Relatos

RELATO CORTO: “CAMPING MORTAL. PARTE IV”

Hola a todos. Os traigo la cuarta entrega del relato CAMPING MORTAL. Con la continuación de esta historia llego al relato número 49 del Reto Ray Bradbury. Estoy a tres semanas de publicar un escrito cada semana durante un año. No os podéis imaginar lo emocionado que estoy.

Ahora sí, disfrutad de esta apasionante aventura.

 

CAMPING MORTAL. PARTE IV

 

Los habitantes del camping pasaron la noche de distintas formas. Algunos fueron capaces de conciliar el sueño y descansar; otros se mantuvieron en un incómodo duermevela conocedores de la gran responsabilidad con la que iban a cargar hasta que encontrasen la base militar de Zaragoza. 

El trayecto sería largo y plagado de peligros, pero ellos eran muchos y bien entrenados. Tenían que ser positivos y no desfallecer.

El pequeño grupo que iría a Barcelona a aniquilar a aquellas criaturas estaba ultimando los preparativos. Iban bien preparados con todo tipo de armas para hacer frente a la lucha que tendría lugar. Los vehículos estaban blindados y su propia experiencia en combate cuerpo a cuerpo casi garantizaba el éxito. Si todo iba bien, por la noche los verían aparecer victoriosos.

Para cuando llegasen, Sofía lo tendría todo dispuesto para el largo viaje hacia tierras aragonesas. Viaje que tendría lugar al día siguiente a primera hora.

Roberto y Víctor se acercaron a Sofía.

–Bueno, cariño. Ya lo tenemos todo listo. Portaros bien por aquí. –dijo Roberto.

–Id con cuidado y no os entretengáis. ¿Andrea está preparada?

–¿Quién habla de mí? –dijo la joven mientras se acercaba sonriente.

–Hola, pequeña. ¿Lo tienes todo listo? –preguntó Sofía.

–Sí, ya he acabado de acomodar a Alberto. Se lo va a pasar genial. Le he bloqueado la boca con un palo para que no se le escape ni un bicho. Álex, Carla y Jorge irán conmigo en el coche, así que voy muy bien acompañada.

–Esta mañana te he preparado una pierna nueva, ¿te la has cambiado?

–Sí, mira. Va estupenda. –dijo Andrea dando unos saltitos.

–En nuestro coche vienen Marc, Pedro y Antonio. Nos irán bien esos músculos. –dijo Roberto.

Todos se giraron a observar a Antonio, un grandullón de dos metros y ancho como un armario.

–Sois un buen equipo. Eso sí, os ordeno que volváis de una pieza, sino me enfadaré mucho, ¿entendido?

–A sus órdenes, jefa. –gritaron todos a la vez.

Se despidieron del resto de los habitantes de la comunidad y se subieron a los vehículos. Abrieron las macizas puertas y se alejaron carretera abajo.

–Buena suerte. –susurró Sofía.

Llegaron a la carretera principal sin problemas, esa zona estaba limpia de caminantes y cada vez llegaban menos hasta allí. 

El trayecto hasta el polígono industrial era otra cosa, con tantas extensiones de tierras y tantas poblaciones, de vez en cuando tenían que parar a deshacerse de pequeños rebaños de muertos. Antonio hacía tiempo que no se enfrentaba a ellos, por lo que era el primero en bajar del coche y liarse a cortes con los dos puñales que llevaba. Al resto ya le iba bien, necesitarían de todas sus energías para el enfrentamiento final. 

Cuando llegaron al peaje, volvieron a encontrar resistencia. Era como si los no muertos quisieran vengarse de esa barrera que tantos años atrás les había vaciado los bolsillos sin motivo. Ahí sí que tuvieron que bajar todos y avanzar con precaución. Uno de los grupos atacaba a los caminantes mientras que el otro vigilaba los flancos para no verse sorprendidos. 

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–Buen trabajo. A partir de ahora debería ser más sencillo, pero no os fieis. Recordad que nos enfrentamos a zombis inteligentes, no será tan fácil acabar con ellos. –dijo Roberto.

–Mi padre tiene razón. Nos estarán esperando. La desaparición de Alberto los habrá puesto en guardia, así que tendremos que organizar muy bien el ataque. –añadió Andrea.

Todos se giraron para ver al zombi rehén. Los miraba con su único ojo. Tenía la cara llena de bichos y en la boca se acumulaban restos bastante desagradables. Víctor se acercó a hablar con él.

–Espero que no estés pasando hambre. Para que luego digas que no te tratamos bien.

Alberto gimió e intentó zafarse, pero sus ataduras se lo impidieron.

–Tranquilo, que ya falta menos. –dijo Víctor dándole unos suaves golpes en la pierna.

–Vamos, no hay tiempo que perder. –dijo Roberto. –Todos a los coches.

Llegaron a su destino dos horas después. Cómo en la ocasión anterior, aparcaron algo alejados de la nave industrial y subieron la colina para observar. No se veía movimiento por ninguna parte.

–Deben estar todos dentro. –dijo Jorge.

–No me fío, demasiada tranquilidad. Vamos a tener que separarnos y acercarnos por dos rutas diferentes. Si yo fuera ellos, cogería a unos cuantos hombres y me escondería en aquellos edificios a esperar nuestra llegada, al resto los dejaría dentro, bien parapetados. –dijo Álex.

–Tienes razón. Será mejor que nos separemos. Andrea, id hacia los edificios, nosotros avanzaremos hacia la entrada para cubriros la retaguardia. Si salen a ayudar a sus compañeros nos encargaremos de ellos. –dijo Roberto.

Todos asintieron y se separaron. El punto de encuentro sería la puerta principal de la nave.

Álex se encargó de abrir el grupo.

–Nos iremos acercando poco a poco, tenemos que ir bien agachados y en silencio. Carla, ponte detrás de mí. Andrea, cierra el grupo y vigila la retaguardia.

–De acuerdo. –dijo Andrea mientras se ajustaba la correa de la pierna y empuñaba el cuchillo.

Bajaron la colina por la parte de atrás y se acercaron a la carretera con cautela. Esperaron unos segundos y la atravesaron corriendo, resguardándose en la pared de un edificio. Lo rodearon y se fueron acercando a la nave industrial escondiéndose detrás de los vehículos abandonados.

Mientras tanto, el grupo de Roberto encaró el camino hacia la nave de una manera más directa. Escondidos entre los matorrales se desplazaron hacia la izquierda para llegar por el lado opuesto a sus compañeros. Cruzaron la carretera arrastrándose por el suelo para no ser vistos. Se resguardaron a la sombra de un edificio justo al lado de su objetivo.

Álex avanzaba despacio. Al girar la esquina, vio a un grupo de cuatro zombis parapetados detrás de una furgoneta de reparto. Estaban mirando hacia la nave industrial, por lo que no los vieron llegar.

–¡Alto! –susurró a sus compañeros. –Mirad, allí están, esperándonos. –dijo Álex. –Son cuatro y solo llevan palos. Podremos con ellos. –dijo Andrea.

–Vamos tú y yo. En principio, será suficiente. –dijo Jorge.

–De acuerdo. Chicas, vigilad y si veis que estamos en apuros no dudéis en ayudarnos. –dijo Álex guiñándole un ojo a Carla.

–Hecho. –dijo Carla sonrojándose.

Andrea sonrió. Entre aquellos dos había algo más que amistad.

Los dos chicos salieron de su escondite y encararon a los zombis.

–Hola. ¿Nos estabais esperando? –preguntó Álex.

Las cuatro criaturas se giraron. Tenían el aspecto de un caminante, pero sus miradas eran diferentes, estaban vivas y expresaban a la perfección sus sentimientos y emociones.

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Dos de ellas se acercaron con los palos en alto.

–Mirad que tenemos aquí. Comida fresca. No hemos tenido ni que salir a buscarla. –dijo uno de los zombis.

Jorge se adelantó con dos enormes cuchillos de cocina. El primer zombi lo atacó a la cabeza con el bastón, pero cuando iba a impactar, se agachó ladeándose ligeramente. Con un movimiento rápido, seccionó las dos piernas a la altura de las rodillas. Este cayó al suelo en una postura muy graciosa. No le dio tiempo ni a replicar, Jorge atacó de nuevo. Su cabeza salió volando y se estampó contra la pared.

El otro zombi gritó furioso y embistió en un intento de tirarlo al suelo, pero Jorge lo esquivó en el último momento, haciendo que el caminante perdiera el control y cayera a los pies de Álex, que sin pensarlo dos veces, bajó su cuchillo para atravesarle el cráneo.

–¡No se te ocurra hacer eso! 

Fue demasiado tarde, el caminante murió en el acto atravesado por el cuchillo. Entonces, Álex se giró y vio a dos zombis acercarse con Carla y Andrea entre sus brazos. Unos amenazantes cuchillos descansaban en sus gargantas.

–Te he dicho que pararas, desgraciado. Ese de ahí era mi amigo.

Álex y Jorge hicieron el amago de correr hacia los nuevos visitantes.

–Si os movéis las matamos. –dijo uno de ellos.

–Lo siento. No los hemos oído llegar. –dijo Andrea.

–Tranquilizaros. No les hagáis daño o será vuestro fin. –dijo Jorge.

–Nosotros ya estamos muertos, amigo. Estamos condenados a vivir así para siempre. No tenemos nada que perder.

Álex miraba hacia atrás para controlar a los otros dos zombis que todavía seguían con vida. Se estaban acercando lentamente. Portaban un puñal cada uno. Cada vez lo tenían peor para sobrevivir. Estaba claro que les habían tendido una trampa, eran más listos de lo que parecía.

–Lo podemos arreglar. Hemos venido a buscar la cura, sabemos que os dejó a medio camino entre los vivos y los muertos, pero sabemos de alguien que os puede ayudar. –dijo Jorge intentando ganar tiempo.

–Para esto no hay remedio, amigo. Lo siento, pero os necesitamos como alimento. Despediros de vuestras amigas.

–¡No! –gritó Álex.

Entonces, dos puñales pasaron volando al lado de su cabeza y se clavaron en la frente de cada uno de los zombis que tenían retenidas a sus amigas. Estos cayeron al suelo en el acto.

–Pero ¿qué demonios…?

Álex se giró y vio a los dos zombis que quedaban con los brazos extendidos. Ellos habían salvado la vida de sus amigas.

Carla y Andrea se unieron a los chicos y encararon la nueva amenaza.

–¡Esperad, somos amigos! –exclamó uno de ellos.

–Es cierto, no queremos haceros daño. –dijo el otro, que resultó ser una mujer.

–Explicaros o estáis muertos. –dijo Jorge.

–De acuerdo, pero tranquilizaros. Fuimos de los primeros a los que esta gente secuestró. No vivíamos muy lejos de aquí. Cuando mataron a los científicos y empezaron a tener hambre, atacaron nuestro pueblo, matando a muchos de nuestros vecinos. Cuando hubieron saciado su hambre, cogieron a los supervivientes y nos llevaron a la nave. A unos se los comieron, pero a otros nos mordieron para transformarnos y nos inyectaron la cura para agrandar el pequeño ejército que están haciendo.  No estamos de acuerdo con nada de lo que hacen, pero ellos piensan que sí, que al ser como ellos tenemos que hacer las mismas cosas. 

–Sí, mi marido tiene razón. Cuando desapareció Alberto, todos supusieron que volveríais y organizaron un plan para haceros frente. Nosotros no somos así. Os queremos ayudar a acabar con ellos para que no ataquen a más inocentes.

–No os creáis una palabra, seguro que es una trampa. –dijo Jorge.

–Si creéis que mentimos, adelante. Matadnos. –dijo el zombi acercándose y ofreciendo su cabeza. –No haré nada para evitarlo.

Álex se acercó a Jorge y le cogió del brazo.

–Espera. ¿Y si dicen la verdad?

–Vuestros amigos corren peligro. –dijo la zombi. –Os hemos visto llegar. Si no os dais prisa todos morirán.

Andrea se acercó a ella y la cogió por los hombros.

–Mi padre y mi hermano están allí. ¿Qué va a pasar?

–Os ayudaremos si confiáis en nosotros. Debemos acabar con ellos. Son unos monstruos, bueno, somos.

–Álex, por favor. Como digan la verdad y nuestros familiares y amigos mueran, no nos lo podremos perdonar nunca. –dijo Carla.

–¡Joder! Vale, pero no os perderemos de vista.

–De acuerdo. Mi nombre es Manolo y ella es Conchi. Un placer. 

–Déjate de presentaciones y habla. –dijo Andrea.

–Sí, tienes razón. Verás, han instalado explosivos en la entrada de la nave industrial. El plan era que unos u otros la abrieran, matando a los que quedaseis vivos.

–Mierda, debemos avisarlos. –dijo Carla.

–Nuestros compañeros están encerrados en la parte trasera de la nave, en el laboratorio, donde la explosión es imposible que les alcance. –dijo el zombi llamado Manolo.

–¿Cómo vamos a entrar? –preguntó Carla.

–No te preocupes, querida. Sé el código de desactivación. Solo tengo que entrar por una ventana y apagar el sistema. –dijo Conchi.

–Mientras tanto, yo puedo decirles que os hemos reducido a todos y que no hay peligro, así saldrán de su escondite y los podréis atrapar. Si se quedan allí dentro no podréis hacer nada.

–No me gusta tener que dejarte solo. –dijo Álex dirigiéndose al zombi.

–Mi mujer es la garantía de que no os traicionaré. Podéis confiar en nosotros.

–Está bien. No nos queda otra alternativa. Vamos, queda poco tiempo.

Salieron corriendo hacia la nave industrial. Cuando llegaron a una de las ventanas laterales se detuvieron.

–Es aquí, pero no pienso dejarte sola. Disculpa que no me acabe de fiar. –dijo Álex.

–Lo comprendo. De todas maneras, necesitaré ayuda para subir hasta la ventana y bajar al otro lado. –dijo Conchi.

–Yo iré hacia la parte de atrás. Hay un intercomunicador. Me dejarán pasar y les convenceré de que ya no hay peligro y de que abran la puerta del laboratorio. Daros prisa. Si vuestros amigos abren la puerta están perdidos.

El grupo se separó. Andrea, Carla y Jorge se dirigieron a la parte delantera de la nave. Era muy grande, debían darse prisa. Al girar la esquina, vieron como el grupo de Roberto estaba apostado a los lados de la puerta. Estaban preparados para entrar.

–No hay nadie a la vista, deben estar dentro esperando. –dijo Marc.

–Tenemos que aguantar unos minutos más. Andrea y el resto deben estar al llegar. –dijo Roberto.

–Mira, por ahí vienen. –dijo Antonio.

Jorge se adelantó.

–Apartaros de la puerta, ¡rápido!

–¿Qué?

–Ahora os lo explico, pero apartaros, es una trampa. Hay un explosivo preparado para detonar en cuanto se abra.

Todos se alejaron corriendo y se resguardaron detrás de varios vehículos.

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–¿Dónde está Álex? ¿Cómo sabéis que es una trampa? –preguntó Roberto.

–No te lo vas a creer, papá. Dos zombis nos ayudaron a acabar con un grupo que casi nos mata. Ahora mismo, una de ellos está con Álex desactivando la bomba. El otro ha ido a convencer al resto de zombis para que salgan del laboratorio. Están allí esperando a que saltemos por los aires.

–¿Habéis dejado a Álex solo? Puede ser una trampa. –dijo Roberto.

–Confía en mí, papá. Tendrías que haber visto sus miradas. Creo que dicen la verdad. No sé bien por qué, pero nunca fallo en estos casos. –dijo Andrea.

–Cierto, hija. Confío en ti. Esperemos que tengas razón una vez más.

Esperaron en silencio cinco minutos. Empezaban a desesperarse. ¿Habrían atrapado a Álex? ¿Se lo habrían comido? o peor aún, ¿lo habrían transformado?

Entonces, se oyó un ruido. Todos miraron hacia la nave. La puerta principal de se abrió y vieron aparecer a una zombi y a Álex.

–¡Es Conchi! Lo han conseguido.

Álex les hacía señas para que se acercaran. Salieron de sus escondites y se aproximaron con cautela.

–Amigos, esta señora es Conchi y nos acaba de salvar la vida por segunda vez. –dijo Álex.

–Un placer. –saludó Conchi.

–Muchas gracias, señora. Le estamos muy agradecidos. Sé que ha salvado la vida de mi hija y la de nuestros amigos, nunca se lo podré agradecer lo suficiente.

–No ha sido nada, joven. Lo que sea para acabar con esta gente. Están locos. Pero dejemos la charla para luego. Ahora seguidme. Mi marido ya debe haber entrado en el laboratorio. Prepararos, lo que vais a ver ahí dentro no es agradable. Nosotros nos hemos estado alimentando de animales del bosque. No podíamos comernos a otras personas, pero ellos…

Entraron en la nave y se dirigieron a la parte de atrás. Por todas partes había cadenas ancladas al suelo con restos de personas en estado de putrefacción, el olor era horrible. 

Llegaron a una puerta metálica. Estaba cerrada.

–Es aquí. No deberían tardar en salir. Tenemos que escondernos. En cuanto aparezcan los rodearemos, no son demasiados. –dijo Conchi.

Se situaron en posición. Tenían todos los ángulos cubiertos. 

A los pocos minutos se oyó un clic. La puerta se abrió y empezaron a salir zombis. Eran ocho en total.

Salían sonrientes y haciendo comentarios desagradables sobre cómo se iban a poner con tanta carne fresca. 

De repente, la cabeza de un zombi fue atravesada por un puñal. El resto de zombis se giraron sorprendidos.

–Pero ¿qué haces, Manolo?

Sin dar tiempo a nada más, este se acercó al zombi que había hablado y le perforó la cavidad ocular con el otro puñal. 

Roberto y los demás salieron de sus escondites y se ensañaron con los que quedaban. En pocos minutos solo quedaba en pie el tal Manolo.

Conchi se acercó para protegerlo antes de que lo mataran.

–¡Esperad! es mi marido. Todo ha acabado. ¡Relajaros! –exclamó.

Manolo alzó las manos en son de paz.

–Hola, me alegro de que todos estéis bien. 

El grupo bajó las armas y se relajó.

–Un placer, Manolo. Gracias por la ayuda y por salvarnos la vida. –dijo Roberto. –Mi mujer se va a poner muy contenta cuando nos vea aparecer a todos sanos y salvos.

–Me alegro. Esta gente era una plaga, mucho peor que los muertos normales, ya que estos sabían perfectamente lo que se hacían.

Se fueron saludando entre todos con cuidado de no dañar la frágil piel de la inesperada pareja que se les había unido.

–Bueno, cojamos lo que quede de la cura y volvamos a casa. –dijo Marc.

–Sería un honor para todos nosotros que nos acompañarais. –dijo Andrea.

–Sí, tener amigos zombis es lo más. –dijo Víctor, que se había comportado como un campeón.

Todos rieron relajados al ver que la pesadilla había terminado.

En las neveras del laboratorio encontraron varios viales con la cura. Si conseguían llegar hasta los militares, seguro que podrían avanzar en la investigación.

–Hemos contactado con militares en Zaragoza. Mañana nos dirigiremos hacia allí. Seguro que os atenderán e intentarán revertir vuestro estado. –explicó Roberto.

–No tenemos nada que perder. Os acompañaremos. No seremos una carga. Gracias. –dijo Manolo.

Salieron de la nave y se dirigieron a los vehículos. El pobre Alberto estaba achicharrado al sol. Los miraba con su único ojo, alucinado de ver a dos de sus compañeros junto a aquellos humanos.

Andrea le quitó el palo de la boca para que pudiera hablar.

Empezó a toser y a escupir el resto de mosquitos que tenía en la garganta.

–¿Qué hacéis con esta gente? Sois unos traidores de mierda.

–¿Puedo? –preguntó Conchi.

–Todo tuyo. –dijo Andrea.

La zombi se acercó y cortó las correas que sujetaban a Alberto a la baca del todoterreno. Este cayó al suelo de cabeza, haciendo que su cuello se torciera en un ángulo imposible.

–Desgraciados, os voy a matar. Os lo prometo. –balbuceó.

Conchi se acercó, le introdujo la mano en la boca, sacó la lengua y se la cortó de cuajo.

–Mejor así. Nunca salía nada agradable de esa boca. –dijo Conchi.

–¿Qué hacemos con él? –preguntó Víctor. –No nos lo podemos llevar. Sería un estorbo.

–Tengo una idea. Enterrémoslo bien hondo y que viva a oscuras el resto de su vida. Este desgraciado no se merece nada mejor. Por Félix y el resto de inocentes que han muerto por culpa de esta gente. –dijo Carla.

–Me parece bien. Yo me encargo. –dijo Antonio.

Todos asintieron.

Cogió una pala y empezó a cavar como un loco. En pocos minutos había hecho un hoyo de varios metros. Cogió el trozo de carne en el que se había convertido Alberto y lo tiró dentro. Lo último que vieron antes de enterrarlo del todo fue el ojo de Alberto con una expresión de horror indescriptible.

A continuación, se subieron a los vehículos y abandonaron ese maldito lugar. 

***

Juan cerró el cómic.

–Vaya aventura que acabo de leer, mamá. La cosa se está poniendo seria.

–¿Sí? me alegro. Cuando lleguemos a la cabaña podrás leer la continuación. Ya te queda poco, ¿verdad?

–¿Cómo lo sabes? ¿Tienes más cómics? ¡Qué pasada!

–Yo también me lo leí. Ya te explicaré, ya. Tengo unas cuantas sorpresas preparadas para ti.

Lúa y Juan se dirigían al norte, a la cabaña donde podrían estar seguros de aquellas cosas. Al menos, eso es lo que le había dicho su madre. 

El niño no salía de su asombro. Su madre no era lo que él siempre había pensado. Sabía que era una friki de las películas apocalípticas, pero no se imaginaba que lo tuviese todo tan bien pensado. Su madre le había dicho que todo había sido gracias a su desaparecido padre, que gracias a él ahora podían llegar a un refugio seguro donde planificar con calma su próximo paso. Lo que no llegaba a comprender era el motivo por el que su padre se preparaba para algo tan terrible.

–Ya verás, Juan. La cabaña dispone de un perímetro seguro con una valla electrificada. Dentro de la finca hay varias trampas repartidas por el terreno, otro refugio totalmente equipado y una casa de madera con todas las necesidades básicas. Además, dispondremos de una potente estación de radio para estar al corriente de las noticias que suceden por el mundo.

–¿Cuándo construisteis todo eso? –preguntó Juan con cara de asombro.

–Hace unos años, tu padre y yo dedicamos muchas horas a fortificar la propiedad. Eras muy pequeño y por eso no te acuerdas, pero ya has estado allí en varias ocasiones.

Lúa vio a lo lejos que la carretera estaba cortada debido a la acumulación de coches que habían abandonado la ciudad. Se veían algunos caminantes dando tumbos de un lado a otro.

–Mira, Juan. Zombis. Debemos salir de aquí.

Se desviaron a la derecha por un camino de tierra.

–Por aquí tardaremos un poco más, pero es más seguro. Estas pistas nos llevarán a la cabaña dando un rodeo.

–¿Por qué papá tenía esa obsesión con los apocalipsis?

Lúa se puso tensa. Sabía que su hijo no era tonto y que tarde o temprano tendría que contarle el secreto que llevaba años ocultando, pero quería esperar a llegar a la cabaña. Allí lo entendería mejor.

–Te lo contaré todo, pero te pido un poco de paciencia. La historia que escucharás es sorprendente, inimaginable para mí hasta hace poco. ¿Podrás esperar un poco más?

–Claro, mamá.

–Gracias, pequeño.

De repente, Lúa frenó en seco. Si no hubiesen llevado atados los cinturones de seguridad, hubieran salido despedidos por el parabrisas.

–¡Mierda! –exclamó Lúa.

Un rebaño de zombis bloqueaba la pista de tierra y se estaba acercando. Empezaban a rodear la furgoneta.

–Sígueme, Juan. Subiremos al techo y los abatiremos desde arriba antes de que se acumulen y nos desborden.

–¿Llevamos las pistolas? –preguntó Juan sacando la automática de su funda.

–No, con estas pértigas tendremos suficiente, así ahorraremos munición.

Lúa abrió el techo, cogió dos lanzas y las situó una a cada lado de la apertura. Primero subió ella y luego ayudó a su hijo.

–No tengas piedad, hijo. Acaba con ellos. Ten cuidado, si se te cae la lanza tendremos problemas.

–De acuerdo.

Aseguraron bien los pies y empezaron a atravesar cabezas con las picas. Los cráneos eran más frágiles de lo que parecía en un principio, por lo que poco a poco fueron acabando con todos.

Juan estaba emocionado, se lo estaba pasando genial. Acababa de matar al último de los zombis de su lado cuando de repente oyó un grito. Se giró y no vio a su madre. Corrió hacia el otro lado y la vio tumbada en el suelo, un caminante la había agarrado de un pie y la había desequilibrado, provocando que se cayera de la furgoneta. Juan analizó la escena. Su madre había soltado la lanza de la mano, que estaba insertada en la cabeza de un muerto, otro zombi la agarraba de los pantalones, subiendo poco a poco por su cuerpo. Juan miró alrededor y vio que solo quedaba ese muerto por los alrededores. Su madre se estaba recuperando de la caída, pero estaba aturdida y un pequeño hilo de sangre le caía por la frente.

–Ya voy, mamá.

Juan no se lo pensó dos veces y saltó desde arriba con la lanza apuntando a la cabeza del zombi. Esta se clavó en su objetivo y Juan salió rodando por la hierba. Se incorporó y se acercó a su madre.

–¿Estás bien?

–Sí, cariño. Muchas gracias, pensaba que no lo contaba. Eres muy valiente.

–No ha sido nada. De hecho, ha molado un montón. ¿Has visto mi salto? –preguntó emocionado.

–Lo he visto, ha sido espectacular.

Juan ayudó a su madre a levantarse y apartaron los cadáveres que obstaculizaban su avance.

–Bueno, sigamos. Si todo va bien, llegaremos al anochecer.

Lúa se curó la herida con el botiquín que tenía para emergencias y continuaron el trayecto. El resto del camino fue tranquilo. De vez en cuando se cruzaban con algún caminante, pero lo dejaban atrás sin tener que entrar en el cuerpo a cuerpo.

Al cabo de unas horas, cuando el atardecer dejaba paso a la noche, se pararon delante de una puerta metálica. A ambos lados se extendía un muro de hormigón con alambre de espino en lo alto. Cada pocos metros había un soporte con una luz que parpadeaba. Si alguien tocaba el alambre se electrocutaría.

Lúa abrió la guantera y extrajo un mando a control remoto, accionó el único botón y la puerta se abrió. Entraron en el interior de la finca y esperaron a que la puerta se cerrara de nuevo, no querían tener invitados no deseados.

Avanzaron por una pequeña carretera de grava, al fondo se veía la cabaña de madera. A ambos lados del camino se intuían las trampas que Lúa había mencionado. Amenazadoras estacas sobresalían del suelo. A escasos metros de la vivienda Juan vio la entrada a un refugio.

–¡Esta finca es muy grande! –se sorprendió el chico.

–Te gustará. Nos costó un gran esfuerzo levantar todo esto. Aquí estaremos a salvo.

–Veo luces por todas partes. ¿Cómo es posible?

Aparcaron la furgoneta enfrente de la cabaña.

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–Vamos, Juan. Ha llegado el momento de que conozcas la verdad. No te había hablado de esto porque eras muy pequeño y no nos podíamos arriesgar a que se lo contaras a tus amigos del colegio. Sin embargo, ya no importa.

La puerta de la cabaña se abrió y apareció la silueta de un hombre. Estaba en penumbra y apenas podía distinguirse su vestimenta. Juan lo miró con interés y un tanto alarmado. Vestía unos pantalones color caqui, unas botas de montaña gastadas y una camisa a cuadros.

El hombre avanzó y la luz del porche lo iluminó.

–Hola. Empezaba a estar preocupado por vosotros. ¿Ha ido bien el viaje? –preguntó el extraño.

–Pero ¿qué…?

–Venga, pequeño. No te quedes ahí. Dale un abrazo a tu padre. –dijo Lúa con una sonrisa en los labios. 

JORDI ROCANDIO CLUA

Nos leemos.

1 comentario en “RELATO CORTO: “CAMPING MORTAL. PARTE IV””

  1. Me ha encantado✍🏻 Soy una friki de los zombis, adoro Walking dead y ahora adoro tu relato✍🏻😍 Es magnífico!! Muchísimas felicidades!!
    Silvia Arrú.

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