Relatos

RELATO: “CRIMEN ENCRIPTADO. UN CASO DEL INSPECTOR ANTÚNEZ.

Hola a tod@s. Esta semana publico el relato corto número 41 del Reto Ray Bradbury.

Espero que os guste.

 

CRIMEN ENCRIPTADO. UN CASO DEL INSPECTOR ANTÚNEZ

 

 

Sara aparcó el sedán delante de casa. No le apetecía dejarlo en el garaje, el sensor se había estropeado y no quería levantar la puerta a mano, demasiado pesada. A esas horas su espalda no estaba para muchos trotes. Se dirigió hacia al descanso que significaba su hogar y caminó por la calzada empedrada.

Abrió la puerta principal de su vivienda, dejó el maletín en el suelo, las llaves en el plato metálico apoyado en la mesa de la entrada y fue directa a la cocina a servirse una copa. El día había sido largo y necesitaba descansar. Abrió la nevera y fue a coger la botella de vino que había abierto la noche anterior.

Sintió dos terribles impactos en la espalda, se arqueó de dolor, vio la oscura sangre que le salía del pecho por dos pequeños orificios. Un dolor cada vez más penetrante y la oscuridad envolviéndolo todo.

Alguien salió de la vivienda dejando atrás un cadáver, una mancha de sangre y un excelente vino derramado por el suelo.

 

***

 

El teléfono sonó a primera hora de la mañana. El inspector Antúnez dio un respingo y la copa de whisky con la que se había quedado dormido en el sofá cayó al suelo. Sus zapatos quedaron empapados. Se levantó dando tumbos y se dirigió a la mesita para contestar. Fue a coger el móvil, pero no acertó. Sus temblorosas manos no le permitían atinar a la primera.

La cabeza le daba tumbos, una sensación a la que estaba más que acostumbrado.

–Aquí Antúnez.

–Soy Laura. Te necesito en una escena del crimen. ¿Estás en condiciones?

–Envíame la dirección. Nos vemos allí.

Colgó el teléfono, se lo guardó en la gabardina y salió de la pocilga a la que llamaba apartamento.

El Seat Córdoba lo esperaba con una de las ventanillas abiertas. Antúnez pensó que la borrachera debió ser de las buenas. No le preocupó ver que tampoco había cerrado la puerta del conductor. En su barrio todo el mundo sabía de quién era ese coche y no se atrevían ni a acercarse.

Subió y giró la llave. No pasó nada. Volvió a probar, nada. Miró la palanca que accionaba las luces, se las había dejado encendidas, batería agotada. Soltó una maldición. Salió del coche dando un fuerte portazo y sacó el móvil del bolsillo.

–Hola, Bárbara. Soy el inspector Antúnez. Dile al novato que me venga a recoger a casa en un coche patrulla, se me ha estropeado el mío. Gracias, eres un encanto.

Colgó el teléfono y pensó en Bárbara. Era buena chica y siempre lo trataba bien. Tendría que enviarle bombones por Navidad.

Pasaron veinte minutos hasta que apareció el agente Rubén Díaz, un joven policía que hacía dos años que había entrado en el cuerpo, pero al que seguían apodando novato.

–Buenos días, inspector.

–Hola, novato. ¿Todo bien en la central?

–Bueno, nada importante entre manos. Hoy estaba bastante aburrido.

–Pues tu suerte va a cambiar. ¿Te apetece acompañarme en este caso? Así me llevarás de un lado a otro.

–Por supuesto, señor. Gracias. ¿Estará de acuerdo la capitana?

–Yo me ocupo de eso, no te preocupes. Y llámame Antúnez, coño. Venga, vamos a esta dirección.

–Sí, señor. –El inspector lo miró irritado. –Sí, Antúnez, perdón.

El coche patrulla arrancó. No tardaron mucho en llegar a una urbanización repleta de lujosas viviendas. Varios coches policiales y una ambulancia estaban custodiando la zona.

Aparcaron al lado del cordón policial, se identificaron y pasaron por debajo en dirección a la puerta principal.

El inspector se detuvo en la entrada a observar.

–La capitana nos espera dentro. –dijo el agente Díaz que se había adentrado un par de metros en el recibidor principal.

–No han forzado esta entrada, luego nos fijaremos en la de atrás. Los pequeños detalles, novato, lo son todo. No pares de observar todo lo que puedas. Cualquier cosa puede ser una pista.

–De acuerdo. –dijo el agente, que se dio cuenta de que el apestoso inspector era más de lo que parecía.

Entraron. El salón era amplio y estaba unido a la cocina mediante una barra americana. El mobiliario era muy ostentoso, pero de un gusto exquisito. Aquella decoración la había hecho un profesional.

La capitana y los de la científica estaban en la cocina, donde el cuerpo de una mujer ocupaba el espacio frente a la nevera, todavía abierta.

Estaba tumbada bocabajo, en la espalda se veían dos agujeros de bala y una gran mancha de sangre se extendía debajo de ella.

En el salón, un hombre con aspecto derrotado daba explicaciones a un agente uniformado.

–Bienvenido, Antúnez. Pensaba que ya no nos ibas a honrar con tu presencia. –dijo la capitana Laura, íntima amiga del inspector y que lo mantenía en su puesto porque era el mejor.

–Lo siento, Laura. Problemas con el coche. Menos mal que ha venido el novato a rescatarme. Por cierto, me lo quedo unos días, me ayudará con el caso.

Laura lo miró sorprendido, puesto que Antúnez siempre trabajaba solo. Fue a responder, pero al final no dijo nada. Que se abriera a los demás era una buena señal. Se limitó a asentir con la cabeza.

–¿Qué tenemos? –preguntó mientras rodeaba el cuerpo y observaba atento a su alrededor.

–No mucho, la verdad. –explicó la capitana. –Hemos recibido una llamada de ese tipo de ahí, dice que es su mejor amigo. Habían quedado para desayunar antes de ir a la oficina, pero al llegar se encontró la puerta abierta de par en par. Al entrar, encontró el cadáver y nos llamó.

–De acuerdo.

Antúnez fue al salón y pasó de largo hasta la puerta trasera de la vivienda después de mirar de reojo al tipo del sofá. Estuvo allí un buen rato y volvió sobre sus pasos. Se acercó de nuevo a la entrada, se agachó en el quicio de la puerta, se puso unos guantes y tocó un resto del suelo. Se lo acercó a la nariz y olfateó profundamente. Salió al jardín delantero y llamó a uno de los de la científica. El agente Díaz lo miraba perplejo.

Pasados un par de minutos, volvió a la cocina.

–No hay signos de que se haya forzado ni la entrada delantera ni la trasera. He descubierto restos de barro en la entrada principal, creo que coincidirá con la tierra húmeda del jardín, donde el atacante estuvo esperando durante un rato, los del laboratorio están analizando una huella. El autor de todo esto entró sin dificultades y cogió a la víctima por sorpresa. –dijo señalando a la mujer.

–Tal vez lo conocía y lo dejó pasar. –dijo la capitana.

–No creo. El camino empedrado que lleva a la entrada principal evita que tengas que pisar el jardín, no tiene sentido la huella ni el barro de la entrada. Cuando la mujer entró en casa, él ya estaba esperándola. Si seguimos la dirección de los disparos, nos tiene que llevar a detrás de esta puerta.

Antúnez se dirigió a una puerta en un lateral del pasillo de entrada. Era una especie de trastero. La abrió y se agachó.

–Mirad, aquí también hay restos, seguro que de barro. Que lo analicen. Todo indica que el asesino no es un profesional, jamás habría actuado de esta manera tan chapucera. ¿Puedo hablar con el amigo?

–Todo tuyo, inspector.

–Vamos, Díaz.

Se acercaron al amigo de la víctima, que seguía en el sofá.

–Nos permiten, agentes. –les dijo a los dos policías que lo estaban interrogando. –Buen trabajo, pasen lo que han anotado a la capitana, después le echaré un vistazo.

–Sí, señor.

–Antúnez, coño. Nada de señor. –dijo enfadado.

Los dos agentes se alejaron y los dejaron a solas con el testigo.

–Hola, señor…

–Toledo, Borja Toledo.

–Un placer. ¿Le puedo llamar Borja?

–Sí, claro.

–Muy bien. Soy el inspector Antúnez y este es mi compañero, el agente Díaz. Le vamos a hacer unas preguntas.

–Ya les he contado todo a esos agentes.

–Lo sé, le pido disculpas, pero me voy a encargar personalmente de la investigación del asesinato de su amiga y necesito que me explique cómo encontró el cuerpo. Cualquiera detalle es relevante.

–De acuerdo. Sara y yo nos conocíamos de siempre, íbamos juntos al instituto, a la facultad de ingeniería informática, incluso empezamos a trabajar al mismo tiempo en Softelecom. Era mi mejor amiga, es terrible lo que le ha pasado.

–Lo sentimos mucho. ¿Qué encontró al llegar?

–Muchos días quedamos para desayunar antes de ir al trabajo y hoy era uno de esos días. Al llegar, me sorprendió ver la puerta abierta, la llamé mientras entraba, pero no me respondió. Cuando llegué al salón, vi que la nevera estaba abierta, entré en la cocina para cerrar la puerta y la vi allí tirada, no se movía. Todo indicaba que estaba muerta. Llamé enseguida a la policía. No puedo decirles mucho más. Es horrible.

–¿Vio algo extraño en la calle?

–¿A qué se refiere?

–Alguna persona que pareciese sospechosa, algún coche que no había visto antes, cosas así.

Borja estuvo un rato pensando, pero negó con la cabeza.

–No, la calle estaba desierta, era muy temprano.

–¿Había algún motivo por el cual ella temiese por su vida? ¿Sabía si tenía algún enemigo?

–Que yo sepa no. Era una mujer muy buena, trataba bien a todo el mundo. Esto es una locura.

–Entiendo. Muchas gracias, Borja. Sentimos mucho su pérdida.

–Gracias. Encuentren a ese cabrón, por favor.

–Haremos todo lo que esté en nuestra mano. Trate de descansar y si recuerda algo, por pequeño que sea, háganoslo saber.

–Así lo haré.

Antúnez y su compañero se acercaron a la cocina para hablar con la capitana.

–Bueno, Laura. Nos vamos. ¿Me enviarás los informes de los interrogatorios y del forense?

–Claro. ¿Qué haces? –preguntó la capitana.

El inspector Antúnez se llevaba el maletín que había junto a la entrada.

–Me llevo el portátil de la víctima. Quiero analizarlo en persona. No sé por qué, pero aquí hay algo que pinta mal. Necesito leer los correos electrónicos personales de Sara y cualquier información relevante que esconda este trasto.

–De acuerdo, pero quiero ese ordenador de vuelta en la central lo antes posible.

–Sí, jefa.

Díaz se encogió de hombros y salió detrás del inspector, que ya había subido al coche patrulla.

–¿A dónde vamos?

–Tengo un amigo que nos echará una mano con esto. –dijo golpeando el maletín. –Ni una palabra a la jefa. Arranca, te iré guiando.

–Soy una tumba.

Aparcaron en uno de los peores barrios de la ciudad, iban al bar de Bruto, donde el inspector Antúnez ahogaba las penas del día junto a toda clase de indeseables.

–Tranquilo, Díaz. Aquí todo el mundo me conoce.

Entraron en el callejón que el inspector tan bien conocía, sortearon a unos cuantos vagabundos y se pararon delante de una puerta que daba asco mirarla.

–Este antro es ilegal, pero nuestra placa se queda fuera, ¿entendido?

El novato asintió con la cabeza mientras Antúnez entraba.

Bruto estaba en la barra. Ese hombre tenía una energía inusitada, ya que siempre estaba en su puesto, fuera la hora que fuera.

–Hola, Bruto. Te presento a un amigo, el agente Díaz, puedes contar con él para lo que sea, es de fiar.

Por toda respuesta un gruñido.

–Necesito la dirección del ingeniero. –dijo dejando un billete de 50 euros en la barra.

Bruto se alejó un instante, regresó con un papel en la mano. Lo dejó en la barra, el billete desapareció de la vista.

–Gracias.

Otro gruñido. Los agentes salieron del apestoso antro y regresaron al coche patrulla.

En diez minutos llegaron a la nueva ubicación, una tienda de informática con aspecto bastante respetable.

Entraron. No había clientes. Un joven con una barba prominente y que debía pesar dos toneladas los saludó.

–Busco al ingeniero. Vengo de parte de Bruto.

El dependiente salió del mostrador, pasó por su lado y cerró la puerta con llave. A continuación, presionó un botón y la persiana metálica descendió.

–Seguidme.

Los llevó a la parte trasera del local. Se paró delante de una puerta e introdujo un código en un panel digital.

Entraron en una pequeña estancia llena de ordenadores, impresoras 3D y todo tipo de aparatos electrónicos que no sabían para qué servían.

El enorme informático acomodó su corpachón en una silla que se quejó bajo su peso.

–¿Qué necesitáis?

El inspector Antúnez abrió el maletín y sacó el portátil de la víctima.

–Necesito todo lo que puedas sacar de aquí. Cualquier archivo, correo electrónico o documento fuera de lo normal.

–Entendido. Sentaros donde podáis, esto me llevará unos minutos.

Los dos agentes miraron a su alrededor, pero no vieron ningún asiento. Se miraron extrañados y esperaron de pie.

Treinta minutos después, cuando los pies empezaban a molestar, el pirata informático se giró con una sonrisa en el rostro.

–Lo tengo. Lo único que he encontrado fuera de lugar son dos correos electrónicos encriptados, el resto de material no supondrá ningún problema para los informáticos de la policía.

–¿A quién van dirigidos?

–A un tal Borja y a la hermana de Sara, la dueña de este dispositivo. Estoy teniendo problemas con el que va dirigido al hombre, lo voy a pasar por mis programas de cifrado, cuando tenga algo te avisaré. Voy a imprimir el otro para que lo tengáis a mano.

–Gracias. Dejaré un sobre en el bar de Bruto. Si no es suficiente, él me lo hará saber.

El ingeniero les dio el email impreso, el portátil y los acompañó a la salida.

Cuando entraron en el coche patrulla, Antúnez llamó a su capitana.

–Aquí Laura.

–Soy Antúnez. Sara tenía una hermana. ¿La habéis informado ya de su muerte?

–No, todavía no.

–Localizarla y llevarla a la comisaría, puede que esté en peligro. Vamos para allá.

–Entendido, iré a darle la noticia en persona, será lo mejor.

Antúnez cortó la llamada.

 

***

 

Irene Benítez, la hermana de la víctima, sollozaba sentada en el sofá del despacho de la capitana. La noticia la había destrozado por completo, pero lo que tenía que contarles a los agentes era de vital importancia para atrapar al asesino de Sara, así que hizo acopio de fuerzas para afrontar las siguientes horas.

Laura esperaba a que llegasen Antúnez y Díaz. No sabía cómo habían conseguido esa información. Hacía años que miraba hacia otro lado ante los métodos de su amigo. Había llegado a la conclusión que era mejor no saber nada.

Unos golpes sonaron en la puerta.

–Adelante.

Los dos policías entraron, le dieron el pésame a Irene y le agradecieron que les ayudara a esclarecer los hechos.

–Háblenos del correo electrónico que recibió. –dijo Antúnez. –Lo hemos leído, pero tenemos dudas. No acabamos de entenderlo.

–Es normal, Sarah y yo teníamos un código secreto para emergencias. De todas maneras, este fue muy raro. No quería que hablara con ella sobre el contenido de este correo en concreto, ni en persona ni por teléfono. Cuando lo recibí, me asusté. En él Sara explicaba que temía por su vida y que si le pasaba algo hablara con ustedes sobre unas medidas de seguridad que había instalado en su casa.

Irene se detuvo para beber un poco de agua.

–Tómese el tiempo que necesite. –dijo la capitana.

–Cuando se mudó, la ayudé con todo. Fue en aquel momento cuando me explicó las medidas de seguridad que estaba instalando y me pidió que no dijera nada a nadie a no ser que ella me diera su consentimiento. –siguió explicando Irene.

–Entiendo. Adelante, infórmenos, por favor.

–Hay una serie de cámaras ocultas que registran todo lo que sucede en el interior de la casa. El disco duro está detrás de un cuadro del salón. Yo sé la contraseña para acceder a él y la ubicación de las cámaras.

Una lágrima se deslizó por la mejilla de Irene, se notaba que estaba haciendo un gran esfuerzo para no desmoronarse.

–Es una información muy valiosa, sin duda. Muchas gracias, señorita Benítez. Su hermana estaría orgullosa de usted. –dijo la capitana. –Enviaremos a un par de agentes para que la custodien hasta que todo esto haya pasado. Facilite esos datos al inspector Antúnez para que podamos ver las grabaciones lo antes posible. Luego, puede marcharse cuando quiera.

Antúnez y Díaz anotaron todo lo que les dijo Irene y salieron de inmediato hacia la casa de la víctima.

Llegaron sin problemas, a aquellas horas no había mucha congestión de tráfico, por lo que en veinte minutos estaban entrando por la puerta.

La siguiente hora estuvieron localizando las cámaras de vigilancia. Era increíble el estado de nervios en el que se debía encontrar la víctima para incorporar tanta tecnología en su propio hogar. Los lugares donde estaban escondidas las cámaras eran perfectos para identificar a cualquier persona que hubiese entrado. Sin duda, si el disco duro no estaba dañado, habría grabado al autor de los disparos y cómo había entrado en casa.

Fueron al cuadro en cuestión y lo descolgaron de la pared. Detrás había una caja fuerte.

La abrieron gracias a la contraseña que les habían proporcionado y dentro encontraron un panel con varios servidores y discos duros ordenados en fila y perfectamente conectados a la red de cámaras. Aquel equipo informático debía costar una pequeña fortuna.

Regresaron a la central con todo el equipo a cuestas, era el momento de descubrir quién había matado a Sara Benítez.

En la sala de audiovisuales de la comisaría estaban la capitana Laura Román, el inspector Antúnez, Rubén Díaz y varios técnicos informáticos que se encargarían de editar y proyectar el contenido de las grabaciones.

Seleccionaron el día de la muerte de Sara Benítez. La habían disparado por la noche al llegar a casa, así que retrocedieron varias horas antes del suceso para ver llegar al asesino.

Durante un buen rato no vieron nada. La cámara exterior de la vivienda enfocaba la entrada principal y un poco del jardín delantero. Al cabo de unos minutos, notaron como los matorrales más cercanos a la entrada se movían, el ángulo no permitía ver nada, pero les indicaba que algo o alguien había estado allí esperando.

Entonces, vieron a una persona con un mono marrón y un pasamontañas negro que salía del escondite, sacaba una llave, entraba en la casa y volvía a cerrar.

–¿Tenía una llave de casa? –preguntó Antúnez.

–Sigamos observando. –dijo la capitana.

Los técnicos teclearon algo en su ordenador y la imagen cambió a una de las cámaras del interior.

Vieron como el hombre se escondía en el armario trastero donde habían encontrado restos de barro y ajustaba la puerta a la espera de que llegara Sara.

Transcurrieron veinte minutos. La puerta principal se abrió y entró la dueña de la casa.

Vieron como dejaba las llaves y el maletín. A continuación, se dirigía directa a la cocina y abría la nevera. Cogía la botella de vino y caía al suelo.

–Otro ángulo, por favor. Quiero ver al asesino. –dijo el inspector.

Los técnicos volvieron a cambiar de cámara. Esta vez se veía en un lateral la nevera y al fondo el trastero. Vieron como el hombre salía del cuartito en silencio y encañonaba a la víctima con una pistola con silenciador.

–Coincide con el informe de balística. Las balas extraídas habían sido disparadas con silenciador. Lo tenemos. –dijo Antúnez.

–No tenemos una mierda. No se le ve el rostro. –dijo la capitana.

–¿Te has fijado, Díaz? Recuerda, los detalles son la clave. –dijo Antúnez.

–Me he fijado.

–Explicaros, coño. No es momento para acertijos. –dijo Laura.

–El mono tiene agujeros de quemaduras producidos por las chispas de un soldador. –dijo el novato.

–Nuestro hombre ha intentado desgarrar el logotipo de la empresa, pero no lo ha conseguido del todo. ¿Puedes ampliar esta imagen? –preguntó Antúnez señalando un punto del mono de trabajo.

La imagen dio como resultado un trozo de tela de color verde y rojo con las letras FU.

–No es demasiado, pero servirá. Buscad fundiciones, forjas, empresas de construcción que tengan ese logotipo y que empiecen por FU y os traeremos a este tipo.

–Ya habéis oído. Todos a trabajar. –dijo Laura.

Al cabo de diez minutos de intensa búsqueda, el teléfono del inspector Antúnez sonó, le había llegado un mensaje del ingeniero. Lo leyó mientras el resto del equipo se ponía manos a la obra.

–Me voy, seguid sin mí. –dijo Antúnez.

–¿Qué pasa? –preguntó Laura, pero el inspector ya había desaparecido por la puerta.

Al cabo de medio minuto, la puerta se volvió a abrir.

–¿Vienes o qué? –preguntó Antúnez dirigiéndose al novato.

Este miró a su capitana pidiendo permiso. Laura asintió resoplando.

–¡Qué paciencia! –exclamó.

Díaz no se lo pensó dos veces y salió corriendo en pos de su compañero.

–¿A dónde vamos? ¿Era el ingeniero? –preguntó excitado.

–Sí. Tenemos novedades. Le he enviado la imagen ampliada con el logotipo, lo ha encontrado. Ese tipo vale lo que pide.

–¿No se lo comentamos a la capitana?

–No, es mejor mantenerlos entretenidos mientras nosotros nos ocupamos. Si la jefa se entera del lugar, nos será imposible actuar a nuestra manera. Lo llenaría todo de policías y nuestra ventaja se iría a la mierda.

–Por mí, perfecto.

 

***

 

La empresa Funditol estaba a las afueras de la ciudad. Tal como habían previsto, se dedicaban a la fabricación de barras de acero para la composición del hormigón armado.

Tenía una plantilla modesta de cinco trabajadores. El director general era un tal Alfonso Olivares.

Entraron en la nave industrial y se dirigieron al despacho que había en un lateral.

–¿Señor Olivares?

–El mismo. ¿Qué desean?

–Soy el inspector Antúnez y este es mi compañero, el agente Díaz. –dijo enseñando la placa. –Estamos investigando un crimen que nos ha traído hasta aquí. ¿Sería usted tan amable de convocar a sus empleados a una reunión urgente? No diga que estamos aquí.

–¿Un crimen? ¿Están seguros?

–Totalmente. Si es usted tan amable. Solo queremos comprobar una cosa y nos marcharemos. Será un momento.

El director se quedó pensativo unos instantes sin saber qué hacer. Aquello no podía estar pasando. Si alguno de sus hombres había cometido un delito y se lo llevaban detenido, el dueño de la empresa lo iba a matar. La crisis había hecho que el trabajo se redujera a la mitad, si encima se quedaban cortos de personal, no se quería ni imaginar las consecuencias. Al final, asintió, cogió un micrófono y apretó un botón.

–Reunión urgente. Dejadlo todo y venid a mi despacho, rápido. –dijo el director.

–Muchas gracias. ¿Dónde nos podemos ocultar?

–Aquí hay un lavabo. –dijo el director señalando la parte trasera del despacho.

Los agentes se metieron dentro y ajustaron la puerta. A los dos minutos oyeron cómo se abría la puerta del despacho y empezaba a entrar gente.

–Muy bien. Ya estamos todos. Gracias por venir, chicos. –gritó el director.

El inspector y el novato salieron del lavabo. Los empleados, que estaban desparramados en el sofá y en las sillas del despacho, se quedaron de piedra.

–Hola, chicos. Gracias por atender a la llamada con tanta celeridad.

El agente Díaz fue hacia la salida para bloquear alguna huida repentina. Los empleados estaban callados preguntándose quiénes eran esos hombres.

–Somos inspectores de policía. Venimos en busca de uno de vosotros. Lo podemos hacer por las buenas o por las malas. Podemos detenerlo discretamente o armando un espectáculo. ¿Vosotros decidís?

Después de estas palabras. Antúnez empezó a observar a los trabajadores. Esos hombres estaban alucinados por lo que el policía les acababa de decir, pero mantenían la calma, todos excepto uno de los dos que estaban sentados en las sillas. Antúnez se fijó en que no paraba de mover la pierna izquierda, que rebotaba contra el suelo en una sucesión de rápidos golpes. Gordas gotas de sudor le resbalaban por la frente. Ese hombre mostraba claros signos de nerviosismo.

–¿Cómo te llamas? –preguntó el inspector acercándose al trabajador.

–Eh, yo… ¡Joder! –exclamó poniéndose de pie.

El agente Díaz se acercó por detrás y volvió a sentarlo apoyando sus manos en los hombros del trabajador.

–No lo hagas, chico. –le dijo.

–Señor Olivares. Diga a los otros hombres que abandonen el despacho, usted también. –dijo Antúnez.

–Ya habéis oído, todos a trabajar. –dijo el director cerrando la puerta tras él.

–¿Y bien? ¿Tiene algo que decir?

–Sabía que no iba a salir bien, se lo dije. Era una mala idea. Yo no quería, pero me obligó. Amenazó con matar a mi familia. Ese hombre es el diablo.

–¿De quién está hablando?

–Del dueño de la empresa. Hablaré, hablaré. Ese desgraciado caerá conmigo.

 

***

 

El dueño de la empresa Funditol no era otro que Borja Toledo, el mejor amigo de Sara Benítez.

Lo habían hecho llamar con la excusa de retomar la declaración ahora que habían pasado unas horas desde el fallecimiento de Sara y tal vez tuviera detalles significativos que contar.

Se encontraban en el despacho de la capitana. Cuando el inspector Antúnez le explicó cómo habían descubierto el nombre de la empresa tan rápido, se enfadó de tal manera que lo amenazó con un mes de suspensión de empleo y sueldo si aquello no salía bien.

Necesitaban una confesión antes de que el hombre se sintiera amenazado y llamara a su abogado.

–Hola, Borja. ¿Cómo se encuentra hoy? –preguntó Antúnez, que pidió a la capitana llevar el interrogatorio.

–Destrozado, ¿cómo voy a estar?

–Lo sentimos mucho, estamos avanzando en la investigación, pero necesitamos más información sobre Sara para tener las cosas más claras.

–Lo entiendo, pregunten lo que sea. Intentaré ayudar.

–Muchas gracias.

–¿Ustedes eran muy amigos?

–Sí, nos conocíamos desde siempre. De hecho, empezamos a trabajar juntos en la empresa después de la universidad. Poco a poco fuimos ascendiendo hasta ser los directores de varios departamentos.

–¿A qué se dedica la empresa Softelecom?

–Elaboramos aplicaciones para todo tipo de compañías.

–¿Puede ponernos algunos ejemplos?

–Claro, trabajamos para empresas de videojuegos, bancos, empresas de transportes, restaurantes. Hacemos un poco de todo.

–¿Qué sección llevaba Sara?

–Banca Electrónica.

–Entiendo. ¿Y usted?

–Yo llevo la sección de empresas de transporte, pero la ayudaba siempre que podía.

–Así que tenía acceso a sus aplicaciones.

–Eh, sí, bueno. Lo justo para mejorar algunos aspectos. –dijo moviendo el culo del asiento un tanto nervioso.

–¿Mantenía contacto con ella a través del correo electrónico?

–Sí, claro. Cada día. Es parte de nuestro trabajo.

–¿Recibió algún correo electrónico especial, alguno que crea interesante comentar con nosotros?

–No, lo normal. Temas de trabajo.

–¿Qué me dice de este? –preguntó poniendo una hoja impresa delante de sus narices.

Borja no contestó.

–Verá. En ese correo electrónico Sara le explica que han corrompido una de sus aplicaciones bancarias y que cree que se está produciendo un desfalco de capitales. Le pide ayuda. ¿No lo reconoce?

–No lo había visto en mi vida.

–Es curioso, porque un técnico informático del departamento. –explicó el inspector mirando a la capitana. Esta no pudo disimular su enfado. –Ha descubierto que usted ha abierto una cuenta bancaria en un paraíso fiscal recientemente.

–Eso no lo pueden saber así como así, ¿A dónde quiere llegar?

–Tranquilícese, por favor, solo estamos hablando. No es ningún delito abrir una cuenta allí. Usted es dueño de varias empresas, ¿verdad?

–Sí, tanto Sara como yo tenemos varias empresas, sí.

–Fíjese en esto, si es tan amable.

El inspector accionó una grabación. En ella se veía al asesino matando a Sara y, a continuación, a este mismo encerrado en un calabozo.

–¿Lo reconoce? Creo que es uno de sus empleados.

–No sé quién es. No conozco personalmente a todos mis trabajadores. –dijo cambiando de posición en la silla.

–Pues él sí que lo conoce a usted. Ha confesado que lo contrató para que se deshiciera de su amiga. Por eso nadie forzó las cerraduras, porque usted le proporcionó la llave de la entrada de la casa que su mejor amiga le había dado. Confiaba en usted. Cuando descubrió que alguien robaba céntimos de cada cuenta corriente abierta a través de su aplicación, le envió este correo electrónico encriptado pidiéndole ayuda, pero usted es el ladrón. Lo habían descubierto y tenía que matarla. Contrató a uno de sus empleados para que le hiciera el trabajo sucio pensando que nadie lo descubriría, pero no contaba con las cámaras que había instalado Sara, unas cámaras que servían de medida de seguridad por si alguien intentaba hacerle daño. Cuando vio que no le contestaba al correo electrónico, le envió otro a su hermana para que hablara con nosotros si algo le pasaba. Que poco se imaginaba que su gran amigo iba a ser su verdugo. ¡¿Por qué?! ¡¿Por qué?! –le preguntó a voz en grito.

–¡Porque no la aguantaba, joder! Siempre tan perfecta. Siempre un paso por delante de mí.

–¿Hasta el punto de ordenar su muerte? –preguntó un Antúnez abatido.

–Yo la quería, la quería mucho. No, diría más, la amaba, pero siempre salía con otros hombres y encima me explicaba cómo lo pasaban. No se daba cuenta del dolor que me producían sus relatos. La acabé odiando por ello. Así que decidí que tenía que sufrir de alguna manera para que se diera cuenta de quién era la única persona que la amaba de verdad. Si salía a la luz que una de sus aplicaciones era vulnerable, la echarían del trabajo, perdería toda su reputación. Y entonces yo la salvaría, la apoyaría en todo y acabaría enamorada de mí. Solo quería eso, un poco de su atención.

–Entonces amenazó a un empleado para que matase a Sara.

–Ese desgraciado ya lo había hecho otras veces, no crean ni una palabra de lo que dice. Pertenecía a la mafia colombiana. Tuvo que huir de su país para salvar el pellejo. No tiene familia aquí.

–Allí tal vez estén acostumbrados a matar y que algunos crímenes no se investiguen, pero no aquí. Seguro que eso lo llevó a cometer tantos errores. No escogió usted bien, Borja. Lo ha vendido a las primeras de cambio. Llevaros a esta rata de aquí.

–Queda usted detenido por el asesinato de Sara Benítez, todo lo que… –decía a lo lejos la capitana.

El inspector Antúnez no escuchaba. Antes de entrar en ese despacho sabía que Borja Toledo había mandado asesinar a Sara, pero escucharlo de viva voz se le hizo insoportable. ¿Cómo podía un hombre matar a alguien por algo tan estúpido como la envidia y el amor? ¿Qué clase de amor era aquel que te llevaba a matar a la persona a la que más querías? No tenía sentido.

Salió del despacho sin decir nada a nadie y se dirigió al coche patrulla.

La vida era una mierda. Solo había un lugar donde podría ahogar sus penas junto al resto de desgraciados de este mundo.

El bar de Bruto lo esperaba.

JORDI ROCANDIO CLUA

Nos leemos.

 

 

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