Relatos

RELATO CORTO: “LA MIRADA DEL MAL”

Hola a todos, esta semana publico el relato número 51 del Reto Ray Bradbury, a uno de completar el año.

¿Hasta dónde puede llegar una mente brillante para conseguir sus fines? La ética debería imponerse en algún momento, no sé si aquí se podrá controlar.

Disfrutad de la lectura.

 

LA MIRADA DEL MAL

 

Esteban González llevaba una vida acomodada. Nunca le había faltado nada. Gracias a la fortuna de su familia, había podido estudiar donde había querido y la carrera que le había apetecido. Durante toda su infancia le había apasionado el estudio de la vida animal, por lo que se decantó por los estudios de Biología.

No sabía por qué, pero le encantaba el estudio de todo lo que hiciera referencia a la vida de cualquier ser vivo. Ya fuera humano o animal, podía pasarse horas investigando y buscando el significado a todo lo que hacía que la vida fluyera.

Esa inquietud lo había llevado a realizar diferentes experimentos para buscar una mejora genética que hiciera dar un paso más en la escala evolutiva.

Decidió abandonar su hogar para poder efectuar lo que tenía en mente. En su nueva casa particular había hecho construir un laboratorio donde poder llevar a cabo sus experimentos con total discreción.

laboratorio

Su labor principal consistía en modificar las células a nivel molecular. Mezclaba el ADN de diferentes especies para ver si sobrevivían a la gestación, para así mejorar su especie.

La mayoría de los resultados eran auténticas abominaciones que morían a las pocas semanas. Pero, poco a poco, fue mejorando sus técnicas y las criaturas vivían cada vez más tiempo, aunque acababan falleciendo irremediablemente.

Un día se le ocurrió abandonar los experimentos con pequeñas especies y centrarse en una idea descabellada. Pretendía cruzar los genes de grandes mamíferos con los genes de todo tipo de lagartos e insectos. No hacía falta imaginar las deformidades que tuvo que descartar. Los fetos no sobrevivían más de unas cuantas horas y no había manera de estabilizar los proyectos.

Le dio vueltas y más vueltas a cómo superar ese escollo y un día, por pura casualidad, se topó con la solución. Después de un largo día en el laboratorio, decidió ir a descansar un rato. Se dirigió a su salón, se abrió una cerveza y se puso un documental para dormirse lo más rápido posible. Este trataba de unos insectos muy conocidos. Tanto las hormigas como los saltamontes eran de los animales más resistentes, haciendo frente a todo tipo de inclemencias y sobreviviendo, incluso, a los incendios más terribles. De un salto se levantó del sofá y volvió a su laboratorio. Al cruce de genes añadió los de esos insectos y esperó que el resultado final fuera mejor.

Pasaron varias semanas y, por fin, una buena noticia: uno de los embriones sobrevivió a sus hermanos y empezó a crecer. Para aquella prueba había seleccionado genes de caballo. Mezclado con toda clase de ADN de otras especies, tendría que dar algo evolutivamente superior.

El potro fue creciendo y no daba muestras de nada especial. ¿Era posible que los genes de las otras especies no hubieran afectado a esa cría? Esteban volvía a estar decepcionado con toda su investigación.

Pasó un mes, pero el potro crecía y se alimentaba como cualquier miembro de su especie. Un día, sin embargo, cuando llegó al laboratorio para darle su ración diaria, observó cómo el pelo de la cría había desaparecido y había sido reemplazada por una especie de armazón, que, poco a poco, se fue convirtiendo en una piel de duras escamas. Aquello emocionó y aterró a Esteban por igual. Sus experimentos habían dado resultado, pero no sabía a dónde le llevaría todo ese esfuerzo.

A partir de ese día, la cría sufrió continuos cambios. Una noche, dejó de comer su ración de heno, algo que preocupó a su dueño profundamente. Solo podía significar una cosa: que el animal había enfermado y se moriría.

Cuando llegó al día siguiente, el potro había destrozado las jaulas del resto de animales del laboratorio y los había devorado. Todo estaba lleno de sangre, vísceras y restos de pellejos de los otros sujetos que utilizaba para sus investigaciones.

A partir de ese día, empezó a tomar precauciones por si la criatura se volvía demasiado salvaje. No tardó en darse cuenta de que a él lo trataba con respeto. Sabía quién era su creador y quién lo cuidaba. El vínculo entre ellos fue aumentando con los días e, incluso cuando le traía animales para alimentarlo, la criatura esperaba paciente hasta que su dueño le daba permiso para comer.

Aun así, al dejarlo solo, lo ataba con fuertes cadenas. No podía permitir que se escapara y devorase al ganado de los alrededores, a los animales domésticos o a cualquiera que se encontrara.

Días después, a esa hermosa criatura le salieron dos enormes alas membranosas, parecidas a la de los saltamontes. Eran de una extensión considerable, pero no sabía si le servirían para volar. No lo podía comprobar en aquel lugar.

Su fascinación por aquel animal no hacía más que aumentar, como su tamaño, que ya era parecido al de un elefante. Empezó a plantearse cambiarlo de ubicación, ya que donde se encontraba no le quedaba espacio suficiente ni para moverse.

El destino hizo que durante aquellos días algo terrible pasara en su familia. Su padre falleció y tuvo que hacerse cargo de la presidencia de la empresa, ubicada en el edificio Novatrox. Esteban pasaba a ser el máximo accionista de ese conglomerado empresarial y dominaría los designios de la compañía de ese tiempo en adelante. Aquello le permitiría disponer del espacio necesario para que su criatura viviera con comodidad. Sabía que en las plantas subterráneas de la empresa había estancias lo suficientemente grandes para albergarlo sin problemas.

empresa

Una noche, se lo llevó a lo que sería su nuevo hogar: los subterráneos privados del edificio central de la empresa. El lugar que tenía pensado disponía de una puerta exterior por la que podría hacer entrar a su bestia en el edificio. Por esa entrada, a la cual se accedía por una rampa, podía introducir a los animales que necesitaría para alimentarlo. Era el escondite ideal. Además, solo él tendría acceso a esa parte del edificio, para el resto del personal quedaría prohibido entrar allí.

Una vez instalada, su criatura pudo experimentar lo que era cierta libertad: tenía espacio de sobras para correr, saltar e intentar volar con sus alas. Al disponer de más espacio, su tamaño también aumentó y se convirtió en un ejemplar magnífico.

Cuando se iba del edificio por las noches, se aseguraba de encadenarlo bien. Todas precauciones eran pocas para un animal tan fuerte.

Muchas veces, accedía a las estancias de la bestia por la entrada de dentro del edificio, no quería que sus empleados lo vieran acceder por la rampa. Despertaría demasiadas preguntas.

En una de sus visitas rutinarias, cuando accedió donde dormitaba su creación, esta lo gruñó al verlo. Fue solo un momento, pero Esteban se asustó, nunca se lo había hecho. En seguida, el animal lo reconoció y se acercó a él amigablemente, por lo que Esteban pensó que se abría asustado. Lo mejor sería hablarle de lejos para que supiera que se acercaba. Tantas horas solo seguro que lo afectaban.

Pasaban las semanas y el animal seguía creciendo y perfeccionando sus movimientos, incluso era capaz de desplazarse por la zona volando a ras de suelo. Era un espectáculo maravilloso.

Su comida favorita eran pollos, conejos y pequeños roedores, pero un día Esteban vio que no había comido nada. Se preocupó bastante, no quería que se pusiera enfermo, ya que no podía traer a ningún veterinario.

Al día siguiente, probó con carne de vaca por variar y comprobar si comía. La criatura se acercó y olisqueó aquella carne. Hizo un gesto de desagrado y se apartó un poco. Entonces, de repente, el animal abrió la boca y expulsó una llama gigantesca que carbonizó la carne al instante. Se acercó, volvió a olisquear y entonces la engulló sin apenas masticar.

Esteban estaba tan asombrado por lo que acababa de ver que apenas podía moverse. No sabía cómo podía producir fuego de esa manera. Ninguna especie era capaz de hacerlo. Volvió a sus tareas dándole vueltas al asunto. Algunas especies segregaban sustancias a sus alimentos para poderlos digerir, era una manera de que ciertos nutrientes se adaptasen a los diferentes aparatos digestivos. Entonces pensó que su bestia habría llegado a esa misma adaptación para que su estómago no sufriera. Necesitaba abrasar la carne para digerirla mejor y esa era la única manera que tenía de hacerlo.

A partir de entonces, su dragón, que era como lo había empezado a llamar, carbonizaba todo alimento que él le llevaba.

Y no solo eso, su amigo le cogió el gusto a eso del fuego, por lo que se pasaba horas expulsando llamas por la boca.

Esteban le llevó estatuas y muebles de metal y bronce para que se entretuviera quemando objetos que no fueran a salir ardiendo. Era lo mínimo que podía hacer por él.

drag

A medida que pasaba el tiempo, el dragón iba adquiriendo una naturaleza cada vez más salvaje. Esteban empezaba a dudar si sería capaz de mantener esa confianza y esa unión que había caracterizado los primeros meses de convivencia.

Se propuso realizar ejercicios para que ambos mantuvieran el contacto con el otro el máximo de tiempo posible, así podría garantizar la empatía hacia el que había sido su creador.

Una noche, cuando ya no quedaba nadie en el edificio Novatrox, Esteban bajó a visitar a su dragón antes de volver a casa.

Accedió a la planta subterránea y se dirigió por el corredor hacia la gran puerta que aguardaba su secreto. Sacó su acreditación de nivel superior y la abrió. Guardó su pase en el bolsillo y entró, con la mala suerte de que su pase se enganchó con el pomo de esta y cayó en el exterior. Cruzó el almacén que usaba para guardar las latas de carne y abrió la puerta que llevaba al piso inferior. Unas amplias escaleras bajaban a la zona donde su dragón estaba encadenado.

Cuando entró en la gran estancia, vio en el suelo los anclajes rotos de su cadena. Esteban se puso tenso, el animal debía haber aumentado mucho su fuerza para hacer algo así.

Oyó un rugido ensordecedor y una llamarada enorme que provenía del fondo de la estancia. Vio cómo su dragón se acercaba lentamente, olisqueando el aire. Cuando estuvo a un par de metros de él, lo miró fijamente a los ojos. Esteban no vio nada bueno en aquellos ojos rojos. No había ningún indicio de su fiel compañero. Su instinto salvaje había aparecido del todo.

Por primera vez en meses, tuvo miedo de verdad. Si aquella bestia no lo reconocía, la situación terminaría mal.

—Hola, preciosidad. ¿Cómo estás hoy? —le dijo para ver cómo reaccionaba.

Extendió el brazo para acariciarle el hocico y en ese instante el dragón mordió con rapidez y se lo arrancó de cuajo.

El grito de Esteban fue desgarrador. Cayó al suelo intentando coger un brazo que ya no estaría nunca más en su lugar.

El dragón escupió la carne insípida hacia un rincón y saltó sobre su presa apoyando sus pesadas patas sobre el torso de su creador. Varias costillas se rompieron, dejando a Esteban casi sin respiración. El animal empezó a lamer las piernas de su presa y con las pezuñas rasgó sus pantalones, lo que le produjo profundas heridas en sus piernas. El dolor le nublaba la vista mientras el dragón chupaba la sangre que manaba de sus heridas. Entonces, con otro fuerte mordisco, le seccionó ambas extremidades y las escupió junto al brazo.

La bestia salió de encima de su torso y con cuidado arrastró a su presa hacia las partes de su cuerpo que descansaban en aquel sangriento rincón. Antes de separarse, miró a Esteban a los ojos. Este no vio ninguna esperanza ni bondad en ellos. Aquella era la mirada del mal.

—Perdonadme. ¿Qué es lo que he hecho?

Solo esperaba que aquel ser no lograra escapar de allí y se muriera de hambre. El dragón abrió la boca y una ardiente llama salió de ella. Esteban quedó carbonizado en pocos segundos y fue devorado con rapidez.

Todo había acabado.

De él solo quedaron unos míseros restos de tela y un montón de huesos tirados en el suelo.

***

Eran las dos de la mañana. El turno de noche era muy tranquilo, pero cansado a más no poder. El mero hecho de no haber nadie en las instalaciones hacía que no se parase de trabajar. Durante el día se hablaba con uno o con otro y la limpieza se hacía más amena, pero de noche no había más remedio que limpiar en silencio.

Lucía trabajaba en el edificio Novatrox, la sede central de la empresa bioquímica más importante del mundo. Se centraban en la investigación y desarrollo de todo tipo de medicamentos. Las marcas más famosas utilizaban sus servicios, por lo que el negocio iba mejor que nunca.

Repartidas por todo el edificio había unas cuantas trabajadoras dejándolo todo impoluto para el día siguiente.

Ella era la encargada de las plantas subterráneas, donde se encontraban los almacenes con las sustancias más peligrosas.

No es que le hiciera mucha gracia estar allí abajo sola, pero la limpieza era casi pura rutina. Los empleados se encargaban de mantenerlo todo lo mejor posible, por lo que solo tenía que hacer una pasada rápida, ver que todo estuviera correcto y poco más. Lo malo es que todo aquello de allí abajo era enorme y ya llevaba dos horas recorriendo infinidad de pasillos, aulas, almacenes y salas de todo tipo.

Acabó de repasar una estancia llena de material informático y salió al pasillo. Al mirar hacia la derecha, vio un resplandor al fondo del corredor.

Sabía que aquella sala era un almacén privado, donde nadie podía pasar sin una acreditación de máximo nivel.

El final de su jornada había llegado a su fin, por lo que se decidió a dar media vuelta. Entonces oyó un ruido que no supo identificar. Se acercó extrañada, no debería haber nadie trabajando por allí a esas horas, aunque nunca se sabía.

Vio algo tirado en el suelo que le llamó la atención, era una acreditación de alto nivel. A alguien se le había caído al entrar. La cogió y decidió acceder para devolvérsela a su dueño. Con eso no se podía jugar.

Al entrar, vio que el resplandor salía de una gran puerta al fondo de aquel enorme espacio. Mientras se acercaba, pudo observar aquel extraño lugar. Por todas partes había jaulas y cajas de cartón con latas de carne en su interior. Seguro que allí trabajaban con animales y por eso había escuchado aquel ruido que recordaba a un rugido.

Siguió adelante movida por la curiosidad. La luz se escapaba por debajo de la puerta, y no solo luz, también notó como si de allí emanase calor. Lucía se asustó un poco, de inmediato pensó en un incendio, por lo que dudó en abrir la puerta. Su instinto la empujó a tocarla y comprobó que no estaba muy caliente. De hecho era un calor bastante agradable. Se decidió y, con gran esfuerzo, la abrió.

Se asomó con precaución y comprobó que unas amplias escaleras bajaban a la planta inferior. Al final de estas, se seguía oyendo aquel extraño ruido. Seguro que había gente trabajando en algún proyecto y nadie le había dicho nada. Pero claro, ¿a quién le importaba la opinión de una señora de la limpieza?

Bajó con cuidado y empezó a caminar por el pasadizo que se abrió ante ella. El final de este era de donde procedía aquel resplandor.

Se acercó lentamente hacia aquel extraño zumbido y, de repente, detectó un olor asqueroso que le recordaba al azufre. Todo aquello no le gustaba nada, pero debía continuar si le quería devolver la acreditación a su dueño. Llegó al quicio de la puerta y se asomó.

Lo que vio le heló la sangre. Ante ella había una serie de mobiliario al rojo vivo, no ardía, estaba en plena incandescencia, como si lo hubieran calentado con un soplete. Aquello era, sin duda, lo que provocaba el resplandor. No sabía qué estaba pasando, pero no era normal.

Detrás del mobiliario había total oscuridad. De repente, un terrible rugido salió de aquella penumbra, por lo que poco a poco retrocedió para salir de allí lo antes posible.

Nada más dar el primer paso hacia atrás, intuyó cómo algo se movía y, a una gran velocidad, algo que no supo cómo describir, saltó hasta quedarse a un par de metros de ella. Era un animal enorme, si se le podía llamar así, porque su cuerpo estaba recubierto de escamas, unas alas membranosas le salían del lomo, tenía una cola enorme llena de púas y de sus orificios nasales salían dos hilillos de humo.

Lucía se quedó paralizada, no era capaz ni de respirar. La criatura olisqueó el aire hasta que centró toda su atención en ella. Se acercó, su morro estaba a escasos centímetros de su cara. El olor era repugnante. Además de azufre, olía a carne podrida. La bestia la miró a los ojos. Esos ojos rojos emitían una mirada espantosa. Era el mal personificado.

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Lucía miró a su alrededor y a su izquierda vio una montaña de huesos entre restos de ropa. Pertenecían, sin ninguna duda, a un ser humano.

La criatura, dirigió su mirada hacia donde ella lo había hecho y soltó una descarga terrible de fuego. Lucía temblaba a más no poder. Aquello era una abominación.

No le dio tiempo a pensar nada más. La horrible bestia abrió sus fauces y le arrancó la cabeza con un rápido movimiento. Lucía cayó al suelo como un trapo. La criatura cogió los restos de la mujer y los depositó con el resto de huesos. Volvió a escupir fuego hasta que los carbonizó y procedió a devorarlos con ansia.

Cuando la bestia acabó de comer, vio algo brillante entre los restos de su nueva presa. Se acercó, lo cogió con una de sus patas y lo lanzó hacia la otra punta de la estancia. Ese tacto no le gustaba. Esa cosa cayó al lado de la puerta que salía al exterior.

De repente, empezó a abrirse. El animal se acercó al notar el aire limpio y fresco que entraba de allí. Se asomó despacio y contempló por primera vez el cielo nocturno. Caminó por la rampa mirando a su alrededor y sin pensarlo demasiado emprendió el vuelo.

El despiadado dragón era libre, una libertad que lo ayudaría a desarrollar ese instinto animal que acababa de descubrir.

A la mañana siguiente, los miembros de seguridad de la empresa descubrieron los restos de dentro de los almacenes subterráneos. Las pruebas de ADN esclarecieron la identidad de las dos víctimas, una empleada de la limpieza y nada menos que el dueño de la empresa, Esteban González.

La policía local enseguida descubrió que aquellas muertes habían sido causadas por algún animal, ya que había restos de heces por todas partes. Lo único que no entendían era por qué los restos habían sido carbonizados.

Miraron las cámaras de vigilancia exterior del complejo y vieron a aquella criatura salir por la rampa y empezar a volar. Aquello se les escapaba de las manos. No habían visto nunca un animal así. Recordaba a un dragón, ese animal tan común en las historias fantásticas. No daban crédito, era imposible.

Antes de que se dieran cuenta, el ejército estaba liderando la investigación, algo que para esos policías locales resultó ser todo un alivio.

***

Llevaba todo el día escondido en el colector del alcantarillado municipal. Ese escondite le servía para protegerse de las altas temperaturas del día. Esperaba ansioso a que oscureciera.

Por fin llegó la noche. Tenía hambre. Salió en busca de una presa fácil. Los edificios de la ciudad no ayudaban, por lo que le resultaba difícil observar bien desde el aire. A lo lejos, divisó terreno abierto, era uno de los parques de la ciudad. Lo sobrevoló un rato y entonces localizó a un pobre vagabundo tumbado en un banco.

El dragón bajó en picado y aterrizó con un fuerte ruido a pocos metros de su objetivo. El hombre se despertó con un sobresalto y contempló a aquella bestia caminando hacia él.

La mirada de aquellos ojos rojos lo paralizó y no podía escapar. La bestia se irguió sobre sus patas traseras, le asestó un terrible zarpazo a su víctima y partió el blando cuerpo del vagabundo por la mitad. Entonces, el dragón se separó un poco y expulsó la llamarada que carbonizó el cuerpo de ese pobre hombre y el banco donde había estado durmiendo. Lo devoró en pocos minutos.

A la mañana siguiente, el general Alonso de las Fuerzas Armadas, enviado especial como enlace del presidente del Gobierno, investigó la zona escrupulosamente.

Aquel animal era más valioso de lo que se pensaban. Tenían que atraparlo antes de que abandonase el país y otros gobiernos se hicieran con él. Las utilidades que podía tener ese animal en la investigación armamentística eran infinitas. Había que estudiarlo en profundidad, así que preparó un plan para atraparlo.

A la noche siguiente prepararon la trampa en otro parque de la ciudad. Dispusieron varias reses en un vallado con la esperanza de que el dragón apareciera. En el momento en que aterrizara en la plataforma, se hundiría y caería en la cápsula destinada para soportar la fuerza y el calor que la bestia desataría al verse atrapada. A continuación, introducirían los gases necesarios para dormirlo y poderlo desplazar.

Llevaban varias horas esperando y el dragón no aparecía. El general Alonso perdió la paciencia y se aproximó a las reses para otear el horizonte con los prismáticos. Se encontraba junto al vallado cuando, de repente, la bestia cayó en picado desde el cielo y aterrizó en la plataforma. Había comenzado su ataque.

La criatura observó sus objetivos y atacó al más pequeño de los tres. El general intentó separarse de la valla, pero no le dio tiempo. Unas garras más afiladas que una katana japonesa le seccionó la pierna derecha como si de mantequilla se tratara. El aullido fue ensordecedor.

—Accionar la trampa, joder, ¡rápido! —consiguió decir justo en el momento en que el dragón abría la boca para chamuscarlo.

La plataforma se abrió. Las reses y la bestia cayeron dentro, quedando atrapados en el acto.

El interior de la cápsula se convirtió en un amasijo de carne y fuego. La bestia intentaba escapar pero no podía. El gas no tardó en entrar en el habitáculo y en pocos segundos se hizo el silencio. Un silencio roto solo por los gritos del general Alonso, que ya estaba siendo atendido por el equipo médico.

Varios meses después, en una base secreta del Ejército, varios altos cargos de la administración se hallaban reunidos para hablar sobre la investigación «Darwin».

—¿Hemos avanzado en la investigación? ¿Sabemos cómo apareció el sujeto? —preguntó el ministro de Defensa.

—Hemos estado analizando las investigaciones que llevó a cabo Esteban González, su creador. Hemos seguido todos los pasos, pero no hemos conseguido nada —respondió el general Alonso, al que le tuvieron que poner una prótesis de titanio tras el accidente.

—Seguid trabajando en ello, necesitamos crear más como él y que estén a nuestra disposición. Es el arma del futuro. Imaginaos poder entrar en combate con cientos de ellos.

—Así se hará, ministro. Si me disculpan, debo atender otros asuntos —dijo el general.

—Vaya, vaya, seguiremos sin usted.

El general Alonso salió de la sala y se dirigió hacia donde el dragón estaba recluido.

Cuando se paró delante de la mampara, la criatura se giró y lo miró con aquellos espeluznantes ojos rojos. Al momento lanzó una bocanada de fuego hacia el cristal.

—Ya no puedes hacerme más daño, mala bestia. Encontraré tu secreto, aunque tenga que matarte. Aunque sea lo último que haga.

Se dio la vuelta y se marchó. Un rugido terrible acompañó su camino hacia el laboratorio.

Al dragón le esperaba un final de sufrimiento y dolor hasta el fin de sus días.

JORDI ROCANDIO CLUA

Nos leemos.

 

 

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