republicano luchaban por ficharme. Yo les daba largas. Me divertía debatir e intentar cambiar la forma de ver el mundo, pero mis verdaderos objetivos estaban en el otro ámbito de mi vida, ya me entendéis, así que les decía que no y seguía a lo mío.

Por las noches, me centraba en la vida criminal de Boston, que, para seros sincera, me decepcionó un poco. Sí que es verdad que sucedían más cosas que en mi pueblo natal, pero eran pequeñas infracciones que la policía no tenía muchos problemas en solucionar. Total, que me seguía aburriendo y mis habilidades necesitaban ser explotadas de alguna manera.

Pasadas unas semanas, decidí entrar en acción. Si los problemas no venían a mí, los crearía yo misma. Ya estaba cansada de esperar.

Mi primer objetivo fue un reto que no me supondría muchos problemas, robar un banco. Me puse a ello de inmediato y una noche, debidamente oculta con un mono negro, guantes y capucha del mismo color, me planté en la puerta principal y la reventé de un puñetazo.

La alarma sonó de inmediato, pero no me importó. Me dirigí hacia donde sabía que estaba la caja fuerte y probé mi fuerza. Me aferré con las dos manos a la rueda gigante y empecé a estirar. Al cabo de unos segundos, la puerta cedió y la dejé caer al suelo. Objetivo cumplido.

El dinero no me interesaba para nada, tan solo quería probarme a mí misma y lo había conseguido. Cuando me encaminaba de nuevo a la salida, empecé a oír las sirenas de la policía. La estaba esperando, quería recibir unos cuantos balazos para ver si sentía algo.

Delante de mí, había unos diez coches patrulla. Se bajaron infinidad de agentes y me apuntaron con sus armas.

Todos estaban expectantes, tenían órdenes de no disparar. Al ver que no hacían nada, hice amago de sacar un arma ficticia. Fue entonces cuando dispararon. Recibí decenas de impactos.

No sentí nada, pero para disimular me tiré al suelo gesticulando como en las películas. Mi experimento había sido un éxito. Tocaba desaparecer.

poderes.jpg

Al caer al suelo, pude escabullirme a rastras por detrás de unas furgonetas que estaban aparcadas en la calle. C

llegaron los agentes, ya no estaba. Se quedaron de piedra al no encontrar mi cadáver.

Al día siguiente, aparecí en todos los noticiarios. La gente alucinaba al ver las imágenes de esa figura cosida a tiros que desaparecía de golpe, sin rastros de sangre ni ninguna pista que poder seguir. Yo estaba eufórica, mis habilidades eran una pasada y la cosa no se iba a quedar ahí, ni mucho menos.

Decidí planear mejor mis apariciones.

Una vez por semana estaría bien, así daría tiempo a las autoridades para investigar, reflexionar e intentar detenerme.

Mi siguiente golpe fue en las instalaciones de una gran farmacéutica, entrando por la puerta principal como si nada y forzando puertas, sistemas de alarmas, cajas de seguridad, habitaciones blindadas, lo que fuera para pasar el rato y mejorar mis habilidades. Tuve que dejar inconscientes a un par de guardias de seguridad, pero nada más. Cuando ya no sabía qué más hacer, desaparecí por el alcantarillado. Estaba claro que necesitaba retos más potentes.

Y, así, decidí liarla un poco en la presa del condado. Necesitaba saber si podría aguantar la fuerza descomunal de la naturaleza.

Gracias a mi intelecto, no tuve ningún problema al elaborar los explosivos necesarios para reventar los muros.

Una oscura noche sin luna, instalé las cargas, bien ocultas a las inspecciones que los vigilantes hacían todos los días.

Al día siguiente, los haría estallar con la intención de aguantar como una jabata la fuerza del agua.

Por la mañana, me posicioné en la trayectoria del agua y apreté el botón del detonador.

La explosión fue brutal, el muro estalló en mil pedazos y millones de litros de agua se precipitaron hacia mí. Apreté bien los pies contra el suelo y esperé a que llegasen los restos de todo tipo que me iban a impactar.

La sacudida me llevó por delante: la fuerza fue demasiado hasta para mí, por lo que salí empujada corriente abajo, golpeándome con miles de cosas.

Cuando todo se calmó, estaba enterrada bajo un buen montón de escombros y lodo, lo cual me sirvió para descubrir que podía estar horas sin respirar y sin morir ahogada.

Poco a poco, fui subiendo hacia la superficie hasta que me liberé. Miles de personas murieron ese día, pero al menos conocí más sobre mis habilidades.

Todo iba viento en popa, seguía aprendiendo y, además, la gente me conocía. Bueno, conocían a la persona sin escrúpulos que cada vez hacía actos más brutales, puesto que mi rostro siempre quedaba oculto tras una enigmática máscara. Así es como me describieron, pero nada importaba, porque el objetivo último era mejorar, saber más y mejor lo que era capaz de hacer.

Necesitaba más. Mis límites aún no habían sido probados, así que, mientras me graduaba cum laude en mis doctorados, concebía mi siguiente objetivo.

Un día pensé que un buen reto sería enfrentarme al cañonazo de un tanque o a un misil lanzado por un avión, por lo que me lancé a ello sin titubear. Me pareció que el mejor sitio para forzar la situación era el mismísimo Pentágono. Después del 11-S, la seguridad había aumentado considerablemente, así que sería fácil provocarlos.

Una tarde me planté delante del edificio principal, cogí un autobús repleto de turistas que circulaba por allí y lo lancé contra sus muros. El impacto fue brutal, el autobús quedó hecho un amasijo de hierros. Había sangre por todas partes.

La seguridad del Pentágono actuó rápido al saber de mi presencia y aparecieron por la calle infinidad de soldados y un par de blindados. Estaba segura que algún caza estaría en camino también.

Sin mediar palabra alguna, empezaron a disparar contra mí. Yo me protegí el rostro para que no se me pudiera identificar y me llevé una grata sorpresa al comprobar que había provocado una especie de escudo energético a mi alrededor.

Esta defensa bloqueaba los impactos de bala, por lo que no hacía falta que me protegiera la cara.

Al ver que las balas no me hacían nada, fueron los tanques los que dispararon, pero los proyectiles rebotaban, haciendo explotar todo lo que estaba cerca de mí. Era impresionante. Solo tenía que esperar un rato el impacto de los misiles, que no tardaron demasiado en ser lanzados.

Un caza disparó desde la distancia dos cohetes que colisionaron terriblemente contra mi escudo protector. Cuando el humo se disipó, comprobaron que seguía allí como si nada.

misiles avion

La demostración había acabado, por lo que decidí retirarme. Ya tenía lo que necesitaba.

En los días siguientes, la gente empezó a entrar en pánico y a culpar al gobierno por su inoperancia, por su falta de control de la situación. Se produjeron disturbios y el gobierno cayó. La situación se les había ido de las manos y yo era la única culpable.

—Señora presidenta, es la hora. El embajador de Rusia acaba de entrar en la sala de reuniones.

—Gracias, Samantha, enseguida voy, tengo que acabar un asunto.

Bueno, el deber me llama. Tengo trabajo que hacer, pero no os quiero dejar en ascuas, así que os relataré rápidamente el final de esta historia.

Cuando el anterior gobierno cayó, se me ocurrió una idea. Tan solo había una cosa por probar, algo que me pondría al límite de verdad, pero necesitaba poder para conseguirlo, así que acepté la oferta de los republicanos para entrar en el partido y empezar a subir en el escalafón.

Así fue cómo, gracias a mi popularidad e inteligencia, conseguí ser gobernadora de Massachusetts. De ahí a ser nombrada senadora no pasó mucho tiempo y, finalmente, mi partido me presionó para ser candidata a la presidencia de los Estados Unidos de América.

En dos años me habían alzado hasta lo más alto de una manera meteórica. Las elecciones estaban ajustadas, pero gracias a un debate directo, incisivo y con ataques aquí y allá, pude ponerme por encima en las encuestas. Incidí en acabar de manera definitiva con aquella persona que había matado a tanta gente. Les convencí que sabía cómo hacerlo y bla, bla, bla.

Finalmente, la gente se lo creyó todo y gané. Ahora, estaba sentada en el despacho oval, al mando del ejército más poderoso del mundo.

No creáis que me había olvidado de mi objetivo principal, mejorar mis habilidades, pero nada de lo que había probado hasta ese momento me motivaba lo suficiente.

Así que ahora, si me disculpáis, debo ir a trabajar.

Tengo un plan elaborado al detalle. La idea central es dejar que me impacte una bomba nuclear. No quiero ni imaginar las mejoras que esto provocará en mi organismo.

Adiós, amigos, debo ir a una reunión con embajadores rusos. Tengo que provocar una guerra.

Esconderos donde podáis. La III Guerra Mundial se acerca

JORDI ROCANDIO CLUA

Espero que os haya gustado.

Nos leemos.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s