Relatos

RELATO CORTO: “DIME QUIEN SOY”

Hola a tod@s. Llegamos al relato corto número 46 del reto Ray Bradbury. El objetivo es llegar a los 52, tantas semanas como tiene un año. Ya lo tengo cerca.

Disfrutad de la lectura.

 

DIME QUIEN SOY

 

No sabía cómo había llegado hasta aquí. Todo lo que veía a mi alrededor me resultaba desconocido. No entendía nada. Trataba de recordar quién era, pero no había manera, no sabía ni mi nombre ni mi edad. Esperaba que fuera algo transitorio. Igual, la noche anterior había salido de fiesta y todo eso era producto del alcohol o, peor aún, de la ingesta de alguna droga. Esperaba con ganas que así fuera, pues eso querría decir que tal vez empezaría a recordar en un rato.

Pensaba en mis opciones, ahora que ya había recobrado un poco la compostura. No podía seguir sentado en la acera todo el día. Empecé a caminar a ver hacia dónde me llevan los pasos; a ver si, de manera inconsciente, mi cerebro me encaminaba hacia mi casa o hacia mi trabajo, si es que vivía o trabajaba en esa ciudad, claro. Lo más probable era que sí.

Pasé por delante de un escaparate y me miré. Mi aspecto era bastante decente; parecía ser un hombre maduro, ya que tenía el pelo un poco gris, estaba bien peinado y vestía un traje elegante. Tal vez me había desmayado camino del trabajo o de alguna reunión y, al caer al suelo, me había golpeado en la cabeza y, por eso, no recordaba nada. Me toqué para cerciorarme de que no tenía ninguna herida y hallé todo normal.

Continué caminando por la gran avenida en la que me encontraba. Total, no podía hacer nada más. En ese momento, me vino una imagen a la cabeza, mi móvil, claro. Empecé a rebuscar por mis bolsillos, pero no lo encontré. ¿Me lo habrían robado?

Y entonces, visualicé más imágenes: cartera, llaves, tarjetas de presentación, cosas que solía llevar encima. Rebusqué y tampoco encontré nada; mierda, seguro que me habían robado mientras estaba inconsciente.

Me empecé a desesperar y decidí observar a la gente con la que me cruzara a ver si encontraba algún rostro familiar. Si ese era un trayecto que solía hacer, tal vez alguien me sonara y despertase mis recuerdos.

Pasaba algo muy extraño, la gente que pasaba frente a mí no me dirigía la mirada. Nadie, absolutamente nadie, me miraba. No sé, lo normal es echar alguna mirada de vez en cuando a las personas que pasan a tu lado, al menos es lo que yo hacía. Pues nada, todo el mundo pasaba de mí. Incluso hice alguna tontería con los brazos para llamar la atención. Nada, seguían sin mirarme. Todo parecía muy extraño y, entonces, me fijé en un cartel publicitario y me llevé una gran sorpresa, ya que el hombre que aparecía en el anuncio era yo.

Increíble, cada vez estaba más alucinado. El anuncio era de una entidad bancaria, y ponía mi nombre y mis apellidos como si fuera el presidente u ocupara un cargo importante. En él se invitaba a futuros clientes a que se unieran a la entidad; la oferta de productos debía de ser buena, un reclamo para conseguir nuevos clientes.

El nombre que leí fue «Borja Rodrigo de los Llanos», nombre que me recordó a la gente acaudalada, por lo que la idea del robo se me hizo cada vez más plausible. Si yo era una persona de renombre, sería un buen objetivo para los amigos de lo ajeno.

Una imagen me vino a la memoria de repente, como un flash. Veía a mucha gente, parecía una importante convención, iban todos elegantes y escuchaban respetuosos al orador, pero no recordaba nada más, ni de qué iba la charla, ni dónde o cuándo había sido.

Seguí caminando más tranquilo, parecía que los recuerdos empezaban a volver.

Mientras recorría diferentes calles, cada vez más estrechas, me crucé con una mujer y, al verla, recordé de inmediato a mi guapísima mujer y a mis hijos, dos chicos y una princesa preciosa, mi hija pequeña. ¡No! Ese recuerdo fue devastador. Me vino a la mente la horrible enfermedad degenerativa que sufrió mi pequeña, la cantidad ingente de dinero gastado en vano para encontrar un remedio. Recordé su agonía y su muerte, su entierro, todo. Lo recordé todo sobre ella. De inmediato, me derrumbé y me puse a llorar desconsolado. Nadie debería pasar por algo así. Estábamos preparados para ver morir a nuestros padres, pero nadie te preparaba para ver morir a un hijo.

Pasé así varios minutos, hasta que ya no pude llorar más. Me incorporé y mis pasos me siguieron llevando por esas callejuelas sin sentido, por esos estrechos callejones.

Mis piernas, hartas de caminar, decidieron pararse. Ya estaba bien de tanto paseo por aquí y por allá. Miré a mi alrededor, la gente seguía sin hacerme el menor caso. Incluso ni se sorprendía cuando me ponía en medio para ver si me esquivaba. Al final, tenía que ser yo el que se apartaba por miedo a hacerle daño.

Todo parecía una broma de mal gusto. Finalmente, decidí sentarme, asqueado de todo y sumamente cansado. Cuando alcé la mirada hacia la acera de enfrente, vi a alguien que me saludaba desde el interior de un pequeño establecimiento. Yo miré hacia atrás por si saludaba a otra persona, pero tenía una pared a mis espaldas, así que debía ser a mí. Gesticulé señalándome para ver si estaba en lo cierto. La mujer de dentro asintió con la cabeza y movió la mano, invitándome a pasar. Era la primera persona con la que interactuaba desde hacía horas. Me levanté extrañado y me dirigí a la tienda. La mujer se acercó a la puerta, la abrió y me invitó a pasar.

—Buenos días, señor Rodrigo, le estábamos esperando —dijo la extraña mujer.

—Eh, ¿buenos días? —le respondí un tanto perplejo.

—Si es tan amable, sígame, por favor. Su mujer lo está esperando en esa sala.

—¿Mi mujer? ¿Está aquí?

—Por supuesto, señor. Es ella la que me ha pedido que lo trajera hasta aquí.

—¿Que me trajera? ¿A mí? Si he venido solo.

—Tranquilo, señor Rodrigo, que ahora hablaremos tranquilamente.

La mujer se dirigió hacia una pequeña sala contigua a la recepción. La seguí, cada vez más confuso. Cuando entramos, vi a mi mujer sentada en una butaca con un semblante serio, triste.

—Cariño, por fin. No te imaginas lo que me alegra verte, vaya día de mierda llevo. Me he despertado en el suelo…

—No puede oírle, señor Rodrigo, todo lo que le tenga que decir debe comentármelo a mí y yo se lo comunicaré a su esposa.

—Pero, ¿qué demonios dice? ¿Cómo que no puede oírme?

—Entiendo. Veo que no comprende lo que sucede aquí. Verá, señor Rodrigo. Usted falleció hace unos días y su mujer ha venido a mi consulta para que lo invoque. Soy una médium.

En ese instante, cientos de imágenes se agolparon en mi mente. Los recuerdos de los últimos días de mi vida se me aparecieron. Vi cómo moría mi hija entre terribles sufrimientos, vi su entierro y mi desesperación, vi cómo me iba hundiendo cada vez más, cómo compraba, en un asqueroso callejón, un arma a un traficante, vi cómo me dirigía con mi coche hacia un descampado y me hacía saltar la tapa de los sesos. Y ya no vi nada más.

Mi rostro de muerto debía de parecer más blanco de lo normal, porque hasta la médium me preguntó si me encontraba bien. Yo pensé que era una pregunta de lo más estúpida, pero acabé por responder que sí, que ya me acordaba de todo. Respiré profundamente, o eso creí, intentando asumir la situación.

Después de unos minutos, asentí y, un poco más tranquilo, me dirigí a la que parecía ser la única persona que me veía y escuchaba.

—Primero de todo, le doy las gracias por darme la oportunidad de despedirme de mi mujer. Dígale que la quiero mucho y que siento en el alma que todo haya acabado así. Mis hijos también se merecen una disculpa.

Esperé unos segundos hasta que se lo dijo todo y, entonces, volví a escuchar su dulce voz.

—Sí, sí, todo eso está muy bien, pero yo solo quiero saber dónde ha guardado la llave de la caja fuerte con todas las joyas y los papeles de nuestras propiedades.

No me lo podía creer. Esperé unos minutos, estupefacto por lo que acababa de oír. Mi mujer, después de tantos años disfrutando de mi fortuna y de lo que creía que era amor verdadero, me trataba de esa manera. No le diría nada.

Sin decir nada más, me di la vuelta y me dirigí a la salida.

Tenía curiosidad por saber qué me depararía la muerte. Esperaba que fuera mucho mejor que la puta vida.

JORDI ROCANDIO CLUA

Nos leemos.

 

 

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