Relatos

RELATO CORTO: “LUCY”

Hola a todos. Este día tenía que llegar. Sí, el día en que compartiera con vosotros el relato número 52, por lo tanto el último, del reto Ray Bradbury. Todo un año publicando un relato corto cada semana. Uno de los retos literarios más difíciles de conseguir, pero que para mí ha sido un auténtico placer y mi propia escuela de escritura. Se titula “Lucy” y es mi particular homenaje a los animales que participaron y ayudaron en la I Guerra Mundial.

Recordad que tengo abierta una campaña de crowdfunding con la editorial Libros.com para publicar “El tapicero de Wisconsin”, un thriller psicológico que surgió a partir de un relato corto. Os animo a que entréis y participéis conmigo de este gran proyecto.No solo os llevaréis un libro, también estaréis apoyando la cultura y a los escritores que no disponemos de un gran grupo editorial detrás.

Estamos a punto de alcanzar el 50%, así que os propongo que compartáis la campaña con el máximo de personas posibles. Muchísimas gracias.

EL TAPICERO DE WISCONSIN

5x

 

LUCY

 

George Harrison, sargento de la septuagésima División de Infantería del Ejército de los Estados Unidos, era el encargado del cuidado y formación de las palomas destinadas a aquella zona del conflicto. Un trabajo de crucial importancia para el buen funcionamiento de las estrategias militares que se decidían desde arriba.

La entrada de su país en la Gran Guerra, apoyando a los aliados con nuevos recursos materiales y humanos, fue crucial para los acontecimientos que estaban sucediendo en los últimos meses.

El avance constante en el campo de batalla y la desmoralización del ejército alemán no se habrían producido, entre otras cosas, sin el trabajo que desempeñaban las aves a las que había cogido tanto cariño.

En un principio, cuando varios años antes le asignaron esa tarea, todo se le hizo un mundo. No tenía ni idea de cómo hacer que aquellas criaturas realizaran todo lo que su formador les estaba diciendo.

Se llamaba teniente Michael O’Brian, un entrañable veterano que se encargaría de que miles de palomas ayudaran a los soldados en el campo de batalla. Meses después supo que era una eminencia en su campo, que no había nadie mejor en todo el país para formar a aquellos soldados a los que habían obligado a presentarse ante él.

Durante su formación, tuvo conocimiento de que esas aves tendrían que ejecutar misiones como la comunicación entre los diferentes regimientos durante la batalla, transportar mensajes a cientos de kilómetros para informar de los avances propios o del ejército enemigo o llevar mensajes cifrados para la comunicación diaria entre diversos generales.

palomas

Todo esto le hizo ver a aquellos animales con otros ojos. Conforme fue aprendiendo a domesticar a las palomas, el respeto y la admiración hacia ellas fueron creciendo en su interior. Su inteligencia era mayor de lo que la gente conocía y eran capaces de hacer logros extraordinarios. Poco a poco, se fue centrando más en su tarea y se convirtió en la mano derecha del teniente O’Brian, adquiriendo todos los conocimientos que este fue capaz de enseñarle.

En el instante en el que su cabeza les daba vueltas a esos recuerdos, el frío hacía mella en los cansados huesos de sus compañeros. Había llegado el mes de noviembre en la campiña francesa próxima a la frontera alemana. Los fuertes vientos penetraban por las trincheras sin ninguna dificultad, lo que provocaba que los soldados se juntaran los unos con los otros para conseguir un poco de calor corporal, algo que apenas podían lograr.

En los últimos días, las batallas se habían reducido al mínimo. Ambos ejércitos, el americano y el alemán, sabían que aquel infierno se acababa.

Alemania —colapsada por la pérdida de los territorios recién conquistados, la rendición de Bulgaria, la revuelta interna de su población y la rebelión de un gran número de soldados en sus propias filas— había decidido pedir un armisticio a los aliados con la intención de lavar la cara de esa flagrante derrota. Aún no se sabía cuándo se firmaría, pero todos sabían que no merecía la pena seguir matándose por algo que ahora tenían que solucionar las élites gubernamentales.

Sin embargo, algunas escaramuzas continuaron, ya que el final de la guerra suponía las últimas oportunidades de los oficiales más ambiciosos para prosperar en sus carreras militares.

***

George había sido llamado a la comandancia de la zona fronteriza. Habían llegado mensajes importantes en varias palomas de las que tenía a su cargo. A él no le dirían las órdenes, por supuesto, pero debía encargarse de alimentarlas y prepararlas para cuando se volvieran a necesitar.

Esos momentos eran siempre los más delicados. Las palomas mensajeras eran objetivos constantes a abatir. Ambos ejércitos intentaban interceptar los mensajes enemigos que luego serían enviados por correo ordinario o telégrafo, dependiendo de su importancia, a sus destinatarios.

Siempre se producían algunas bajas, situación que se le hacía muy dura.

Esta vez esperaba el regreso de su paloma favorita, Lucy. Un ave de gran inteligencia, destreza en el vuelo y orientación inigualable.

Cuando entró en la comandancia, vio a varias palomas descansando en el cable que servía de aviso de llegada. De este colgaba una campanilla que servía para tal efecto. Lucy se encontraba entre ellas. Suspiró aliviado, las introdujo en la caja de transporte y salió de allí lo más rápido posible.

Cuando llegó al palomar de la avanzadilla, las metió dentro, renovó el agua, rellenó los comederos y les hizo una inspección por si habían recibido daños. En esa ocasión, todas estaban bien. No sería la primera vez que alguna llegaba con una pata rota, con rasguños en las alas, o peor todavía, nunca llegaba.

—Hola, pequeñas. Me alegro mucho de veros. ¿Ha ido bien el vuelo, Lucy? Claro que sí, tú nunca me fallas.

Le gustaba hablar con ellas. Le daba la impresión de que se tranquilizaban. A él también le iba bien.

Cuanto más tiempo pasaba en su compañía, menos pensaba en el horror que le rodeaba. Tener que soportar las muertes de tantos compañeros, las enfermedades que se producían en las trincheras y el constante ruido de los bombardeos era muy duro. Los momentos que pasaba con ellas era una vía de escape muy bien recibida. De hecho, de vez en cuando, cada vez que veía que algún soldado se empezaba a desmoronar, se lo llevaba para que lo ayudara en el mantenimiento de sus palomas. Ellos se distraían de sus penurias y acababan mejorando, pudiendo continuar con sus obligaciones en el frente.

palomar

George tenía dos ayudantes: se llamaban Peter y Ted. Los había formado durante meses y eran muy competentes en su trabajo. Era una norma básica dentro de su unidad, ya que, si caían en el frente, alguien tenía que seguir con el cuidado de Lucy y compañía.

Ellos eran los encargados de organizar los vuelos de las palomas cuando él se encontraba alejado del palomar.

***

A aquellas alturas de la contienda, iban escasos de infantería. Debido al gran número de bajas que se producían a diario, George, en su grado de sargento, había sido reclutado como miembro de un grupo de élite que se dedicaba a realizar incursiones rápidas en las filas enemigas, con el propósito de minar la moral de aquellos pobres soldados.

El equipo lo dirigía el capitán Morris, un hombre engreído, con aires de grandeza y que quería hacerse un lugar entre los oficiales de mayor rango. Para conseguirlo, no dudaba en arriesgar las vidas de sus hombres si eso podía suponerle un beneficio para futuros ascensos.

El resto del grupo lo formaban tres hombres más: el teniente Philips y dos cabos, Alfred y Joss.

Cinco veteranos curtidos en mil batallas, capaces de afrontar cualquier peligro.

Cuando George había acondicionado a sus palomas, se dirigió a la zona de la trinchera donde descansaban sus compañeros.

El trayecto hacia allí fue de lo más penoso. A ambos lados de las trincheras se podía encontrar a decenas de soldados acurrucados, tirados en el frío y húmedo suelo, soportando la incesante lluvia que mantenía sus cuerpos empapados. Diversas enfermedades arrasaban a los combatientes: el pie de trinchera afectaba a la mayoría, los resfriados estaban a la orden del día, pero lo peor de todo eran las neumonías que acababan con las vidas de los más débiles.

George fue avanzando entre la soldadesca hasta que llegó junto a sus compañeros. Ellos estaban en mejores condiciones que el resto al tener un trato de favor. Era lo único bueno de que los liderara el capitán Morris, ya que tenían acceso a recursos que el resto solo podía soñar.

—Hola, chicos.

—Hola, sargento. ¿Cómo están nuestras chicas?

—Bien, Joss. Han llegado todas sanas y salvas.

—Me alegro. ¿Quieres un cigarrillo?

—Por supuesto, gracias.

—Teniente, ¿dónde está el capitán?

—Ha ido a la reunión para comentar las órdenes que han traído tus palomas. No creo que tarde en llegar.

—Esperemos que no nos manden a ninguna misión.

—Sería una lástima tener que enviar la carta a tu madre, ahora que parece que la guerra se acaba —le dijo Alfred.

—No llames a la muerte, que igual te escoge a ti —le contestó guiñándole un ojo.

—Dejaos de tonterías —dijo el teniente Philips—. Conociendo al capitán, si hay que hacer una incursión, nos tocará a nosotros, así que igual veis a la muerte antes de lo que os imagináis.

—Mirad, por allí viene —dijo el cabo Joss.

Cuando faltaban pocos metros para que los alcanzase, hicieron el amago de cuadrarse ante su superior.

—Descansen.

—¿Novedades en el frente, señor? —preguntó el teniente Philips.

—Todo apunta a que la contienda está a punto de finalizar. Alemania pidió el armisticio hace unos días.

—¿Se sabe cuándo se firmará? —preguntó George.

—Los mensajes que han traído las palomas no lo dejan del todo claro. Informan que los documentos se están redactando, pero la fecha exacta no se sabe. Creen que podría ser el día 11 de noviembre, pasado mañana.

—Todo lo que se acerque a un alto el fuego es bueno.

—Sí, pero hay que concretar más. Desde comandancia me han ordenado que prepares a Lucy para volver a salir. Hay varias operaciones previstas a las que tendremos que hacer frente y necesitamos saber si las vamos a tener que abortar o no. Hasta que no haya órdenes directas, seguiremos debilitando las líneas enemigas —les dijo el capitán.

—Entendido, señor. Voy para allá.

George se levantó y se encaminó hacia el palomar.

—Permiso para acompañar al sargento, capitán —dijo Alfred.

—Denegado, cabo. Tenemos que organizar una incursión y os necesito a todos. Más tarde informaremos al sargento.

—Sí, señor.

trincheras

El capitán Morris no había perdido la oportunidad de impresionar al comandante John J. Pershing, destinado como el oficial de mayor rango en el frente occidental. Este, junto a los oficiales franceses y británicos, lideraba la ofensiva contra los ejércitos alemanes.

Se le había ordenado atacar un nido de ametralladoras que mermaba sin compasión las filas aliadas. No sería una misión fácil, tal vez no tendrían éxito y morirían en el intento, pero el capitán Morris estaba convencido de que si lograba inutilizar ese enclave, el camino al ascenso estaba asegurado. Desde Washington lo tendrían en cuenta y eso es lo único que movía a ese hombre: la ambición. No le preocupaban en lo más mínimo las vidas de sus hombres, allí se iba a morir, nadie era imprescindible y se lo sustituía de inmediato. Siempre había sucedido así y siempre sucedería.

Antes de dirigirse a la comandancia, George se había pasado por el palomar para informar a sus ayudantes de que fueran acondicionando a Lucy y a tres palomas más. No habían podido descansar demasiado, pero estaban acostumbradas a hacer varias misiones seguidas, por lo que no habría problema. Todos valoraban a aquellas aves, pero sobre todo a Lucy. Sabían que era la mejor para que la misión se llevara a cabo sin percances. El resto de palomas que la acompañaban hacían de señuelo por si las intentaban abatir. Cuanta más confusión hubiera en el aire, mucho mejor. Era la táctica habitual.

Llegó a la comandancia en pocos minutos. En aquella húmeda sala llena de mapas lo esperaba el comandante Pershing, uno de esos hombres que imponen con su mera presencia. De cabello y bigote canos, su mirada directa podía acomplejar al más valiente de los hombres.

—Pase, sargento.

—Señor.

—Su trabajo con las palomas mensajeras es ejemplar. En estos tiempos oscuros no le damos la importancia que se merecen este tipo de trabajos. Tiene mi más sincero respeto.

—Gracias, comandante. Es un honor poder servir a mi país, aunque sea desde un simple palomar.

—De simple nada, sargento. Durante siglos, las palomas mensajeras han realizado una de las tareas más importantes que existen para coordinar a los ejércitos. ¿Sabía usted que ya se utilizaban en la antigua Grecia para transmitir a las ciudades los ganadores de los Juegos Olímpicos? ¿O que participaron en el sitio de Módena de Marco Antonio en el 43 a. C.?

—No lo sabía, señor. Es fascinante.

—Ya lo creo. Y necesitamos sus servicios una vez más. Tendrá que mandar a su mejor ejemplar para que contacte con el cuartel general del frente occidental. Las últimas noticias son confusas, por lo que debemos seguir atacando a nuestros enemigos. Sin embargo, el armisticio solicitado por parte de Alemania podría cambiarlo todo. Le entrego este columbograma cifrado. Envíelo de inmediato. No tenemos mucho tiempo.

—Sí, señor. A sus órdenes.

George salió corriendo hacia el palomar, tenía que preparar a las palomas y a Lucy para esta importante misión.

Eran las siete de la tarde, hacía unas horas que había anochecido. Un escenario ideal para la salida de las mensajeras. En este caso, la oscuridad era una buena aliada. Las palomas necesitaban puntos de referencia para guiarse, pero su sistema de orientación era tan preciso que incluso en situaciones de falta de luz, como en este caso, eran capaces de llegar a su destino.

Al llegar, pudo comprobar que Peter y Ted ya lo tenían todo preparado, solo faltaba asegurar el tubito metálico a la pata de Lucy y ya podrían dar la salida.

—Hola, bonitas. Os toca trabajar otra vez —les dijo en voz baja para que no se alterasen—. Esta vez puede que sea la última. Volad deprisa, no os distraigáis y volved con buenas noticias. La vida de cientos de hombres depende de vosotras, pequeñas.

Sus ayudantes ya estaban acostumbrados a esos pequeños parlamentos de su superior. De hecho, ellos también habían empezado a hablarles. Era una manera de alcanzar la conexión afectiva indispensable para relacionarse con ellas. Desde que lo hacían, su trabajo se había convertido en algo más personal.

—Ven, Lucy. Ya está, ¿a que no pesa? Bien. Ya estás preparada.

—¿Avisamos a las ametralladoras para la maniobra de distracción? —dijo Ted.

—Sí, debemos protegerlas mientras alzan el vuelo. Si las ven partir intentarán acabar con ellas como sea.

—De acuerdo. Voy para allá. Cuando oigáis los primeros disparos, las soltáis.

—Perfecto, Ted, estaremos preparados. ¿Listo, Peter?

—Ya las tengo. ¿Vamos al mismo lugar de la última vez?

—No. Seguro que lo tendrán vigilado. Sígueme.

George y Peter se internaron en las trincheras y empezaron a zigzaguear por las interminables calles. Los soldados los miraban extrañados. No era muy habitual ver a dos compañeros corriendo con sendas cajas de palomas.

Llegaron a una zona apartada donde las fuerzas enemigas no tenían concentradas tantas ametralladoras, el arma más efectiva para abatir a esas aves.

Abrieron las puertas de las pajareras y taparon la salida con sus manos. Esperarían a la señal de los primeros disparos para liberarlas.

La tensión era máxima, apenas se oían sus respiraciones. De repente, unos disparos sonaron unos metros más allá. Era ahora o nunca. Apartaron sus manos y las cuatro palomas emprendieron el vuelo.

En un principio no sucedió nada, pero al cabo de pocos segundos, varias ametralladoras empezaron a disparar al aire. Alguien debía haber visto algo y procedían a disparar por si eran palomas mensajeras. Desde las trincheras aliadas se abrió fuego hacia el resplandor del fuego enemigo. Decenas de soldados intentaban cubrir la salida de los mensajes.

disparos

George y Peter vieron cómo sus palomas se alejaban y se perdían en la negrura de la noche. Eran incapaces de saber si sus amigas se encontraban a salvo. Tendrían que esperar al día siguiente para ver si regresaban con noticias.

—Bueno, Peter. Ya hemos hecho todo lo que podíamos hacer. Vuelve al palomar con Ted. Mis compañeros me están esperando para informarme de la nueva incursión.

—Esperemos que no os hagan salir de nuevo, sargento. Si es así, te deseo mucha suerte.

—Gracias, amigo.

Se dieron un fuerte abrazo y se separaron, cada uno a cumplir con su destino.

***

Lucy salió de la pajarera y empezó a coger altura. Su visión era limitada, el campo de batalla estaba a oscuras y tan solo se veían algunos puntos de luz esparcidos por los kilómetros de trincheras.

Ella sabía lo que tenía que hacer, dirigirse hacia donde su instinto la guiaba. A cierta altura, oyó ese ruido que siempre la acompañaba en los primeros momentos de su vuelo, una especie de silbidos que, en ocasiones, provocaba que alguna de sus compañeras dejara de volar y cayese al suelo. Ella no hacía demasiado caso, volaba de un lado para otro para que aquellas cosas no la alcanzasen y seguía adelante. Al final, los ruidos dejaban de oírse y podía volar más relajada.

Sin embargo, el vuelo le resultaba más estresante de lo habitual, estaba rodeada de destellos por todas partes y le costaba mucho esquivarlos. Vio cómo una de sus compañeras caía en picado hacia el suelo, algo le había destrozado la cabeza. Alarmada, alzó más el vuelo y aceleró todo lo que pudo, haciendo que las demás la siguieran. Otro impacto hizo que el ala de otra paloma se partiese por la mitad, lo que hizo que su vuelo fuera muy costoso. Su compañera fue descendiendo hacia el suelo para poder descansar. Ya solo eran dos. Al cabo de unos minutos, los destellos bajaron de intensidad y poco a poco los sonidos se apagaron. Estaban fuera de peligro.

Bajaron un poco la velocidad de aleteo para poder descansar en el aire. Se sentía muy mal por sus amigas, aquello era terrible. Debían llegar a su destino lo antes posible. Cuando habían recuperado un poco las fuerzas, aceleraron de nuevo. Algo le decía que debían darse prisa.

***

El sargento George Harrison se reunió con sus compañeros en una sala donde pocos oficiales tenían acceso. El capitán Morris era uno de ellos. Estaban sentados en la mesa central, rodeando un mapa de la zona. Restos de comida indicaban que ya habían cenado.

—Te he guardado tu ración, sargento —le dijo Alfred, tendiéndole un plato de hierro con algo parecido a un estofado.

—Gracias, cabo. Me muero de hambre.

—He oído ráfagas de ametralladoras. ¿Ha podido salir el mensaje? —preguntó el capitán.

—No sé si las palomas habrán superado la zona crítica. Si lo han conseguido, el mensaje irá con ellas —le contestó George de malas maneras. No soportaba que no nombrase a las palomas mensajeras, algo que el capitán hacía a propósito para enfurecer a su sargento.

—Entiendo. Teniente Philips, informa al sargento del plan de ataque. Después id a descansar, mañana será un día duro y os necesito en buena forma.

El capitán abandonó la sala, dejándolos solos para que acabasen de ultimar los preparativos.

—El capitán se ha presentado voluntario para una misión suicida. Quiere que tomemos por la fuerza un edificio en la retaguardia alemana. Está muy bien protegido, creen que es uno de los tres centros de mando enemigos. Para esta misión tenemos dos problemas a superar: primero, llegar hasta el edificio. Debemos cruzar las líneas enemigas sin ser detectados, algo que podríamos considerar un milagro si lo conseguimos. Nos separan seiscientos metros de alambradas, minas y francotiradores. Segundo, entrar en un edificio fuertemente custodiado. Si alcanzamos el interior, nos esperan entre veinte y treinta personas a las que matar. No entiendo cómo pueden enviar a alguien a hacer esa locura.

Ellos no lo sabían, pero su capitán iba a desobedecer una orden directa con la intención de intentar tener éxito en una misión de lo más complicada. Pensaba que eso lo podía dejar en buen lugar.

—Creo que el capitán, con esa desmedida ambición, se ha vuelto loco. Sabe que es posible que sea su última oportunidad de destacar ante el comandante Pershing.

—¿A costa de la vida de sus hombres? —preguntó Joss.

—El precio no le importa. Sin embargo, no tiene sentido que el comandante le haya dado esa misión. He hablado con él hace unos minutos y no creo que esté pensando en arriesgar la vida de más soldados. También cree que es posible que el conflicto acabe pronto.

—Tenemos que averiguar si le han dado esa misión. ¿Es posible que esté actuando por su cuenta?

—Podría ser, teniente. Ya sabemos cómo es el capitán. A veces, me pregunto si tiene alma —comentó Alfred.

—Tengo que reunirme otra vez con el comandante. Si el capitán está actuando a sus espaldas, se podría enfrentar a un consejo de guerra —dijo George.

—Tienes mi permiso, sargento. Vas a informarte.

—Sí, teniente.

George volvió a salir de la sala. Debía encontrar respuesta a las dudas que se les habían planteado.

***

Lucy y su compañera sobrevolaban la campiña francesa en total oscuridad. Durante los años que había durado la contienda, tenían dos lugares que podían considerar su hogar. En ambos emplazamientos se las cuidaba, alimentaba y protegía. Uno de ellos era el cuartel general del frente occidental, hacia donde volaban en ese momento; el otro, la comandancia en primera línea de batalla.

Su instinto y sentido de la orientación eran suficientes para llegar a su destino. El trayecto duraba varias horas, a continuación, les permitían descansar un tiempo para volverlas a dejar libres. Entonces volvían de nuevo a la comandancia, junto a aquella persona que tan bien las atendía.

palomas2

Cuando sus alas empezaban a notar el cansancio por el largo viaje, observaron un resplandor que reconocieron al instante. Se trataba del cuartel general.

En pocos minutos llegarían a su destino. Se acercaron veloces al edificio central de aquel gran complejo, volaron alrededor un par de veces hasta que vieron con claridad la ventana por donde tenían que entrar y se colaron en el interior.

El sonido característico de una campanilla sonó cuando ambas palomas se posaron en su objetivo final, una fina cuerda de cáñamo que les servía de descanso.

El encargado de las palomas mensajeras del cuartel general cogió el mensaje que Lucy transportaba. A continuación, las trasladaron a su palomar, donde pudieron descansar y alimentarse. En pocas horas seguro que las hacían volver al frente.

***

George no encontraba al comandante Pershing. Lo había buscado por los lugares que solían frecuentar los altos mandos, pero no aparecía. Aquello era una terrible noticia, ya que si no conseguía hablar con él, tendrían que obedecer las órdenes del capitán Morris y dirigirse a una muerte segura. ¿Cómo alguien así podía tener la conciencia tranquila?

Después de una hora de búsqueda, decidió volver con sus compañeros y descansar. Igual era la última noche con los que ya consideraba miembros de su familia y quería estar con ellos.

—Hola, no he podido localizar al comandante. Mañana tendremos que cumplir las órdenes del capitán, es nuestro deber como soldados.

—¿Aunque signifique nuestra muerte? —preguntó Alfred.

—Aquí venimos a morir, cabo. Si sobrevives otro día, es un regalo —dijo el teniente.

—Sí, señor.

Un silencio tenso se instauró en el dormitorio. Sentían que aquellos momentos eran los últimos que estarían juntos y a salvo. Cualquier cosa podía suceder al día siguiente. Al menos, si morían, lo harían acompañados por sus hermanos de sangre.

Al amanecer se encontraron en el lugar asignado por el capitán Morris. El sargento Harrison había ido a buscar al comandante, en un último intento de parar aquella locura, pero le informaron que había salido a verificar unos emplazamientos defensivos y que su llegada no estaba prevista hasta unas horas después. Llegó justo cuando aparecía su superior al mando.

—¿Todo en orden, teniente?

—Sí, señor. Armas listas, munición preparada y granadas inspeccionadas.

—Buen trabajo. Hagamos algo grande hoy, señores. Si sobrevivimos a este día, nos espera un futuro prometedor.

El capitán dio la orden y se encaminaron hacia la zona exterior de las trincheras. Darían un rodeo para evitar ser vistos e intentarían avanzar entre la poca maleza que quedaba. Después, según la resistencia que se encontrasen, decidirían cómo proceder.

George miró al cielo para comprobar si veía a Lucy, era la última oportunidad que les quedaba, pero no vio nada. No le quedó otra opción que seguir a sus compañeros.

***

Eran las cinco y media de la mañana del 11 de noviembre de 1918. En el cuartel general, Lucy descansaba. Había sido alimentada, hidratada y preparada para partir en cuanto se la necesitase. Desde su palomar podía observar mucho movimiento. Los soldados corrían en varias direcciones, hablaban en voz alta y gesticulaban sin parar.

Entonces, el palomar se abrió, seleccionaron a varias aves, entre ellas a Lucy, y les ataron los tubos metálicos a las patas. Las iban a dejar libres otra vez. Eso solo significaba una cosa: peligro. Tendrían que volver a esquivar esas ráfagas de luz y sonido tan peligrosas.

En un momento dado, las soltaron y emprendieron el camino hacia su otro palomar, donde corrían el riesgo de ser derribadas.

Alzaron el vuelo y se orientaron hacia su objetivo. Las primeras luces del alba asomaron por el horizonte, por lo que pudieron guiarse con más facilidad que en el vuelo anterior.

Al cabo de varias horas, aparecieron las largas filas de trincheras bajo sus alas. Tenían que concentrarse y volar rápido para no ser alcanzadas. En pocos segundos, cuando los vigías enemigos las vieron, empezaron aquellas ráfagas del horror.

Enseguida, una de sus compañeras fue alcanzada de lleno y su frágil cuerpo cayó al suelo. Lucy empezó a volar en zigzag y a cambiar la velocidad de vuelo. Eso dificultó que la alcanzasen, hasta que un proyectil perdido le rasgó el ala derecha y se tambaleó en el aire. El dolor fue terrible, pero pudo seguir volando. Faltaban pocos metros para llegar e hizo un último esfuerzo. Miró hacia atrás y no vio al resto de sus compañeras, una a una las habían alcanzado y habían desaparecido en medio de aquellas alambradas de la muerte.

Oyó un zumbido muy cercano y un fuerte dolor le subió por una pata, otro proyectil la había rozado, haciendo que una de sus extremidades quedase inhabilitada. Si hubiera sido en la otra pata, el tubo metálico se hubiera perdido.

En pocos segundos, llegó a la cuerda con la campana y se posó en ella con mucha dificultad. Le dolía todo el cuerpo.

Al menos, la atendería su cuidador. Él sabría curarla, pero no lo vio por ninguna parte. Fue uno de sus ayudantes el que la recogió y le desató el tubo que transportaba. A continuación, le entregaron el mensaje a un hombre mayor al que todo el mundo respetaba y se la llevaron hacia el palomar.

Necesitaba un largo descanso.

***

El comandante Pershing extrajo el mensaje codificado del tubo y se lo dio al especialista para que lo descifrase. En unos minutos, se lo devolvieron y procedió a su lectura.

Decía así: «Armisticio firmado a las 5:20 A.M. Fin de hostilidades a las 11:00 A.M.»

La Gran Guerra llegaría a su fin el día once, del mes once, a las once. No se lo podía creer. La esperada noticia había llegado. De inmediato, dio la orden de que todas las misiones que estaban organizadas para ese día se anulasen. No iba a arriesgar la vida de nadie más. El alto el fuego sería inmediato, todos debían obedecer las órdenes.

La alegría se extendió por todos los rincones del frente occidental.

Sin embargo, Peter y Ted no compartían ese sentimiento. Sabían que el sargento George y su grupo habían salido temprano a algún tipo de misión. Se dirigieron a hablar con el comandante, por si había alguna manera de hacerlos volver.

—¿Comandante?

—¿Qué hacen aquí, soldados? Deberían estar celebrando el fin de la guerra.

—Se trata del sargento George. Ha salido a una misión con el capitán Morris.

—¿Cómo dicen? Imposible, el capitán Morris no va a salir hoy. Acabo de dar órdenes para abortar cualquier misión.

—Señor, esta mañana han salido muy temprano. Se ha llevado a su grupo tras las líneas enemigas. El sargento Harrison nos informó a su partida.

—¡No, hoy no! ¡Maldita sea! No tenía esas órdenes. ¿Cómo los iba a enviar tras las líneas enemigas? Es una locura.

El comandante John J. Pershing se sentó en su butaca con la mirada perdida. No podía creer lo que estaba oyendo. La vida de cuatro buenos hombres había sido puesta en peligro por la ambición de un solo hombre.

Nada se pudo hacer, habían sobrevivido durante los años que había durado el conflicto y el día en que todo acababa, un loco los condenaba a una muerte segura.

Nadie los volvió a ver con vida.

Meses después del final de la guerra, se reconoció el valor y gran trabajo que habían realizado varias especies de animales. Caballos, perros y palomas mensajeras fueron reconocidas como indispensables.

Varias palomas fueron galardonadas con la distinción Dickin por sus servicios prestados. Lucy, que nunca volvió a ver a su cuidador, estaba entre ellas.

JORDI ROCANDIO

Nos leemos.

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