Relatos

RELATO CORTO: “CAMPING MORTAL. PARTE III”

Hola a tod@s. Relato número 44 del Reto Ray Bradbury.

Muchos lectores me habéis pedido que continúe con la trepidante historia de Camping mortal. Aquí la tenéis. Para mí es un auténtico placer seguir con la trama. Me lo estoy pasando muy bien, así que no sé hasta dónde llegarán nuestros protagonistas. Bueno, sí que lo sé, pero no os lo voy a desvelar, je, je.

Aquí os dejo el link de CAMPING MORTAL, la primera parte, imprescindible si no queréis ir perdidos y que un caminante os sorprenda en cualquier esquina y tengamos que amputaros un brazo o algo peor. Ahí lo dejo.

Disfrutad con esta nueva entrega.

 

CAMPING MORTAL. PARTE 3

 

–Mamá, enciende la radio, tenemos que saber hacia dónde se dirige la nube tóxica. –dijo Juan.

–Buena idea, a ver si nos va a rodear y acabamos transformados. –dijo Lúa.

La madre de Juan encendió el aparato y sintonizó la emisora nacional. La reportera, una tal María Rodríguez, estaba muy excitada. Afirmaba que a lo lejos de donde estaba ubicada se veían columnas de humo producidas por varias explosiones. No sabía qué estaba sucediendo, pero se iba a acercar al lugar para poder dar más detalles.

“Queridos oyentes, veo algo extraño acercándose por el norte. Creo que es la nube tóxica a la que hacían referencia los militares. Lo siento, pero por motivos de seguridad no voy a poder acercarme más, debo salir de aquí antes de que me atrape. Pero no se preocupen, seguiré informando en directo de todos mis movimientos para que no se pierdan detalles. ”

“Todo es un caos a mi alrededor. Los comercios empiezan a bajar las persianas para evitar que los saqueadores entren y roben sus productos, veo varias personas peleándose por las garrafas de agua que han sacado de un supermercado. Los coches no respetan las señales de tráfico, solo quieren huir hacia el sur para evitar la nube, es un auténtico desastre. Miro a mi espalda para tenerla controlada, oh, dios mío, se está acercando. Tengo que buscar refugio, apenas me quedan unos minutos para intentar escapar, no lo voy a conseguir. ”

“Ya lo tengo, veo las puertas de un sótano en una casa que se encuentra a mi derecha, voy hacia allí, espero que pueda entrar o estaré acabada. ¡Maldición! un candado bloquea la puerta, pero no pienso desfallecer, estoy de camino a un cobertizo, seguro que encuentro una cizalla para romperlo, estoy entrando, hay muchas herramientas, pero ninguna me sirve, sigo buscando, disculpen el ruido, soy yo tirando las herramientas al suelo. ¡Ajá! te tengo, esto servirá. Estoy saliendo del cobertizo, la nube está muy cerca, a unos cien metros. Voy a dejar el micrófono en el suelo un momento para romper el candado, un segundo.”

Lúa y Juan distinguieron varios sonidos. Se habían quedado quietos escuchando la crónica en directo de la pobre María.

–No sé si lo conseguirá. –dijo Juan.

–Tengamos fe. –replico su madre.

“Ya estoy con ustedes de nuevo, he conseguido abrir la puerta y estoy bajando al sótano, espero que la nube pase de largo por encima de la casa y me pueda salvar. Por dios, esto está lleno de trastos, me dirijo a lo más profundo de la estancia, lo más alejada posible de la puerta. He dejado de oír los gritos y disturbios del exterior, hay una calma tensa que no presagia nada bueno, nunca lo hace. ¿Qué es eso? ¡Oh, no! tengo malas noticias, la extraña neblina está entrando en el sótano y está ocupando toda la sala, mucho me temo que no voy a poder evitar que me toque. Aquí, María Rodríguez, ha sido un placer poder informarles durante todos estos años, os quiero a todos, pero sobre todo a mi familia, espero que podáis sobrevivir.”

sotano guarro

“Tengo la niebla a pocos metros de mí, se acerca envolviéndolo todo, me acaba de tocar, de momento estoy bien, me envuelve por completo, no veo nada, un extraño olor me rodea, un olor a muerte y putrefacción, me empiezo a marear, todo da vueltas a mi alrededor y cada vez me cuesta más hablar, hjuno sé qué me kgpasa, mi mente se nubla, jghmis plabras no ghjsalen como antes de mi jjfboca, jrfg jgfera, jgtdbf, ghrrrr.”

–¿Qué le pasa, mamá?

–Mucho me temo que se ha transformado.

“Sentimos profundamente la pérdida de nuestra compañera María Rodríguez, una heroína que ha cumplido con su deber hasta el último segundo. Siempre te recordaremos. Cancelamos la emisión por unos minutos, volveremos a las 14 horas con más información”

La radio emitió música.

–Es más grave de lo que nos temíamos. La reportera ha dicho que venía del norte, así que no tardará en llegar hasta aquí. Acabemos de preparar nuestras cosas y vayamos al sótano. –dijo Lúa.

–Pero ya has escuchado a María, la niebla entró y la transformó. –dijo Juan alarmado.

–No te preocupes, hijo. Construí el búnker a prueba de bombas nucleares, de ataques químicos y bacteriológicos. La puerta está blindada y el sistema de ventilación solo expulsa el aire, no deja entrar nada. Allí estaremos a salvo.

–¡Qué chulada! De acuerdo, voy a recoger.

Los siguientes minutos los pasaron organizando las mochilas y cogiendo lo básico para unos días de pura supervivencia.

–Vamos, Juan. En el refugio tenemos lo que necesitamos.

Antes de seguir a su madre, cogió el cómic de encima de la cama y lo guardó en la mochila.

–Acaba de anochecer, dormiremos en el refugio y mañana por la mañana veremos cómo están los alrededores de la casa gracias a las cámaras que he ido instalando. Si todo está bien, saldremos hacia algún lugar seguro lejos del caos que gobernará en las calles.

–Eres una pasada, mamá. Lástima que papá no esté aquí para ayudarnos.

Lúa se acercó a su hijo y lo abrazó con ternura.

–Él fue el que me inculcó esta obsesión por la seguridad. Gracias a tu padre podremos salir de esta situación. No lo olvides nunca. Nos quería mucho y era un gran hombre, pero no pudo ganar la batalla contra el cáncer. Además, seguro que ahora mismo nos está viendo y dando ánimos. Él siempre estará a tu lado.

Le dio un tierno beso en la mejilla y se dirigieron al refugio subterráneo.

Salieron al jardín trasero y miraron hacia el norte. La niebla se estaba acercando. Nunca podrían agradecer a la reportera María que les pusiera en alerta.

Caminaron hacia unos tablones que estaban tirados en el suelo. Lúa y Juan los fueron retirando hasta dejar al descubierto una puerta metálica con una pantalla.

–Ten, Juan. Esto es una tarjeta magnética que da acceso al búnker, solo tú y yo las tenemos. Si alguna vez te ves en apuros, solo tienes que llegar hasta aquí y refugiarte. Hay víveres para meses y armamento para empezar una pequeña guerra. –dijo Lúa mientras acercaba su tarjeta al panel y la puerta se abría.

–¿Puedo bajar yo primero?

–Claro, hijo. Adelante, la luz se enciende sola gracias a los sensores de movimiento. Estás en tu casa.

El niño bajó corriendo y dando gritos de alegría. Lúa miró hacia la nube antes de cerrar la puerta definitivamente.

–Esperemos salir de esta. –murmuró.

Entró despacio. A su espalda se oyó un clic y varias barras de acero acabaron de atrancar la puerta por dentro.

Descendió las escaleras, una estancia de unos doscientos metros cuadrados se abrió ante ella. Juan estaba correteando de un lugar a otro de lo más excitado. De vez en cuando la miraba con la boca abierta señalando diferentes objetos. Había una litera a mano derecha, un retrete químico a la izquierda. Al fondo había una rudimentaria cocina eléctrica con microondas y una nevera alimentada por varios generadores. Las paredes estaban llenas de estanterías con todo tipo de víveres, herramientas, juegos de mesa y armas, tanto blancas como de fuego. En la parte central había una mesa con dos sillas.

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–Mamá, esto es alucinante. ¿Por qué no me lo habías dicho nunca?

–Porque estoy segura de que se lo hubieras dicho a todos tus amigos y los hubieras traído aquí a jugar. Es un lugar peligroso, hijo. Mira cuántas armas.

–¡Ups! tienes razón. Se me hubiese escapado.

–Venga, vamos a dormir. Como la nube está a punto de alcanzarnos, hoy lo haremos con las máscaras de gas. No nos podemos arriesgar. ¿Entendido?

–Sí, mamá.

Lúa se acercó a una estantería y cogió las máscaras con el filtro más potente. Se las colocaron y se prepararon para acostarse. Esperaban volver a despertar.

–¿Puedo leer un rato? –le preguntó Juan con la voz de Darth Vader.

–Claro, hijo. El rato que quieras. Yo estaré controlando las cámaras para ver qué pasa ahí fuera. Pero luego a dormir.

–De acuerdo.

Juan se acercó a la cama, abrió la mochila y extrajo el cómic. Estaba de lo más interesante. Roberto y su hija Andrea estaban trasladando al campamento a Alberto, el zombi inteligente. Se moría de ganas por saber qué iba a pasar.

***

–Ya estamos cerca. No sé qué pasa en el peaje de allá atrás, pero siempre tenemos que acabar con alguno de esos zombis. –dijo Roberto.

–Sí, papá, pero la próxima vez no los atropelles a todos de golpe, que hemos tenido que retirar restos del parabrisas durante diez minutos.

–Es que no lo he podido evitar, me encanta cuando se despachurran de esa manera, son tan blanditos.

–¿Sigues bien, Alberto? –preguntó Andrea a su invitado.

El pobre zombi asintió con la cabeza, pero su estado era lamentable. Los brazos pendían de su cuerpo por estrechas tiras de carne y de él emanaba una peste difícil de evitar.

Cuando lo vieran en el campamento no se lo iban a creer hasta que no lo oyeran hablar.

–Sus compañeros ya lo deben de echar en falta. Cuando los ataquemos tendremos que ir con cuidado, seguro que nos estarán esperando. –dijo Roberto.

–Ya idearemos algo, de momento presentemos el problema a la comunidad, a ver qué pasa.

Condujeron veinte minutos más hasta su destino. Se encontraron a Víctor y a un par de compañeros más, estaban reforzando las defensas de la entrada. Roberto hizo sonar el claxon a modo de saludo.

–Hola, papá. ¡Qué alegría teneros aquí de nuevo! No habéis estado ni un día fuera.

–Hola, hijo. Sí, ha sido rápido, pero estamos agotados. Conducir toda la noche es bastante duro. Seguidnos, tenemos una sorpresa para todos.

Les abrieron la puerta y enseguida los rodearon todos los miembros de la comunidad.

Estaban ansiosos por conocer las noticias que traían los exploradores.

Llegaron a la explanada de delante del restaurante y abrazaron a Sofía.

–Hola, cariño. ¿Cómo ha ido?

Andrea, saca a nuestro invitado. No os asustéis, ahora es inofensivo.

La joven abrió el maletero del todoterreno y dejó caer al muerto de nuevo, lo que provocó que los brazos se le acabaran de desprender.

–¡Qué asco! –dijo Víctor.

–¿Por qué nos traéis a un zombi? ¿Estáis locos o qué? –dijo Jorge el carpintero, que siempre era de los primeros en intervenir.

–Tranquilo, Jorge. Os traemos la muestra de que el mensaje era una trampa. No os lo vais a creer, pero este zombi se llama Alberto y está vivo.

–¿Qué está vivo? –dijo Sofía.

Andrea se acercó a él y le extrajo los pañuelos de la boca.

–Joder, ya era hora. Seréis desgraciados. Mis colegas os machacarán. –dijo Alberto con serias dificultades para entenderlo.

–Veo que todavía te haces el chulito. –dijo Andrea acercándose a Alberto con una navaja y arrancándole un ojo de cuajo. –A la próxima chorrada te dejo ciego del todo.

–Mierda, estás como una cabra, apartarla de mí. –se quejó Alberto.

El resto del grupo estaba en silencio, totalmente perplejos por lo que acababan de presenciar.

Álex, un chico joven y con una resistencia sobrehumana, encargado de patearse los pueblos circundantes al campamento para analizar la situación, se acercó para observarlo mejor.

–Así que una trampa. Explicaros, por favor. –dijo mientras con un palo le daba golpecitos al caminante.

–Déjame, chaval, que no soy un bicho.

Álex se levantó y le propinó un brutal golpe en la cara.

–Será mejor que te calles, engendro.

A continuación, miró a Roberto para que se explicase.

–Os haré un resumen rapidito. Un equipo de científicos trabajaron en una cura, esa parte del mensaje es cierta. Inyectaban la solución en el cuerpo de zombis para ver si podían remitir los cambios, pero la cura no era definitiva, los sujetos recuperaban ciertas conductas humanas, tales como la inteligencia, pero sus tejidos no se regeneraban, quedando en el estado que podéis ver con Alberto. El problema principal es que siguen teniendo un hambre voraz. Un día se revelaron contra el equipo de científicos y se los comieron, por lo que la investigación quedó a medias. Los inteligentes zombis siguieron transmitiendo el mensaje para atraer a supervivientes, atraparlos y comérselos. Según nuestras informaciones, quedan unos quince más allí. Ahora tenemos que decidir qué hacemos con ellos.

–Vaya con los muertos estos. –dijo Víctor. –¿A cuántos supervivientes os habéis comido en todo este tiempo?

–No lo sé, a muchos, cientos de vosotros.

–¡Joder! Tenemos que volver y acabar con ellos antes de que sigan matando a inocentes. –dijo Jorge.

–Eso pensamos, hemos traído a este aquí para que os acabase de convencer. –dijo Andrea.

–Pues no se hable más. Hoy descansaremos y prepararemos la misión. Mañana de madrugada saldréis a acabar con esta escoria y a haceros con la investigación. Hay que llevarla a algún lugar para que los expertos acaben de mejorar la cura. –dijo Sofía.

Marc se adelantó y pidió la palabra.

–Tenemos que llegar a un punto más elevado para montar el equipo de radio. Desde aquí no tenemos suficiente señal.

–Buena idea. –dijo Álex. –Te acompañaré a lo alto del Pedraforca, desde allí llegaremos mucho más lejos que a Barcelona.

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–Está bien, que os acompañe alguien más por si os encontráis resistencia. Salid cuanto antes. –dijo Roberto.

Un par de voluntarios se unieron a Álex y a Marc. Si todo iba bien, al mediodía habrían llegado arriba con los equipos.

–Perfecto. Los que no vayan a la ascensión acompañarán a Roberto y a Andrea. El resto nos quedaremos aquí a vigilar el fuerte. –dijo Sofía.

–Está vez os acompañaré. No pienso perderme la fiesta. –dijo Víctor.

Su padre asintió y le guiñó un ojo.

–No esperaba menos de ti. –le dijo.

–Eh, desgraciados. –dijo Alberto.

Todos se giraron y lo miraron con desprecio.

–No lo conseguiréis, mis amigos os estarán esperando.

–Mira, Alberto, estoy harto de tu mala educación. ¿Tienes hambre? Pues no te preocupes.

Te ataremos al techo del todoterreno y podrás comer todos los insectos que quieras hasta que lleguemos junto a tus amigos.

–Eres peor que nosotros, que lo sepas. –dijo Alberto. –No puedes ser más cruel.

–Atadlo bien para que no se caiga y que mantenga la boca abierta todo el trayecto. Que duermas bien ahí arriba.

Varios hombres lo cogieron y empezaron con la tarea.

–En veinte minutos salimos. Marc, ¿necesitas ayuda con el equipo? –preguntó Álex.

–No, en nada lo preparo todo.

–Llevad calzado cómodo, tardaremos unas tres horas en llegar a la cima.

–Llévate esta radio, Álex. Nos comunicaremos con ella. –dijo Sofía. –Buena suerte.

A los pocos minutos, los cuatro chicos abandonaron el campamento y se dirigieron a la falda de la montaña.

–Primero subiremos al refugio Lluís Estasen, desde allí alcanzaremos la cima en pocas horas. –dijo Álex una vez llegaron al aparcamiento.

–Estad atentos, en el refugio podríamos encontrar resistencia, seguro que estaba habitado. –dijo Marc, que cargaba a su espalda parte del equipo.

Félix y Pedro también llevaban parte del equipo, pero su principal misión era acabar con esas cosas si tenían que pelear, por lo que llevaban consigo varias armas blancas y una pica en cada mano.

–Adelante. Aseguraros de que lleváis algo para defenderos. –dijo Álex. –Empezamos la ascensión.

El camino hasta el refugio no les llevó más de veinte minutos, todo estaba yendo bastante bien, pero al acercarse y ver el refugio, se dieron cuenta de que para avanzar tendrían que acabar con algunos muertos. Todos eran excursionistas que se habían visto sorprendidos por la nube tóxica, a Álex le sabía muy mal tener que acabar con ellos, pero no había otro remedio.

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Los cuatro compañeros se pusieron en paralelo y fueron clavando sus armas en los cráneos de aquellos pobres chicos. Una vez limpiaron el exterior del refugio, entraron para acabar con el resto, no podían arriesgarse a que otros supervivientes confiados se vieran en apuros.

Nada más abrir la puerta, Félix se vio sorprendido por el guarda del refugio, un zombi enorme que se abalanzó sobre él mordiéndole en el cuello.

–¡No, mierda! –gritó Félix. –¡Ayuda, por favor!

Álex los empujó con fuerza hacia el interior para poder pasar, ya que habían bloqueado la entrada. Sacó la navaja y la hundió en el globo ocular del guarda, que cayó como un saco de cemento.

–¡Joder, qué mala suerte! Tranquilo, estoy presionando la herida todo lo que puedo. –dijo Álex. –Chicos, entrad, puede que haya más.

Marc y Pedro dejaron las mochilas fuera y entraron con sus armas en el momento justo en que una muerta bajaba a trompicones por las escaleras que llevaban a la planta de los dormitorios.

Marc se acercó sin pensárselo y le clavó la pica en la cara, esta entró por su boca y se clavó en la pared. La muerta se quedó ahí inmovilizada hasta que murió del todo.

–Pedro, vamos arriba. Hay que acabar con los que queden. –dijo Marc sacando la pica de la pared y dejando que la muerta cayera al suelo.

–¿Cómo está Félix?

Alex negó con cabeza. Su amigo había muerto. Arrancó el cuchillo del ojo del guarda y se lo clavó a Félix, no quería que pasara por todo aquello.

Los tres amigos subieron al piso superior, pero no había nadie más. Salieron de la casa, se repartieron el peso de su amigo caído y siguieron con la ascensión. Tenían una misión que cumplir.

El resto del trayecto fue duro, pero tranquilo. Al fin llegaron arriba, estaban más muertos que vivos, por lo que descansaron un instante antes de montar el equipo de radio.

–Aquí Álex desde la cima. ¿Me recibís? Cambio.

–Alto y claro. Soy Sofía. Cambio.

–Estamos a punto de instalar la radio. Hemos sufrido una baja, Félix no lo ha conseguido. Cambio.

–Es una noticia muy triste, se lo comunicaré a su hermana, lo sentimos mucho. Cambio.

–Seguimos con lo nuestro, luego hablamos. Cambio.

–Muy bien, tened cuidado. Cambio y corto.

Sofía no pudo evitar derramar una lágrima tras conocer esa horrible noticia. Debía decírselo a su hermana Carla. Era una de las que iban a acompañar a Roberto y al resto a acabar con aquellos monstruos.

Fue a su caravana y le comunicó el fallecimiento de su hermano. Tras el disgusto inicial, se recompuso y reafirmó las ganas de acompañar a sus amigos en aquella misión, mataría el máximo de zombis posibles para vengarse por lo de su hermano.

Sofía le dijo que le iría bien, así no se hundiría pensando en el fatídico destino de Félix.

Tres horas más tarde, Álex se puso en contacto con Sofía. Tenían buenas noticias. Habían tomado contacto con la Base Aérea de Zaragoza. Les habían explicado el hallazgo sobre la cura y los militares les aconsejaron que todos los supervivientes intentaran llegar hasta allí. La nube no se había cebado tanto con aquellas tierras y el camino era sencillo.

Una vez allí, serían capaces de enviar la cura a los laboratorios especializados gracias a los aviones y helicópteros de los que disponían.

Sofía les dijo que volvieran antes de que anocheciera.

A continuación, reunió a toda la comunidad para explicarles las buenas noticias. Ahora solo faltaba recuperar el tratamiento y preparar el viaje a Zaragoza.

Justo cuando empezaba a anochecer llegaron Marc, Pedro y Álex, que rompió a llorar en brazos de Carla por no ser capaz de salvar a Félix. Se consolaron mutuamente con la determinación de acabar con aquellas cosas. Álex decidió acompañar a Carla, no se separaría de ella ni un minuto.

Todos se fueron a dormir con la responsabilidad de considerarse la última esperanza de los humanos. La misión del día siguiente iba a ser decisiva para el futuro de todos.

***

–Juan, hora de dormir. Ya seguirás mañana.

–Jo, ahora que empezaba lo bueno.

–Por lo que me explicas, todo es bueno en ese cómic y ahora tienes que descansar, mañana será un día muy duro.

–¿Qué has visto ahí fuera?

–No se veía nada, Juan. Mañana con la luz del día podremos ver qué ha pasado. Buenas noches.

–Buenas noches. Te quiero.

–Y yo a ti, mi tiarrón.

Lúa se levantó y fue hacia las pantallas. Después de lo que había visto minutos antes, más valía apagarlas hasta el día siguiente. Había mentido a su hijo, pero era mejor así. La nube había alcanzado a su urbanización y no sería agradable que el niño viera a sus vecinos y amigos del cole transformados en esas horribles criaturas. Lo dejaría dormir tranquilo. En unas horas sus vidas cambiarían para siempre.

El despertador sonó a las ocho de la mañana. Habían sobrevivido a la nube tóxica.

Lúa se levantó, se quitó la máscara y preparó el desayuno para los dos mientras Juan se desperezaba.

El niño se sentó en la mesa, tenía las gomas de la máscara marcadas.

–¿Has dormido bien?

–La verdad es que sí, la cama es muy cómoda.

–¿Preparado para lo que nos vamos a encontrar afuera? Están todos infectados, la nube ha debido pasar por aquí esta noche. –mintió Lúa.

–Creo que sí.

–Muy bien, vamos a prepararnos. Y no te olvides del cómic, es más importante de lo que crees.

Lúa se acercó a un armario y sacó dos chalecos antibalas a la medida. Forró los brazos y piernas de su hijo con revistas sujetas con cinta americana. Ella hizo lo propio. Se pusieron las máscaras de nuevo y salieron del refugio. Cada uno llevaba una pistola automática con silenciador. Sabían cómo usarlas gracias a las clases de tiro a las que iban cada semana.

La puerta se abrió lentamente, salieron poco a poco, mirando a su alrededor. Se dirigían a su furgoneta, la cual querían acercar para acabar de aprovisionarla para el viaje.

–Quédate aquí y vigila, ahora vengo.

Lúa salió corriendo, se subió a la furgoneta y la aparcó de espaldas al refugio. Se bajó y abrió las puertas de atrás.

–Voy a recoger unas cuantas cosas, si viene una de esas criaturas no lo dudes y dispara, ¿de acuerdo?

–Sí.

Su madre entró en el refugio y él empezó a vigilar. A lo lejos vio un par de muertos que se acercaban alertados por el sonido del vehículo. Eran los señores Menéndez. Nunca le habían caído muy bien, así que eran un blanco perfecto para calentar. Apuntó a la cabeza del hombre y disparó. Acertó a la primera.

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–Uno menos. –dijo con una sonrisa en la cara.

Entonces apuntó a la señora y apretó el gatillo. No sucedió nada. Volvió a probar, nada.

El arma se había encasquillado.

–Mierda.

Juan cogió unas tijeras de podar que encontró tiradas en el suelo, las abrió un poco y salió corriendo en dirección a la señora Menéndez. Incrustó cada filo de las tijeras en las cuencas oculares de su vecina. Esta cayó al suelo de inmediato.

–Joder, esto es asqueroso.

Juan se quitó la máscara y vomitó encima del cadáver. Se limpió la boca con la manga y volvió a ponerse la máscara.

–¿Qué ha pasado aquí? –preguntó su madre.

El arma se ha encasquillado y he tenido que usar esta podadora, un desastre.

–Déjame ver.

Lúa cogió el arma y la examinó.

–Te ha saltado el seguro, igual a causa del primer disparo. No te olvides de revisar eso lo primero.

–De acuerdo, mamá. Lo siento.

–¡Pero qué dices! si lo has hecho genial. Has salido del embrollo muy bien.

–¡Cuidado, mamá. Mira!

Lúa se dio la vuelta y vio a una horda de al menos veinte muertos acercarse por la carretera principal.

–De estos me encargo yo.

Fue a la furgoneta y sacó un rifle de asalto G36.

–Cierra el búnker y métete en el coche. Ten, arranca el motor.

Juan hizo lo que su madre le dijo. Desde el asiento del copiloto vio como Lúa acribillaba a la horda apuntando a sus cabezas. Uno a uno fueron cayendo hasta que no quedó nadie en pie.

–Ya está. ¿Ves que fácil? –dijo Lúa acomodándose en el asiento del conductor. –¿Preparado?

–¿A dónde vamos?

–A nuestra cabaña de las montañas.

–Mamá, creo que algo falla en nuestra comunicación. Eres una caja de sorpresas.

–Tranquilo, Juan. Durante el trayecto te pondré al día sobre lo que no sabes de mí. Abróchate el cinturón, seguimos con nuestra aventura.

JORDI ROCANDIO CLUA

CAMPING MORTAL. PARTE IV

Espero que os haya gustado. Un abrazo.

Nos leemos.

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